Elecciones en el único apartheid de Oriente Medio

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El Presidente Rivlin se reúne con el Primer Ministro Benjamin Netanyahu y el líder del partido Azul y Blanco Benny Gantz en su residencia oficial en Jerusalén el 23/9/19 (Foto: Haim Zach/GPO)

El Presidente Rivlin se reúne con el Primer Ministro Benjamin Netanyahu y el líder del partido Azul y Blanco Benny Gantz en su residencia oficial en Jerusalén el 23/9/19 (Foto: Haim Zach/GPO)

Por María Landi.

El 17 de septiembre se celebraron nuevamente elecciones en Israel para elegir un nuevo Parlamento (Knesset), de cuyas mayorías surge el nuevo Primer Ministro y su Ejecutivo. Esta elección fue consecuencia de que en las celebradas en abril pasado ningún partido logró la mayoría necesaria ni los acuerdos con otros sectores para poder formar gobierno. El eterno Primer Ministro Benjamin Netanyahu, que busca una nueva reelección, enfrentó la competencia del general retirado Benny Gantz y su flamante formación Azul y Blanco (según analistas, algo muy parecido al viejo Likud antes de que Netanyahu lo llenara de ultrarreligiosos).

A cualquier persona crítica no es necesario explicarle los límites de cualquier proceso electoral para lograr cambios estructurales que terminen con un statu quo injusto y opresivo y den paso una nueva realidad sociopolítica de libertad, justicia e igualdad. No obstante, este fundado escepticismo en lo electoral adquiere una poderosa dimensión cuando se trata del más disputado pedazo de tierra del mundo: el territorio de Israel-Palestina.

Y ello es porque, aunque la propaganda sionista se empeña en presentar al Estado de Israel como “la única democracia de Medio Oriente”, un dato de la realidad se impone sobre cualquier análisis de tendencias, resultados y perspectivas electorales: la mitad de la población que nació y habita en el territorio gobernado por Israel entre el Mediterráneo y el Jordán no tiene derecho a votar por ser palestina. En la ciudad de Jerusalén, por ejemplo, que el Estado de Israel anexó y considera su capital unida, eterna e indivisible (en contra del Derecho Internacional y las resoluciones de la ONU), hay más de 300.000 palestinas/os que no tienen derecho a votar en las elecciones israelíes[1].

Otro ejemplo: todo el territorio ocupado de Cisjordania está salpicado por más de 250 colonias (todas ilegales según el Derecho Internacional). Los colonos judíos que viven en esas tierras palestinas robadas van a votar el día de las elecciones; pero sus vecinos y vecinas palestinas no tienen derecho a hacerlo, simplemente por no ser judíos. Alguien dirá: pero votan en las elecciones de la Autoridad Palestina (si las hubiera; pero ello es otro cantar). Sí, en la Sudáfrica racista la población nativa negra podía votar en los bantustanes creados para excluirla; pero el apartheid existía igual.

Pero aún cuando –hipotética o milagrosamente− a los cinco millones de palestinos/as que viven en los territorios ocupados se les otorgara el derecho al voto, no tendrían por quién hacerlo: ninguno de los partidos incluye en su plataforma poner fin a la ocupación, levantar el bloqueo a Gaza, parar la incesante construcción de colonias ilegales en Cisjordania, y menos permitir el retorno de las personas refugiadas. De estos temas no se habla: el statu quo está completamente naturalizado, aun entre los hoy insignificantes sectores que alguna vez se decían de izquierda o liberales. La alternativa no es, pues, entre partidarios y opositores de la ocupación, o entre derecha y centro/izquierda, sino entre el candidato de los colonos y extremistas religiosos (Netanyahu) y el candidato de los militares (Gantz); ambos de ultraderecha.

