Judith Jacovkis: «Cuando Israel habla por los judíos, me agrede»

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No es religiosa, no habla hebreo y jamás ha pisado Israel, pero es judía y muy crítica con el Gobierno de Tel-Aviv.
GEMMA TRAMULLAS

Judith Jacovkis.(ÁLVARO MONGE)

Hacerle fotos en el barrio del Call de Barcelona, donde habitó la comunidad judía hasta la matanza de 1391, es una decisión periodística que Judith, doctorada en Sociología por la Universitat Autònoma y miembro de la Associació Catalana de Jueus i Palestins Junts, acata sin demasiado entusiasmo.

–¿No siente el peso de la historia?

–Yo lo único que siento es el peso de mi mochila [ríe]. Soy muy pragmática.

–Judith, de origen hebreo, significa «judía». Y sus apellidos, ¿de dónde vienen?
–Del imperio zarista: Jacovkis viene de lo que hoy son las repúblicas bálticas, y el segundo, Halperin, de Odesa. Mi familia huyó de las persecuciones del siglo XIX en la Rusia del zar y se estableció en Argentina durante un siglo, hasta que mis padres volvieron a migrar, esta vez a Barcelona, huyendo de la dictadura. Yo nací en el Hospital de Sant Pau y no soy practicante ni creyente, no conozco las liturgias religiosas.

–¿Ha estado alguna vez en Israel?
–No.

–¿Habla hebreo?
–No. Mi familia pertenece a la diáspora. Hasta la constitución del Estado de Israel el hebreo era un idioma litúrgico, no el habla cotidiana de las comunidades judías. Antes del castellano, en mi casa se hablaba yidis. A mi abuela siempre le pedíamos que nos dijera cosas en yidis, en ruso o en alemán.

–Entonces, ¿qué es ser judía para usted?
–La cultura que he mamado en mi casa es la judía: la manera de relacionarnos, el tipo de humor, las palabras en yidis, las historias de persecuciones… Pero ser judía no es una cosa que yo reivindique cotidianamente. Para mí es una identificación que, primero, me hacen los demás y que después me hago yo misma porque pienso que tiene un valor histórico y político.

–¿Qué quiere decir?
–Para mí es útil políticamente reivindicarme como judía para discutir argumentos que ponen en nuestra boca. Cuando el Estado de Israel habla por los judíos y dice «los judíos pensamos…», a mí no me representa; al contrario, me agrede, me violenta.

–¿Por qué?
–El Estado de Israel usa el judaísmo para llevar a cabo su proyecto político, que es el sionismo. Ampararse en las persecuciones y el nazismo para justificar la persecución de los palestinos es ruin. Es tan flagrante la masacre en Gaza que se me cae la cara de vergüenza si no digo nada.

–Diversas publicaciones han revelado que el antisemitismo va en alza.
–¿El antisemitismo o el antisionismo? Es verdad que reflotan prejuicios que llevan ahí mucho tiempo. Siempre defiendo que hay que luchar contra el racismo, sea contra los judíos, contra los árabes o contra los negros, pero yo me he sentido más agredida por judíos que por no judíos. Me han acusado de farsante por no contestar un shabat shalom[saludo tradicional] y de desear la muerte de los judíos por criticar al Estado de Israel. No se puede patrimonializar la identidad. Los nazis no preguntaban a los judíos si iban a la sinagoga; les plantaban la estrella y los enviaban a Auschwitz.

–¿Pensaría lo mismo si viviera en Israel?
–No lo sé, pero allí también hay voces críticas, aunque son una minoría. La asociación Junts se creó para hacer pedagogía y demostrar que un judío y un palestino se pueden sentar y hablar. Ahora tengo más cosas en común con los hijos de exiliados palestinos de la asociación que con un israelí que pasa tres años en el Ejército.

–¿Qué cosas tienen en común?
–Las historias de persecuciones, el humor, que es un humor de resistencia…

–¿Ah sí? ¿Le importaría contar un chiste?
–La tía le regala a su amado sobrino dos corbatas por su cumpleaños. Cuando vuelve a visitarle, el sobrino lleva puesta una de las corbatas. «¿La otra no te gustó?», dice la tía. Mi abuela ponía un plato en la mesa y, si te lo terminabas, es que había hecho poca comida, y si dejabas un poco, es que no te había gustado. Siempre flagelándose.

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