No compres productos con código de barras 729, de origen israelí o que financien al Estado de apartheid de Israel.
Por Joan Cañete Bayle.
La cita de un funcionario europeo, desde el anonimato, es buena y, por tanto, ha hecho fortuna en la prensa estos días: “It is outrageous that a country which has just demolished 25,000 houses is demanding that their construction industry benefit from rebuilding them at the expense of the international community. Talk about chutzpah writ large” La lástima es que a UE sólo dice estas cosas desde el anonimato. Su función en la tragedia palestina es merecedora en realidad de figurar en una farsa: el pagano al cual unos desprecian y los otros aún deben agasajar aunque lo hayan dejado ya por imposible, hartos de su inutilidad. El ciclo se ha dado ya tantas veces que daría risa si no fuera tan penoso: la UE paga la construcción, Israel destruye, la UE paga la reconstrucción, Israel vuelve destruir. Cuanto mayor es el problema de conciencia (como ahora en Gaza, esos 50 días de ominoso silencio), más dinero aportan los europeos. Que ahora se enfaden porque resulta que Israel quiere que sean sus empresas quienes reconstruyan Gaza es, como dice el periodista Jonathan Cook en su imprescindible blog, ridículo: esto siempre ha sido así. Se llama, como todo lo que sucede en la zona, ocupación y sus estructuras.
Concretando: sin que haya nada escrito (muy pocas cosas están por escrito en Israel, de entrada no hay Constitución), las medidas de “seguridad” que impone Israel para “asegurarse” de que el cemento y el hierro que entran en la franja van a la reconstrucción y no al “rearme” implican ‘de facto’ que será la industria de la construcción israelí quien reconstruya Gaza (y se enriquezca) con los fondos procedentes de la ayuda internacional. ¿Irónico, por decirlo suave? Sí. Pero nada nuevo, y la UE lo sabe, sus ONG están hartas de explicar a sus consulados, por ejemplo, cómo el material que les llega con destino a Gaza se pudre durante meses en el puerto de Ashdod a la espera de obtener los ‘permisos’ necesarios. Mientras, empresas israelíes introducen en Gaza esos mismos productos. Gaza, durante el bloqueo y antes del bloqueo, es un mercado cautivo de Israel, como también lo es Cisjordania, un mercado formado por millones de personas que no pueden comprar más productos que israelíes dado que, por un lado, no existe una importación digna de ese nombre porque Israel no lo permite (es Tel-Aviv quien controla fronteras y accesos) y, por el otro, la industria palestina es extremadamente débil a causa de su dependencia de Israel para la materia prima y de los controles y bloqueos. Es decir, la ocupación.
Los estantes de las tiendas de Gaza están llenos de productos etiquetados en hebreo y los zafios propagandistas te enseñan esas fotos y te dicen, ‘¿ves, el bloqueo no será tan grave cuando los palestinos puedan comprar leche israelí’ (o peor: ‘sí, sí, mucho Israel es muy malo pero bien que compran sus pañales’ Claro, no quieren saber que una de las estructuras terroristas destruidas en Gaza fue una fábrica de pañales en la zona industrial…). Normalmente, esto funciona con que un intermediario en el territorio ocupado y un intermediario en Israel se ponen de acuerdo, el israelí se encarga de hablar con su Gobierno para lograr los permisos y ambos acaban repartiéndose, de forma proporcional, el pastel. Al israelí se le llama en la prensa, cuando aparece, si es que aparece, “empresario con buenas relaciones con los palestinos”. Al palestino se le llama “hombre fuerte” en la zona: Gaza, Ramala, Jenin, Belén… Desde los acuerdos de Oslo, los hombres fuertes acostumbran a ser dirigentes de Al Fatah, algunos de ellos muy conocidos, algunos de ellos profesionales del proceso de paz, algunos de ellos muy ricos, algunos de ellos aún en el poder o muy cerca, algunos de ellos muy amigos de políticos occidentales, algunos de ellos evacuados en helicóptero por Occidente y protegidos por los servicios secretos de alguna potencia en agradecimiento por los servicios (colaboracionistas) prestados.
