La marginación política de las mujeres palestinas en Cisjordania

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Por Yara Hawari.*

Resumen

Aunque las mujeres palestinas siempre han desempeñado un papel fundamental en la lucha por la liberación del régimen israelí de asentamiento colonial, se han enfrentado a una constante marginación política. Esta experiencia se ha vuelto más multifacética y arraigada desde la década de 1990, cuando los Acuerdo s de Oslo provocaron gran cantidad de cambios en la estructura de la sociedad y de la gobernanza palestinas. 1

Entre estos cambios se incluye una nueva dependencia por parte de la sociedad civil palestina, incluidas las organizaciones de mujeres, de la ayuda de donantes internacionales y el respaldo dado a la corrupta e implacablemente patriarcal Autoridad Palestina (AP) la cual, en vez de enfrentarse a la ocupación israelí y la opresión a la que somete a la población palestina, tanto hombres como mujeres, la complementa. Estos hechos han provocado que las mujeres palestinas se enfrenten hoy en día a unos retos aún mayores en lo que se refiere al activismo y a la participación política.

Este informe político aborda estas cuestiones, ofrece un panorama histórico de la participación política de las mujeres palestinas y a continuación examina las razones de su despolitización, para lo que se centra especialmente en Cisjordania. Concluye ofreciendo a las mujeres palestinas y sus aliados algunas vías posibles para romper este proceso y revitalizar la lucha de liberación palestina por medio del feminismo.

Las mujeres palestinas como agentes políticos

Durante mucho tiempo las mujeres palestinas han sido personas politizadas no solo como esposas, hermanas o madres, sino también como luchadoras, organizadoras y dirigentes con una capacidad de acción que no se define por su relación con los hombres. Si observamos la historia de Palestina, las mujeres siempre han estado presentes y activas en momentos políticos y nacionales fundamentales, aunque también han tenido que desenvolverse en medio de tensiones entre el feminismo, el nacionalismo y la lucha anticolonial.

En 1917 las mujeres palestinas participaron en las manifestaciones en contra de la Declaración Balfour. Posteriormente muchas asociaciones de mujeres se asociaron en el marco del Congreso de Mujeres Árabes que se celebró en 1929 en Jerusalén. Este congreso creó el Comité Ejecutivo de las Mujeres Árabes para la toma de decisiones y sirvió como inicio en Palestina de un movimiento de mujeres organizado. 2 Muchas de las mujeres que participaron en el Comité pertenecían a las clases alta y media urbanas, sobre todo de Jerusalén, y se involucraron en la organización de la comunidad y en tareas de caridad. No obstante, el Comité también fue un organismo político cuyas participantes pronuncia ron valientemente discursos en espacios que tradicionalmente estaban dominados por hombres, como el Haram al Sharif [el Monte del Templo o Explanada de las Mezquitas] y la Iglesia del Santo Sepulcro [de Jerusalén].

Durante el levantamiento palestino contra los británicos en 1936 las mujeres participaron masivamente no solo en las manifestaciones, sino también en las operaciones de contrabando de armas y de suministro a quienes combatían en la guerrilla. En este sentido desempeñaron un papel fundamental las mujeres trabajadoras y del ámbito rural palestinas. Escondían armas entre sus ropas o en los campos y atravesaban los terrenos compartiendo información importante con las guerrillas, como la ubicación de las tropas británicas y las rutas de abastecimiento. 3

Más de una década después la Nakba o la Catástrofe palestina de 1948 desgarró la sociedad palestina, devastó la infraestructura social e institucional que había creado en las décadas anteriores el movimiento de mujeres. La creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1964 supuso para muchas organizaciones de la sociedad civil nacidas antes de la Nakba una centralización y un hogar institucional. La febril creación de instituciones que siguió a la fundación de la OLP proporcionó muchas más oportunidades de trabajo para las mujeres. Además, en 1965 se fundó la Unión General de Mujeres Palestinas (GUPW, por sus siglas en inglés) y muchas organizaciones de mujeres se situaron bajo su paraguas, lo que revitalizó el movimiento de mujeres palestinas. Estas organizaciones ofrecían a las mujeres servicios educativos, médicos, legales, sociales y profesionales, se ocuparon de su defensa y establecieron relaciones con otras organizaciones de mujeres de todo el mundo.

