Lo que realmente sucedió en la guerra árabe-israelí de 1967

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Guerra de los Seis Días. Itzjak Rabin (izquierda) Moshe Dayan, Uzi Narkis (derecha) entrando en Jerusalén, junio de 1967

“A veces algunos líderes israelíes dicen la verdad”

Por Alan Hart.

Aún hoy en día, a 48 años, existen relativamente pocas personas que conocen toda la verdad sobre cómo Israel preparó el camino para la guerra de junio de 1967, con el objetivo de apoderarse de más tierra árabe. El evento decisivo que hizo que la guerra fuera inevitable sucedió el jueves 1º de junio, cuatro días antes de que Israel lanzara sus ataques. ¿Cuál fue?

Ese día hubo un golpe organizado y llevado a cabo por los generales israelíes más importantes y otros jefes de seguridad sin que hubiera ni un tiro. Estos le exigieron al primer ministro Levi Eshkol que formara un gobierno de unidad y nombrara ministro de Defensa al adalid tuerto de la guerra: el general Moshe Dayan. Hasta ese momento, Eshkol había sido primer ministro y ministro de Defensa y Dayan había estado en el ostracismo político durante dos años, dedicando su tiempo a la arqueología. En efecto, a Eshkol lo despojaron de su dominio sobre la máquina de guerra de Israel.

Guerra premeditada

El problema con Eshkol para el establishment militar y de la seguridad de Israel era que él no quería ir a la guerra porque conocía las afirmaciones de sus halcones: era pura propaganda decir que los árabes estaban por atacar (más información en seguida). Él también entendió y aceptó el consejo que le dio a su ministro de Relaciones Exteriores, Abba Eban, el presidente francés Charles de Gaulle. En una conversación con Eban en París, de Gaulle dijo que Israel no debía ir a la guerra porque, si lo hacía, crearía un nacionalismo palestino que no desaparecería nunca más. (En mi opinión, es el mejor consejo que alguien le ha dado a Israel.)

Y, todavía más importante, era el hecho de que Eshkol creía que Israel no debía apropiarse de más tierra árabe y debía prepararse para firmar la paz con base en las fronteras del Estado sionista así como estaban.

Y esa fue la razón principal por la cual los halcones, del ejército y la política, querían a Dayan como ministro de Defensa. Ellos sabían que Dayan llevaría Israel a una guerra para completar el asunto sin terminar de 1948: apoderarse de más tierra árabe, lo que incluía, especialmente, Cisjordania.

Otro aspecto importante de toda la verdad sobre cómo se preparó la guerra de junio de 1967 es que Israel le tendió una trampa al presidente Nasser de Egipto. Y la clave para entender esto es el hecho de que el 4 de noviembre de 1966 Egipto y Siria firmaron un acuerdo de defensa, con la esperanza por parte de Nasser de que esto le permitiría impedir la guerra.

El problema para Nasser de ahí en adelante era que si Israel atacaba Siria, él tendría que elegir entre ser visto como el que acudía en defensa de un Estado árabe bajo ataque o no hacer nada y perder la credibilidad como líder del (llamado) mundo árabe revolucionario.

La trampa

Fue después de firmar el acuerdo de defensa entre Egipto y Siria que Israel comenzó a tenderle la trampa a Nasser al provocar tiroteos en la frontera con Siria. Estas provocaciones tuvieron su clímax el 7 de abril de 1967 cuando, en el curso de una batalla de siete horas, los Mirage israelíes derribaron seis MIG 21 sirios. Dos de ellos fueron abatidos sobre Damasco y los restos cayeron en las afueras de la ciudad. Para los líderes sirios fue una humillación pública.

Después de esto, Israel hizo un esfuerzo extraordinario para que el mundo árabe y la Unión Soviética creyeran que Israel iba a invadir Siria cuando así lo decidiera. (Cuento toda la historia de este gran engaño en “America Takes Sides, War With Nasser Act II and the Creation of Greater Israel”, Capítulo 1 of “Conflict Without End?” – el subtítulo del Volumen Tres de mi libro Zionism: The Real Enemy of the Jews).

En realidad, el verdadero propósito de las provocaciones de Israel en el frente sirio y su propaganda de apoyo fue obligar a que Nasser hiciera un movimiento militar que los halcones de Israel pudieran presentar como prueba de que los árabes tenían la intención de atacar Israel y que su existencia estaba en peligro.

