Arde Mississippi en Jerusalén

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images-cms-image-000003361Por Joan Cañete Bayle.

Jerusalén, 28 de octubre de 2015.

¿Qué sucede en Jerusalén?, me suelen preguntar. Y yo respondo: la ocupación. E insisten: Ya, pero ¿no están matando los palestinos a israelíes a cuchilladas? Sí, esa es una de las cosas que están sucediendo, respondo, y esos ciudadanos israelíes también son víctimas de las dinámicas de la ocupación. Alzamiento de cejas del interlocutor, un poso de incredulidad y desconfianza en la mirada, este tipo es propalestino, el mal llamado conflicto entre palestinos e israelíes es una de las pocas ‘disciplinas científicas’ en las que haberte dedicado durante mucho tiempo a ello no le da a tu voz autoridad sobre la del profano que no sabe lo que fue Abu Holy, sino que te convierte en sospechoso de haberte dejado “contaminar”, de haberte “implicado demasiado” del lado palestino, por supuesto, porque uno sólo es culpable de “implicarse demasiado” si rompe el discurso dominante; si lo respetas entonces eres “imparcial” cuando en realidad ese respeto por las normas en lo que te convierte es en un equidistante (y en un periodista perezoso). Alzamiento de cejas, decía, del interlocutor y vuelta a la carga: ya, pero ¿qué sucede de verdad en Jerusalén? Y agotando la última reserva de paciencia, mordiéndote la lengua porque lo que quisieras decir es que la pregunta pertinente es ¿qué sucede de verdad en Israel?, contesto: si quieres saberlo, mira la película Arde Mississippi. Entonces es cuando me dejan por imposible.

Hay un discurso dominante respecto de lo que sucede en Israel y los territorios ocupados palestinos que en el mejor de los casos se basa en la equidistancia: lo de los palestinos y los israelíes es un asunto muy complicado, son dos pueblos que tienen el mismo derecho sobre la misma tierra que a menudo, se diría que casi porque sí por el asombro que genera, se embarcan en periódicas “espirales de violencia” que convierten en imposible el maltrecho sueño de la paz. Y así llevan más de un siglo. El concepto de “espiral de violencia” implica la idea de que se trata de dos enemigos comparables en poder de hacer daño al otro (primer error o falsedad) y de que hay un principio y un final de la espiral (segundo error o falsedad). Normalmente el considerado principio es una agresión palestina, cuya forma ha ido evolucionando con el tiempo: incursiones de guerrilleros de la OLP, tiroteos, atentados suicidas, lanzamiento de cohetes, atropellos, puñaladas. Los equidistantes no hablan de lo que sucede antes de que empiece la “espiral de violencia” ni de lo que sucederá después, que es la previa para la siguiente. Y eso es justamente lo importante, lo que explica lo que sucede en Jerusalén estos días.

Los equidistantes no hablan de lo que sucede antes de que empiece la “espiral de violencia” ni de lo que sucederá después, que es la previa para la siguiente. Y eso es justamente lo importante, lo que explica lo que sucede en Jerusalén estos días. Esta falta de memoria, de contexto, de los equidistantes centra el asunto en la “espiral de violencia” (única forma de violencia vinculada a la ocupación que sufren los ciudadanos israelíes) y obvia la gama de violencias que padecen a diario los palestinos (vulneración de derechos humanos, destrucción de casas, prisión, muerte, por citar algunas de una larga lista). Al hacerlo, aparece el concepto de “seguridad” (la de los israelíes, por supuesto, la de los palestinos, cuya cifra de muertos y destrucción es muchísimo mayor, no importa), en cuyo nombre Israel justifica y profundiza la ocupación y, por tanto, la gama de violencias que ha dado lugar a esa “espiral de violencia”. Y ese es uno de los grandes bucles de este mal llamado conflicto. En el periodismo, esa equidistancia se disfraza de imparcialidad cuando en realidad es todo lo contrario: una flagrante dejación de responsabilidades periodistas, una manipulación o una mentira a sabiendas, depende del caso. En política, esa equidistancia se viste de ‘realpolitik’, en Oriente Medio la doctrina menos realista de la historia, pues lleva décadas aplicándose sin ningún éxito. Pura utopía.