Tras la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza en 1967 la GUPW empezó a responder a las necesidades más inmediatas de las mujeres y niños palestinos, entre lo que se incluía la creación de centros de salud y orfanatos. A finales de la década de 1960 Fatah se hizo cargo de la GUPW. A diferencia de algunas facciones políticas de izquierda, Fatah carecía de una postura o visión articulada de las mujeres palestinas. A pesar de ello la GUPW logró abrir filiales en la diáspora y ha estado particularmente activa en aquellos Estados árabes que cuentan con una gran cantidad de personas refugiadas palestinas. Actualmente sigue siendo una institución dependiente de la OLP.

En los años en los que se creó la GUPW las mujeres palestinas también participaron en la resistencia armada y la mayoría de las principales facciones políticas que llevaron a cabo lucha armada establecieron campos de entrenamiento para mujeres revolucionarias. Una las mujeres más conocida era Layla Khaled, miembro del partido de izquierda Frente Palestino para la Liberación de Palestina (FPLP) y que logró llamar la atención internacional por su papel como comandante de la Operación Dawson’s Field, que la convirtió en la primera mujer que secuestró un avión. Más tarde Khaled se convirtió en oradora en la escena de la solidaridad internacional. Otra mujer miembro del FPLP, Shadia Abu Ghazaleh, fue una de las primeras mujeres palestinas que participó en la resistencia militar palestina después de 1967. Murió más tarde cuando preparaba un artefacto explosivo. Dalal Mughrabi, que era miembro de Fatah, participó en una operación militar en 1978 en la que resultó muerta, así como 38 civiles israelíes.

Khaled, Abu Ghazaleh y Mughrabi rompieron muchas convenciones tradicionales y nacionalistas que limitaban el papel de las mujeres en la lucha de liberación al de cuidadoras de hijos y maridos, ya fueran luchadores o presos. Aunque el hecho de organizar la resistencia armada y participar en ella contribuyó a poner en entredicho los estereotipos tradicionales sobre los papeles de género, las tensiones entre la emancipación femenina y el nacionalismo siguieron siendo muy fuertes. De hecho, muchos dirigentes palestinos primaron la liberación nacional por encima de la emancipación de las mujeres palestinas, hasta el punto de que esta postura se convirtió en la norma.

Dos décadas después las imágenes de mujeres y chicas palestinas arrojando piedras, desafiando a los soldados y encabezando manifestaciones durante la Primera Intifada auguraron una restructuración social. En este periodo los grupos de mujeres consolidaron su implicación en el trabajo social y la organización política, lo que permitió a las mujeres tener más actividad fuera de sus casas con el pretexto de la lucha y llegar a espacios que previamente habían sido exclusivamente masculinos, como las reuniones políticas o la primera línea de las manifestaciones. Todo ello contribuyó inevitablemente a erosionar la autoridad patriarcal familiar.

No obstante, en la memoria y escritura colectivas a menudo se tiene una visión romántica de la Primera Intifada, no solo en lo que se refiere a la resistencia y organización de la comunidad, sino también al papel de las mujeres en la lucha. Es importante señalar que algunas mujeres sufrieron rechazo social debido a su participación política. Por ejemplo, aunque mientras estuvieron presas se glorificó a muchas mujeres que habían sido encarceladas, en cuanto recuperaron la libertad a menudo se enfrentaron a obstáculos sociales, como la imposibilidad de casar se o de encontrar trabajo. Además, a menudo se consideraba a las mujeres en relación a las figuras masculinas, como madres o esposas, como demuestran muchos carteles políticos de la época.

