
Por Andrés Kogan Valderrama.
A propósito del fallecimiento de Edgar Morin a los 104 años de edad, me gustaría dedicar algunas palabras a uno de los pensadores que más me ha aportado para comprender y buscar alguna salida a la actual crisis climática y civilizatoria, a través de su teoría de la complejidad.
Lo señalo de esa forma porque Edgar Morin desarrolló, a lo largo de su extensa vida, una mirada crítica sobre la fragmentación de la vida y de los conocimientos, propia de una modernidad occidental que ha impuesto lógicas de hiperespecialización en distintos ámbitos, imposibilitando una comprensión más integral del mundo.
De ahí que ver el mundo de manera compleja, como lo hizo Edgar Morin, constituyera un enorme esfuerzo por reunir los fragmentos dispersos dejados por las lógicas simplificadoras y cuestionar una visión moderna que ha separado artificialmente los saberes. Ello ha contribuido a generar un mundo carente de sentido y con escasa capacidad de reacción colectiva frente a las múltiples crisis que enfrentamos.
En otras palabras, Edgar Morin entendió que dicotomías modernas como cultura y naturaleza, individuo y sociedad, mente y cuerpo, o razón y emoción, no hacen más que mutilar el conocimiento y la vida misma. Por ello, defendió siempre la necesidad de conectar saberes, disciplinas y experiencias humanas, de manera de habitar el mundo de una forma diferente.
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