Sobre la narrativa colonial israelí: Palabras ocupadas

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Jerusalem

Jerusalén-Al Quds (1900-1920)

Por Susan Abulhawa.

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García y María Landi.

Rara vez el lenguaje sociopolítico es una mera colección de palabras ordenadas para reflejar una realidad. Más a menudo, es la mismísima estructura de pensamiento dispuesta de tal modo que facilite, o impida, la expresión de una idea específica.

Cuando se trata de la empresa del ocupante colonial, la selección de palabras es totalmente deliberada y se propone construir una sintaxis moral para contextualizar la limpieza étnica y la colonización.

La colonización israelí de Palestina se ha basado en narrativas coloniales a prueba del tiempo, cuyo primer paso es describir las tierras conquistadas como fronteras inhabitadas para el esforzado trabajador desvalido; es una narrativa repleta de expresiones románticas del tipo “hacer florecer el desierto”.

La creación de Israel por parte de inmigrantes extranjeros recién llegados a Palestina adquirió una dimensión excepcionalmente sentimental en Occidente, ya que nació justo después del genocidio –y como resultado de él– perpetrado por Europa contra sus propios ciudadanos y ciudadanas judías.

La ficción de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” fue la consecuencia perfecta de un capítulo terrible de la historia de Europa. Era el ‘final feliz’ que permitía aliviar la culpa.

Era la única historia que Occidente quería o estaba dispuesto a oír.

Pero era una mentira.

Palestina ya tenía una vieja historia que había dado origen a una sociedad desarrollada cuyo carácter se había formado orgánicamente durante miles de años de habitación documentada, conquistas, peregrinaciones, nacimiento de religiones, conversiones religiosas, asentamientos, guerras, cruzadas y migraciones naturales.

Se trataba de una población constituida por campesinos y profesionales, eruditos y técnicos, gente culta y analfabeta, urbana y rural.

Era una sociedad plural, en la que personas de diferentes orígenes religiosos, culturales y étnicos convivían en relativa armonía.

Durante muchos siglos, Palestina había sido objeto de guerras y conquistas por parte de gente que llegaba y se marchaba, no sin antes mezclarse con los habitantes del lugar y dejar su impronta en la estructura genética, cultural e incluso lingüística del pueblo palestino.

La única forma en que se podía crear un estado judío exclusivo y excluyente era mediante la expulsión forzada de la sociedad descrita más arriba, la que fue iniciada metódicamente en 1947 por grupos armados de judíos europeos perfectamente adiestrados y bien financiados.

Cuando las jóvenes naciones árabes intervinieron para defender a sus hermanos palestinos, sus desorganizadas fuerzas, más reducidas y débiles, y con armamento anticuado, no constituyeron un rival para el naciente estado judío.

Tal como establece el axioma que dice que la historia la escriben los vencedores, ese momento pasó a llamarse la guerra de la “independencia” de Israel. Es posible que sea la única vez en la historia en que un grupo de extranjeros invadió y conquistó una tierra, tomó sus ciudades y campos, y después reivindicó su “independencia” respecto de la población nativa de esa tierra.

Así empezó la perversión del lenguaje que continúa justificando y propagando el poder.

Rebautizar el lugar y la gente

Después de la expulsión, como explica la profesora Julie Peteet en Naming in The Palestine Israel Conflict (El nombre de las cosas en el conflicto Palestina-Israel), la trayectoria de la narrativa colonial israelí niega la existencia de una población autóctona.

Entre los israelíes esta negación fue vehemente y se mantuvo incluso después del surgimiento en la conciencia de Occidente de una narrativa palestina. La expresión más famosa de esta furia fue la declaración de Golda Meir cuando dijo que “No había nada que pudiera llamarse los palestinos. No existían”.

La ironía es que Meir había nacido en Rusia, y dijo esas palabras en una entrevista dada al Sunday Times en 1969, en el interior de una casa señorial llamada Villa Harun al-Rashid, una casa palestina robada a la familia de George Bisharat.

La enorme destrucción o robo del patrimonio palestino se realizó tanto en forma casual como sistemática.