En Gaza, el macabro juego del bloqueo es saber cómo, cuándo y hasta donde apretar para que todos los que importan ganen, o no pierdan demasiado, y en ese grupo se incluyen las empresas israelíes. En los hospitales de Gaza, por ejemplo, puede faltar material médico básico, pero en los estantes difícilmente dejará de haber refrescos de cola de una marca u otra. En este sentido, Egipto, desde que se abrió el paso de Rafah, tiene un papel colaborador básico con la economía israelí, ya que por su lado de la frontera pueden entrar productos y combustible, pero lo hacen a cuentagotas y siempre previa negociación con Israel. El ocupante es Israel, no Egipto, y eso El Cairo no quiere cambiarlo. Los túneles de contrabando dan para mucho, pero no para introducir camiones cisterna con combustible.
En un pueblecito cristiano de Cisjordania llamado Taybeh se alza la empresa Taybeh, productora de la única cerveza palestina. Sus propietarios, la familia Khoury, podrían escribir un libro sobre lo que implica intentar producir un producto que compite con otro israelí. Una vez me explicaban, por ejemplo, cómo un proyecto de expansión a través de la exportación fue abortado porque los envases necesarios sólo llegaban a la fábrica en cuentagotas a causa de “motivos de seguridad”. La materia prima procedía de Europa y quedaba atascada en los puertos israelíes. Qué pérfida esta gente de Hamas que exige un puerto, un aeropuerto y libertad de movimiento y de mercancías, al menos, entre Gaza y Cisjordania.
Esta libertad de movimiento no es un problema de seguridad; es un problema político (Israel quiere a Gaza y Cisjordania aisladas entre sí y del mundo) y es un problema económico: la economía israelí, fuertemente subsidiada por Estados Unidos y donaciones privadas, necesita del mercado cautivo de consumo que constituyen millones de palestinos que usan la misma moneda que Israel y a quienes llegan, a través de la ayuda internacional, millones de dólares y de euros al año que de una forma u otra acaban yendo a parar a las arcas de Israel y a los de los intermediarios, palestinos e israelíes, que hacen posible que funcione el engranaje de la ocupación. La fórmula se repite en centenares de ámbitos económicos. De vez en cuando, por ejemplo, se oye que Israel retiene los impuestos de la ANP. Son tasas que generan los palestinos, que recauda Israel y que Tel-Aviv usa según le place. Ocupación, se llama esto.
Así que los funcionarios europeos, en lugar de escandalizarse como damiselas, tal vez deberían empezar a llamar a las cosas por su nombre. No es chutzpah: es la ocupación.
PD: La ONU acaba de publicar un informe desolador sobre la situación económica de Gaza antes de la destrucción de este verano. “The 2014 report on Assistance to the Palestinian People, compiled by the UN Conference on Trade and Development, details how Palestinian economic deterioration, which is largely rooted in the territory’s occupied status, has resulted in weak growth, a precarious fiscal position, forced dependence on the Israeli economy, mass unemployment, wider and deeper poverty, and greater food insecurity”. La negrita es mía: para la ONU, como no podía ser de otra forma, el problema es la ocupación.
Fuente: http://decimaavenida.wordpress.com/2014/09/04/mercado-cautivo/
Por Juan Miguel Muñoz.