Los medios occidentales, siempre complacientes con Israel para preservar su imagen ‘democrática’, se cuidan mucho de difundir los discursos tóxicamente racistas y de incitación a la violencia contra la población palestina que los candidatos despliegan en la campaña electoral −porque saben que así consiguen votos en una sociedad de la cual ellos son fiel reflejo−. Como dijo la analista Diana Buttu desde Ramala, la campaña fue más bien una competencia sobre quién tratará a la población palestina con más dureza. Incluso Benny Gantz lanzó su campaña en enero alardeando de cómo, siendo Comandante en Jefe en 2014, había bombardeado “partes de Gaza hasta llevarla a la Edad de Piedra (en referencia al devastador ataque militar que diezmó a la bloqueada Franja)[2]. Netanyahu, por su parte, no escatimó desbordes para retener su cargo (con lo cual busca, además de conservar el poder, eludir las tres causas judiciales  abiertas contra él por corrupción): desde prometer que va a anexar formalmente el Valle del Jordán palestino (30% de Cisjordania) hasta advertir que «los árabes están tratando de aniquilarnos a todos: hombres, mujeres y niños». El nivel de sus incitaciones al odio llevó a Facebook a cerrar su página oficial por 24 horas.

Esta semana el analista Jonathan Cook observó desde Nazaret que la narrativa occidental sobre una contienda entre la derecha de Netanyahu y la “centro-izquierda” de Gantz es falaz y no tiene nada que ver con la realidad dentro de Israel, donde ‘izquierdista’ es en sí una mala palabra, sinónima de traidor/a. Según el pormenorizado análisis de Cook, los partidos de centro-izquierda representan con suerte el 10% del electorado judío, la derecha nacionalista secular el 31% y la derecha religiosa y fascista el 59%. La verdadera disputa en Israel hoy es entre una opción de ultraderecha nacionalista religiosa y otra de ultraderecha nacionalista secular, sostiene Cook. Cualquiera de las dos que resulte triunfante, se va a asegurar de negar al pueblo palestino sus derechos fundamentales.

La única excepción en este escenario son los pequeños partidos árabes, que representan a la población palestina de Israel (20% del total)[3], y que son agresivamente fustigados por los partidos sionistas en el Knesset, donde incluso cuestionan a menudo su legitimidad -y amenazan con suprimirlos-. Pero si bien en las últimas elecciones cuatro de ellos se unieron en la coalición Lista Conjunta y consiguieron ser la tercera fuerza (obtuvieron 13 bancas de 120), su presencia en el legislativo es solo testimonial; o como dicen algunos, solo pueden hacer ‘reducción de daños’: el Knesset no puede aprobar leyes que alteren la estructura fundamental del Estado judío, origen de la desigualdad y la discriminación. Por eso mucha gente acusa a estos partidos de legitimar y lavar la imagen del régimen de apartheid, y llama a abstenerse en las elecciones. No obstante, la agresiva satanización de Netanyahu hacia la ‘amenaza árabe’ hizo que esta población se volcara a las urnas, alcanzando un 60% de participación.

El resultado de septiembre fue similar al de abril, es decir, un empate entre Gantz y Netanyahu, por lo cual ninguno puede formar gobierno sin hacer alianza con otros partidos. La alternativa de formar un gobierno de unidad nacional está trabado porque Gantz pone como condición un Likud sin Netanyahu, un paso que al menos por ahora el partido no se atreve a dar. En este escenario de empate técnico, el líder del partido Israel Nuestro Hogar Avigdor Lieberman (ex canciller de Netanyahu, colono ocupante y quizás el político más corrupto, racista y oportunista de Israel, nacido en Moldavia y con su base de apoyo en el electorado de origen ruso), podría ser quien defina el resultado según a quién decida apoyar. Lieberman es un ultranacionalista secular que odia a los palestinos (llegó a decir que hay que decapitarlos), pero también quiere quitarle a los partidos religiosos fundamentalistas el poder que les dio Netanyahu.

