El 11 de abril de 1950 una familia de inmigrantes del Yemen denunció por primera vez la desaparición de un recién nacido a las autoridades. La denuncia fue mandada por carta directamente al ministro de policía, Bechor Chetrit, pero este nunca respondió. La familia volvió a comunicarse por carta con el ministro el 8 de mayo del mismo año, también esta segunda denuncia fue respondida con silencio.
Entre los años 1948 y 1954, 3.500 familias, la mayoría de ellas de origen yemenita, denunciaron la desaparición de recién nacidos en hospitales israelíes. En muchos casos los niños desaparecieron inmediatamente al nacer, en otros casos los niños desaparecieron al ser traídos al hospital para exámenes regulares.
Casi 50 mil inmigrantes del Yemen habían llegado al país con la creación de Israel y habían sido alojados en cuatro campamentos temporarios, Rosh Ha’ayn, Beit Lid, Ein Shemer y Atlit. En estos campamentos los padres vivían en tiendas de campaña y los niños en barracas o estructuras más estables. En caso de que los niños fueran derivados a hospitales, los padres no podían pasar la noche con ellos pero las madres podían venir a visitarlos para amamantarlos.
Los padres de los niños describen los casos de desaparición maneras similares. Los padres que llegan a visitar a sus hijos al hospital y se les informa que el niño ha muerto y ya fue enterrado. En muchos casos se trata de niños que habían llegado al hospital para exámenes regulares sin enfermedades previas. Las explicaciones se daban solo oralmente y los padres nunca recibieron certificados de defunción. En muchos casos los niños desaparecidos recibieron órdenes de enrolamiento del ejercito israelí al llegar a los 18 años. Cerca de 30 niños fueron devueltos a sus padres después de vigorosas protestas.
A raíz de la protesta pública se crearon tres comisiones de investigación sobre la desaparición de los niños. En 1967 se estableció una comisión parlamentaria de investigación, la comisión Bahlul-Minkowski y en los años 80 se estableció la comisión Shalgui. Ambas comisiones habían declarado que la idea de la desaparición de los niños emerge del dolor y de la imaginación de los padres. Ambas comisiones terminaron adoptando el discurso oficial de que los niños habían muerto.
En 1995, tras un levantamiento armado en Yahud dirigido por el Rabino Uzi Meshulam, se estableció una tercera comisión de investigación, y esta publicó sus resultados en el 2001. Si bien como era de esperar, también esta comisión llegó a la conclusión de que la mayoría de los niños habían muerto, ella nunca pudo explicar qué es lo que ocurrió con los niños desaparecidos que no habían muerto.
Es más, en esta comisión se presentaron testimonios que subvertían el discurso oficial explicando qué había ocurrido con los niños: estos eran transferidos a instituciones del laborismo o de los partidos de la coalición gubernamental y más tarde eran dados en adopción.
En otros casos, los niños eran dados en adopción fuera del país. Una enfermera que trabajaba en el centro médico de Ein Shemer cuenta que los niños desaparecían cuando llegaban visitas extranjeras.
“Muchos niños desaparecieron cuando un grupo de personas que hablaban francés e inglés estuvieron en el campamento por dos semanas. Casi todos los días desaparecían uno o dos niños que por lo general tenían buena salud. Estos niños estaban de buena salud cuando terminaba mi turno de trabajo pero ya no estaban en sus camas cuando yo volvía al otro día. Cuando preguntaba qué había ocurrido, me decían que les había subido la fiebre y los habían transferidos al hospital Rambam de Haifa. Nadie volvía del Rambam. Había también una señora norteamericana de la cual nunca sospeché nada, pero los niños que ella examinaba siempre se enfermaban y eran transferidos al hospital Rambam en Haifa”.
En esta última comisión de investigación hubo también enfermeras que explicaron que las trabajadoras sociales decían que era mejor transferir los niños a familias adoptivas, que podrían darles una educación mejor que la educación árabe que recibirían de sus padres inmigrantes del Yemen.
La comisión de investigación del 1995 fue la última oportunidad de hablar con testigos directos, padres, enfermeras y funcionarios que podrían haber explicado la desaparición de los niños inmigrantes del Yemen. Hoy, los padres ya han fallecido sin encontrar a sus hijos, y este crimen ha quedado impune.
El drama que voy a relatar ocurrió el 9 de abril de 1948 en el poblado de Deir Yassin en Palestina. Este país se hallaba bajo ocupación británica como parte del mandato que la Sociedad de Naciones le confirió a la Gran Bretaña en 1922. En 1918 al final de la Primera Guerra Mundial el Ejército británico derrotó a los turcos conquistando a Palestina, hasta entonces bajo dominio del Imperio Otomano. Aunque el mandato británico de Palestina llegó a su fin el 14 de mayo de 1948, día en que las fuerzas de la Gran Bretaña se retiraron, ya meses antes, las fuerzas sionistas judías en territorio palestino se preparaban para tomar por la fuerza el control de Tierra Santa. La intención de los militantes armados sionistas era impedir que los árabes palestinos declarasen a Palestina un Estado independiente propio, para así crear por la fuerza su deseado Estado de Israel como patria para los millones de judíos de la Diáspora el momento que se retirasen los británicos el 14 de mayo de 1948. El sionismo, el movimiento político internacional que perseguía la creación de un Estado de Israel en Palestina como patria y refugio para los judíos de todo el mundo, incrementó sus esfuerzos para lograr su objetivo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, impulsado por el genocidio de 6 millones de judíos europeos a manos del régimen Nacional Socialista de la Alemania de Adolf Hitler.
Los protagonistas en los sucesos de Deir Yassin fueron por un lado los habitantes palestinos del poblado atacado, civiles inocentes que incluían hombres y mujeres, niños y ancianos. Por el otro estaban tres grupos de atacantes, todos pertenecientes a grupos armados judíos, de los cuales los más protagónicos en el ataque a Deir Yassin fueron: la banda terrorista sionista Irgún, que se caracterizó por sus atentados terroristas con bomba contra autobuses, contra civiles congregados en paradas de autobús y contra áreas de mercado llenas de vendedores y compradores; y la banda terrorista sionista Stern, autodenominada Lehi (siglas que en hebreo significaban Combatientes por la Libertad de Israel) y especializada en cometer asesinatos con la intención, a base de dichos actos terroristas, de forzar la salida de los británicos de Palestina. Cabe recordar que Menachem Begin, futuro primer ministro israelí, Premio Nobel de la Paz y fundador del Partido Likud fue uno de los principales líderes de la banda terrorista Irgún, mientras que Yitzhak Shamir, otro futuro primer ministro israelí, fue uno de los líderes principales de la banda terrorista Stern.
El tercer grupo atacante involucrado en los sucesos de Deir Yassin fue el Haganah, la milicia paramilitar de autodefensa judía en Palestina, que proporcionó la mayor parte de los fusiles, granadas y municiones usados por los terroristas del Irgún y de la banda Stern en su ataque contra Deir Yassin. Además, pelotones del Palmach, la fuerza de ataque del Haganah, proporcionaron cobertura de fuego a los terroristas del Irgún y la banda Stern durante su ataque a Deir Yassin, además de disparar contra los civiles palestinos que huían de la matanza hacia el sur en dirección a la población de Ayn Karim. El Haganah constituiría el núcleo fundacional de las fuerzas armadas israelíes tras establecerse el estado de Israel.
