El “judío-revolucionario”: un binomio que atravesó el Atlántico

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The “Revolutionary-Jew”: a Binomial that Crossed the Atlantic

ADRIANA HERNÁNDEZ GÓMEZ DE MOLINA

Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Universidad de La Habana, Cuba.

RESUMEN

Una amalgama de mito y realidad parece respaldar la identificación del binomio judío- revolucionario que se expandió por Europa a finales del siglo XIX a partir de los mitos antisemitas de la época: la identificación del judío con el “capitalismo explotador” por un lado y con el “socialismo revolucionario” por otro; además de culparlos de ser los fraguadores de una conspiración a escala mundial. El presente trabajo es un intento primario de acercarnos a las causas que llevaron al sector judío, o al menos a una parte considerable de él, a vincularse con los movimientos revolucionarios europeos de finales del siglo XIX y principios del XX; a ensayar sobre el papel de los judíos como principales teóricos del socialismo; y a analizar cómo la identificación del binomio judío-revolucionario influyó también en la comunidad judía cubana, lacual se encontraba en pleno proceso de formación en la primera mitad del siglo xx.

PALABRAS CLAVE: comunista, comunidad, judíos, revolución.
ABSTRACT

A combination of myth and reality seems to back up the identification of the binomial Revolutionary-Jew that expanded itself throughout Europe by the end of the 19th century, as from the anti-Semite myths of the time: the Jew’s identification with “exploitative Capitalism”, on the one hand, and the “revolutionary Socialism”, on the other. Besides blaming them for being the schemers of a world conspiracy. The present work is a primary attempt to get close to the causes that encouraged the Jews, or at least a considerable number of them, to get involved in theEuropean revolutionary movements in late 19th and early 20th centuries; to carry out a debate on the Jews’ role as the main theoreticians of Socialism, and to analyze the way in which the identification of Revolutionary-Jew binomial influenced the Cuban Jewish community, which was in the midst of its formation process during the first half of the 20th century.

KEYWORDS: communist, community, Jews, revolution.

Los judíos y las revoluciones

Tradicionalmente los judíos se han visto vinculados al movimiento revolucionario y es un hecho que los principales fundadores del socialismo teórico han sido también judíos. Sin pretender dar una respuesta estrictamente antropológica al respecto, nos permitimos ensayar que ello obedece a determinadas razones muy relacionadas con la propia idiosincrasia del pueblo hebreo y a su inserción como grupo social en los diferentes contextos históricos.

En primer lugar, los judíos poseen una vocación mesiánica fuertemente arraigada en su tradición religiosa. Los orígenes fundacionales del pueblo hebreo se remontan a un pacto teológico y sociológico, constitutivo del judaísmo como colectivo humano y como religión(1) a la vez. Por lo tanto, los judíos se consideran a sí mismos el “pueblo elegido”, llamados a traer al mundo elevadas normas éticas emanadas del respeto monoteísta y la redención universal a través deun Mesías. Si pensamos en el socialismo internacionalista como una suerte de “redención universal”, pueden entenderse entonces comentarios como los de Edward Berstein, uno de los principales organizadores de la Segunda Internacional: “Cuando el problema judío adquirió una forma aguda durante la Guerra, vi en la Internacional Socialista la fuerza liberadora que un día traería la solución” (citado por Friedlander, 1972, p. 101); o el de un diario judío francés de 1920: “El hecho de que tantos judíos sean bolcheviques y que el ideal del bolchevismo está en muchos puntos de acuerdo con el más sublime ideal del Judaísmo, tiene una gran significación que deberá examinar cuidadosamente todo judío reflexivo” (citado por Poncin, 2013, p. 1).