Eso, pura utopía, es lo que es la tesis favorita de los equidistantes desde hace ya un buen puñado de años: dos Estados para dos pueblos que viven uno junto al otro en paz, seguridad y prosperidad. No ha sido la violencia palestina la que ha matado a los dos Estados, sino la maquinaria de la ocupación israelí. No de Binyamin Netanyahu, sino del Estado de Israel, los halcones y las palomas de las que hablan nuestros queridos equidistantes son dos caras de la misma moneda. Los dos Estados son consecuencia del marco mental que se establece con Oslo, no en vano a la Autoridad Nacional Palestina se la solía llamar el germen de un Estado palestino con Jerusalén Este como capital. Oslo, como auguró Edward Said, no llevaba a ningún sitio; su aplicación fue desastrosa, y fue rematada por las bombas de la operación militar israelí ‘Defensive Shield’ en Cisjordania en  2002. La ANP era un invento a la medida de los sueños de estadista de Yasir Arafat, y su muerte certificó lo que se ya se había convertido años atrás y es desde entonces: una forma de canalizar fondos internacionales (sobre todo europeos) para que los territorios ocupados (Cisjordania, que no Gaza desde que Hamas tomó el poder en su proto-primavera árabe tras serle arrebatada su victoria electoral en la elecciones de 2006) no se hundan aún más y una comedora para Al Fatah y satélites. Muerto Oslo, se acabaron políticamente los dos Estados; las operaciones militares, el muro y la expansión de las colonias los mataron sobre el terreno. Desde entonces, los dos Estados son una cortina de humo. Oslo, como auguró Edward Said, no llevaba a ningún sitio; su aplicación fue desastrosa, y fue rematada por las bombas de la operación militar israelí ‘Defensive sShield’ en Cisjordania en  2002

Una parte del sionismo, encabezada por Ariel Sharon, vio el riesgo: Israel gestionando ‘de facto’ las vidas de millones de palestinos, a los cuales no puede dar ciudadanía sin poner en riesgo el carácter judío (y democrático) del Estado. De manera unilateral él y su sucesor, Ehud Olmert, cambiaron la ecuación de Oslo (‘paz por territorios’) por ‘demografía por geografía’: sacrificar el ideal sionista de un Estado desde el mar hasta el río a cambio de garantizar la mayoría judía. Desalojaron las colonias de Gaza y hablaron de fijar de forma unilateral”las fronteras definitivas de Israel”, es decir, de crear un Estado palestino. Pero Oslo, y la idea de los dos Estados, estaban muertos. La ANP de Mahmud Abbás no podía firmar tal cosa, y la facción derechista del sionismo se acabó imponiendo: no hay ningún problema, argumentan, en gestionar la vida de millones de palestinos. No hay que desalojar, sino todo lo contrario: profundizar la colonización y los mecanismos de la ocupación, con una ANP títere que gestiona mal que bien el día a día y Gaza castigada por tener a Hamas en el poder. Una Palestina territorialmente fragmentada, sin continuidad territorial, encerrada en un puño de hierro. Zeev Jabotinsky y Benzion Netanyahu en estado puro.

