
Por Sarah Babiker.
Uno. Hace unas semanas me obsesioné con los suicidios de los soldados israelíes. Salieron consecutivamente varias noticias, las rastreé todas. Para mí esos hombres y mujeres que tomaban su propia vida tras acabar con otras vidas en Gaza suponían una grieta de posibilidad. No es alegría por su muerte: ojalá que esas personas no se hubieran suicidado, que esas personas no hubieran cometido atrocidades, o no hubiesen visto a otras cometerlas. Que nunca hubieran formado parte de un ejército de ocupación que solo puede servirse de la violencia más brutal para conquistar el derecho de estar en una tierra que no es la suya. Se hubieran salvado también ellos, los soldados suicidas, si nunca hubiese habido ocupación, colonialismo, ideologías supremacistas como el sionismo.
Sí, hay soldados israelíes que se quitan la vida cuando vuelven del frente genocida. No pueden soportar lo que han vivido. Dicen que el síndrome del shock post traumático está haciendo estragos. Y me pregunto si el trauma les viene de ver morir a los suyos o de verlos matar. Me pregunto si les viene del terror a perder la vida bajo el fuego de la resistencia palestina, o del pánico respecto a lo que se han convertido. De qué imágenes y experiencias se alimenta su espanto, qué fantasmas les acosan: los de otros israelíes como ellos, caídos en alguna emboscada. O los de las niñas a las que arrebataron su hogar, su familia, su tierra, su historia y finalmente su vida. Lee el resto de esta entrada







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