La normalidad cotidiana, imposible saber por cuánto tiempo, vuelve a reinar en el sur de Israel, y los vecinos de los kibutzim y las comunidades lindantes con Gaza –muchos de ellos hispanohablantes izquierdistas y anarquistas originarios de Argentina o Uruguay— regresan a sus viviendas y a sus mecanizados campos de cultivo. A pocos metros, sin embargo, más de 100.000 personas (el 6% de la población del minúsculo territorio palestino) se han quedado sin hogar. Y sin nada. Se necesitan con urgencia, alertan desde la franja, 5.000 caravanas, porque sus barrios han sido arrasados hasta los cimientos por la aviación y artillería israelíes, mientras los casi dos millones restantes de pobladores subsisten sin apenas luz y agua, rodeados de las ruinas en que se han convertido en ocho años las infraestructuras públicas de Gaza. Docenas de colegios y hospitales han sido bombardeados; la central eléctrica es un amasijo de hierros; cientos de pequeñas fábricas han sido demolidas, y el sistema de distribución de agua, arruinado… Desde 2006, son cuatro las invasiones o bombardeos masivos. Lo normal para los vecinos de la franja. Los cientos de proyectiles sin explotar se desactivan sin aparatos, porque Israel –y ahora el régimen golpista egipcio con más celo que antes— no permite que entren en Gaza ningún artilugio sofisticado, ni las tuberías necesarias para reparar desagües, ni el cemento imprescindible para reconstruir edificios… Diez días después del alto el fuego, nada ha cambiado en los cruces fronterizos de Gaza y los productos siguen sin entrar, según la Agencia de Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios. Todo normal.
Aunque, como sucediera en 2012, ya se ha acordado una tregua, los soldados israelíes han disparado, hasta ahora a modo de aviso, contra quien se acerca a sus granjas cerca de la frontera, contra los pescadores que intentan faenar en las seis millas pactadas, a los que se ha confiscado una embarcación. Como en 2009 y 2012, el acuerdo de relajar el bloqueo a Gaza es violado por mucho que los cohetes dejen de caer durante meses. Esta es la normalidad cotidiana, la que tienen que soportar desde hace casi 10 años encerrados en un gheto.
Todo es normal también en la Cisjordania ocupada después de que casi un millar de palestinos fueran detenidos en redadas durante los 50 días de guerra. Las protestas por lo que ocurría en Gaza eran reprimidas sin contemplaciones. Pero ahora ha vuelto la rutina.
Entre el 1 y el 2 de septiembre, excavadoras israelíes han demolido una fábrica de productos lácteos en Hebrón; han derribado casas (si así puede llamarse a las moradas que habitan) de beduinos en Jerusalén oriental; han causado destrozos en viviendas asaltadas en un pueblo al sur de Jenín y detenido a 17 hombres; han cerrado un mercadillo en Nablus; han destruido modestas infraestructuras agrícolas en el sur de Hebrón y un pozo de agua; un grupo de colonos ha arrancado los viñedos en el pueblo de Beit Ommar, también cerca de Hebrón; militares han detenido a siete hombres en un campo de refugiados cercano a Nablus; un hombre yace en estado crítico en un hospital tras recibir dispararon en un control militar en Kalkilia… Todo normal.
Como es normal el incesante robo de tierra. Es frecuente que cuando algún palestino perpetra el asesinato de un israelí, los vengadores se ceban con pueblos o ciudades enteros. A menudo en forma de expolio de terrenos. Acaba de suceder en la zona donde residen los presuntos autores del asesinato de tres estudiantes judíos en junio. El Gobierno de Benjamín Netanyahu ha aprobado la confiscación de 400 hectáreas –la mayor en varias décadas– para la colonia de Gvaot, cercana a Belén, un asentamiento en el que a día de hoy vive una quincena de familias. “Lo que hemos hecho es una demostración de sionismo. Construir es nuestra respuesta al asesinato”, ha declarado Naftalí Benett, el ultraderechista que dirige el Ministerio de Economía. Todo normal.
Gvaot se fundó hace 30 años como una base militar, para ser después transferido a una yeshiva (escuela religiosa). Es una práctica habitual. En Cisjordania se han establecido a menudo zonas militares cerradas (por razones de seguridad que raramente son razonadas) o zonas protegidas como reservas naturales que naturalmente acaban con el paso de los años en posesión de colonos. Al proceso se le reviste con toda la parafernalia de la legalidad. Por ejemplo, los afectados por el último expolio disponen ahora de 45 días para presentar alegaciones, un sarcasmo que produce hilaridad. Todo normal.
