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Ese schule al que fuiste en la primaria no es el Estado de Israel.
Ni el rezo del zeide en la cena de Pesaj, ni el kadish con el que lo despidieron en el cementerio de La Tablada, o –si los números no alcanzaron-, en Berazategui.
No son los knishes que te hizo la bobe toda una vida el Estado de Israel.
Ni la escuela a la que ibas de tarde, después de ir a la pública, ni el bar mitzvá, ni el kjrein ni los pletzalej.
No es el Estado de Israel la copa rota en un casamiento, ni es el Estado de Israel tu viejo tendero en el Once o tu abuelo cuentenik en Villa Crespo.
No es el Estado de Israel el Plan Tapuz ni, años después, el Plan Bria, no es el country donde conociste a tu primera esposa.
No es tu viaje iniciático a Israel el Estado de Israel, no es tu promesa hecha frente al Muro de los Lamentos.
No es el kibutz donde viviste unos meses.
No son el Estado de Israel los desaparecidos judíos, esos que torturaban con marchas nazis y voltios extras por ser judíos.
No son el Estado de Israel los 300 sobrevivientes de Auschwitz que ahora claman contra el Estado de Israel.
No son el Estado de Israel los militantes de la izquierda, los radicales como Karakachoff ni los peronistas.
No es Juan Gelman el Estado de Israel. Ni Raimundo Gleyzer.
No es el humor de Woody Allen, Adolfo Stray, Danny Kaye, Jerry Seinfeld o Mel Brooks.
No es el cosmopolitismo ni la horizontalidad del pueblo judío en diáspora el Estado de Israel.
No es Albert Einstein el Estado de Israel.
No son ninguna de las pequeñas ceremonias que te hicieron judío el Estado de Israel.
Más bien, el Estado de Israel es exactamente lo contrario.
Y por confuso, por el uso descarado de toda esa tradición, por el desengaño, es mucho más doloroso saber qué es hoy el Estado de Israel.
Un estado ocupante.
Un estado que tortura.
Un estado que encierra en la cárcel a niños de meses.
Un estado que asesina a quinientos niños y se declara agredido.
Un estado que construye un muro para aislar poblaciones enteras, que no tienen pasos libres, que no pueden transitar, que se someten a trámites de horas para poder atravesarlos. Un muro con el que se han robado más y más kilómetros de territorio palestino, y aun así, con todo eso, se declara temeroso de las acciones de los palestinos.
Un estado que asesina a decenas de miles de personas en nombre de su “seguridad” y con una inaudita crueldad, bautiza sus operaciones de guerra como “Pilar defensivo” o “Borde protector”.
Un estado que ha establecido líneas de colectivos “exclusivas” para palestinos, lo que lo pone en pleno siglo XXI a la altura de la Sudáfrica del Apartheid y de los Estados Unidos de los cincuenta.
Un estado con doscientas bombas nucleares que se declara pacifista.
Un estado que cercena los derechos de todo un pueblo y se declara democrático.
Un estado que es aliado del imperio más sombrío de la historia, que en su decadencia promueve guerras, destruye estados, ahoga financieramente a sus adversarios, ese Israel aliado de EEUU se declara progresista.
Un estado que no vacila en secuestrar a quien sea, en donde sea, transgrediendo cualquier ley, como lo hizo con Mordejai Vanunu, el científico que reveló la existencia de bombas nucleares.
Un estado que persigue, presiona y acalla a críticos y librepensadores como Noam Chomsky, Norman Finkelstein y Schlomo Sand y se declara a favor de la libertad de expresión.
Un estado que no ha vacilado en usar el drama del Holocausto para generar enormes ingresos y un rédito político permanente, mientras sigue destruyendo, ocupando, torturando y acallando al pueblo palestino, se niega a condenar el genocidio armenio y ha colaborado activamente con el régimen racista de Sudáfrica.
Un estado que alberga diputadas como Ayelet Shaked que afirma que “hay que matar a todas las madres palestinas” porque darán a luz terroristas.
Todo aquello noble, bueno y generoso que, por una tradición digna, ha hecho de una persona como cualquier otra, un buen judío, no es el Estado de Israel.
Pero vos lo creés.
La confusión que nos endilgás a los que estamos contra el Estado de Israel entre judío e israelí, es tu confusión.
La misma que podría haber tenido un argentino, descendiente de alemanes, en 1934, que lo hubiera llevado a suponer que Schiller, Goethe, Mozart o Marx eran el Tercer Reich.
Hoy, ninguna de tus versiones –el sionista enfurecido, el judío falsamente piadoso, el equidistante que admite algunas cosas para no tocar el fondo-, son posibles.
Hay una masacre, hay una persecución que lleva setenta años, hay un genocidio por goteo no tan lento, hay un pueblo arrasado.
Y en nombre de su propio genocidio, todo lo está haciendo el Estado de Israel.
Urge definir qué hay de judío en el Estado de Israel.
De esa vieja tradición judía.
Urgen definiciones porque América Latina apoya a Palestina, los parlamentos de Francia y Gran Bretaña reconocen su status, y el gobierno de Suecia hace lo propio.
Nunca antes la posición de Palestina surge tan justa, tan evidente, tan urgente.
Mientras, el Estado de Israel, los sionistas, se están jugando a la ruleta de la Historia todo el prestigio de un pueblo.
Cuando uno abraza la causa palestina, cuando uno difunde el dolor de Palestina, se está poniendo paradójicamente del lado del viejo pueblo judío y en contra de la amenaza de su desaparición.
Porque, curiosamente, lo que los alemanes no doblegaron con hornos, los propios gobernantes sionistas, lo están llevando a cabo con la falsificación de la Historia y con una de las campañas de desinformación más grandes que se hayan conocido.
2015 será el año en que los judíos deberían volver a ser judíos y dejar de ser israelíes, es decir, cómplices de asesinatos de niños y violaciones de derechos humanos.
Un panorama cada vez más nítido ofrece categorías futuras: cómplice, ignorante, alienado o mentiroso.
A diferencia de los alemanes que eran llevados a cines para ver los campos y declaraban no saber nada, muchos israelíes ponen sillas plegables en la playa para ver los bombardeos sobre la población palestina.
¿Alguien querrá seguir estando del lado de esos hijos de puta?

Fuente: Facebook de Misterio Moderno.

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