Cuando Nasser expulsó las fuerzas de paz de la ONU, puso dos divisiones en el Sinaí hasta el límite con Israel y cerró el estrecho de Tiran, Nasser ya había caído en la trampa de Israel. Pero lo hizo con los ojos abiertos. Él sabía que la administración de Johnson sabía que ni él ni ningún otro líder árabe tenía intención de atacar Israel y que las acciones y despliegues que había hecho eran para guardar las apariencias. Nasser también depositó su esperanza en la idea de que Estados Unidos haría que la creciente crisis fuera resuelta a través de la diplomacia. Pero los halcones de Israel nunca permitirían que eso ocurriese.

Volvamos al secuestro de Dayan de la política de defensa/guerra de Israel.

Maestro del engaño

Desde el momento en que asumió como ministro de Defensa, demostró que era el maestro (no, un maestro) del engaño.

El 2 de junio, el segundo día de Dayan como ministro de Defensa,de repente la playa y las calles de Tel Aviv (donde muchos corresponsales extranjeros tenían como base dos hoteles) se llenaron de soldados que volvían de la línea de frente. Nadaban, jugaban en la playa, paseaban y tomaban algo en las terrazas de los cafés de la calle Dizengoff. Esto era evidencia –hasta una prueba– de que, después de todo, Israel no iba a la guerra. Contra todas las expectativas, Dayan abandonó el ejército israelí. Ahora que tenía la gran responsabilidad de la seguridad de Israel, quería que vieran que le daba una oportunidad a la diplomacia. Las dos semanas de espera desde que Nasser cerrara el estrecho de Tirán terminaban con un anticlímax. Mensaje: no habría guerra. De algún modo el “paloma” Eshkol se había salido con la suya. O eso parecía.

La mayoría de los corresponsales extranjeros fueron engañados. Algunos pidieron la cuenta tras presentar sus historias de “no hay guerra”, reservaron el primer vuelo disponible que dejara Israel. Llamaban otros campos de batalla.

Hubo dos motivos por los cuales creí que la retirada de muchos de los soldados israelíes de la línea de frente fue una brillante estrategia de engaño pergeñada por Dayan.

El primero fue el comentario que el propio Dayan me hizo. Debido a que yo tenía una fuente que tenía el más alto acceso al ejército y otros servicios de seguridad de Israel yo supe dos días antes de que aconteciera que Dayan le sería impuesto a Eshkol. El día anterior a su nombramiento, mi colega camarógrafo de ITN y yo esperamos a Dayan para hablar con él. Si le hubiera preguntado si la guerra estaba cerca, él me hubiera ignorado y se hubiera ido sin decirme nada. Entonces lo dejé en “¿Qué le parece que depara el futuro?”.

Él se detuvo, dio una amplia sonrisa e hizo un gesto con el dedo índice de la mano derecha que reafirmó sus palabras. La respuesta fue: “El desierto está llamando”.

Me dije a mí mismo y después a mi equipo de ITN: “Eso quiere decir que la guerra está muy cerca”.

Esa evaluación se confirmó en mi mente por lo que presencié cuando antes de la medianoche del sábado 3 de junio, di una vuelta por una de las principales zonas residenciales del centro de Tel Aviv. Lo que vi es lo siguiente.

Movilización silenciosa

Lejos de las luces de las calles tranquilas y vacías, había buses estacionados estratégicamente a oscuras. La única señal de vida era el brillo del cigarrillo de un conductor. Luego, en el momento justo y siguiendo el guion que Dayan había escrito, se abrieron las puertas de los departamentos. Los últimos besos y abrazos habían sido, obviamente, dados dentro. No hubo despedidas en las puertas. Solo una ráfaga de luz interior cuando una puerta se abría y volvía a cerrar. En silencio, de a uno o de a dos, como fantasmas, los soldados que habían venido el jueves estaban retornando a sus posiciones en el frente. A medida que se acercaban a sus buses asignados, los individuos o parejas se transformaban en grupos. No se decían ni una palabra. Mis “shaloms” no obtuvieron respuesta.

La tarde siguiente, el domingo 4 de junio, me senté a mi máquina de escribir en nuestra habitación en el último piso del Hotel Dan e compuse un texto para voz de 40 segundos para el boletín principal de la noche de ITN. Mi historia tenía que ser corta porque era solo el pensamiento de un periodista, una especulación, y el boletín del domingo a la noche duraba menos de ocho minutos incluyendo la apertura, los créditos y la cortina de cierre. Cuarenta segundos significaba que yo solo tenía 120 palabras –tres por segundo– para contar la historia. Mi introducción fue: Por algunos motivos que puedo informar, por otros que no, creo que la guerra va a empezar mañana. Alan Hart, ITN, Tel Aviv, en la víspera de la guerra.