Según se ha relatado, antes de atacar a Deir Yassin, comandantes del Irgún y la banda Stern fueron a ver al comandante del Haganah en Jerusalén, David Shaltiel, en busca de su aprobación del ataque. Shaltiel se opuso inicialmente –se ha dicho– al ataque contra Deir Yassin porque la población palestina había firmado un acuerdo de no agresión con los judíos, pero ante la insistencia de los jefes terroristas, aprobó la operación. Al planearse ésta, se ha escrito que los comandantes terroristas del Irgún y la banda Stern habían acordado expulsar (cometiendo limpieza étnica) a la población palestina de Deir Yassin, localizada al oeste de Jerusalén y que contaba con unos 600 habitantes. Los miembros de la banda Stern habían inclusive sugerido que aquellos civiles palestinos que no huyesen de sus casas fuesen asesinados para aterrorizar a la restante población árabe de Palestina, con la probable intención de provocar una huida masiva de los palestinos de sus territorios, como llegó a ocurrir. La mayoría de los terroristas del Irgún y la banda Stern presentes en la planificación del ataque estaban a favor de que se asesinase a todos los habitantes varones de Deir Yassin.
Según un libro relatando los sucesos, el ataque contra Deir Yassin empezó a las 4:30 AM el 9 de abril de 1948, encabezado por unos 132 miembros de las bandas terroristas sionistas Irgún y Stern. Los terroristas atacaron desde tres direcciones, con los miembros del Irgún viniendo por el sur desde el pueblo de Beit Hakenem. Los terroristas de la banda Stern se aproximaron desde el norte mientras que un carro blindado con altoparlantes de los terroristas se acercaba desde el este por la única carretera que iba a Deir Yassin. El plan había sido que al acercase el vehículo blindado a Deir Yassin, se le ordenase a la población a través de los altavoces a que abandonasen su poblado, pero el vehículo cayó en una zanja desde cuya localización por su gran distancia los habitantes palestinos no podían escuchar lo que los terroristas les demandaban. Sin más paciencia, los terroristas dispararon una ráfaga de ametralladora hacia las casas, siendo ésta la señal para tomar por asalto a la población. El grito de alarma “¡Yahud!” (“¡judíos!” en árabe) se propagó por todas las casas de Deir Yassin, pudiendo muchos de los pobladores escapar hacia el oeste, salidos apresuradamente de la cama, corriendo descalzos y envueltos en mantas. Por ejemplo, toda la familia de Mohamed Zeidan logró escapar, siendo éste un rico comerciante que le alquilaba numerosas casas a la población judía de Jerusalén.
Una de las primeras víctimas mortales fue Hayat Halabes, joven maestra palestina de una escuela de niñas en Deir Yassin que residía en Jerusalén pero que se quedó la tarde anterior en el poblado porque el autobús –el número 38- que debió llevarla de vuelta a Jerusalén había sido emboscado por terroristas sionistas. Cuando empezaron a sonar los tiros de los atacantes, la joven Hayat Halabes se vistió apresuradamente, corriendo hacia su escuela de niñas en busca de un botiquín de primeros cuidados médicos y tras tomarlo, se puso una banda en el brazo con la cruz roja y salió corriendo hacia el lugar de donde venían los disparos, pero cayó muerta de bala de manera inmediata a tan solo unos metros de su escuela.
La resistencia de los hombres palestinos de la población fue tenaz, defendiendo sus hogares de manera enconada con las armas que normalmente tenían para la protección de sus familias y propiedad. Tras casi dos horas de tiroteo, los terroristas lograron pasar la primera línea de casas de Deir Yassin, encontrándose los distintos grupos de atacantes en el centro del poblado, donde se abrazaron efusivamente. Hasta el momento los terroristas habían tenido cuatro muertos en el ataque con dos de sus jefes de mayor rango heridos. Tras reunirse en el centro de Deir Yassin el comandante del grupo terrorista Irgún, llamado Giora, dio la orden a los miembros de su grupo que prosiguieran su avance pero en eso cayó herido, lo que enloqueció colectivamente a los terroristas, quienes se lanzaron a atacar con una saña y crueldad que iba en aumento a los habitantes palestinos, cuya resistencia ya iba en cambio decreciendo.
Los terroristas de las bandas Irgún y Stern sacaron a la calle a 35 personas, dos de las cuales eran una pareja de recién casados, llamándose la joven esposa Alia Darwish. Los 35 fueron puestos contra una pared y ametrallados con disparos a quemarropa. Los jóvenes esposos murieron asesinados cogidos de la mano en un último adiós. Fahimi Zeidan, un niño de 12 años que sobrevivió a esta matanza relató lo sucedido: “Los judíos ordenaron a toda mi familia situarse frente al muro, y comenzaron a disparar sobre nosotros. Yo fui herido en el costado; pero casi todos nosotros, los niños, nos salvamos porque pudimos refugiarnos detrás de nuestros padres. Las balas arañaron la cabeza de mi hermana Kadri, de cuatro años, la mejilla de mi hermana Sameh, de ocho, y el pecho de mi hermano Mohamed, de siete años. Todos los demás que estaban con nosotros contra el muro resultaron muertos: mi padre y mi madre, mi abuelo y mi abuela, mis tíos, mis tías y varios de sus hijos”. Los nombres de los miembros asesinados de esta familia fueron los siguientes: “Mahmud Zeidan, Abdi Hassan, Mustafá Zeidan, Hudeh Mustafá, Jadra Zeidan, Tamman Alí, Musleh Alí Musleh, Yusreh Mussa, Mustafá Alí, Shafiq Alí, Miyasseh Muslé, Mohamed Musleh y Azizi Musleh”.
La joven mujer de treinta años Haleem Eid, miembro de una de las familias de renombre de Deir Yassin, fue testigo de otro acto de barbarie y salvajismo por parte de los terroristas al presenciar “a un hombre disparar en el cuello de mi cuñada Salhiyed, que estaba a punto de dar a luz, y abrirle el vientre con un cuchillo de carnicero”. Otra mujer también testigo del crimen, Aiesch Radwaer, trató de sacar al bebé del vientre abierto de la madre, que ya estaba muerta, para salvarlo pero también a ella la mataron.
La adolescente Naaneh Jalil, de dieciséis años y residente de otra casa fue testigo de los crímenes de otro terrorista cuando presenció “a un hombre coger una especie de cuchilla y abrir, de la cabeza a los pies, a nuestro vecino Jamili Hish, y luego dar muerte de la misma forma, en las escaleras de nuestra casa, a mi primo Fathi”. Estos actos de salvajismo sanguinario se cometían casa tras casa, y de acuerdo a los testimonios de los sobrevivientes de la masacre, los actos criminales llevados a cabo por las mujeres terroristas de las bandas Irgún y Stern que participaron en el ataque a Deir Yassin estaban a la par de los crímenes cometidos por los hombres. Casa tras casa los terroristas de las bandas Irgún y Stern cometían asesinatos, violaciones de mujeres y saqueos de la propiedad privada, mezclándose los gritos de las víctimas con los disparos de ametralladora y las explosiones de granadas de mano de los terroristas.
