
Noviembre 2, 2023
No debería sorprender a nadie que el gobierno británico, los dirigentes del principal partido de la oposición y los medios de comunicación y el aparato empresarial apoyen sin fisuras el genocidio de Israel en Gaza, incluso cuando cientos de miles de británicos salen a las calles de todo el Reino Unido pidiendo un alto el fuego inmediato y justicia y paz para los palestinos. Este apoyo incondicional a Israel se puso de manifiesto una vez más en la escena mundial el viernes 27 de octubre, cuando el Reino Unido se abstuvo en la votación de una resolución en la Sesión Especial de la Asamblea General de la ONU. La resolución, presentada por Jordania, pedía como mínimo una «tregua humanitaria inmediata, duradera y sostenida». La abstención del Reino Unido a esta resolución en este momento, cuando la matanza, la mutilación, el traslado forzoso y la detención de civiles palestinos, en Gaza y en la Cisjordania ocupada, alcanza una escala nunca vista desde la Nakba, no fue un acto neutral. Fue un acto de cobertura diplomática y política continuada para que el gobierno y las fuerzas armadas de Israel cometieran abominables crímenes de guerra masivos. Junto a este apoyo político, nuestra armada sigue estacionada en el Mar Mediterráneo para «reforzar la estabilidad regional y evitar una escalada».
Esta alianza británica con el sionismo y el Israel que éste creó, se ha mantenido firme desde la Declaración Balfour en 1917 hasta la violenta formación de Israel en 1948 y nuestros días. Incluso cuando Gran Bretaña huyó de Palestina y de sus responsabilidades en 1948, permitiendo que estallara la guerra en el proceso y que la Nakba (Catástrofe) cayera sobre los palestinos, junto al desvanecimiento de su Imperio. Gran Bretaña ha seguido desempeñando un papel cínico y mortífero en la región.

La Declaración Balfour de 1917 fue emitida de la siguiente manera por el gobierno británico;
«El Gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y hará todo lo posible para facilitar la consecución de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de que disfrutan los judíos en cualquier otro país».
Lo que a menudo falta en el debate sobre el verdadero significado de esta declaración es comprender que Gran Bretaña no tenía ningún derecho moral ni legal a hacerla. En 1917, Gran Bretaña había alcanzado el cenit de su imperio en términos de tierras y personas que gobernaba ilegítimamente de forma brutal y explotadora. Al final de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña arrebató al Imperio Otomano el control de Palestina y de las zonas vecinas, incluidos los actuales Irak y Arabia Saudí. Este imperio, y el dominio británico en Palestina, era ilegítimo no sólo porque se oponía a él la población local sometida al dominio británico, sino en que además la recién creada y bastante inestable Sociedad de Naciones, precursora de las Naciones Unidas, ordenó a Gran Bretaña que concediera el autogobierno y la independencia a Palestina lo antes posible. Dentro del mandato, se incluyó la Declaración Balfour, pero el mandato y la Sociedad de Naciones no autorizaban a Gran Bretaña a entregar Palestina a otra fuerza invasora, que es como los líderes sionistas la presentaban claramente, a la población indígena. Es importante señalar que el sionismo fue la más extendida de una serie de respuestas de la comunidad judía al obsceno y mortífero antisemitismo institucional al que se habían enfrentado en Gran Bretaña y Europa durante cientos de años. Antisemitismo que culminó en el Holocausto del pueblo judío en Europa, dirigido por los nazis alemanes y extendido por toda Europa.
Los palestinos se levantaron contra esta apropiación de su patria por parte del Reino Unido y los sionistas a lo largo de la década de 1920 y a través de una revuelta sostenida durante la década de 1930, que incluyó el uso masivo de tácticas no violentas, como manifestaciones y huelgas generales, entre otras, y la resistencia violenta a través de ataques contra centros de población sionistas y contra las fuerzas británicas. Muchas de las leyes de «emergencia» que las autoridades británicas introdujeron y utilizaron para acabar violentamente con la revuelta fueron conservadas por Israel tras su formación y se utilizan para castigar a los palestinos por cualquier tipo de resistencia, la mayor parte de la cual sigue siendo en forma de resistencia no violenta, a la ocupación ilegal internacionalmente reconocida y al apartheid resultante del pueblo palestino y su tierra.