Tal como revela Suad Amiry en Golda Slept Here (Golda durmió aquí), cuando el secretario general de Naciones Unidas Dag Hammarskjold visitó a Meir, ella se cuidó de hacer borrar el rótulo damasquino-arábigo de Villa Harun al-Rashid grabado en el friso de piedra de la fachada en la segunda planta, para esconder el hecho de que estaba viviendo en una casa árabe.

Los sionistas emprendieron una extraordinaria reestructuración lingüística que incluyó el cambio de nombre de casi todos los pueblos y lugares palestinos.

Después fue el cambio de nombre de las personas, a fin de dar estatus de nativos a los extranjeros.

Los rusos Golda Mabovitch, Ariel Scheinerman y Moshe Smolansky se convirtieron en Golda Meir, Ariel Sharon y Moshe Ya’alon. El polaco David Gruen pasó a ser David Ben-Gurion. El bielorruso Nathan Mileikowsky se llamó Nathan Netanyahu, el abuelo de Benjamin Netanyahu.

El frenético cambio de nombres de lugares y personas para lograr la imagen de pertenencia y legitimidad fue tan elaborado que los sionistas crearon una Comisión de Nombres para supervisar la reescritura épica de la historia, de manera de fundir la religión con una identidad racial y cultural.

La gramática del engaño

De este modo, judíos con miles de años de arraigo en la historia europea, en el pensamiento y los logros europeos, en la cultura y la herencia europeas, forjaron una historia de proporciones bíblicas para colonizar una tierra que ya estaba habitada por otra nación.

Era el incomprensible cuento de hadas de un pueblo exiliado, que no había sido tocado por el lugar, el tiempo, la historia ni la vida local durante más de 3.000 años, y que estaba por fin “regresando” a una tierra lejana con la que no tenía una conexión familiar, cultural, genética o legal identificable.

De alguna manera, esta reclamación colisionaba con la de la sociedad autóctona de Palestina, que había vivido en esa tierra, la había cultivado y construido en ella a lo largo de los siglos.

Lo único que podía encajar semejante narrativa falsificadora, fluctuante e incoherente en la bien documentada línea del tiempo histórico era la meticulosa y desalmada gramática del engaño que solo el lenguaje es capaz de conseguir.

Ningún armamento, por poderoso que fuera, podría haber permitido la usurpación de todo un país, con sus libros, hogares, casas de campo, lenguajes, tradiciones religiosas, comidas populares, danzas y costumbres. La contemplación de la empresa es para dejar pasmado a cualquiera.

En su excelente investigación académica sobre el cambio de los nombres en Palestina, la profesora Julie Peteet observa: “El proyecto sionista de fraguar una conexión entre la comunidad judía contemporánea y la tierra de Palestina era el proyecto de crear una versión totalmente nueva: del lenguaje, del lugar y su relación con él, de los seres y las identidades”.

Del conflicto y las mentiras

Los estudiosos han descrito bien el patrón de la retórica colonial que muestra a los nativos como atrasados, primitivos, salvajes o irracionales e inexplicablemente violentos, una vez que la fábula inicial de las ‘tierras vírgenes’ se desmorona ante la respuesta autóctona, que es eventualmente violenta hacia el colono que roba sus tierras y recursos.

Fue precisamente porque al final los palestinos tomaron las armas para enfrentar a sus verdugos que el lenguaje del negacionismo se hizo insostenible.

Entonces llegó el giro hacia la verborrea de los terroristas.

Esta narrativa se mantuvo durante algún tiempo, hasta la primera Intifada, que fue en gran medida no violenta. Las impresionantes imágenes de niños pequeños enfrentando a los tanques con piedras debilitaron los argumentos israelíes que hablaban de la amenaza existencial planteada por los terroristas.

Así nació el lenguaje de las negociaciones. Tal vez la palabra más insidiosa, peligrosa y engañosa de este nuevo discurso sea “conflicto”.