Una superviviente de la masacre de Deir Yassin, Safiyeh Attiyeh de cuarenta años de edad, fue violada por uno de los terroristas, que abrió su pantalón y se lanzó sobre la mujer palestina. La víctima describió lo que pasó: «Yo grité . . ., pero a mi alrededor otras mujeres eran también violadas. Luego nos arrancaron las vestiduras y se divirtieron con nuestros pechos haciendo gestos obscenos. Algunos estaban tan obsesionados por apoderarse de nuestros pendientes, que arrancaban las orejas para ir más rápidos».
Otra mujer testigo, Nazra Assad de 36 años, presenció «a un hombre arrebatarle su pequeñín a su vecina, Salhyed Eissa, arrojarlo al suelo y pisotearlo». La testigo vio al terrorista lanzarse sobre la madre palestina y violarla, sucediendo todo a la vez que los otros terroristas presentes miraban sin intervenir. Cuando terminó de violar a su víctima tras quedar satisfecho, el terrorista la asesinó. Tras esto el asesino echó un colchón encima de los cuerpos sin vida de la madre y su hijo.
La gran mayoría de los testimonios de testigos presenciales de los crímenes cometidos por los terroristas de las bandas Irgún y Stern fueron obtenidos tras interrogatorios llevados a cabo por la Policía británica tras la masacre del 9 de abril de 1948. El director adjunto del Departamento de Investigación Criminal (Criminal Investigation Department) de la Policía británica, Sir R.C. Catling, envió el 15 de abril de 1948 al general Sir Alan Gordon Cunningham, el Alto Comisario de Gran Bretaña en Palestina, un «informe ‘secreto y urgente’, con el número 179/110/17/65». En este se hallaban los testimonios oficiales obtenidos tras los interrogatorios de los testigos y el informe de uno de los oficiales de policía ingleses que condujo los interrogatorios de los residentes de Deir Yassin que habían sobrevivido a la masacre.
Este último informe del oficial de policía británico decía: «La mayoría de las numerosas mujeres que he interrogado en vista de reunir informaciones sobre las atrocidades cometidas en Deir Yassin, se han mostrado muy reticentes a relatar su experiencia, en especial en lo que se refiere a la violencia sexual. Sin embargo, no hay duda alguna de que se han cometido numerosas atrocidades sexuales por los atacantes. Varias jóvenes escolares fueron violadas y luego asesinadas, así como ancianas. Todos hablan de una niña que fue, literalmente, partida en dos. Numerosos recién nacidos fueron descuartizados con cuchillos de carnicero… La mayoría de estas personas se halla en tal estado de ‘shock’, que son incapaces de comprender qué es lo que realmente sucedió».
A media mañana llegó al poblado palestino el líder de la banda terrorista Irgún en Jerusalén, de nombre Mordechai Raanan, que ordenó a sus hombres destruir las casas donde todavía los habitantes de Deir Yassin ofrecían resistencia. La banda terrorista Irgún se caracterizaba por atacar puestos de control de la Policía británica con explosivos, y de la misma forma los terroristas del Irgún procedieron a ejecutar las órdenes de Raanan dinamitando las casas de Deir Yassin que todavía quedaban en pie y desde donde los habitantes palestinos que se defendían aún les disparaban. El punto desde donde procedía la mayor resistencia contra los terroristas al parecer era la casa del mujtar de Deir Yassin (en árabe el mujtar era la cabeza del poblado, el anciano de mayor autoridad de la población). El jefe terrorista Raanan del Irgún relató lo que pasó después de que sus hombres hicieran volar con explosivos la casa del mujtar de Deir Yassin: «Al cabo de algunos minutos, la casa no era más que un montón de escombros sobre cuerpos destrozados».
La única estructura en el complejo de la casa del mujtar que no pudo ser demolida con explosivos por los terroristas fue el horno de cocer, construido con paredes gruesas y dotado de una puerta de hierro. Dentro del horno se habían refugiado durante el ataque la esposa del albañil Ahmed Eid y varias mujeres que eran sus vecinas. Llenas de terror las mujeres oyeron una voz que les decía que salieran de su refugio –»No hay riesgo», escucharon ellas– pero rehusaron a salir. La hija del mujtar, Shafikah Sammur, se dio cuenta por el acento de que les hablaba alguien que no era árabe.
Los terroristas de la banda Irgún volaron con explosivos más de 15 casas de Deir Yassin. Aterrorizados, los habitantes que no habían huido de su poblado se refugiaban en aquellas casas que no habían sido todavía demolidas con explosivos por los terroristas. Los terroristas sistemáticamente atacaban dichas casas lanzando dentro granadas de mano y rociando sus interiores con tiros de ametralladora, cometiendo atrocidades como habían hecho en casas anteriores. El joven de 18 años Mohamed Jaber relató cómo, estando escondido debajo de una cama, presenció alrededor del mediodía «a los judíos irrumpir en la casa, expulsar a todo el mundo y disparar a continuación sobre el grupo».
En otra casa donde se habían refugiado cerca de una docena de mujeres palestinas, uno de los terroristas judíos que formaba parte de un grupo que entró a la vivienda les gritó en árabe: «¿Cómo desean ustedes morir?». Una mujer de 25 años le imploró que tuviese misericordia y que no las matara tras tirarse al suelo y besarle los pies al terrorista.
Ya había pasado el mediodía y las mujeres refugiadas dentro del horno de la casa del mujtar se resistían a salir. Cuando los terroristas amenazaron con hacer volar con explosivos el horno, las mujeres decidieron abandonar su refugio, siendo la hija del mujtar la primera en hacerlo. Cuando salió y vio las ruinas de su casa, la casa del mujtar, encontró los cuerpos sin vida tanto de su madre como de sus dos hermanos. El ataque de las bandas terroristas Irgún y Stern contra el poblado palestino había terminado. Deir Yassin había dejado de existir.
El jefe de la misión del Comité Internacional de la Cruz Roja en Palestina, que visitó las ruinas de Deir Yassin dos días después de la masacre, estimó que unos 350 hombres, mujeres y niños fueron asesinados en el poblado palestino, según el libro de David Hirst ‘The Gun and the Olive Branch’ (‘El arma y la rama de olivo’). Hirst da la cifra de 254 habitantes de Deir Yassin «despachados» por los terroristas, similar a la de 240 asesinados en la población que el cuartel general de las fuerzas árabes en la ciudad de Ramala dio por radio tras la masacre. Según uno de los terroristas de la banda Irgún, tanto su grupo como los de la banda terrorista Stern asesinaron a 80 habitantes del poblado después de que el ataque y la resistencia palestina habían acabado. Se ha escrito que los cuerpos de 25 habitantes de Deir Yassin asesinados por los terroristas sionistas fueron tirados en la cantera del pueblo.