El razonamiento dentro del aparato del Imperio Británico durante este tiempo para apoyar el sionismo fue variado. El Primer Ministro británico al final de la Primera Guerra Mundial, David Lloyd George, era uno de los muchos sionistas cristianos que apoyaban la Declaración Balfour y el concepto de sionismo. Esta opinión se mezclaba a menudo con el virulento antisemitismo que estaba muy extendido entre la clase dirigente británica. Otras figuras del establishment querían castigar y dividir a los árabes por su osadía de enfrentarse a Gran Bretaña, al intentar reafirmar su independencia tras la Primera Guerra Mundial, junto con el trato racista que recibían los pueblos no blancos bajo el Imperio Británico. Otros apoyaron el sionismo por razones geopolíticas para proteger el imperio británico, cada vez más grande pero frágil, en particular para proteger el dominio británico sobre la India, asegurando un corredor terrestre y marítimo a la India desde Egipto a través del Canal de Suez, por el que circulaba una enorme cantidad de comercio internacional y militar británico. Mantener Palestina bajo dominio británico y/o bajo un gobierno sionista aliado serviría para proteger esas rutas marítimas y terrestres.
Tras la creación de Israel y la consiguiente limpieza étnica planificada de los palestinos en 1948, Gran Bretaña continuó aliándose con Israel desde la crisis de Suez hasta la aquiescencia en la represión continua y en constante transformación de los palestinos dentro de la Palestina/Israel histórica. En la actualidad, Gran Bretaña es uno de los mayores exportadores de armas del mundo y, a pesar de los discursos altisonantes y de la legislación británica que regula los derechos humanos en relación con el control de armas, Israel sigue recibiendo cientos de millones en ventas de armas. Además, siguen realizándose ejercicios navales y aéreos combinados y este mismo año se ha firmado un marco reforzado entre ambos países en materia de seguridad, defensa, tecnología y comercio. No cabe duda de la fuerza de la alianza entre la Gran Bretaña moderna e Israel. Esta alianza de armas, equipos, conocimientos militares y la cobertura política y diplomática de la relación se utilizan para imponer la ocupación y el apartheid de los palestinos y los horrores de los que ahora somos testigos.
En respuesta a este actual y ahora claro intento de genocidio, nuestro actual Primer Ministro Rishi Sunak, dijo al Primer Ministro israelí Netanyahu «Queremos que ganes». Esto fue dicho y respaldado, incluso después de que quedara claro que la acción violenta emprendida por Israel se dirigía directamente contra la población civil con el castigo colectivo de cortar el suministro de combustible, electricidad, alimentos, agua y medicinas en Gaza, al tiempo que mataba y mutilaba a miles de civiles utilizando armamento y equipos avanzados suministrados por el Reino Unido. ¿Ganar qué exactamente, señor Primer Ministro? ¿Qué se va a ganar?
Ciertamente ninguna seguridad o paz a largo plazo para los israelíes; están destruyendo al pueblo y al lugar que llaman hogar y poniéndolos a ellos y al mundo en su contra, y para los palestinos si Israel debe ganar, ¿qué deben perder, absolutamente todo? ¿Sus vidas, sus casas, la tierra que les queda, su propia existencia como pueblo y cultura?
Cualquier persona comprometida de verdad con la paz debería saber que sólo hay un camino hacia la paz, la justicia y la seguridad, que es la igualdad de derechos para todos los pueblos que viven actualmente desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, el derecho al retorno de los palestinos expulsados de su patria y un proceso acordado de justicia y compensación por los crímenes de guerra masivos cometidos por Israel. Todos los crímenes de guerra cometidos por Hamás contra civiles deben incluirse también en este proceso.
Un amigo palestino que observa con horror y miedo lo que le está sucediendo a su pueblo me dijo recientemente: «Estoy tan enfadado porque su gobierno dice que no pedirá a Israel que deje de bombardear y que se están defendiendo. Odio al gobierno del Reino Unido, lo odio tanto. Ellos fueron la razón de la ocupación de mi tierra y ahora apoyan a los asesinos de mi pueblo».
Conociendo su historia, viendo lo que está ocurriendo y el sufrimiento que están padeciendo bajo esta violencia masiva e incomprensible, díganme por qué los palestinos, un pueblo lleno de coraje, esperanza y anhelo de paz, ¿por qué no deberían odiar al gobierno del Reino Unido?
Insto a los ciudadanos del Reino Unido a que reflexionen, se hagan preguntas y exijan respuestas a esta alianza incuestionable con Israel y a lo que significa para nuestro país y, lo que es más importante, para los palestinos. Debemos defenderlos como seres humanos de pleno derecho en nuestro mundo, especialmente ahora. Debemos seguir exigiendo en las calles y en Internet que nuestro gobierno y los diputados de todos los partidos, toda la clase dirigente, cambien de postura y pidan un alto el fuego inmediato y el fin de la ocupación y el apartheid.
Jonathan Woodrow Martin es licenciado por el instituto HCRI (Instituto de Respuesta Humanitaria y a los Conflictos) de la Universidad de Manchester
https://www.hcri.manchester.ac.uk/ y se le puede localizar en jwoodrowm@gmail.com
Traducción: Eduardo Scolnik
Fuente: The British Relationship With Zionism, Israel and Its Consequences for Palestinians
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