Esta palabra –conflicto– evoca el sentido de paridad, de dos partes iguales que están en desacuerdo. Hubo un conflicto entre Alemania y Rusia a comienzos de los cuarenta del siglo pasado. Del mismo modo, Estados Unidos y Rusia mantuvieron un conflicto frío durante la mayor parte de los ochenta. El grosero desequilibrio de poder entre Israel y la población nativa de Palestina debería excluir el empleo inteligente de esta palabra.

Israel es una sociedad sumamente militarizada, que dispone del armamento más avanzado jamás conocido. Goza de una tremenda influencia política y económica en Estados Unidos y, por extensión, en todo el mundo.

Los palestinos no tienen fuerzas armadas: fuerza aérea, ejército, marina. Están empobrecidos, sufren el despojo de sus recursos naturales y sus medios de vida. No tienen poder político ni influencia. Son un pueblo sitiado, controlado, exiliado e indefenso frente a un estado racista que ha sido explícito en su atropello y desprecio hacia la existencia de los palestinos.

Por lo tanto, hablar del sionismo como si fuera un conflicto entre israelíes y palestinos es equivalente a decir que el apartheid fue un conflicto entre los blancos y los negros sudafricanos, o que el nazismo era un conflicto entre los judíos y los arios de Alemania, o que la segregación y Jim Crow* constituían un conflicto entre los blancos y los negros estadounidenses.

La utilización del término “conflicto” en el discurso corriente sobre el sionismo (y quien escribe también es culpable de haberlo hecho) ha sido un engaño malintencionado del que han surgido innumerables duplicidades verbales –o eufemismos–: “barrios” para nombrar las colonias ilegales; “enfrentamientos” para hablar de los ataques de una fuerza militar extranjera contra palestinos desarmados en su propia tierra ; “defensa propia” para describir el bombardeo indiscriminado contra vidas humanas e infraestructuras vitales; “valla de seguridad” para nombrar un muro construido para separar personas y robar tierras; “civiles” para hablar de grupos paramilitares de colonos ilegales.

Cuando los medios occidentales hablan de conflicto, de hecho están hablando de la destrucción de todo un pueblo, de la supresión de su historia, de la eliminación de un espacio geográfico y sociocultural definido y con nombre propio, que ha existido desde la antigüedad temprana.

El sionismo es racismo, es apartheid, es Jim Crow, y es el sostén fundacional de Israel.

No deberíamos tolerar más el uso de la palabra “conflicto”.

Los primeros inmigrantes europeos no libraron una guerra de independencia.

No se trata de barrios: son colonias ilegales segregadas, exclusivamente para judíos, construidas en tierras palestinas robadas.

Nosotros no somos terroristas: somos una sociedad nativa que lucha contra quienes vienen aterrorizándonos desde que llegaron a nuestras costas; un pueblo que se enfrenta a su propia extinción, que lucha por su vida contra unos extranjeros que continúan llegando a nuestra tierra, extranjeros que creen que Dios les ha otorgado el derecho innato de tener un país más.

Deshacer la verborrea colonial, sus cuentos de hadas y sus mitos, no importa lo absurdos e ilógicos que sean, no es tarea fácil. Según las palabras de Steven Salaita: “Recordad que en las sociedades coloniales al mentiroso normativo siempre se le da más autoridad que al sujeto obstinado”.

Pero continuar permitiendo o hacerse eco del lenguaje del poder que desprecia las luchas por la justicia social, no puede ser una opción. El análisis de las expresiones coloniales incrustadas en nuestra mente, y el uso consciente del lenguaje de lucha de un pueblo autóctono deben estar presentes en todo lo que hacemos.

* La autora se refiere a un conjunto de leyes así llamado, promulgado entre 1876 y 1965, que propugnaba la segregación de los negros y otras minorías no blancas en los lugares públicos de Estados Unidos. (N. del T.)

Susan Abulhawa es una escritora –de prosa y poesía– palestina, autora del éxito editorial Mornings in Jenin. Su reciente novela The Blue Between Sky and Water (El azul entre el cielo y el agua), Bloomsbury, 2015, ha sido traducida a 21 idiomas hasta ahora.

Fuentes: http://www.aljazeera.com/news/2015/10/occupied-words-israel-colonial-narrative-151026115848584.html

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=205139&titular=palabras-ocupadas-

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