“Redwashing”, discursos de “izquierda” para limpiar los crímenes del Estado de Israel

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Por Berenice Bento.

Traducción Ana Rosa Moreno, para Los Otros Judíos y BDS México.

No sólo es la fuerza militar la que explica el secreto del éxito del Estado de Israel en su política de eliminación de la población palestina. La neocolonización que allí tiene lugar posee diferentes niveles de sofisticación. No estamos ante un proceso clásico de genocidio, en donde la muerte del Otro sucede rápidamente, ahorrando tiempo y recursos. Barrer la nación palestina del mapa lo lleva a diseñar una compleja estructura de políticas complejas que, poco a poco, han socavado cualquier posibilidad de existencia de un Estado palestino. Nada parece escapar a la necropolítica (concepto de Achille Mbembe) tentacular del Estado de Israel. Incluso los cuerpos de los/las palestinos/as ejecutados por el ejército´, a menudo, tardan años en ser entregados a las familias, en una clara política de terrorismo psicológico (hay varios artículos sobre el tema, inclusive en nuestra prensa hegemónica).

Si, internamente la fuerza militar asegura el éxito de la necropolítica, en la disputa de la opinión internacional, otras armas son accionadas, entre ellas las imágenes retóricas que construyen un país democrático, garante de los derechos humanos (en especial la libertad de las personas LGBT) y animal. Sarah Schulman, en un artículo publicado en el New York Times, acuñó un término ampliamente citado. Lo que el Estado de Israel hace es pinkwashing. La palabra “cal” (pintura que usa para pintar paredes) se llama whitewashing (discriminación racial). La expresión pinkwashing (pintura rosa), por lo tanto, es un conjunto de discursos que utiliza la supuesta libertad de las personas LGBT para limpiar, ocultar los crímenes contra la humanidad cometidos por Israel. Los discursos trabajan allí como armas de guerra, simbólicamente estructuran una posición superior de la nación israelí en relación al resto de Medio Oriente y, más específicamente, garantizan una supuesta legitimidad y superioridad moral al atraso de la población palestina.

Muro en Belén. Foto: Tali Feld Gleiser

Muro en Belén. Foto: Tali Feld Gleiser

Otro concepto que también denuncia el señuelo del Estado de Israel a presentarse como un defensor de los animales: veganwashing. Para la realización con éxito de la “limpieza étnica”, que comenzó en 1948, otras formas de limpieza eran y son necesarias. Lo que apunta para el carácter singular del tipo de neocolonialismo que allí sucede.

No estoy apuntando, en este artículo, a discutir veganwashing o pinkwashing. Me gustaría proponer otro concepto que intente comprender el papel dañino de que los discursos basados en una supuesta ideología de izquierda acaban legitimando las acciones del Estado de Israel. Yo lo llamaré redwashing, o autodenominados dispositivos discursivos de “izquierda” dirigidos a limpiar los crímenes del Estado de Israel. El red (rojo) se refiere al símbolo del color de la izquierda. Aunque los sionistas de izquierda son los más conocidos por esta limpieza, esta práctica discursiva, redwashing, no se limita a este brazo discursivo. Para una discusión sobre el redwashing bajo el sionismo izquierdista, sugiero leer el artículo “Con un discurso ‘pacifista’, la izquierda sionista contribuye al exterminio del pueblo palestino”, de Shajar Goldwaser.

El redwashing se estructura alrededor de algunos ejes discursivos:

Defensa del pueblo palestino. Los fanáticos del redwashing harán un discurso casi emocionado en defensa del pueblo palestino. Dirán que el gobierno israelí es cruel. Señalarán, en detalle, cada una de las acciones de este gobierno que transforma la vida de un/a palestino/a en una infiltración de interminables mecanismos burocráticos. Incluso podrán dedicar parte de su tiempo a proteger al gobierno palestino contra un gobierno inhumano. También señalarán los males del neoliberalismo para un/a trabajador/a  palestino/a que, en general, recibe un tercio del valor del salario mínimo pagado a un/a israelí.

Conocí a una señora israelí que, después de una disertación sobre redwashing en relación a la miseria palestina y de sensibilizar al público por su trabajo humanitario en los puestos de control militares, dijo orgullosamente: “pero le pago a mi trabajadora  palestina de acuerdo a la ley”. Al final estarás convencido de que él /ella es más palestino/a que cualquier palestino/a.