Porque lo normal debe ser que los sometidos a una brutal ocupación que se prolonga ya medio siglo se conformen sin hacer ruido. Es irrelevante que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, colabore con Israel en materia policial y de seguridad hasta el punto de ser alabado por los máximos jefes militares israelíes. Basta con que tenga una iniciativa política –las armas no son opción para Abbas desde hace más de 25 años— para que a los gobernantes israelíes les salte el resorte. “Es el antisemita más grande de Oriente Medio… responsable del lanzamiento de misiles balísticos diplomáticos”, ha vociferado el ministro de Asuntos Estratégicos, Yuval Steinitz. Su colega de Exteriores, Avigdor Lieberman, ya le calificó antaño de “terrorista diplomático”. Normal.
Como es normal la reacción de los compungidos líderes occidentales. Tras el anuncio de la confiscación de Gvaot, el Departamento de Estado repite la cantinela que se escucha, idéntica, desde hace 25 años: “We are deeply concerned [Estamos profundamente preocupados]… Llamamos al Gobierno israelí a que revoque su decisión”, ha declarado la portavoz de la diplomacia estadounidense, Jen Psaki. Esta vez ha faltado otra coletilla habitual: “It’s not helpful [No ayuda]”. Por supuesto, sería una sorpresa mayúscula que Israel siguiera el consejo de Washington. Y la UE, como es normal, se mostró en su línea: “En este delicado momento, cualquier acción que pueda socavar la estabilidad y la perspectiva de unas negociaciones constructivas después del alto el fuego en Gaza debería ser evitada”. ¿Estarán temblando en el Gobierno israelí ante semejante advertencia? Todo apunta a que el patrón volverá a repetirse. EE UU y la UE impulsarán nuevas negociaciones, que casi con seguridad volverán a estar salpicadas –los precedentes abundan– de nuevos expolios y de “profundas preocupaciones”. Todo normal.
Fuente: http://juanmiguelmunoz.es/?p=71
Cuando nace su cuarto hijo, Emad, un palestino del pueblo de Bil’in, compra su primera cámara de video. Mientras filma a su hijo Gibreel crecer, Emad también captura las imágenes de la resistencia popular y no violenta de su pueblo contra la construcción del muro israelí en las tierras de cultivo. Una a una, sus cámaras son destruidas por golpes y balas. Cada cámara cuenta una parte de la historia de su hijo y la lucha de su pueblo. Documental ganador del premio Emmy Internacional.
La Federación de Entidades Argentino-Palestinas repudia enérgicamente la persecución al compañero David Comedi y al movimiento del BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) que pretende silenciar un pedido de la sociedad civil palestina y sus más de 170 organizaciones que la representan.
El compañero David es, y ha sido un referente claro del antisionismo, que ha quedado claramente explicitado en el TRIBUNAL ÉTICO A LA OCUPACIÓN Y COLONIZACIÓN POR ISRAEL EN PALESTINA realizado en mayo de 2013, entre otras acciones.
Nos produce un profundo malestar, que individuos y/u organizaciones pretendan manipular el ideario del pueblo palestino e imponernos sus “verdades” en pos de vaya a saber qué objetivo.
Estas acciones dañan la labor de un colectivo, que viene desde hace mucho trabajando y donde paso a paso hemos ido logrando imponer tanto en los ámbitos académicos, estudiantiles y sindicales la adhesión al BDS.
Las intimidaciones a las que se nos expone parecieran más el intento de acallar las expresiones de solidaridad y acción hacia nuestro pueblo y en definitiva ser funcionales al sionismo.
Por último, señalar que como hijos de la diáspora palestina en Argentina bregamos por la unidad de nuestro pueblo y de todas las organizaciones políticas y sociales que la componen, así como del movimiento argentino de solidaridad que apoya nuestras acciones.
Por el fin de la ocupación, colonización y limpieza étnica en Palestina.
Tilda Rabi
Presidenta
Los palestinos marcharon en la Franja Gaza para agradecer el apoyo recibido de Cuba, Venezuela y otros pueblos de América Latina durante el genocidio israelí.