Recientemente una parte de la Lista Conjunta árabe anunció que para librarse de Netanyahu estaría dispuesta a dar su apoyo a Gantz, lo cual ha generado un fuerte rechazo de buena parte de la población palestina, que no olvida sus crímenes de guerra ni sus discursos racistas anti-palestinos. Pero aun este apoyo no le alcanzaría a Gantz para formar mayoría. La última novedad al cierre de esta semana es que el decorativo Presidente de Israel Reuven Rivlin, para salir del estancamiento y evitar una tercera ronda electoral en seis meses, le encomendó a Netanyahu formar un gobierno de unidad nacional, lo cual lo obliga a seguir negociando para conseguir las mayorías necesarias.

Lo único cierto es que, cualquiera sea el resultado final, en la práctica no cambiará nada para los cinco millones de palestinos/as que no pueden votar pero seguirán viviendo en los territorios ocupados bajo un gobierno enemigo. En el plano internacional sí podría haber una peligrosa diferencia: un triunfo de Gantz podría limpiar un poco la imagen de Israel y habilitar una nueva ronda de la farsa del “proceso de paz” con el pleno apoyo de los gobiernos occidentales, siempre dispuestos a darle más crédito −y tiempo− al Estado sionista para que termine de apoderarse de lo poco que le va quedando al pueblo palestino de su territorio ancestral.

El hecho es que ningún partido o candidato se propone alterar la esencia del Estado colonial que es Israel desde su fundación. Estos estados se caracterizan por subyugar o aniquilar a la población originaria del lugar donde se asientan. Israel se fundó mediante la limpieza étnica de la población árabe (la Nakba de 1948), sustituyéndola por colonos judíos traídos de todo el mundo; una operación que continúa más de 70 años después en forma incesante.

Como toda ideología colonial, el sionismo asume que un grupo (el colectivo judío) debe gozar de derechos superiores sobre los demás (no judíos), basándose en sus diferentes identidades étnicas o religiosas. Esto fue oficialmente reconocido en 2018 con la aprobación de la ley constitucional del Estado Nacional Judío, que consagra la desigualdad entre la ciudadanía judía y la no judía, dando supremacía a la primera y otorgándole derechos exclusivos, incluyendo el de autodeterminación. Ninguno de los partidos judíos en el Knesset, ni durante el proceso electoral, ha cuestionado esta ley, incompatible con una democracia del siglo XXI, y que huele más bien a etnocracia.

Por eso, como recordaron estos días dos jóvenes analistas, el movimiento BDS como táctica para la liberación de Palestina no surgió como oposición al gobierno de Netanyahu, ni va a terminar con su mandato: «Nuestra meta nunca ha sido elegir al presidente israelí más liberal, sino desmantelar el sistema colonialista de asentamiento que establece las circunstancias para asesinar, desplazar y mutilar al pueblo palestino nativo. En otras palabras, la política electoral, si bien es un medio potencial para la reducción de daños, no salvará a Palestina. Eso sólo puede venir de un movimiento de masas organizado tanto dentro de Palestina como en todo el mundo.»

NOTAS
[1] Solo pueden votar en las elecciones municipales. Tampoco podrían hacerlo en los comicios palestinos (si hubiera) porque la ‘Autoridad’ Palestina no tiene jurisdicción ni acceso alguno a Jerusalén.
[2] De hecho el mismo día de las elecciones un tribunal de La Haya recibía una denuncia contra él por crímenes de guerra, presentada por un palestino-holandés que perdió a seis integrantes de su familia durante la masacre de 2014 en Gaza.
[3] Son descendientes de las personas palestinas que en 1948 lograron permanecer en su tierra cuando otras 750.000 fueron expulsadas. Tienen ciudadanía israelí (y votan desde 1967) pero no tienen la nacionalidad, que en Israel está reservada exclusivamente para las personas judías, y es la que confiere los principales derechos (o privilegios).

Columna publicada en el portal Desinformémonos el 29/9/19.

Leer también (en inglés):

What does Israel’s election mean for Palestinian factions?, por Ben White (sobre las posiciones de la ANP y otras facciones palestinas respecto al tema).

Varios artículos de análisis en el portal +972 Magazine.

 

Fuente: María en Palestina.

 

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