Un miembro de la inteligencia del Palmach, la fuerza de ataque de la Haganá (la milicia paramilitar de autodefensa judía en Palestina y futuro núcleo de las fuerzas armadas israelíes), de nombre Meir Pa’il relató la masacre de Deir Yassin de la manera siguiente en un informe reproducido en el libro de Benny Morris ‘The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited’ (‘El nacimiento del problema de los refugiados palestinos revisado’):
«Los disidentes [Nota: así eran llamados los miembros de las bandas terroristas del Irgún y Stern por el miembro de la Haganá, debido a que el Irgún se creó como un grupo escindido de la Haganá mientras que la banda Stern fue a su vez un grupo escindido del Irgún] iban por el poblado robando y hurtando todo: Pollos, equipos de radio, azúcar, dinero, oro y más… Cada disidente caminaba por el poblado ensuciado de sangre y orgulloso del número de personas que había matado. Su falta de educación e inteligencia al compararse con nuestros soldados [los milicianos de la Haganá] era aparente… En una de las casas en el centro del poblado fueron congregados unas 200 mujeres y niños pequeños. Las mujeres estaban sentadas en silencio y no dijeron una palabra. Cuando yo llegué, el ‘comandante’ [de los terroristas] explicó que ellos tenían la intención de matarlas a todas ellas. . . En la tarde escuché que las mujeres y niños habían sido transportados y liberados en Musrara».
Documental sobre la masacre de Deir Yassin:
Pero el paradero de los civiles palestinos hechos prisioneros por los terroristas del Irgún y la banda Stern fue incierto. Los terroristas montaron en camiones a los sobrevivientes de la masacre de Deir Yassin que incluían a mujeres y niños y los pasearon triunfales por las calles de Jerusalén Occidental, donde los residentes judíos les insultaron, escupieron y lanzaron piedras. Un miembro de la Haganá observó «tres camiones conducidos lentamente de arriba abajo de la Avenida Rey Jorge V llevando hombres, mujeres y niños con las manos encima de sus cabezas, vigilados por judíos armados con metralletas Sten y rifles». Al parecer estos prisioneros fueron masacrados después de ser paseados en parada. Por ejemplo, Meir Pa’il de la inteligencia de la Haganá informó el día después de la masacre de haber visto a cinco hombres palestinos que habían desfilado por las calles de Jerusalén Occidental y ver después sus cuerpos sin vida tirados en una cantera de un vecindario de la ciudad.
La masacre de Deir Yassin llevó al éxodo masivo del pueblo palestino en 1948, que huyó de sus tierras que actualmente ocupa el estado de Israel aterrorizado por que le pasara lo mismo que lo que le pasó a los habitantes de Deir Yassin. El estado de Israel nació de la tierra ensangrentada de Deir Yassin y del terror que su matanza y destrucción causó, y una paz justa entre los estados de Israel y Palestina tiene que enmendar la limpieza étnica que ocurrió tras la masacre. Una paz sólida entre israelíes y palestinos y una solución política que podría ser de dos estados distintos pero unidos, quizás siguiendo el modelo de Austria-Hungría, solo serán duraderas si se permite el derecho de retorno de los palestinos expulsados en 1948. Que los Hijos de Abraham, judíos y palestinos, hermanados de sangre por la genética moderna, vivan un día en paz y armonía en la Tierra Santa como Dios manda.
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.
Originalmente publicado en Palestina en el corazón: El checkpoint de Qalandiya, entrada norte a Jerusalén. María Landi ? (Publicado en el semanario Brecha el 27/3/15) No fue difícil reconocerla en medio de la multitud de palestinas brutalmente reprimidas en la víspera del Día Internacional de las Mujeres: es alta, delgadísima, rubia y bien entrada…
La empresa israelí ISDS ha sido contratada por 2.200 millones de dólares para proporcionar la seguridad en las Olimpiadas de Brasil 2016. El historial de esta compañía está íntimamente ligado a la represión de los pueblos palestino y latinoamericano, habiendo colaborado con dictaduras de la región.
ISDS y Río2016
El 22 de octubre el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos Río 2016 anunció la elección de la empresa israelí ISDS como empresa “integradora” de la seguridad de los Juegos Olímpicos. Los medios informaron que el contrato incluye:
Como “integradora” de todo el sistema de seguridad (gastos totales de 2.200 millones de dólares), ISDS creará los planes de “seguridad” y monitorización que serán implementados en toda la ciudad durante los Juegos. ISDS entrenará al personal de seguridad y proporcionará equipos de control como escáneres y otros.
El logo de ISDS ocupará un espacio publicitario durante Río2016 por valor de 20 millones de reales (más de 6.2 millones de euros).
El vicepresidente de ISDS Ron Shafran explica que la compañía ofrecerá soluciones a problemas de “inteligencia”, “control de multitudes”, seguridad de grandes espacios, etc.
Ron Shafran declaró que ya cuentan “con equipos operando en Brasil, y que ya actuaron allí extraoficialmente [sic] durante el verano pasado en la Copa del Mundo”. ISDS también provee servicios de seguridad a Petrobras e Itaipú.
Empresa líder en crímenes contra la humanidad
Misión y servicios
Fundada en 1982, ISDS se enorgullece del hecho de haber sido fundada por exagentes del Mossad. El fundador y director actual es Leo Gleser, un excoronel de las fuerzas armadas israelíes. Se dice que entre las personas con las cuales ISDS ha trabajado en el pasado figuran algunas como Gerard Lachtanian, un traficante de armas armenio involucrado, entre otros, en el golpe de Estado de Honduras en 1984; Yehuda Leitner y Emile Sa’ada, antiguos miembros del ejércitos israelí, que muchos dicen haber desempeñado un papel en el caso Irán-Contras. Zelaya, el presidente de Honduras, informa que las armas utilizadas por los golpistas, proporcionadas por ISDS, fueron entregadas por empresas de Yehuda Leitner.
En una carta de presentación para los militares de Guatemala el 30 de abril de 1985, Sammy Sapyr, entonces director de la oficina guatemalteca de ISDS, describió que los servicios de la empresa incluyen: entrenamiento antiterrorista, formación de escuadrones antiterrorismo, vigilancia electrónica y colecta de informaciones, y la venta de armas, helicópteros y aviones. También ofrecía un curso de “terrorismo selectivo” bajo el título genérico de “formación a militares”. Además de esto, ISDS se especializó en interrogatorios y supervisión de presos en América Latina (en el contexto de las dictaduras ligadas a ISDS, esto significa torturas y detenciones ilegales).
La empresa está vinculada al Estado de Israel y forma parte del sistema de intervención militar israelí. Yossi Melman explica el funcionamiento de este sistema en un artículo escrito para el diario israelí Haaretz: “El Ministerio de Defensa, el Ministerio de Relaciones Exteriores o el Mossad reciben un pedido para proporcionar consultoría de seguridad o para entrenar fuerzas militares o de seguridad para el gobernante de un país, generalmente un tirano. Como las autoridades no pueden o no van a ayudar a este presidente directamente, y ven su petición tan importante para promover la seguridad y los intereses políticos, piden a una empresa privada prestar los servicios solicitados”.
Y, según Carl Fehlandt, un exvendedor de armas de ISDS en Guatemala entre 1982 y 1986, “el gobierno israelí controla ISDS y quien reparte las cartas es el Ministerio de Defensa”.