Por otra parte, los judíos ostentaban en la Europa de finales del siglo XIX, en momentos en que primaba la exacerbación de los nacionalismos, un sentimiento nacionalista menos arraigado que sus coterráneos, lo que con frecuencia los condujo a una proyección universalista. Así, el rabino J. L. Magnes dijo: “Cuando el judío dedica su pensamiento y toda su alma a la causa de los obreros, de los trabajadores y de los desposeídos y desheredados de este mundo, es tal su cualidad fundamental, que va hasta la raíz de las cosas. En Alemania llega a ser un Marx, un Lasalle, o un Edward Berstein; en Austria, un Víctor Adler, o un Trostky en Rusia” (citado por Poncin, 2013, p. 1). Igualmente, Lenin celebraba los “rasgos grandiosos y universales de la cultura judía” (citado por Poliakov, 1989, p. 104).

Otro elemento digno de señalar es el papel de la educación rabínica sobre la base del Talmud(2) que generalmente recibe todo judío desde la más temprana edad, ya sea en las ieshivot (academias rabínicas) -sobre todo en Europa del Este-, o en el seno familiar, la cual contribuye a desarrollar notablemente el pensamiento especulativo; así, encontramos que a menudo los judíos son individuos de altos vuelos teóricos. El principal ideólogo del socialismo, Carlos Marx, nació judío y fue bautizado a los seis años por su padre Hirschel, quien era hijo, yerno y hermano de rabinos. Hirschel, descendiente de sabios talmúdicos, cambió su nombre por Heinrich y se hizo protestante cuando un edicto prusiano de 1817 prohibió a los judíos ejercer la abogacía en virtud de la reacción antisemita por los efectos de la emancipación importada desde Francia por Napoleón. Asimismo, acerca de Trostky Lenin decía: es el hombre más teórico del Politburó…. me hace pensar.

Del mismo modo, un elemento de gran peso en la identificación del sector judío con el movimiento revolucionario en el siglo XIX lo constituyó su resentimiento lógico hacia una sociedad que no los acepta en el plano de la igualdad. El antisemitismo que se perfiló como tendencia finisecular en casi todos los países europeos se debió a la fuerte reacción de la sociedad ante el ascenso económico y social de los judíos en virtud del proceso de emancipación ciudadana que se inició con la Revolución francesa. Para Trotsky, la revolución, solo la revolución y nada más que la revolución, sería la panacea para todos los males, el antisemitismo incluido.(3)

Lo anterior se hizo más evidente en Europa del Este. Mientras que en Occidente se vivían las transformaciones sociales derivadas del proceso de asimilación, hasta bien entrado el siglo XIX, en la Rusia de los zares, los judíos estaban circunscritos a vivir en zonas de residencias o schetl, víctimas de los pogromos (embestidas populares) y en difíciles condiciones económicas que con frecuencia los llevaron a buscar nuevos horizontes, o en muchos casos arrojarse en los brazos de la revolución.(4)

Ellos fueron el núcleo de la socialdemocracia europea a finales del siglo XIX y, dentro de ella, el grueso de los socialistas revolucionarios. No es casualidad que desde 1897, año en que Tehodor Herzl creara la primera agrupación judía mundial,(5) ya existía la Unión General Obrera Judía de Rusia y Polonia (Bund judío) que fuera el embrión fundacional del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso de 1898, donde poco a poco aumentó la primacía de la idea del internacionalismo revolucionario por sobre el factor nacional judío. Pero no solo los pogromos y el pauperismo lograron impulsar a los judíos del Oriente europeo hacia la revolución, sino también las severas medidas gubernamentales que solían acompañarlos; un buen ejemplo fue la ley del “numerus clausus” (número cerrado)(6) para acceder a estudios superiores en Rusia que terminó literalmente “condenando” a la juventud judía a militar en el bando de la revolución.

Fue el “alto componente” judío dentro del movimiento revolucionario en ascenso, así como el asesinato del Zar Alejandro II en 1881, lo que hizo que muy pronto los judíos fueran vistos como la etnia subversiva por excelencia, acusados de regicidio, conspiración y anarquía. Dos salidas fundamentales se presentaban ante el judaísmo oriental: la emigración o el socialismo revolucionario; esta última fue la opción que adoptó una buena parte de la juventud judía que decidió, antes de emigrar, luchar en su propio ambiente y diluir su judaísmo en el internacionalismo socialista.