Desde 2002, en Israel y Palestina hay en realidad una especie de único Estado con ciudadanos de primera, de segunda, de tercera y de cuarta, a veces reminiscente de la Sudáfrica del apartheid, a veces con trazos propios. El engranaje que lo mantiene en pie es una ocupación militar que dura desde hace décadas, cuya gama de violencias no hace más que profundizarse y extenderse, sustentada en una ideología que es una mezcla extrema de nacionalismo y colonialismo clásicos, enraizados en el siglo XIX. No hay un conflicto entre iguales, sino un poder ocupante y un poder ocupado, un capataz y un trabajador, una población con derechos plenos y una que no tiene ninguno, un opresor y un oprimido. Ambas sociedades han ido involucionando: la palestina se ha quedado sin liderazgo (el recambio generacional está, en pleno, en cárceles israelíes) y ha pasado de ser una de las más laicas de la región a tener a Hamas como uno de los referentes políticos básicos, entre otros efectos. La israelí se ha radicalizado, hasta el punto de que Netanyahu es ahora un moderado, y un rostro racista, fundamentalista religiosamente e integrista políticamente, campa sin complejos y grita a pleno pulmón “Muerte a los árabes” en la calle con la impunidad que da saber que se tiene la hegemonía social.

No es una intifada en los términos en que lo fueron la primera y la segunda (alzamientos políticos). Es una revuelta de jóvenes que en los enfrentamientos a piedras o en sus intentos de asesinar a ciudadanos israelíes van a morir o a ser encarcelados, cosa que estadísticamente les sucedería igualmente.

Estos factores son los que chocan en Jerusalén estos días: una población palestina sin liderazgo, desestructurada geográficamente y camino de estarlo socialmente (si es que no lo está ya), sin futuro, atrapada en una ocupación discriminatoria y cruel de la que depende cualquier aspecto de su existencia, que se come sus tierras y sus ciudades y amenaza con quedarse con sus templos religiosos, por qué no, ya ha ocurrido antes. Una población israelí más radicalizada que cuando volaban restaurantes y autobuses, que no quiere ver en su seno el horror que voces bravas como la de los periodistas Gideon Levy y Amira Haas denuncian. No es una Intifada en los términos en que lo fueron la primera y la segunda (alzamientos políticos), entre otros motivos porque si lo fuera su objetivo no sería Israel sino los estertores de la ANP, un zombi, un muerto que anda. Es una revuelta de jóvenes que en los enfrentamientos a piedras o en sus intentos de asesinar a ciudadanos israelíes van a morir o a ser encarcelados, cosa que estadísticamente les sucedería igualmente. Y sí, algunos de estos jóvenes palestinos odian a los israelíes en los mismos términos que muchos israelíes odian a los palestinos, eso explica los navajazos de un lado y los bebés quemados vivos por el otro. Esta cuestión de piel es nueva, esto no había sido nunca hasta ahora un asunto de rechazo innato, de color de piel. Si esto fuera una Intifada –muchas reacciones esporádicas no hacen una revuelta–, sería una Intifada del Odio. Arde Mississippi, con su ensañamiento, su racismo, su odio, en Jerusalén.

Y los equidistantes de la prensa, a lo suyo: con sus espirales de violencia, su proceso de paz eternamente amenazado y sus citas a la Conferencia de Madrid, Oslo y a Yitzhak Rabin, ni  los palestinos que se enfrentan a las fuerzas de seguridad israelíes ni los colonos que buscan árabes a los que linchar habían nacido cuando fue asesinado. Y los equidistantes de las cancillerías internacionales, también a lo suyo: con sus dos Estados, su “preocupación” por la “violencia sin control”, su apoyo sin fisuras al “derecho a la defensa propia de Israel”, su política de depositar todas las exigencias en quien nada puede hacer para hacer variar ni un milímetro la situación.

Ninguno quiere recordar que para apagar el Mississippi cuando ardía (en el sur de Estados Unidos, en Sudáfrica) fue necesario coraje, llamar las cosas por su nombre y no trabajar por la paz, sino por la justicia, porque sin la segunda la primera no es posible.



Joan Cañete Bayle es periodista y escritor. Redactor jefe de ‘El Periódico de Catalunya’. Fue corresponsal en Oriente Medio basado en Jerusalén (2002-2006) y Washington DC (2006-2009). Su última novela publicada, de la que es coautor, se titula ‘Expediente Bagdad’ (Siruela, 2014).

Fuente: Ctxt.es

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