Operaciones y experiencias en América Latina
Según informes de prensa, sólo en América Latina ISDS ha estado envuelta al menos en el apoyo de las siguientes dictaduras y golpes de Estado:
Honduras
Entre 1981 y 1984, ISDS formó en Honduras tanto a guardaespaldas del presidente Roberto Suazo Córdova como a los hombres del general Gustavo Álvarez Martínez, jefe de las fuerzas armadas y promotor de la guerra sucia contra la izquierda hondureña. Gleser, de ISDS, contrató a los exmiembros del ejército israelí Yehuda Leitner y Emile Sa’ada para ayudar a entrenar a los miembros del conocido “Batallón 3-16″ de Gustavo Álvarez Martínez, escuadrón de la muerte privado del general.
Se acusa a ISDS de estar involucrada en la desaparición de 191 personas durante el golpe contra el presidente Zelaya de 2009. Además, se señala que ISDS proporcionó armas a Yehuda Leitner que más tarde fueron utilizadas contra la embajada brasileña.
El Salvador
Autorizada por el gobierno israelí, ISDS habría proporcionado instructores y vendido material militar al gobierno de El Salvador para formar unidades especiales contra la guerrilla de izquierda.
Guatemala
Además de la carta de presentación de ISDS a los militares guatemaltecos reproducida en los medios, el propio general Ríos Montt declaró a un periodista de la cadena de televisión ABC que el golpe que lo llevó al poder tuvo tanto éxito “porque muchos de nuestros soldados fueron entrenados por Israel”.
Nicaragua
El general hondureño Walter López Reyes informó que los hombres de ISDS entrenaron a los Contras nicaragüenses en la base de Tamara, cerca de Tegucigalpa.
Venezuela
ISDS suministró servicios de seguridad a petroleras venezolanas poco tiempo antes del golpe fracasado de 2002 contra el presidente Hugo Chávez.
Brasil
ISDS fue acusada de haber suministrado armas a Yehuda Leitner que fueron utilizadas contra la embajada de Brasil en Honduras, donde se refugió el presidente Zelaya. Con una tecnología nueva, las armas químicas provocaron diarrea, vómitos, hemorragias nasales y problemas gastrointestinales.
Los periodistas Peru Egurbide y Ferran Sales afirman que ISDS también trabajó en México, Perú y Ecuador, este último durante el gobierno de León Febres Cordero.
Teniendo en cuenta para quién trabaja, el hecho de que Leo Gleser diga que “nunca rompí la ley” vale muy poco.
En defensa de la lucha de los pueblos
ISDS es, al mismo tiempo, un símbolo de los crímenes contra el pueblo palestino y contra los pueblos latinoamericanos.
El contrato de Río2016 con ISDS viola:
El llamamiento al Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) contra Israel. En 2005 la sociedad civil palestina inicó el movimiento internacional de BDS como forma eficaz y concreta de apoyo a la causa palestina y en la defensa de los Derechos Humanos.
El llamamiento al embargo militar a Israel. En 2011 la sociedad civil palestina publicó un llamamiento al embargo militar contra Israel para fortalecer esa campaña central en el marco del BDS.
El Corazón de Jenin es la historia de Ahmed Khatib, un niño palestino de doce años que fue asesinado por soldados israelíes mientras jugaba con una pistola de juguete en un campamento de refugiados palestino en Jenin. En el plazo de doce horas su padre tomó la decisión de donar seis de sus órganos para salvar la vida de seis niños y niñas. El corazón de Ahmed late ahora en el cuerpo de una niña judía, de padres ultraortodoxos. Ha pasado un año y medio desde que Ismail donó los órganos de su hijo y hace un viaje por los territorios ocupados visitando a las familias beneficiarias para saber cómo les ha cambiado la vida.
22/7/2013·. A medida que el mundo reflexiona sobre el legado de Nelson Mandela y su lucha contra el apartheid en Sudáfrica, algunos han recordado su famosa observación: «Sabemos muy bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad de los palestinos.»
Ese vínculo especial entre dos pueblos y sus luchas nacionales ha contribuido a aumentar los esfuerzos sudafricanos para cuestionar los continuos abusos de derechos humanos y la sistemática discriminación a la que son sometidos los palestinos.
Hace unas semanas, el embajador de Sudáfrica en Israel aprovechó la oportunidad de su partida para criticar las políticas israelíes como una «réplica del apartheid». Ismail Coovadia también rechazó un regalo de 18 árboles plantados en su nombre por el Fondo Nacional Judío, una organización que ha desempeñado un papel importante en el desplazamiento de los palestinos.
No muchos países tienen embajadores que hablen de sus políticas en términos de apartheid. Viniendo de un diplomático sudafricano respetado, la afirmación es aún más dolorosa. Es un reflejo de cómo los políticos de Sudáfrica y de la sociedad civil han adoptado cada vez más la solidaridad con los palestinos y tomado la delantera en cuanto al BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) e iniciativas relacionadas.
Pretoria ha exigido el etiquetado de los productos de los asentamientos, a pesar de una importante presión para no hacerlo. También ha habido notables expresiones de apoyo al boicot palestino en las universidades y los sindicatos.
Esto sucede mientras las políticas de Israel hacia los palestinos son calificadas, cada vez con mayor frecuencia, en términos de apartheid por los observadores en Palestina e Israel y a nivel internacional.
La relación de Israel con el régimen del apartheid comenzó a mediados de los años 1970, con el intercambio dela tecnología militar e inteligencia. Para algunos funcionarios de ambos lados, había también un componente ideológico. El Primer Ministro Sudafricano Hendrik Verwoerd, afirmó que «los judios tomaron Israel a los árabes después que los árabes habían vivido allí durante 1.000 años. Israel, como África del Sur, es un Estado de apartheid».
Durante un período de unos 15 años, los ejemplos de la estrecha relación incluyeron un pacto en 1975 firmado por Shimon Peres y el entonces ministro de Defensa sudafricano PW Botha, y la colaboración de la industria de defensa israelí con el régimen de apartheid para eludir las sanciones internacionales. «La colaboración con el régimen racista de Sudáfrica» por parte de Israel fue condenada en la Asamblea General de la ONU.
Sin embargo, lo que realmente ha golpeado a muchos en Sudáfrica y en otros lugares, son las similitudes entre el sistema de apartheid allí instaurado y las actuales políticas de Israel hacia los palestinos.
En 2002, el arzobispo Desmond Tutu escribió un artículo llamado ‘Apartheid en Tierra Santa’, y dijo que en su reciente viaje a Palestina / Israel había recordado «mucho de lo que nos pasó a los negros en Sudáfrica». En 2007, el Relator de Derechos Humanos de la ONU, John Dugard, profesor jurídico de Sudáfrica y experto apartheid, dijo que «las leyes y prácticas de Israel» en los territorios ocupados «sin duda se asemejan en muchos aspectos al apartheid».
El elemento común de ambos sistemas es la consolidación y la aplicación de la desposesión, asegurar el control, acceso a la tierra y a los recursos naturales para un grupo a expensas de otro. Sin embargo, también hay diferencias importantes.
Mientras que el sistema de apartheid requería el trabajo de los sudafricanos de color, en las colonias sionistas en Palestina se considera a la población local no judía de manera muy diferente: como un grupo que debe ser expulsado y no explotado. La razón por la que hay hoy en día, dentro de las fronteras anteriores a 1967 de Israel, una mayoría judía es porque la mayoría de los palestinos que hubieran sido ciudadanos del nuevo estado fue objeto de una limpieza étnica, sus aldeas destruidas y sus tierras expropiadas.