Por otra parte, la preponderancia del elemento judío en el seno del nuevo gobierno soviético a partir de 1917,(7) su papel dentro de los consejos de soldados que desde 1918 se organizaron dentro del ejército alemán, así como su influencia dentro del Partido Socialista Independiente,(8) convencieron a millones de europeos de que en realidad se tramaba una conspiración judeo-masónica-bolchevique por el dominio mundial al estilo de Los protocolos de los Sabios de Sion,(9) cuyo baluarte principal era la Rusia bolchevique. La situación se hizo tanto más evidente por el papel de Kurt Eisner -que para muchos era el símbolo del judío revolucionario- en la proclamación de la República de Baviera en 1919, y porque en ese mismo año se estableció en Hungría la República de los Consejos y Bela Kunt instauró un régimen comunista en el que las dos terceras partes de los comisarios eran judíos.

La etiqueta de “judío-revolucionario” fue el precio que tuvieron que pagar muchas comunidades en la Rusia soviética durante la Guerra civil, y aunque la base objetiva para la “cuestión judía” se esfumó después de 1945 al desaparecer con los judíos y respecto a ellos, la competencia económica, los problemas de asimilación y/o modernización cultural, la dialéctica minoría-mayoría y las diferencias religiosas, otra supuesta base para el antisemitismo contemporáneo se propició en Europa del Este tras el colapso del socialismo: el rol prominente de los judíos en los regímenes socialistas nacionales al estilo soviético. Tema que aún perdura en las sociedades poscomunistas de Europa del Este, donde los judíos son asociados, tanto con “los horrores del comunismo”, como con el capitalismo neoliberal.

El binomio judío-revolucionario atraviesa el Atlántico

La comunidad judía cubana experimentó un notable crecimiento después de la Primera Guerra Mundial cuando el grueso de sus efectivos provino de judíos ashkenazíes (en Alemania Ashk’naz)(10) emigrados de Europa Oriental, fundamentalmente de Polonia, Lituania y Rusia, que en Cuba eran conocidos como “polacos” independientemente de su lugar de origen (Bejarano, 2001). Entre estos se encontraban numerosos individuos de formación socialista y claramente marxista.

La influencia de los llamados “polacos” en la expansión del comunismo en Cuba

La llegada de los “polacos” entre 1920 y 1930 hizo de este período el de mayor inmigración hebrea en la historia de Cuba. Aunque la mayoría de los que arribaron lo hicieron porque vieron en la Isla la vía más expedita para transitar hacia los Estados Unidos,(11) muchos se vieron obligados permanecer en ella afectados por las restricciones migratorias norteamericanas de 1921 y 1924 (Ley de cuotas). No obstante, buena parte de ellos pudieron, por su espíritu emprendedor y laboriosidad, ascender a posiciones económicas dentro de la clase media,(12) otro sector muy importante se destacó por una motivación vital diametralmente opuesta: la transformación social. Como señala la historiadora Maritza Corrales (2002): “tanto por su número, como por su composición religiosa y política la inmigración “polaca” acabó otorgando los rasgos distintivos de la comunidad judía cubana en la primera mitad del siglo XX a partir del contrapunteo entre sus dos tendencias ideológicas principales: el comunismo y el sionismo” (p. 86).

Por otra parte, la crítica situación vivida en la Isla a mediados de los años 20 fue un importante caldo de cultivo para la difusión de la ideología comunista traída por varios de los recién llegados, de los cuales, solo una quinta parte eran obreros calificados, el resto eran trabajadores y artesanos de bajos recursos. Estos inmigrantes resultaron el grupo más activo a nivel político y gremial, en gran medida, por su formación previa en la fuerte tradición iddishista que caracterizó a la izquierda bundista, socialista y luego también comunista europea.