Varios años después de la Primera Intifada la delegación palestina que acudió a la Conferencia de Madrid de 1991 incluía dos mujeres (Hanan Ashrawi y Zahira Kamal) entre las 21 personas que formaban la delegación. Sin embargo, años después no asistió ninguna mujer a los Acuerdos de Oslo. Las mujeres palestinas no fueron las únicas marginadas en Oslo ya que también se excluyó a las personas palestinas refugiadas de la diáspora y las personas ciudadanas palestinas de Israel. Oslo creó un marco, aunque limitado, en el que se empoderó a los dirigentes palestinos varones exiliados, en vez de un marco en el que se empoderara al pueblo palestino en su conjunto. Esta exclusión aumentó aún más la tensión entre la lucha nacional y el movimiento de mujeres.

Despolitizar a las mujeres palestinas

La tensión entre nacionalismo y feminismo ha continuado en el período posterior a Oslo y ha ido acompañada de la tendencia de las mujeres palestinas a enfrentarse a múltiples fuerzas que reprimen activamente su politización y su participación en los espacios políticos. La fuerza omnipresente ha sido y sigue siendo el régimen israelí que ha oprimido a las mujeres palestinas desde el mismo día en que se estableció tanto por medio de formas de violencia de género como empoderando las estructuras patriarcales a través de su incesante colonización y fragmentación de la tierra y de las comunidades. No obstante, también es importante reconocer las fuerzas dentro de la comunidad palestina e internacional que contribuyen a debilitar el papel político de las mujeres palestinas.

La “ONGización” del movimiento de mujeres 

Los Acuerdos de Oslo no solo crearon un nuevo marco para la “paz” y la “construcción del Estado” sino que también pusieron en marcha una transformación fundamental de la sociedad civil palestina, incluido el movimiento de mujeres. La ayuda extranjera inundó Palestina y creó una situación en la que la sociedad civil pasó a depender del patrocinio externo. Mientras que antes de Oslo los partidos políticos eran el principal apoyo de las organizaciones de la sociedad civil, en la era posterior a Oslo estos vínculos se rompieron y debilita ron deliberadamente. Muchos estudiosos han identificado este proceso como una “ONGización”, que Islah Jad describe a certadamente como unas circunstancias en las que “las cuestiones de interés colectivo se transforman en proyectos aislados del contexto general en el que surgen, sin tener en cuenta los factores económicos, sociales y políticos que les afectan”.

La profesionalización y burocratización de las organizaciones de la sociedad civil las distanciaron de las comunidades populares locales. Toda la atención se centró en las fechas límite para entregar proyectos, los presupuestos, las propuestas de financiación y los informes anuales, de todo lo cual tenían que responder ante la comunidad de donantes internacionales. El cambio a una agenda que estaba dirigida por los donantes también alejó a muchas organizaciones de la retórica politizada de la liberación y del nacionalismo. Muchos grupos y organizaciones dentro del movimiento de mujeres también sufrieron esta transformación.

Este cambio se aprecia particular mente en el vocabulario acerca de los derechos de las mujeres empleado por la sociedad palestina posterior a Oslo. Los organismos de la ONU y otras organizaciones internacionales defin en muchos términos o palabras de moda utilizados para obtener financiación para los proyectos y les atribuyen sus propios significados y condiciones. Por ejemplo, el término “empoderamiento” se limita al empoderamiento económico y a la participación en la “toma de decisiones” en vez de al empoderamiento de las mujeres para que resistan a la ocupación y construyan una visión de un mundo postcolonial. De hecho, muchos proyectos se centran únicamente en el empoderamiento económico de los hogares, con el objetivo de ayudar a las mujeres a ser menos dependientes financieramente de los hombres que sustentan la familia. Esto contrasta fuertemente con las muchas cooperativas dirigidas por mujeres que se crearon antes de Oslo con el objetivo de lograr independencia económica de Israel y que se articularon como una forma de resistencia, como las cooperativas de mujeres productoras creadas durante la Primera Intifada en Cisjordania y Gaza por los Comités de Trabajo del Sindicato de Mujeres.