Con fotos del líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, el Comandante Supremo, Hugo Chávez, y el presidente venezolano, Nicolás Maduro, los gazatíes ovacionaron la solidaridad de sus hermanos latinoamericanos.
La marcha fue convocada por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) que coreó consignas en agradecimiento a Venezuela y Cuba, que juntos a ellos repudiaron la letal ofensiva de Tel Aviv que duró 50 años.
El líder Supremo de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, rompió relaciones con Israel por la agresión a la Franja de Gaza, al pueblo palestino y su soberanía. Al igual que el comandante Fidel Castro, Chávez siempre se opuso a las políticas genocidas de Israel, recordaron los manifestantes.

El dirigente del FPLP Kaed Al Ghoul, quien celebró el cumpleaños 88 de Fidel Castro, llamó a fortalecer la unidad nacional y no olvidar a los 2 mil 140 muertos y 10 mil 500 heridos.
Los jefes de misiones de Cuba, Venezuela, Ecuador, México, Chile, Paraguay, Argentina, Brasil y Bolivia, recibieron un reconocimiento por su aporte en Gaza.
Fuente: TeleSUR
Por Ana Garralda.
Voces y pisadas se confunden con el sonido metálico de los cierres de los comercios de la Ciudad Vieja de Jerusalén. El ambiente está enrarecido. Desde que el pasado 2 de julio un grupo de extremistas judíos quemaran vivo al adolescente palestino Mohammed Abu Khdeir en venganza por el secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes, se respira una profunda desconfianza mutua. Los palestinos evitan ir a la parte oeste de la ciudad, de mayoría judía y donde han tenido lugar varios linchamientos. Los israelíes temen ir a la parte este, de mayoría palestina, debido al miedo a recientes apedreamientos. Quizás el único espacio en el que coinciden físicamente estos días sea la Ciudad Vieja. Llegó la paz en Gaza, pero otra guerra se mantiene casi en silencio: Una batalla abierta por cada casa, cada metro, cada puerta.
Sobre el empedrado de los barrios musulmán y cristiano, residentes locales, peregrinos y turistas se entremezclan en una maraña intercultural plagada de señas e identidades. Unos caminan ajetreados en una jornada más de su rutina; otros, los más religiosos, recorren lugares de obligada liturgia como la Vía Dolorosa, de especial importancia para los cristianos. Sin embargo, a escasos metros por encima, en los tejados de la Ciudad y en medio del trajín de una ciudad viva, pocos conocen la otra guerra soterrada -fuera de la atención mediática, centrada desde hace semanas en la Franja de Gaza- que hoy se libra sobre sus cabezas.
Una contienda silenciosa entre los colonos judíos y los residentes palestinos que viven en un espacio superpoblado de 36.000 habitantes y donde proliferaran los estandartes albiazules con la estrella de David. «Nos quieren echar poco a poco», denuncia Ayed Al Ayubi, palestino de 58 años, junto al retrato de Saladino -el sultán árabe de origen kurdo que conquistó Jerusalén en 1187- del que asegura ser descendiente y que corona la sala de estar de su casa, situada en un angosto callejón del barrio musulmán. A pocos metros queda la Basílica del Santo Sepulcro, corazón del barrio cristiano.
Una zona especialmente sensible además por su cercanía a la mezquita de Al Aqsa, el tercer santuario del Islam -el lugar donde Mahoma subió a los cielos, según los musulmanes- y al Muro de las Lamentaciones, el espacio más sagrado para los judíos, pues es el único resto en pie del segundo templo destruido por los romanos en el 70 DC.
Desde el salón, de estilo árabe, Ayed al Ayubi sale a un pequeño patio y sube las empinadas escaleras que conducen hacia el tejado de su casa. Al escalar los últimos peldaños aparece, brillante y descomunal, la cúpula dorada; al fondo se alcanza a ver el Monte de los Olivos y a la espalda el Santo Sepulcro. El palestino señala en dirección a la Basílica. «¿Ves esa terraza? Ahí viven colonos», explica. Los árboles de la azotea, de especies foráneas, apenas dejan vislumbrar lo que hay detrás, pero sí dejan entrever una bandera israelí. «Ponen árboles y plantas para que no les veamos», añade Al Ayubi.