Un buen ejemplo del grado de compenetración que muy pronto existió entre los hebreos y los militantes cubanos fue la creación en la Habana Vieja de la fonda judía La cooperativa,(13) que muy pronto se convirtió en punto de encuentro e intercambio entre activistas, donde los revolucionarios cubanos, por lo general sin recursos, “comían gratis la comida judía, llegando incluso a tomarle gusto” (Kersffeld, 2010, s. p.).

No es de extrañar entonces que entre las agrupaciones comunistas reunidas en La Habana en 1924 para crear lo que sería posteriormente el Partido Comunista cubano, figuró la Sección Comunista Hebrea, que contaba con una veintena de militantes orgánicos, en gran medida nucleados por la acción de la pequeña colonia hebrea capitalina que atendía a los judíos recién llegados de Europa. Entre sus principales activistas se encontraban Yoska Grinberg, el lituano Félix (Pinjas) Gurbich, Miguel Magidson, Karol Wasserman, cuyos conocimientos de español le valieron el ser nombrado traductor de la “Sección Hebrea”, y sobre todo, el joven Avreml Grobart Mankowska (Fabio Grobart),(14) conocido en aquel entonces como “yunger Simjovich” (joven Simjovich), que había llegado a Cuba procedente de Polonia en la oleada migratoria de 1924.

Este núcleo parlante de iddish y de una clara orientación marxista, se fundió con el Partido Comunista en 1925 y algunos de sus miembros pasaron a formar parte de su Comité Central (como el mismo Grobart en 1926) allí se encargaban, junto a otros, de la enseñanza del marxismo. Sus activistas poseían una vasta experiencia política dada por su participación en los partidos y juventudes comunistas europeos, lo que sin duda fue un factor que contribuyó, tanto a elevar desde un principio la actividad de la propia “Sección Hebrea”, como a proporcionarle al futuro partido una importante red de contactos con sus homólogos de los países de Europa, incluso en la Unión Soviética.(15) En las reuniones del recién creado partido cubano se trató el tema del desempleo que afectaba a muchos inmigrantes hebreos y el mismo Julio Antonio Mella integró el grupo encargado de ayudarlos a buscar trabajo.

Contenido social de la comunidad hebrea cubana en la primera mitad del siglo XX

Una nueva institucionalidad y específicos puntos de agrupamiento terminaron de zanjar las diferencias sociales entre la comunidad judía habanera. Desde ahí, a partir de la dicotomía entre las mencionadas posturas comunista y sionista, se fueron estructurando las principales instituciones ashkenazíes entre los años 1920 y 1940.

Mientras que la “Sección Hebrea” (creada a principios de 1924) nucleaba básicamente a los sectores procedentes del artesanado y del proletariado, el Centro Israelita, fundado en 1925 también al calor de la masiva entrada de judíos de Europa del Este, agrupaba a comerciantes y propietarios con un marcado interés en el ascenso social. Así, según sus líderes principales declararon en entrevista con el presidente Ramón Grau San Martín en 1944: el Centro es una organización de carácter cultural y social, en menor medida religioso, [….] es la decana de las instituciones hebreas radicadas en Cuba […] institución de carácter benéfico, recreativo y cultural […] entre cuyas funciones están ofrecer enseñanza primaria a niños hebreos nacidos en Cuba […] organizar conferencias científicas, literarias y culturales, dictadas por personalidades cubanas y extranjeras de reconocido prestigio sobre tópicos nacionales e internacionales o sobre grandes figuras cubanas de distintas épocas, [….] fundar y sostener templos e instituciones de salud y caritativas […] así como mantener contacto con las autoridades cubanas en los temas referidos a los problemas migratorios (Representantes de las sociedades hebreas visitan al presidente electo Dr. Ramón Grau, 1944, p. 10c).