Aunque hay muchos ejemplos de segregación de hecho y la discriminación institucionalizada en Israel antes de 1967, la comparación del apartheid realmente comenzó a tomar fuerza cuando Israel amplió su colonización y control de la Cisjordania ocupada y la Franja de Gaza.
El apartheid era, en cierto modo, un «Plan B»: una forma de mantener la hegemonía y el control judío – la protección de la etnocracia – cuando directamente, las expulsiones en masa no era una opción factible.
Un académico israelí, Oren Yiftachel, ha descrito la situación en Israel y los Territorios Ocupados – hablando de ellos como una sola unidad – como un «apartheid progresivo», en el sentido que con el tiempo ha surgido un estado de facto desde el río Jordán hasta el Mar Mediterráneo, en el que se les niega o se les concede diferentes derechos a los árabes y palestinos, por medio de en tarjetas de identificación, localización, etc
La ocupación israelí de la Ribera Occidental, que en 2017 cumplirá medio siglo, se ha convertido en un complejo sistema de control y exclusión, con colonos judíos que viven entre los palestinos ‘no ciudadanos’ y cuya libertad de vivir en su propia tierra es gestionada por un sistema de apartheid y una burocracia de «permisos» y los obstáculos físicos.
Irónicamente, fue durante el llamado ‘proceso de paz’ de Oslo que los elementos de la comparación con el apartheid sudafricano empezaron a ser aún más claros.
En 1984, Desmond Tutu escribió que los territorios autónomos – bantustanes – promovidos por el régimen del apartheid sudafricon fueron privados de «integridad territorial o esperanza de viabilidad económica». Eran, escribió, simplemente «territorios fragmentados y discontinuos, que se encuentra en áreas improductivas y marginales del país» con «ningún control» sobre los recursos naturales o el acceso a las «aguas territoriales». Esto podría haber sido escrito hoy sobre los Territorios Ocupados en Palestina.
Así, por ejemplo, al igual que en los años 1970 y 1980, hoy el ministerio israelí de Asuntos Exteriores afirma que un boicot a los productos producidos en los asentamientos perjudica ante todo a los trabajadores palestinos. Aún más revelador es que algunos políticos y figuras públicas israelíes, den hoy la voz de alarma acerca de las tasas de natalidad palestina, la igualdad y la perspectiva de una solución de un solo estado democrático en términos de «suicidio nacional», el mismo discurso utilizado por los apologistas del apartheid en Sudáfrica.
Para los sudafricanos, cuyo recuerdo del apartheid sigue intacto, Israel es un objetivo no sólo porque es un ejemplo que de un sistema repudiado, sino porque para la población indígena colonizada, el apartheid de hoy es peor. El editor de un periódico sudafricano, Mondli Makhanya, lo recalcó en 2008 después de un viaje a Oriente Medio: «Me parece que a los israelíes les gustaría que los palestinos desaparecieran. Nunca hubo nada de eso en nuestro caso. Los blancos no esperaban hacer desaparecer a los negros».
De los combatientes veteranos y líderes como Nelson Mandela, Desmond Tutu y Ronnie Kasrils, a los activistas de derechos humanos que trabajan en iniciativas como BDS Sudáfrica y Open Shuhada Street, algunas de varias campañas en favor de los derechos palestinos, hay un reconocimiento que los palestinos se enfrentan a una lucha por la dignidad, la igualdad – y la vida misma – similar a la que una vez se llevó a cabo, y se ganó, en Sudáfrica.
«Cuando llegué a vivir a Belén, Palestina, lo primero que me llamó la atención fue su población, tan lejos de los prejuicios a los que nos tienen sometidos la mayoría de los medios de comunicación, así como de la propaganda de todo tipo contra este pueblo que lo único que quiere es que les concedan su legítimo lugar en el mundo.
Cuando Eva Chaves, la profesora de español de la Universidad de Belén, me habló de representar una obra nos pusimos a ello, «La casa de Bernarda Alba» era perfecta y además solo se habían presentado mujeres a la convocatoria. La dificultad añadida era que la tenían que representar en español. Yo me apunté a actuar también, me parecía que era la mejor manera de acercarme a las chicas. Y luego tenía mi cámara, algo básico de sonido y decidí lanzarme, sabía que las limitaciones técnicas eran todas, éramos dos, mi cámara y yo, pero con muchas ganas de acercarnos lo más posible a estas mujeres inteligentes, guapas, alegres, buenas y con sueños a pesar de la realidad que las mantiene encerradas»
Bernarda Alba en Palestina ha sido seleccionada en números Festivales y esto me pone muy contenta ya que muchas personas han podido conocer a estas magníficas mujeres.
Cristina Andreu
N.de la R.: La distancia entre Belén y Jerusalén es de 10 km, pero para los pocos palestinos que pueden ir es toda una humillación de permisos especiales, puestos de control y horarios que cumplir.
Un artículo de 2007, pero que sigue siendo actual.
Por Joseph Massad.
Los esfuerzos de Israel por la paz son sinceros. De hecho, Israel desea vivir en paz no sólo con sus vecinos, sino también y especialmente con su propia población palestina, y con los palestinos cuyas tierras ocupa por la fuerza. El deseo de paz de Israel no es sólo retórico sino concreto, y profundamente psicológico. Con pocas excepciones, los líderes sionistas más prominentes, desde los orígenes mismos del sionismo colonial, han deseado establecer la paz con los palestinos y los demás árabes cuyos países decidieron tomar para su ocupación y asentamiento. La única cosa que Israel ha reclamado, y sigue reclamando para terminar con el estado de guerra contra los palestinos y sus vecinos árabes, es que todos ellos reconozcan su derecho a ser un estado racista, que discrimina por ley a los palestinos y otros árabes y que garantiza derechos legales diferenciados y privilegios a sus propios ciudadanos judíos. La resistencia que el pueblo palestino y otros árabes han organizado contra el derecho de Israel a ser un estado racista es lo que continúa interponiéndose entre Israel y esa paz por la que ha luchado durante décadas. De hecho, esta resistencia es nada menos que el nuevo antisemitismo.
Israel está dispuesto a hacer lo que sea para convencer a los palestinos y a los demás árabes de que necesita gozar del derecho a ser racista. Incluso a nivel teórico, y antes de que empezara a construirse realmente, el proyecto colonial sionista buscó diferentes formas para convencer a los pueblos cuyas tierras quería robar y aquellos a quienes quería discriminar de que admitieran como aceptable su necesidad de ser racista. Todo lo que pedían es que los palestinos reconocieran su derecho a existir como un estado racista. Los métodos militares no fueron los únicos instrumentos persuasivos disponibles; también hubo otros, incluyendo los incentivos económicos y culturales. El sionismo desde el comienzo ofreció a algunos palestinos beneficios económicos si aceptaban su propuesta de que tenía derecho a ser racista. De hecho, el Estado de Israel todavía lo hace. A muchos funcionarios de la Autoridad Palestina y de la Organización para la Liberación de Palestina se les han ofrecido y han aceptado numerosos incentivos económicos para reconocer esta crucial necesidad israelí. Aquellos entre los palestinos que deplorablemente continúan resistiendo son penalizados por su intransigencia con la asfixia económica y el hambre, complementados con bombardeos regulares y raids, así como con el aislamiento internacional.