Un ejemplo más reciente de esta transformación provocada por los donantes se puede ver en una campaña de una semana de duración emprendida a principios de 2019 por agencias de la ONU, organizaciones internacionales y ONG palestinas. El objetivo de la campaña, llamada “Mis derechos, nuestro poder” era “concienciar acerca de los derechos fundamentales de las mujeres” y en particular sobre la violencia doméstica. Se centró en cinco aspectos: el derecho a una vida libre de violencia, el derecho a lograr justicia, el derecho a buscar ayuda, el derecho a la igualdad de oportunidades y el derecho a tomar las propias decisiones. La campaña omitía tanto la ocupación militar de Cisjordania y Gaza como su estructura general de apartheid como principales factores que contribuyen a las violaciones de derechos que se cometen contra las mujeres palestinas. De hecho, en los comunicados de prensa y en los materiales de la campaña no aparecían las palabras “ocupación” o “Israel”, y mucho menos “apartheid” o “colonialismo”. Esto es reflejo de la tendencia en el discurso de la ayuda internacional y de la comunidad de donantes a hablar de “cuestiones” y “barreras” a los derechos de las mujeres en medio de un vacío político para evitar cualquier malestar israelí. Es un claro ejemplo de cómo la dependencia de la comunidad de donantes convierte a las organizaciones en cómplices involuntarias de la despolitización de la lucha de las mujeres palestinas.

Aunque este proceso de ONGización ha desmovilizado a muchos grupos dentro de la sociedad palestina, afecta mucho más a las mujeres debido a las tendencias patriarcales institucionales de excluir a las mujeres de la esfera política.

La apariencia de la inclusión institucional

La vuelta de la OLP a Cisjordania y Gaza, y su posterior traspaso de funciones a la Autoridad Palestina (AP) frustró a muchas personas, en particular a las mujeres militantes de l movimiento popular de la Primera Intifada que perdieron sus papeles dirigentes ya que pasaron a manos de políticos predominantemente varones, lo que puso de relieve una vez más las tensiones entre la lucha nacional y la liberación de las mujeres. En 2003 la AP creó el Ministerio Palestino de Asuntos de las Mujeres, en parte para paliar estas tensiones, y entre 2012 y 2014, cuando era ministra Haifa Al Agha, creó unidades de género en todas las agencias gubernamentales palestinas. Se supone que estas agencias se ocupan de cuestiones de género, en particular de la participación de las mujeres en la política institucional, aunque su implementación y sus resultados siguen siendo mínimos. En realidad , es probable que se crearan para cumplir ciertos requisitos, particularmente los de los financiadores, y para responder a las presiones tanto internas como internacionales de crear una estructura política con una paridad mayor.

Actualmente la inclusión de las mujeres en la política institucional palestina en Cisjordania y Gaza sigue siendo muy superficial. Aunque desde 2006 el Consejo Legislativo Palestino ha mantenido una cuota de mujeres del 20% (algo por lo que lucharon tenazmente las activistas y las organizaciones de mujeres palestinas), este porcentaje sigue siendo bajo. Además, otros organismos tienen una proporción aún más baja de inclusión. De los 15 miembros del Comité Ejecutivo de la OLP solo uno es una mujer, Hanan Ashrawi. De los 16 gobernorados de Cisjordania y Gaza solamente el de Ramala y El Bireh tienen una mujer gobernadora, Laila Ghannam. De forma similar, en abril de 2019 el gobierno [de la AP] encabezado por Mohammad Shtayyeh solo contaba con tres ministras de los 22 miembros del gobierno: Mai Kaileh, ministra de Salud, Rola Maayya, ministra de Turismo y Amal Hamad, ministra de Asuntos de las Mujeres. Todas ellas, excepto Ashrawi, provienen de las filas de Fatah, lo cual no es extraño dado el dominio que ejerce Fatah en el escenario político palestino y los recientes intentos del presidente Mahmoud Abbas de consolidar su poder dentro del partido.