Particularmente los comunistas y simpatizantes con la Unión Soviética agrupados en la “Sección Hebrea” establecieron sus lazos de pertenencia con el Centro Cultural Obrero Hebreo (Kultur Farain), fundado en 1926, y del que Fabio Grobart dijo “es una organización solo de obreros [.…] que nada tenía en común con los otros hebreos sionistas y religiosos” (citado por Kersffeld, 2010, s. p.).(16) Sus principales encuentros se realizaban fundamentalmente los sábados con lo que se reproducía la tradición judía del shabat,(17) aunque en un sentido laico. En ellos, además de las actividades artísticas y culturales, se discutía sobre la realidad política y social cubana, con lo que se brindaba una solidaridad cada vez más abierta con el movimiento obrero cubano, y con sus luchas y reivindicaciones.

El impacto de los comunistas venidos de Europa del Este dentro de la vida pública judía permaneció fuerte hasta los años treinta. A partir de ese momento comenzó a disminuir gradualmente en la medida que muchos obreros y artesanos judíos se convirtieron en sus propios empleadores(18) y tendieron a mudarse a otras organizaciones ashkenazíes dentro de la comunidad, como el Centro Israelita, que poco antes habían calificado de “reaccionario y burgués”.

No obstante, el binomio “judío-revolucionario” cobró su precio

La variada orientación política de la presencia judía en Cuba, nucleada en organizaciones con diferentes intereses económicos, políticos y religiosos,(19) sin lugar a dudas provocó sentimientos encontrados dentro de la propia comunidad. Esta, en momentos cruciales como los años treinta, no pudo aunar sus esfuerzos de manera coordinada en aras de, por una parte, influir en la aceptación de nuevos inmigrantes -ahora como refugiados- cuando los eventos europeos demandaban la reubicación de un número cada vez mayor de ellos, y, por otra, enfrentar las manifestaciones antisemitas procedentes de ciertos círculos de poder cubano-españoles conservadores que centraron sus esfuerzos en detener la inmigración judía a través de campañas de prensa “nacionalistas” con claros visos antisemitas.(20)

Así, los prósperos judíos “americanos” de la United Hebrew Congregations negaron el apoyo al Centro Israelita Cubano cuando en 1937, a falta de una organización identitaria para estos fines, este tomó la iniciativa de representar a la comunidad judía en su totalidad en las gestiones para alentar la entrada de refugiados y combatir las manifestaciones de antisemitismo aparecidas en la prensa. Los judíos asimilados de la United Hebrew Congregation no veían en los líderes del Centro Israelita más que sindicalistas y comunistas -hablantes de yiddish- venidos de Europa del Este, por lo que decidieron mandar su propio representante a hablar con Batista en un esfuerzo aislado que, por demás, resultó infructuoso.

La necesidad imperiosa de buscar un destino para los refugiados que huían del horror nazi hizo que en 1937, a iniciativa del American Jewish Joint Distribution Comittee de Estados Unidos, se creara en La Habana una subsede local: el Comité Judío de Refugiados, cuyo objetivo era atender las necesidades de los refugiados que llegaban a Cuba. Lamentablemente, a pesar de los denodados esfuerzos de su directivo Jacob Brandon, esta organización no logró aunar las energías de todas las organizaciones judías cubanas, que por sus antagonismos internos no se comprometieron por igual con este propósito. Todo cuanto pudo hacer el Comité Judío de Refugiados fue “trabajar tras el telón” y mover influencias dentro del gobierno para lograr la entrada de más refugiados.
Este aspecto fue valorado por Eduardo Weinfeld en un artículo publicado en 1940 de la siguiente manera:

La vida social y cultural de la colectividad judía está en un nivel bajo, en comparación con otras comunidades de América Latina. Hay sociedades de todo género dentro -sociales, culturales, religiosas, benéficas- pero ninguna de ellas es representativa del judaísmo habanero [….] con marcados antagonismos políticos, sin prestigio y prácticamente sin miembros activos fuera de sus comisiones directivas, la vida social judía en La Habana tiene un aspecto caótico (p. 470).