La visión paternalista/maternalista oculta la verdad. Él/ella sabe que esto no es una “política de gobierno”, sino de Estado. El Poder Judicial, el Ejecutivo y el Legislativo actúan en armonía para mantener la política de robar las tierras del pueblo palestino y la eliminación física de la población palestina. Cuando se detiene a un/a palestino/a (por lo general, acusado de arrojar piedras a los soldados),  es entregado a la justicia militar. Todo el proceso del terror sucede estrictamente dentro de la ley. Es decir, las esferas constitutivas del Estado trabajan en conjunto para asegurar la continuidad de los necropolítica que el Estado de Israel ha venido implementando desde su fundación. Al limitar la opresión que el pueblo palestino sufre a los tropos “burocracia” y “gobierno”, se está tejiendo un subtexto delicado: Éstas políticas contra el pueblo palestino no son la estructuración del Estado de Israel. Vamos a cambiar el gobierno y todo va a cambiar. Sin embargo, hasta la fecha, Estado de Israel y la limpieza étnica son términos inseparables.

Defensa de los dos Estados. Para demostrar una vez más que son más palestinos/as que los/as propios/as palestinos/as, los/as partidarios/as del redwashing harán una defensa ardiente del derecho del pueblo a tener su Estado. Algunos dirán que no es el momento porque es necesario poner fin a los terroristas; otros, harán discursos más radicales, defendiendo el fin de la ocupación inmediata. Pregunta a él/ella: ¿Cuál es el límite territorial? ¿Anterior a 1967 o 1948? ¿Qué se hará con los más de 500.000 colonos israelíes que robaron y roban, bajo la protección y el fomento del Estado de Israel, las tierras de los palestinos? Mira el siguiente mapa. Mira lo que queda de Palestina. Un cuerpo político amputado.

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Todos/as los/as palestinos/as con los/as que hablé en los 66 días de mis viajes a Israel y los territorios palestinos ocupados afirman que la fragmentación territorial posterior a Oslo  (1993)  y  la instalación de los asentamientos territoriales desde 1970 tornaron la  solución de los dos Estados imposible. La única solución posible, dijeron, sería un solo Estado. Pregunta a los formuladores del redwashing lo que piensan de esta propuesta. Ellos  siguen insistiendo en el derecho del pueblo palestino a su Estado, pero no salen de este discurso abstracto (sugiero el informe especial de Al Jazeera sobre el lobby de Israel en Inglaterra con el “disfraz” de la defensa de los dos Estados”).

El Estado de Israel actúa como si los territorios ocupados ya formasen parte de su territorio, pero anexarlos abiertamente traería a sus marcos nacionales a la población palestina. ¿Qué hacer? El caso de Jerusalén Este (ocupado por Israel) es paradigmático. A pesar de que, a nivel internacional, la ciudad se considera ocupada hace 50 años, para Israel, de hecho, Jerusalén Este ya fue anexada. Pero si se anexa, ¿son israelíes todos los habitantes? No, los/as palestinos/as no son ciudadanos/as; tienen una residencia “permanente”, revocable en cualquier momento por el Estado de Israel.

Derecho del retorno de los/as  palestinos/as. En 1948, el Estado de Israel implementó la primera fase de la limpieza étnica. Pueblos enteros fueron destruidos y millones enviados al exilio o a campamentos de refugiados (sobre la  limpieza étnica sugiero la conferencia de  Ilan Pappe). Esta tragedia, o nakba en árabe, no paró allí;  es continua. Una de las demandas centrales de los/las palestinos/as es el derecho al retorno, reconocido como legítimo por la ONU. Muchas familias palestinas todavía tienen la llave de su casa robada por Israel. Sobre esta afirmación, los adeptos al  redwashing dirán que ya pasaron muchos años, nacieron generaciones, hubo una gran batalla, el Estado de Israel ganó y la propuesta del retorno es inviable.

Derecho universal del “retorno” judío. Desde la fundación del Estado de Israel, hay una  ley que asegura que todos los judíos del mundo tienen el derecho de “retornar” a Israel. Pero si el “retorno” se refiere a un pasado distante bíblico, nada más coherente que los practicantes del redwashing también tomen una posición en contra de esta ley, después de todo, han pasado siglos. Esta fue la pregunta que le hice a una señora prácticante del redwashing, la misma que tiene una empleada palestina, la misma en contra del retorno de los palestinos/as. Volvió la cabeza y me dijo: No voy a responder a esta pregunta.