Estos persuasivos métodos, así lo espera Israel, convencerán finalmente a esa recalcitrante población para que acepte la necesidad de Israel de ser un estado racista. Después de todo, el racismo israelí sólo se manifiesta en su bandera, en su himno nacional y en un puñado de leyes que son necesarias para salvaguardar los privilegios de los judíos, incluidas la Ley del Retorno (1950), la Ley de la Propiedad Ausentada (1950), la Ley de la Propiedad del Estado (1951), la Ley de Ciudadanía (1952), la Ley del Estatus (1952), la Ley de Administración de las Tierras de Israel (1960), la Ley de Construcción y Edificación (1965) y la ley de 2002 prohibiendo los matrimonios entre israelíes y palestinos de los territorios ocupados.
Comencemos hablando de por qué Israel y el sionismo necesitan asegurar que Israel continúe siendo un estado racista por ley, y por qué se cree merecedor de tal derecho. La argumentación es triple y está basada en las siguientes aseveraciones:
Los judíos estarían siempre en peligro en el mundo abierto; sólo en un estado que los privilegie religiosa y racialmente podrían estar a salvo de la opresión de los gentiles y podrían prosperar. Si Israel quitara sus leyes y símbolos racistas y se convirtiera en un estado democrático no-racista, los judíos podrían dejar de ser una mayoría y se convertirían en lo mismo que los judíos de la Diáspora: una minoría en un estado no-judío. Estas preocupaciones han sido expuestas claramente por los dirigentes israelíes tanto individual como colectivamente. Shimon Peres, por ejemplo, la paloma del Israel oficial, se ha quejado durante tiempo del peligro demográfico palestino, en cuanto la Línea Verde que separa Israel de Cisjordania está comenzando a desaparecer, lo que puede llevar a unir los futuros de los palestinos de Cisjordania y de los árabes israelíes. Peres espera que la llegada de 100.000 judíos a Israel pueda aplazar este peligro demográfico por más de una década, aunque finalmente, como él subraya, la demografía venza a la geografía.
En diciembre de 2000, el Instituto de Política y Estrategia del Herzliya Interdisciplinary Centre en Israel comenzó sus series de conferencias anuales sobre la fuerza y la seguridad de Israel, especialmente centradas en la cuestión de mantener la mayoría demográfica judía. El presidente de Israel y los actuales y anteriores primeros ministros y ministros acudieron al completo. Uno de los puntos principales señalados en el informe de 52 páginas sobre las conferencias es la preocupación sobre el número que se necesita para que los judíos mantengan la supremacía demográfica y política de Israel: El alto índice de natalidad de los árabes israelíes plantea la cuestión del futuro de Israel como un estado judío Las actuales tendencias demográficas, de continuar, pondrán en riesgo el futuro de Israel como estado judío. Israel tiene dos opciones estratégicas: adaptación o contención. La última requiere una enérgica política demográfica sionista de largo alcance, cuyos efectos políticos, económicos y educativos garanticen el carácter judío de Israel.
El informe añade afirmativamente que los que apoyan la preservación del carácter de Israel como un estado judío para la nación judía constituyen mayoría entre la población judía de Israel. Lógicamente esto supone el mantenimiento de todas las leyes racistas que garantizan el carácter judío del estado. Los siguientes encuentros anuales que se han producido han confirmado este compromiso.
Los judíos serían los portadores de la civilización occidental y constituirían un baluarte en Asia para defender tanto la civilización occidental como sus intereses económicos y políticos frente al terrorismo y a la barbarie de Oriente. Si Israel se transformara a sí mismo en un estado no-racista, su población árabe podría arruinar su compromiso con la civilización occidental y su defensa de los intereses económicos y políticos occidentales, pudiendo incluso llegar a transformar a los propios judíos en una población bárbara oriental. Así es como lo expresó en una ocasión Ben Gurion: No queremos que los judíos se conviertan en árabes. Tenemos el deber de luchar contra el espíritu de Oriente, que corrompe a los individuos y a las sociedades, y de preservar los auténticos valores judíos tal y como cristalizaron en la Diáspora [europea]. Sin duda Ben Gurion fue claro sobre el papel sionista en la defensa de tales principios: Nosotros no somos árabes, y se nos mide con un rasero diferente Nuestros instrumentos de guerra son diferentes de los árabes, y sólo nuestros instrumentos pueden garantizar nuestra victoria. Más recientemente, Naftali Tamir, embajador de Israel en Australia, ha señalado que: Estamos en Asia sin tener las características de los asiáticos. No tenemos la piel amarilla ni los ojos rasgados. Asia es fundamentalmente la raza amarilla. Australia e Israel no lo son nosotros somos básicamente la raza blanca.
Dios habría dado esta tierra a los judíos y les habría dicho que se guardaran de los gentiles que los odian. Hacer de Israel un estado no-judío sería correr el riesgo de desafiar al propio Dios. Esta posición no sólo es mantenida por los fundamentalistas cristianos y judíos, sino incluso por sionistas laicos (tanto judíos como cristianos). Lo entendió así el mismo Ben Gurion (Dios nos prometió esto a nosotros), y también Bill Clinton y George W. Bush.
Es importante señalar que estos argumentos sionistas sólo son válidos si uno acepta previamente la proposición del excepcionalismo judío. Recuérdese que el sionismo e Israel son muy cuidadosos en no generalizar los principios que justifican la necesidad de Israel de ser racista, más bien son vehementes en mantenerlos como un principio excepcional. No es que otros pueblos no hayan sido oprimidos históricamente, es que los judíos han sido oprimidos más. No es que la existencia cultural y física de otros pueblos no haya sido amenazada, es que la existencia cultural y física de los judíos ha sido amenazada más. Estas ecuaciones cuantitativas son la clave de por qué el mundo, y especialmente los palestinos, deben reconocer que Israel necesita y se merece el derecho a ser un estado racista. Si los palestinos o algún otro rechazan esto, es que están decididos a la aniquilación física y cultural del pueblo judío, sin mencionar que estarían enfrentándose al Dios judeocristiano.