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RECIBIDO: 21/10/2015
ACEPTADO: 14/11/2015

Adriana Hernández Gómez de Molina. Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: adriana@sangeronimo.ohc.cu

NOTAS ACLARATORIAS

1. Una familia de tribus se convierte en pueblo al consentir una alianza con Dios, la cual es base del Judaísmo como religión y como colectivo humano (Bokser, 2011, p. 107).

2. Talmud: compilación rabínica de la Ley oral (Mishná) y de la tradición derivada de ella. Constituye la obra escrita más importante del Judaísmo, después de la Torá o Ley revelada.

3. La apatía de Trotsky hacia la “cuestión judía” no varió, incluso cuando lo visitaron para alertarlo de patentes masacres, como hiciera en 1921 el rabino de Moscú, Jacob Maze. Ante la respuesta de Trostky: “Yo soy un revolucionario bolchevique, no un judío”, Maze refutó con sarcasmo: “Los trotskys hacen la revolución y los bronsteins [apellido judío de Trostky] pagan la cuenta” (Perednik, 1994, p. 284).

4. El proceso de emancipación tardío que comenzó en Rusia en 1861 con las reformas liberalizadoras de Alejandro II, hizo arribar a las ciudades a miles de judíos desclasados y “liberados” de las zonas de residencia, que rápidamente se constituyeron en una fuerte competencia para los sectores urbanos y fueron víctimas del antisemitismo.

5. Primer Congreso Sionista Mundial, celebrado en Basilea en 1897 con el fin de aunar los esfuerzos de los judíos del mundo para lograr la creación de un Estado-nación judío en Palestina. Nació también allí la Alianza Universal Israelita.

6. Práctica que limitaba el acceso de los judíos asimilados de las ciudades a los estudios superiores a razón de solo un 3 % en las ciudades más importantes como Moscú y Petersburgo, donde el sector judío representaba alrededor del 25 % de la población (Perednik, 1999, p. 64).

7. Los principales colaboradores de Lenin eran judíos; Lev Trostky fue el creador del Ejército Rojo, Bujarin, Zinoviev y Kamenev, la “troika” de ideólogos; Maximov Litvinov el Comisario para Relaciones Exteriores en la década del 30 y Marc Chagall Comisario para la Sección de Arte Contemporáneo en Vitebsk.

8. Rosa Luxemburgo, Leo Jogisches y Paul Levi también eran judíos.

9. El mito de una conspiración judía a nivel mundial se popularizó a partir de la difusión de un panfleto espurio del místico de origen ruso Serguei Nillus, que fuera “descubierto” en París en 1902 por la Orjana policía zarista. Los protocolos de los sabios de Sión actualizaban la vieja tradición demonológica medieval y señalaba a los judíos como los responsables de las principales revoluciones modernas acontecidas en Europa y fraguadores de una conspiración a escala mundial. Supuestamente, contenían las actas del primer Congreso Sionista Mundial celebrado en Basilea en 1897 y señalaba a la Alianza Universal Israelita como centro de la conspiración judía.

10. Judíos oriundos del centro y Este de Europa, parlantes de iddish, dialecto germano-hebreo formado en la Edad Media.

11. En 1924 bastaba solo un año de residencia en Cuba para obtener una visa de entrada a los Estados Unidos. Por lo menos 7 000 judíos emigrantes desembarcaron en la Isla entre 1921 y 1923, cifra que se duplicó al año siguiente. Según Robert Levine (1993), se calcula que en 1924 residían en Cuba unos 24 000 hebreos, muchos de los cuales estaban en espera de una visa de entrada a los Estados Unidos (p. 94).