No creía que la censura militar me dejaría decir “Israel irá a la guerra mañana a la mañana”, pero como estaba en Israel, obviamente eso era lo que quería decir.

La oficina del censor estaba en un edificio cerca del Ministerio de Defensa. Al final de tarde de las dos últimas semanas, se convertía en un manicomio porque un montón de corresponsales se peleaban por obtener la autorización de sus copias para poder vencer las fechas límite alrededor del mundo. No tenía sentido perder la calma con los censores militares israelíes, aun pensando que sus decisiones eran disparatadas o estúpidas. Pero eso no impedía que muchos periodistas les gritaran. Esa tarde en especial no había periodistas –no hay guerra, no hay periodistas– y solo había en servicio un censor en vez de los habituales tres o cuatro.

Era un coronel. Estaba sentado atrás de un mostrador tipo oficina de correos revisando la copia en hebreo de los diarios israelíes del lunes. No le prestó atención ni a mi llegada ni al saludo. No levantó la vista. Se limitó a levantar la mano para agarrar mi copia. La leyó, selló, firmó y me la devolvió. Aprobada. Sin borrar nada. Yo estaba sorprendido y le dije: “¿Está seguro de que puedo emitir esto sin tener problemas con sus superiores?”.

Por primera vez el coronel levantó la vista. Había arrogancia en sus ojos y desprecio en su voz. “Usted tiene que saber que esto es una democracia, no censuramos opiniones. Su historia es su opinión. Es libre para expresarla. Solo censuramos los asuntos de naturaleza militar que pueden ser útiles para nuestros enemigos”, dijo.

Poco después me senté en una pequeña cabina y entregué mi texto a través de un micrófono para que fuera grabado por ITN en Londres. El informe oral sería presentado con una foto mía y material de archivo. Una de las cosas buenas de ITN era que confiaban en los juicios de sus periodistas en el campo de acción. Pero tarde esa noche recibí el siguiente cable de Hans Verhoven, el editor de internacionales, al que le había gustado mucho mi apreciación. “Lamento no se haya usado tu buena historia especulativa. Stop. Descartado por las circunstancias. Stop.”

“Descartado” significaba que tenían la intención de ponerla al aire. Se habían preparado para respaldar mi apreciación, a pesar de que todos los otros periodistas y diplomáticos en las capitales más importantes del mundo decían “No hay guerra”. Pero dos aviones de pasajeros habían chocado –uno en Inglaterra y otro en Francia. Desde ambos lugares hubo miles de informes dramáticos (imágenes conmovedoras en todos los sentidos de la palabra) del accidente y familiares desconsolados de las víctimas. Mi especulación no había tenido chance en el breve boletín de domingo a la noche.

A las 7:45 de la mañana siguiente, Israel fue a la guerra. El destino me había negado la primicia de la vida de un corresponsal de guerra.

Confesiones israelíes de posguerra

La justificación inmediata de Israel para sus acciones fue que había sido atacado por Egipto. Cuando rápidamente se hizo evidente para los que se interesaban en este asunto en las principales capitales del mundo que Israel estaba mintiendo, la historia cambió. Israel había sido obligado a realizar una acción preventiva porque los árabes iban a atacar. Eso, también, era pura propaganda .

Para terminar, daré más detalles sobre el titular de este artículo.

Si la declaración de que los árabes no tenían intención de atacar Israel y su existencia no estaba en peligro, los sionistas podrían haber descartado esto, calificado de conjetura antisemita. De hecho, la verdad ha sido admitida por algunos actores israelíes clave. Les presento un resumen de algunas confesiones israelíes de posguerra pertinentes.

En una entrevista publicada en Le Monde el 28 de febrero de 1968, el jefe de Estado israelí Rabin dijo:

No creo que Nasser quisiera la guerra. Las dos divisiones que mandó al Sinaí el 14 de mayo no habrían sido suficientes para desatar una ofensiva contra Israel. Él lo sabía y nosotros lo sabíamos.

El 14 de abril de 1971, un informe en el diario israelí Al-Hamishmar contenía la siguiente declaración de Mordechai Bentov, un miembro del gobierno nacional en época de guerra.

Cada detalle de la historia del peligro de exterminio fue inventado y exagerado para justificar la anexión del nuevo territorio árabe.

El 4 de abril de 1972, el diario israelí Maariv contenía la siguiente declaración del general Haim Bar-Lev, predecesor de Rabin como jefe de Estado.