Solución. En el léxico del redwashing  están prohibidas palabras como “genocidio”, “apartheid” y  “limpieza étnica”. Se admite que su “gobierno” comete “opresión”. ¿Qué hay que hacer para acabar con la opresión? Renunciar a convencer a él /ella que la solidaridad internacional con el pueblo palestino de hoy en día, más que nada, pasa a través de la membrecía al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). Él/ella probablemente va a insistir en que es necesario defender el diálogo entre las partes implicadas en el “conflicto” (ilusión retórica que sugiere un cierto equilibrio de fuerzas entre Israel y los palestinos). Poco importa que Palestina siga desapareciendo, los métodos de terror utilizados por el Estado de Israel no se han enfriado a lo largo de  sus años de existencia. Y al final, el practicante del redwashing te dirá que es un aliado del pueblo palestino. Con un aliado como éste, ¿quién necesita enemigos?

Este artículo no pretende agotar todos los elementos discursivos estructurales del redwashing. Se fueron tejiendo  con mi experiencia y la lectura. He escuchado muchos discursos y leí varios artículos de ONG israelíes que se llaman a sí mismas defensores del pueblo palestino. La gran mayoría, lamentablemente,  en un teórico trabajo para romper el silencio de las necropolíticas implementadas por el Estado de Israel, de hecho, hace una obra sofisticada para justificar estas mismas políticas accionando el ideario socialista. Dicen que es exagerado definir lo que ocurre como genocidio. En este exceso lingüístico cometido por militantes de los movimientos de solidaridad mundial, los redwashing no tienen timidez en tipificarlo como “antisemita”.

En una de estas reuniones, escuchaba, una vez más, la importancia de la existencia del Estado de Israel para proteger a una masa de trabajadores pobres de Europa de principios del siglo 20, perseguidos por los gobiernos antisemitas. De repente, me detuve, miré a mi alrededor y pregunté mi interlocutor: ¿Tú te olvidas de dónde estamos? Estábamos en el campo de refugiados de Aida. Allí viven, hace décadas, miles de palestinos/as a los que les robaron sus casas para construir el Estado de Israel. ¿Hay una superioridad moral de los excluidos que les permite convertirse en opresores? ¿Qué hace que mi dolor me califique para entrar en un régimen de opresión del otro? Es como si mi interlocutor no viera la tragedia humana que nos rodeaba. A la entrada de Aida, en una de las paredes, era posible leer docenas de nombres de los niños que fueron asesinados por el Estado de Israel. Hay un nivel de blindaje emocional entre los redwashing que  no deja que ellos se acerquen empáticamente al dolor de los/las palestinos/as, que sientan como suyo el dolor de otro, principio, en mi opinión, que estructura de la noción de solidaridad internacional.

Sin embargo, para recuperar la esperanza, también me encontré con activistas israelíes del BDS, jóvenes que se niegan a servir en el ejército y ven la alta tasa de suicidios en las fuerzas armadas de Israel como un síntoma de una sociedad que, hegemónicamente, tiene la violencia como un valor organizador de la mirada sobre el Otro Absoluto (Simone de Beauvoir): el pueblo palestino.

Como he dicho, este discurso se propaga de manera rizomática. No es propiedad de un grupo religioso, nacional, étnico o política. De ahí su eficacia. Es posible encontrarlo entre sus ciudadanos/ciudadanas con una cierta simpatía por la izquierda, incluso entre diputados defensores de los derechos humanos y los derechos de las personas LGBT (y, aquí, trágicamente, se combinan dos tipos de limpieza discursiva: redwashing y pinkwashing).

En 1956, Aimé Césaire escribió una carta rompiendo con el Partido Comunista Francés (PCF). Afirmó que no iba a tolerar los crímenes de Stalin, y tampoco sería cómplice de un Estado que, a pesar de definirse como socialista, era, en su esencia, capitalista y aplicaba la misma política colonialista de otros Estados europeos, atacando y masacrando a otras personas. Con este acto, el poeta de la negritud retoma ese eje que  históricamente ha orientado las sensibilidades de  izquierda: la solidaridad internacional no puede estar sujeta a la identidad nacional o religiosa.

La lucha por la justicia social interseccional sigue, en mi opinión, siendo el vector que unifica a los que luchan contra las múltiples formas de exclusión en un contexto neoliberal globalizado. El discurso redwashing, así como la política del PCF en aquel momento, no es sólo un cómplice para ayudar en la desaparición de un pueblo. Es una parte estructural de la sofisticada y tentacular necropolítica del Estado de Israel.

Berenice Bento tiene un doctorado en Sociología y es profesora de la UFRN (Universidad Federal de Río Grande del Norte).

Fuente: Desacato.

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