Estos intentos de consolidar el poder son muestra de las características políticas de la AP, en especial el liderazgo de un hombre, el gobernar por medio de decretos presidenciales y la ausencia de separación entre los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. Además, la falta de democracia y de procesos democráticos (hace más de una década que expiró el mandato presidencial de Abbas) han permitido el nepotismo y el clientelismo, por lo que no es extraño que bajo la AP se hayan consolidado las tendencias patriarcales.

En 2014 la AP intentó mejorar el estatus de las mujeres palestinas cuando se adhirió sin reservas a la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer de la ONU (CEDAW, por sus siglas en inglés). Era el primer país de Oriente Próximo y del norte de África que se adhería y algunas personas, incluso pertenecientes a la comunidad internacional, lo proclamaron como la demostración de un progreso significativo en los derechos de las mujeres, aunque varias cuestiones hacen que esta adhesión sea menos significativa de lo que podría parecer. En primer lugar, el texto de la CEDAW no se ha publicado en el Boletín Oficial de la AP, por lo que sigue siendo no vinculante para la legislación interna. En segundo lugar, una sentencia de noviembre de 2017 del Tribunal Supremo Constitucional, que regula el estatus de los acuerdos internacionales dentro del sistema legislativo palestino, permite a los tribunales no aplicar aquellos acuerdos que entren en conflicto con la legislación palestina, lo que permite unos poderes ejecutivos no regulados y que la legislatura mantenga una autoridad patriarcal omnipresente.

Utilizar el cuerpo de las mujeres como armas 

El hecho de que las mujeres palestinas a menudo carezcan de la protección legal más básica y de representación política significa que son particularmente vulnerables cuando se pretende utilizar sus cuerpos como armas. En la sociedad palestina el acoso y la violencia sexuales son temas delicados y con frecuencia se estigmatiza socialmente a quienes los padecen. Por consiguiente, la amenaza de violencia sexual y del uso del acoso sexual son unas armas particularmente poderosas. Tanto el régimen israelí como la AP han utilizado esta violencia de género para disuadir a las mujeres de ser activas políticamente.

Desde que se estableció el régimen israelí ha utilizado sistemáticamente tácticas vinculadas al género para oprimir a la población palestina. Esto ha contribuido a reforzar los estereotipos de género y el relato patriarcal, y a excluir a las mujeres de la esfera política o atacar a aquellas que son activas políticamente. Estos ataques son de diferentes tipos y pueden incluir el acoso, las amenazas de violencia sexual y la cárcel. Esta última es la forma más eficaz de acabar con el trabajo político y, de hecho, el régimen israelí ha encarcelado sistemáticamente a las dirigentes políticas, entre las que se incluye la miembro del Consejo Legislativo Palestino Khalida Jarrar.

Cuando las mujeres palestinas están en prisión a menudo se ven sometidas a la violencia de género en un intento de “romperlas”. Por ejemplo, Khitam Saafin, dirigente de los Comités de la Unión de Mujeres Palestinas, pasó tres meses en detención administrativa. Mientras estuvo encarcelada denunció que los soldados israelíes la habían fotografiado con sus teléfonos móviles y la habían sometido a cacheos innecesarios. También es conocido que las autoridades penitenciarias israelíes no proporcionan compresas a las mujeres y limitan su acceso a los cuartos de baño cuando tiene la menstruación.

En los interrogatorios de los soldados israelíes o de las fuerzas de seguridad se suele utilizar el acoso sexual o la amenaza de violencia sexual para presionar a las mujeres y a las chicas para que firmen confesiones o den información. Lo demostró un vídeo que se filtró en diciembre 2017 del interrogatorio de la adolescente Ahed Tamimi, que fue detenida por abofetear a un soldado israelí que había invadido su casa y anteriormente había participado en un ataque en el que el primo de Ahed Tamimi recibió un disparo en la cabeza. Ahed fue sometida a un interrogatorio en el que dos oficiales la acosaron verbalmente e hicieron comentarios acerca de su cuerpo.

