Candidato chileno Daniel Jadue no debe pedir perdón por defender la causa palestina

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Por Lorena Mussa.

Hace unos días la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de resolución presentado por la UDI y apoyado por integrantes de la ex-Concertación instando a que el candidato a la presidencia Daniel Jadue desmienta las afirmaciones dirigidas hacia “los judíos” en su anuario escolar, frases que escribieron terceras personas, pero que aún así denotarían “conductas antisemitas” del presidenciable de origen palestino.

La acusación se vuelve confusa y carece de argumentos, no solo porque el candidato ha descartado en reiteradas ocasiones ser parte de la creación del contenido, sino también por la condición semita del mismo: “Soy semita, hijos de Sem: árabes, musulmanes, cristianos y judíos.” Aclaró Daniel Jadue en una entrevista que le hizo Iván Valenzuela preguntándole si es o no antisemita.

Esta no ha sido la única vez que se intenta asimilar el antisemitismo con antisionismo, y que se persigue a quienes han defendido los derechos del pueblo palestino, criticado la limpieza étnica y sus políticas orientadas a instaurar un apartheid del siglo XXI, tal como lo indicó el informe de Human Rights Watch en abril pasado.

Distintos intelectuales y activistas han sido objeto de amedrentamiento y persecución. Uno de ellos ha sido Noam Chomsky intelectual de origen judío, y reconocido por su activismo político, quien ha descrito a Israel como una “amenaza para la seguridad mundial”, y ha hablado abiertamente del racismo en Palestina, del muro de segregación y del apartheid israelí. Estos hechos fueron suficientes para tildarlo de antisemita, y  ser detenido por las autoridades israelíes en el año 2010 cuando intentaba ingresar a Palestina, interrogándolo durante horas para finalmente negarle la entrada y deportarlo.

La lista de “judíos antisemitas” es bastante larga y hay numerosos ejemplos de quienes han defendido los derechos humanos del pueblo palestino y se han vuelto automáticamente enemigos del Estado israelí. Lo preocupante de esto, es que se pasa de las amenazas discursivas a atentar contra quienes piensan de forma diferente. Dramático ha sido el caso de Norman Filkenstein, académico e hijo de supervivientes del gueto de Varsovia y los campos de exterminio nazi.

Filkenstein ha dedicado libros detallando las violaciones a los derechos humanos que implementa el régimen israelí en contra de la población palestina. Cuestión que le ha costado su expulsión de la Universidad de De Paul en Chicago tras la presión de una campaña de lobby israelí, que le llamó «judío asqueroso que se odia a sí mismo» o «negacionista del Holocausto», cuando toda su familia (salvo sus padres) fueron asesinados en los campos de concentración.

La relación antisionismo-antisemitismo ha sido la principal herramienta que han empleado para deslegitimar la causa palestina y lavar la imagen de Israel. Si miramos experiencias globales, no sólo han sido ataques burdos viendo antisemitas donde no los hay, sino lo más grave, es que el foco ha estado en infundir mentiras que han dañado a activistas, organizaciones sociales, partidos progresistas y de izquierda que han tenido que enfrentar a la justicia por defender al pueblo palestino. Uno de los casos más controversiales ocurrió en Inglaterra, con el líder del Partido Laborista Jeremy Corbyn, acusado de antisemita por condenar las políticas israelíes, cuestión que le costó el congelamiento de su militancia y la deslegitimación por parte de los medios de comunicación.

No es sorprendente que el sionismo presente en nuestro país trabaje junto a la extrema derecha. Cuando el objetivo es acallar las voces críticas con las políticas del Estado de Israel, el sionismo no tiene miramientos en aliarse, por ejemplo, con la derecha chilena que colaboró con nazis y genocidas como Walter Rauff, y que defendieron descaradamente a Colonia Dignidad, otro reducto de nazis, violadores a los derechos humanos y abusadores de menores.

El no anteponerse a este tipo de discursos falsos, y rechazarlos categóricamente puede significar una arremetida del bloque hegemónico y detener los proyectos de transformación social que se han levantado desde el 18 de octubre en Chile.

Ni Daniel Jadue, ni judíos antisionistas y ningún ciudadano debe pedir perdón por defender la causa palestina. Mucho menos podemos soslayar que tras la evidente operación de golpear la candidatura de Daniel Jadue, con lo absurdo del anuario, se esconde una abusiva acción de un poder del Estado por acallar a quienes levantan la voz por Palestina.

Chile despertó y con ello abrió la oportunidad para que los pueblos históricamente colonizados, excluidos, diasporizados puedan exponer y visibilizar sus narrativas negadas y nunca más silenciar el pasado y presente de su resistencia.

Lorena Mussa é antropóloga, expresidenta de la Unión General de Estudiantes Palestinas/os y militante de Izquierda Libertaria Chile.

Fuente: El Ciudadano.

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