Es un hecho que los dirigentes palestinos y árabes no son fáciles de persuadir acerca de estas necesidades especiales que tiene Israel; son décadas ya de asiduos esfuerzos por parte de Israel para convencerlos, especialmente mediante instrumentos militares. En las últimas tres décadas ha habido signos de venirse a razones. Aunque Anwar El-Sadat inauguró este cambio en 1977, le costó mucho a Yasser Arafat reconocer las necesidades de Israel. Pero Israel continuó pacientemente y se volvió más innovador en sus instrumentos persuasivos, especialmente en los militares. Cuando Arafat recobró la cordura y firmó los acuerdos de Oslo de 1993, reconoció por fin el derecho de Israel a ser racista y a discriminar legalmente a sus propios ciudadanos palestinos. Debido a este tardío reconocimiento, un magnánimo Israel, siempre deseoso de paz, decidió negociar con él. Sin embargo él continuó resistiéndose en algunos asuntos. Porque Arafat esperó que su reconocimiento de la necesidad de Israel a ser racista dentro de Israel sería a cambio del final del sistema racista israelí de apartheid en los territorios ocupados. Y eso fue sin duda un malentendido por su parte. Los líderes israelíes se lo explicaron a él y a su principal negociador de paz, Mahmud Abbas, en discusiones maratonianas que duraron siete años: que las necesidades de Israel no se limitan a imponer sus leyes racistas dentro de Israel, sino que éstas deben extenderse también a los territorios ocupados. Arafat sorprendió a todos no contentándose con los bantustanes que Israel ofreció al pueblo palestino en Cisjordania y Gaza, alrededor de los asentamientos coloniales judíos que Dios había garantizado a los judíos. Se llamó a los Estados Unidos de América para que persuadieran al maleable dirigente de que la solución del bantustán no era tan mala. De hecho otros colaboradores tan honorables como Arafat habían disfrutado de sus beneficios, como Mangosutho Gatcha Buthelezi en la Sudáfrica del Apartheid. No había de qué avergonzarse por aceptarla. El presidente Clinton insistió a Arafat en Camp David en el verano de 2000. Mientras Abbas resultó convencido, Arafat permaneció indeciso.
Es verdad que en 2002 Arafat se vino a razones un poco más y reafirmó su reconocimiento de la necesidad de Israel de tener leyes racistas dentro del país, al desistir del derecho de retorno de los seis millones de exiliados palestinos, a los cuales, en virtud de la racista ley de retorno israelí, se les impide volver a los hogares de los que Israel los expulsó, mientras que los judíos ciudadanos de otros países obtienen automáticamente la ciudadanía en un Israel que la mayoría de ellos nunca ha visto previamente.
En The New York Times Arafat declaró: Comprendemos las preocupaciones demográficas de Israel, y comprendemos que el derecho de retorno de los refugiados palestinos, un derecho garantizado por la ley internacional y la resolución 194 de las Naciones Unidas, debe tratarse de forma que tenga en cuenta tales preocupaciones. Arafat afirmó que estaba intentando negociar con Israel soluciones creativas sobre la grave situación de los refugiados respetando al mismo tiempo las preocupaciones demográficas de Israel. Esto sin embargo no era suficiente, dado que Arafat continuaba sin ser persuadido de la necesidad de Israel de imponer su apartheid racista en los territorios ocupados. Israel no tuvo más remedio que aislarlo, mantenerlo bajo arresto domiciliario, y posiblemente envenenarlo al final.
El presidente Abbas, sin embargo, aprendió bien de los errores de su predecesor y ha mostrado más apertura a los argumentos israelíes acerca de la necesidad de imponer su sistema de apartheid racista en Cisjordania y Gaza, y de que la legitimidad de este apartheid debe ser reconocida por los propios palestinos como una condición necesaria para la paz. Abbas no ha sido el único dirigente palestino en ser convencido. Otros dirigentes palestinos quedaron tan convencidos que ofrecieron ayuda para construir la infraestructura del apartheid israelí, suministrando a Israel la mayor parte del cemento que necesitaba para construir sus colonias sólo-para-judíos y el Muro del Apartheid.
El problema ahora era Hamas, que, aun queriendo reconocer a Israel, permanecía negándose a reconocer su especial necesidad de ser racista dentro de la Línea Verde y de imponer un sistema de apartheid en el interior de los territorios ocupados. Aquí es cuando se trajo a Arabia Saudí el mes pasado, con la reunión en la ciudad de la Meca. ¿Quién podría, decían de manera admirativa los saudíes, romper un acuerdo en el que los líderes de las víctimas del racismo y la opresión israelíes prometieran solemnemente reconocer la necesidad especial de su opresor a oprimirles? Bueno, Hamas ha estado resistiéndose a esta fórmula, que Al-Fatah ha apoyado durante cinco años, en concreto a incurrir en este reconocimiento crucial. Hamas decía que todo lo que podía hacer era respetar pasados acuerdos que la Autoridad Palestina había firmado en su día con Israel y que reconocían su derecho a ser racista. Esto, insisten Israel y los Estados Unidos de América, es insuficiente y los palestinos van a continuar siendo aislados a pesar del respeto de Hamas por el derecho de Israel a ser racista. La condición para la paz, tal y como la entienden Israel y los Estados Unidos de América, es que tanto Hamas como Al-Fatah reconozcan y asuman el derecho de Israel a ser un estado de apartheid tanto dentro de la Línea Verde como en Cisjordania y Gaza. Y no hay nada que negociar aquí. La siguiente cumbre entre Condie Rice, Ehud Olmert y el excitado presidente de la Autoridad Palestina Abbas se empleó en que Olmert interrogara a Abbas acerca de cuánto seguía apoyando la necesidad israelí de apartheid en los territorios ocupados. Una cumbre menor ha sido celebrada sobre las mismas bases hace algunos días. Abbas ha esperado que las dos cumbres pudieran convencer a Israel para terminar los preparativos de los bantustanes sobre los que él piensa mandar, pero Israel, comprensiblemente, se ha sentido inseguro y ha querido asegurarse de que el propio Abbas estaba todavía apoyando su derecho a imponer el apartheid primero. Mientras, conversaciones secretas israelo-saudíes han dado a Israel la esperanza de que la próxima cumbre de la Liga Árabe en Riad puede muy bien cancelar el derecho palestino al retorno, que está hasta ahora garantizado por la ley internacional, y afirmar la inviolabilidad del derecho de Israel a ser un estado racista garantizado por la diplomacia internacional. Todos los esfuerzos de Israel por conseguir la paz finalmente darían sus frutos, si los árabes conceden lo que ya la mediación internacional ha concedido a Israel antes que ellos.
Debería quedar claro que en este contexto internacional, todas las soluciones existentes a lo que se da en llamar el conflicto palestino-israelí garantizarían la necesidad israelí de mantener sus leyes racistas y su carácter racista, y su derecho a imponer el apartheid en Cisjordania y Gaza. Lo que a Abbas y a los palestinos se les permite negociar, y al pueblo palestino y a los demás árabes se les invita a participar, son las características políticas y económicas (pero no geográficas) de los bantustanes que Israel está preparando para ellos en Cisjordania, y las condiciones del asedio en torno a la Gran Prisión llamada Gaza, y en torno a las otras menores de Cisjordania. No nos equivoquemos sobre esto, Israel no negociará sobre ninguna otra cosa, porque hacerlo podría ser equivalente a renunciar a su dominio racista.
Y para aquellos de entre nosotros que insisten en que ninguna resolución será factible hasta que Israel revoque todas sus leyes racistas, abriendo entonces el camino a un futuro no racista para palestinos y judíos, en un descolonizado estado bi-nacional, Israel y sus apologistas tienen una respuesta ya preparada. Una respuesta que redefine el significado de antisemitismo. Antisemitismo ya no es el odio y la discriminación contra los judíos como grupo religioso o étnico; en la era del sionismo, antisemitismo se ha metamorfoseado en algo más insidioso. Hoy, tal como Israel y sus partidarios en Occidente defienden, el antisemitismo genocida consiste mayormente en cualquier intento de rechazar el absoluto derecho de Israel a ser un estado judío racista.
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