No estábamos amenazados con un genocidio en la víspera de la Guerra de los Seis Días, y nunca pensamos en semejante posibilidad.

En el mismo diario israelí, el mismo día, el general Ezer Weizmann, jefe de operaciones durante la guerra y sobrino de Chaim Weizmann, fue citado diciendo lo siguiente.

Nunca hubo ningún peligro de aniquilamiento. Esta hipótesis jamás ha sido considerada en ninguna reunión seria.

En la primavera de 1972, el general Matetiyahu Peled, jefe del comando de logística durante la guerra y uno de los 12 miembros del Estado Mayor, se dirigió a un club literario político en Tel Aviv. Dijo:

La tesis de que el peligro de genocidio nos acechaba en junio de 1967, y debido a la que Israel luchaba por su existencia física, no fue otra cosa que un engaño que nació y fue alimentado después de la guerra.

Y, en un debate por radio, Peled dijo:

Israel nunca estuvo en verdadero peligro y no hubo ninguna prueba de que Egipto tuviera intención de atacar Israel. La inteligencia israelí sabía que Egipto no estaba preparado para la guerra.

En el mismo programa, el general Chaim Herzog (exdirector de inteligencia militar, futuro embajador israelí ante la ONU y presidente de su país) dijo:

“No había peligro de aniquilación. Ni el cuartel general israelí ni el Pentágono –como lo probaron las memorias del presidente Johnson– creían en este peligro”.

El 3 de de junio de 1972 Peled fue todavía más explícito en un artículo que escribió para  Le Monde. Dijo:

Todas esas historias sobre el enorme peligro que enfrentábamos a causa del tamaño pequeño de nuestro territorio, argumento utilizado cuando terminó la guerra, nunca fueron consideradas en nuestros cálculos. Mientras procedíamos hacia la completa movilización de nuestras fuerzas, nadie en su sano juicio podía pensar que toda esta fuerza era necesaria para nuestra ‘defensa’ de la amenaza egipcia. Esta fuerza era para aplastar a los egipcios de una vez por todas en el nivel militar y a sus amos soviéticos en el nivel político. Fingir que las fuerzas egipcias concentradas en nuestras fronteras eran capaces de amenazar la existencia de Israel no solo era un insulto para la inteligencia de cualquier persona capaz de analizar este tipo de situación, sino que es básicamente un insulto al ejército israelí.

La elección de algunos generales de decir la verdad después del evento provocó una suerte de debate en Israel, pero tuvo vida corta. Si hubiera sido por algunos periodistas israelíes, los generales no habrían abierto la boca. Weizmann fue uno de los que quería hablar y se le acercaron con la sugerencia de “no ejercer el inalienable derecho a la libre expresión si esto ponía a la opinión mundial y a la diáspora judía en contra de Israel”.

No es de sorprenderse que el debate en Israel se haya cerrado antes de que llevara a un examen de conciencia serio sobre la naturaleza del Estado y si este debería continuar viviendo en la mentira y bajo la espada. Pero es más que notable, creo, que casi medio siglo después de los eventos, la prensa occidental siga prefiriendo la mitología sionista a la realidad de lo que sucedió en 1967 y por qué. Cuando la mayoría de los periodistas y comentaristas hoy en día tienen que referirse a la Guerra de los Seis Días, todavía lo hacen según lo que los sionistas dijeron que pasó en vez de decir cómo fue realmente. Obviamente, todavía hay límites en relación de hasta dónde los grandes medios están dispuestos a llegar para desafiar la narrativa sionista de la historia, pero también puede existir el factor del periodismo ignorante y perezoso.

Para aquellos periodistas y políticos occidentales que todavía pueden tener dudas sobre quién planteó y comenzó la Guerra de los Seis Días, aquí tienen una cita de lo que el primer ministro Menachem Begin dijo en un momento espontáneo en público, en 1982.

En junio de 1967 teníamos opción. Las concentraciones del ejército egipcio en el Sinaí no probaban que Nasser realmente estaba por atacarnos. Tenemos que ser honestos con nosotros mismos. Nosotros decidimos atacar.

Otra forma de decirlo y que es totalmente verdadera es que lo que sucedió en junio de 1967 fue una guerra de agresión brutal por parte de Israel, no fue autodefensa.

Y el monstruoso Estado sionista todavía no ha sido llamado a responsabilizarse por ese crimen.


Fuente: http://www.redressonline.com/2015/06/what-really-happened-in-the-1967-arab-israeli-war/

Traducción: Tali Feld Gleiser.

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