En el otro extremo de la azotea y a tres pisos por encima de la entrada principal, Ayed marca otro edificio, a no más de 20 metros, igualmente con la enseña albiazul. «Esa fue mi casa hasta el año 2013», explica Gazi Zaloum, un viejo conocido del palestino que ha querido acercarse hasta la casa de su amigo «para que los extranjeros sepan lo que está ocurriendo aquí». Se explica.
«El vecino de abajo, que es judío, me denunció porque tenía filtraciones de agua en su techo, y el juez me ordenó que hiciera reformas en el tejado para arreglarlas», relata Zaloum. «Pero cuando hice las obras, el juez dictaminó que había hecho una ampliación sin permiso y nos ordenó evacuar nuestra casa de toda la vida», se lamenta. Hoy Gazi, con 60 años y escasos recursos, vive en casa de unos familiares que le han acogido.
Ayed prosigue con el relato de su amigo. «Ahora ahí viven colonos y además me están construyendo debajo», apostilla asomándose por la tapia de la azotea y señalando un par de plantas más abajo, hacia una de las ventanas del edificio contiguo, a escasos tres metros del tragaluz de su salón, que queda justo enfrente. «A veces no podemos dormir, hacen ruido hasta muy tarde, incluso nos han dejado basura en la puerta más de una vez», cuenta Ayed.
Para este palestino el objetivo que persiguen sus vecinos es hacerles la vida lo suficientemente insufrible como para que terminen vendiendo y marchándose de Jerusalén. «Quieren expulsarnos, derribar nuestra casa y edificar un gran modulo adyacente que conecte el asentamiento del norte con el del sur», explica. Incluso asegura que le han ofrecido cuatro millones de shequels [unos 845.000 euros] por su vivienda junto a un pasaporte del país que él escogiera y unos 2.000 dólares en metálico para empezar de nuevo en otro lado. «Pero yo no voy a dejar mi casa. Mientras vivamos estaremos sobre la tierra, después, debajo, pero ni venderemos ni nos vamos a ir», asevera.
Para Ayed la expulsión de los palestinos de la ciudad vieja de Jerusalén no es solo el objetivo de sus vecinos, también es el del ayuntamiento de la ciudad y hasta de los jueces israelíes. «Ya me confiscaron la tienda y ahora quieren hacer lo mismo con mi casa», asegura mientras, escaleras abajo, llega hasta la entrada principal, coronada por otra placa del sultán Saladino. Justo enfrente está la tienda que la policía le precintó hace dos años. «Nos la cerraron con el argumento de que no habíamos pagado las facturas de agua y electricidad, pero eso no es más que una estratagema para intentar expropiárnosla», señala. Esto le obligó a contratar a un bufete de abogados para litigar ante la justicia e intentar recuperar el usufructo del inmueble, una tarea difícil y, sobre todo, cara.
«Antes no se veían tantas banderas israelíes en los barrios cristiano y musulmán, también había palestinas, hoy no está permitido y cada año la situación empeora»
«Tengo ya varios casos abiertos ante los tribunales y he pagado más de 90.000 shequels [unos 19.000 euros] en multas por haber construido una habitación adicional en mi casa, y eso sin contar con las costas y los abogados», comenta indignado. Ayed tiene la suerte de ser propietario de un restaurante –que gestionan sus hijos– junto a la concurrida Puerta de Damasco que le reporta los suficientes beneficios para hacer frente a las abultadas facturas. «Ahora pesa sobre la casa una orden de demolición, pero ya hemos recurrido ante el Tribunal Supremo», añade pausado.