En los últimos años la AP cada vez ha ido adoptando más medidas enérgicas contra la militancia y las actividades que desafían su autoritarismo y utilizado técnicas tan brutales como el encarcelamiento, al interrogatorio, la vigilancia, la limitación de movimiento y los ciberataques. Ha adoptado mecanismos de género similares a los utilizados por las fuerzas israelíes para disuadir a las mujeres de participar en actividades políticas.

Las manifestaciones y protestas a menudo han sido espacios en los que se ha producido violencia de género. Las fuerzas de seguridad de la AP utilizan unos insultos e insinuaciones que a menudo equivalen a acoso sexual verbal, además de decir a las mujeres que deberían estar en casa y no en la calle, lo que sustenta unas ideas misóginas y generales del honor y de la vergüenza, que también se pueden utilizar contra las familias de las mujeres. Se sabe que las fuerzas de seguridad de la AP visitan a los padres de mujeres y chicas para “hablar” acerca de su militancia. Esto tiene graves consecuencias para algunas mujeres y significa que sus familias les impidan participar en actividades políticas. También se han dado casos en los que las fuerzas de seguridad han acudido a los lugares de trabajo de mujeres militantes para hablar con sus empleadores y tratar de que las despidan. A través de las redes sociales resulta más fácil llevar a cabo este tipo de sabotaje ya que los rumores y las calumnias se pueden difundir rápida y anónimamente de modo que es casi imposible refutarlos.

Hay casos más graves de acoso sexual físico, como cuando se producen tocamientos a las mujeres durante las manifestaciones. Fue el caso de una protesta que se produjo en junio de 2018 para exigir a la AP que levantara las sanciones a Gaza, en la que partidarios de Fatah acosaron y atacaron a mujeres a instancias de las fuerzas de seguridad de la AP. El objetivo del acoso sexual a las mujeres en estos espacios es castigarlas y disuadirlas de participar, pero también animar a los hombres militantes a disuadir a las mujeres de participar por la seguridad de estas.

Es importante señalar que las mujeres palestinas no han sido pasivas ante la violencia de género. Por ejemplo, desde hace tiempo hacen frente a que se usen sus cuerpos como arma por medio de tácticas como reivindicar su derecho a no hablar en los interrogatorios o ir en grupos o en parejas a las manifestaciones. Otra táctica es compartimentarse mentalmente. De hecho, una militante confesó a esta escritora: “Antes de una manifestación me preparo mentalmente, me digo a mi misma ‘hoy mi cuerpo no me pertenece’”.

Liberar a todo el pueblo palestino

Este informe político no tiene por objetivo idealizar el período anterior a Oslo, sino abordar cómo se ha acelerado la marginación política de las mujeres palestinas con el afianzamiento de la ocupación militar, la represión cada vez mayor de las autoridades palestinas y el debilitamiento de la relación entre la sociedad civil y el movimiento popular. Además, todo el proyecto de liberación de Palestina ha sido fragmentado geográfica, social y políticamente, lo que ha provocado una situación de vulnerabilidad histórica. Mientras el debate se centra en torno a cómo revivirlo, la pregunta fundamental que se deben plantear los palestinos es si pueden reavivar una vía hacia la liberación marginando en ese proceso a la mitad de su población.

Con esto en mente, ofrecemos a continuación unas recomendaciones para acabar con este proceso de marginación política y reforzar la lucha de liberación por medio del feminismo:

1. Las mujeres palestinas, los colectivos, grupos y organizaciones que luchan por los derechos de la mujer y la igualdad de género se deben reestructurar y reforzar en un movimiento autónomo de mujeres que luche por la liberación de la mujer en todas las esferas, incluidas las esferas política, económica y social. Es imperativa la necesidad de autonomía de las mujeres en un contexto de patriarcado en el que la dominación masculina es omnipresente en todos los ámbitos. La autonomía organizativa no significa separar las luchas, sino proporcionar un espacio para que las mujeres piensen más libre y colectivamente sobre la liberación. Los derechos de las mujeres deben ser tanto individuales como colectivos y no se deben separar del derecho colectivo de las y los palestinos originarios a liberarse del colonialismo de asentamiento colonial.