12. En este sentido nos refiere Daniel Kersffel (2010):

resultó de particular importancia la existencia de toda una red que permitió a los recién llegados ir insertándose en determinados nichos de la economía y en el desempeño de algunos rubros vinculados, sobre todo, con la práctica artesanal -fabricación y comercio de zapatos, medias y ropa hecha- la apertura de negocios propios y la venta en cuotas [….] hacia 1933 los “polacos” se convertirán en los mejores y más dinámicos empresarios de Cuba, pudiendo reconvertir sus anteriores talleres en establecimientos fabriles de una industria ligera en constante expansión. (s. p.)

13. La “Kij Kcoperativ” se ubica en Compostela 651 entre Luz y Acosta.

14. Nacido en Polonia en 1905 ingresó a los 17 años en la Liga Juvenil Comunista y tuvo que trasladarse a Cuba en 1924 como emigrado político. Integró la Agrupación Comunista de La Habana y participó en la fundación del Partido Comunista donde jugó un papel de primera línea. Jubilado del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y de la Asamblea Nacional, presidió el Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba desde su fundación en 1973 hasta su muerte (Sánchez, 1996, p. 180).

15. Para el establecimiento del Partido Comunista resultó de gran importancia la vinculación que la “Sección Hebrea” ya tenía con el Comintern según se desprende de una carta enviada por Fabio Grobart a los dirigentes de Moscú en los primeros meses de 1925: “Si aquí existiera una organización de un partido comunista, nosotros estamos convencidos que ella podría estar en condiciones, no solo de llevar a cabo un máximo de trabajo organizativo, sino que -a más de ello- esta se convertiría en la única fuerza política o partido político que podría encabezar a la clase trabajadora de Cuba” (citado por Kersffeld, 2010, s. p.).

16. Grobart dijo también que el Centro Cultural era una organización con un firme “trabajo de lucha contra el sionismo” en la que “mucha gente que no conocíamos empezaba a agruparse [….] porque eran de izquierda y, aunque muy pocos eran miembros del Partido, la mayor parte estaba influenciada por las ideas de la Unión Soviética” (citado por Kersffeld, 2010, s. p.).

17. El Shabat corresponde al sábado, día de reposo en la tradición hebrea.

18. El ascenso de muchos artesanos judíos a la categoría de empleadores tuvo lugar a partir de un proceso de subcontratación en las industrias domésticas mediante el cual el artesano judío, que normalmente trabajaba en su casa con su esposa e hijos, contrataba a su vez a otro trabajador como ayudante, que era capaz a su vez de subcontratar a otro a destajo, generalmente nuevo inmigrante, a muy bajo costo. Esto era perfectamente posible en las industrias domésticas del calzado y de las confecciones judías destinadas a la venta a bajos precios, y, que, por otra parte, no estaban afectadas por la Ley de Nacionalización del Trabajo de noviembre de 1933, la cual estipulaba que al menos el 50 % de los trabajadores de una industria, tenían que ser nacidos en Cuba o nacionalizados (Bejarano, 1988, p. 61).

19. Una de las primeras sinagogas creadas en La Habana fue, en 1914, la Unión Hebrea Chevet Ahim (de orientación sefardita), ubicada en la calle Inquisidor entre Santa Clara y Sol. Por otra parte, estaban los llamados “americanos”, judíos procedentes de Estados Unidos venidos a Cuba desde la guerra de 1898 y en la segunda intervención norteamericana, generalmente vinculados con intereses norteamericanos. En 1906, este núcleo creó el United Hebrew Congregation, primera institución judía en la isla con fines fundamentalmente religiosos.

20. El siguiente fragmento es un ejemplo claro: “Los judíos se organizan en todas partes con su férrea característica de raza maldita, que devuelve fríamente a la humanidad toda la repulsión que esta siente por ellos, porque […] tiene que vivir bajo su yugo y dejarse explotar […] porque los gobiernos no tienen tiempo de dictar medidas contra ese mal básico de todos los pueblos” (Juliá, 1937, p. 3).

Fuente: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0253-92762016000100007

Gracias a Moisés Scherman

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