Para la arqueóloga palestina Abir Zayyad, que también se crió en este barrio de apretadas calles, lo que está sucediendo en Jerusalén se resume en una palabra «judaización», y según ella, no solo institucional, sino también material y cultural. Primero, en la silenciosa adquisición de viviendas. «Antes no se veían tantas banderas israelíes en los barrios cristiano y musulmán, también había palestinas, hoy no está permitido y cada año la situación empeora», explica.

Abir Zayyab/ Fotografía: Ana Garralda
En segundo lugar, transformando la herencia cultural. «Incluso en sus restaurantes dicen que el falafel fue inventado por los judíos, ¿el falafel?, ¡pero si viene de una palabra árabe! [فلف (filfil), que significa pimiento y quizá del sánscritopippalī]», bromea.
Por último, Zayyad habla de lo que denomina «judaizar la propia mentalidad». «Los israelíes que hoy viven en Jerusalén son cada vez más religiosos, más extremistas, hay una brecha en la sociedad israelí. Solo hace falta ver la cantidad de mezquitas e iglesias que están siendo atacadas cada semana por radicales religiosos. No creo que eso tenga nada que ver con el judaísmo de verdad», explica.
La imperturbable cúpula de la Roca vuelve a ser testigo silencioso de lo que ocurre en otra de las azoteas del barrio musulmán, a escasos 200 metros de la casa de los Al Ayubi. Aquí, conkipá y tzitziot (los flecos que sobresalen del talit katan, una prenda que visten debajo de la ropa los judíos religiosos y que sirven para recordar los mandamientos divinos) Daniel Luria, director de la organización privada Ateret Cohanim, responsable directa de la colonización de la ciudad vieja, sentencia desafiante: «Haremos todo lo que sea necesario dentro del margen de la ley para traer de vuelta la vida judía a Jerusalén».
Financiada gracias a las aportaciones de filántropos judíos en la diáspora, Ateret Cohanim se encarga de comprar o alquilar inmuebles en el lugar donde para ellos siempre vivieron los judíos, lo que conocen como «el antiguo barrio judío de Jerusalén», la misma extensión de tierra que actualmente comprende el barrio musulmán y parte del cristiano.

Daniel Luria, director de la organización privada Ateret Cohanim, responsable directa de la colonización de la ciudad vieja/ Fotografía: Ana Garralda
La zona armenia y judía actual (renovada tras su destrucción durante la guerra árabe-israelí de 1948) ) también se encuentran, en un espacio sin fronteras definidas, en el seno de la ciudad amurallada. «Los judíos tenemos derecho a revitalizar esta zona (el barrio musulmán) porque Dios nos dio la tierra, eso número uno y quizá ya sea suficiente», afirma. «Pero también tenemos derecho porque ya vivíamos aquí y fuimos expulsados «, apostilla convencido.
Luria cuenta cómo a mediados y finales del siglo XIX hubo oleadas masivas de judíos que llegaron a la ciudad vieja -hasta 1860 Jerusalén se limitada al espacio comprendido dentro de la muralla-. «Entonces éramos una mayoría, pero ¿quién cuenta eso?», pregunta. El colono relata cómo en los pogromos de 1920, 1929 y 1936 gran parte de la comunidad judía de la ciudad vieja fue expulsada por los árabes tras las incitaciones de algunos de sus líderes nacionalistas.
«Después llegaría la guerra de 1948, el control jordano del este (Israel controlaba el oeste de la ciudad) y 1967. Ahí nos hicimos con el control de todo Jerusalén y la ciudad volvió a estar unida», explica. El israelí se refiere a la ocupación que ese año Israel efectuó sobre Jerusalén oriental y Cisjordania, tras salir su ejército victorioso de la guerra de los seis días.
«Ahí ya pensamos en volver pero muchas de las casas de judíos que fueron expulsados durante los pogromos ya habían sido ocupadas por los árabes», explica. Luria no menciona, en cambio, a las familias árabes que viven desde hace centurias en el barrio y que han terminado o bien siendo expulsadas, o vendiendo sus propiedades ante las suculentas ofertas de quienes querían convertirse en los nuevos pobladores.