2. Los grupos y organizaciones de mujeres deben encontrar la manera de volver a conectar tanto con el discurso del movimiento popular como con el de liberación. Una manera de hacerlo es volver al colectivismo y luchar contra elitismo dentro de la red de ONG haciendo que los procesos sean más democráticos y representativos. Esto también exige avanzar hacia la autosuficiencia para debilitar el control de los donantes (lo que podría incluir un sistema basado en la afiliación) y preparar el camino para la soberanía económica.

3. Los grupos y los militantes deben hacer frente a la marginación política de las mujeres. En particular, los hombres que están en estos espacios deben ser conscientes de las dinámicas de poder que impiden participar a las mujeres y deben apoyar a las mujeres que luchan contra ellas. Por ejemplo, los hombres deben hacerse a un lado en las reuniones, discusiones y manifestaciones para que las mujeres puedan asumir papeles dirigentes. Además, en vez de decir a las mujeres que no estén en primera línea por temor a que se utilicen sus cuerpos como arma contra ellas, los hombres deben unirse a las mujeres en la búsqueda de tácticas para luchar contra este uso de sus cuerpos como arma.

4. Al tiempo que tienen presente el contexto específico de colonialismo de asentamiento colonial, las mujeres palestinas también deben examinar ejemplos recientes de otras mujeres de la zona que han participado en procesos de un gran cambio político, como Túnez y Sudán. Igual de importante es, en vez de mirar a Occidente, recuperar lazos históricos de solidaridad, por ejemplo con el Movimiento de Mujeres Kurdas, para aprender y crecer por medio del ejemplo.

5. Durante mucho tiempo el nacionalismo palestino ha estado centrado en la imagen del macho encarnada en el combatiente o preso y en la que a menudo solo se habla de las mujeres en relación con los hombres, lo que ha provocado una política de liberación que no solo excluye y domina a las mujeres sino que también oprime a los hombres. Por consiguiente, es una necesidad urgente incorporar el feminismo en el proyecto político palestino por medio de la adopción de un nuevo documento de liberación, un documento que entienda el feminismo no solo como teoría sino también como una práctica y una forma de vida que trabaja por la liberación de todas las personas.

Únicamente a través de estas acciones los líderes palestinos y la sociedad civil pueden empezar a aprovechar la fuerza de las mujeres palestinas para la lucha palestina por la libertad, la justicia y la igualdad.

Notas:

  1. Para leer este artículo en francés, clicar aqui. Al-Shabaka agradece el trabajo de quienes defienden los derechos humanos al traducir sus artículos, pero no se hace responsable de posibles cambios en el contenido.
  2. El término “movimiento de mujeres” en este informe político se utiliza en un sentido amplio para referirse a diferentes grupos y organizaciones que trabajan para promover los derechos de las mujeres en Palestina.
  3. Fayha’ Abdul Hadi, “Adwar al-mar’a al-filastiniyya fi al-thalathinat 1930 – al-musahama al-siyasiyya lil mar’a al-filastiniyya [El papel del las mujeres palestinas en la década de 1930, la participación política de la mujer palestina]”, Al-Bira: Markaz al-Mar’a al-Filastiniyya lil-Abhath wa al-Tawthiq, 2005, 84.

*Yara Hawari es investigadora sobre Palestina de Al-Shabaka, Palestinian Political Network. Hizo su doctorado sobre Política de Oriente Próximo en la Universidad de Exeter. Sus investigaciones se centran en proyectos de historia oral y en políticas de la memoria en el marco más amplio de Estudios Indígenas. Impartió varios cursos de licenciatura en la Universidad de Exeter y sigue trabajando como periodista independiente. Publica en medios como Al Jazeera en inglés, Middle East Eye y The Independent.

Publicado en Rebelión el 19/8/19. Traducción: Beatriz Morales Bastos.

Fuente: María en Palestina.

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