Este australiano hoy nacionalizado israelí y ultranacionalista asegura que, de los alrededor de 36.000 habitantes de la Ciudad Vieja, unos 5.000 son judíos. «Hace 33 años no había ni un solo viviendo aquí (barrio musulmán) hoy ya son 1.000, pero nos queda mucho que recorrer», asevera.
Su organización no sólo gestiona la adquisición de viviendas para familias de colonos judíos, también la de propiedades destinadas a la construcción de sinagogas -hay 21 en el barrio musulmán- o yeshivás (escuelas religiosas judías) de las que ya funcionan al menos seis.
Luria ironiza. «Aquí hubo sirios, babilonios, griegos, romanos, musulmanes, cruzados, bizantinos, mamelucos, tucos, jordanos y británicos. Todos se fueron y los judíos siempre volvieron». Para este sionista convencido la colonización de Jerusalén es parte de un proceso de «redención física», que básicamente consiste en la vuelta del pueblo judío. Después llegará la espiritual, en la que ya trabajan los cientos de estudiantes de las yeshivás y de la que forma parte la futura construcción del templo, «entonces el Mesías llegará», concluye Luria. Pero para que eso suceda antes hace falta que lleguen muchos más judíos, de todas partes, «a su verdadera casa, el lugar de Dios». «Esta tierra nos pertenece, sin concesiones. Hay una Hoja de Ruta divina y nosotros, no hay duda, estamos en ella».
Fuente: http://www.eldiario.es/desalambre/ven-peregrinos-turistas-Jerusalen_0_297120839.html
Por Xavier Abu Eid.
En su afán de justificar sus actos, Israel ha intentado jugar la carta del “fundamentalismo islámico”, como si el fundamentalismo fuese un fenómeno exclusivo del Islam. Semejante intento niega que los mismos judíos fueron víctimas del fundamentalismo cristiano, y que hoy en día somos los palestinos, con o sin religión, victimas del fundamentalismo judío. Mientras en los noticiarios se habla de los voluntarios “yihadistas” que se unen a ISIS en su macabra expedición entre Siria e Iraq, pocos hablan de los otros “yihadistas”, aquellos que enfervorecidos por el sionismo radical vienen de todas partes del mundo a atacar a palestinos y colonizar Palestina. Si hablamos de fundamentalismos, Israel tiene bastante que contar.
El 2013, alrededor de 300 indios peruanos se convirtieron al judaísmo y emigraron a Israel. Ellos, que nunca tuvieron ninguna relación con esta tierra, hoy tienen la potestad de detener a palestinos en los puestos de control, demoler sus hogares, expropiar tierras y construir colonias. ¿Qué mejor ejemplo de fundamentalismo que el existente en Israel, donde a 300 indios peruanos conversos se les otorgan privilegios que no tiene la población originaria de esta tierra por el mero hecho de no ser judía?
Para justificar las colonias en la Palestina ocupada, el líder israelí Benjamin Netanyahu dijo que “la conexión entre el pueblo Judío y la Tierra de Israel ha durado más de 3.500 años. Judea y Samaria, los lugares donde Abraham, Isaac y Jacobo, David y Salomón, e Isaías y Jeremías vivieron no son extrañas para nosotros. Esta es la tierra de nuestros ancestros”. ¿Qué puede ser más fundamentalista que utilizar esta narrativa religiosa para justificar la expropiación de tierras? Y no se trata de una frase aislada; forma parte del discurso integral que ampara las políticas del gobierno israelí en Palestina.
El 2010, el Vaticano llevó a cabo un sínodo sobre los cristianos de Oriente Medio, en el que se rechazó el uso de libros sagrados para justificar el desplazamiento del pueblo palestino y la construcción de colonias. El acto fue condenado por Israel, que consideró la declaración como una “difamación”. Vale la pena preguntarse por qué unos pueden hacer uso de libros sagrados para justificar sus actos y otros no. De hecho, una serie de escuelas religiosas judías en la Palestina ocupada continúan incentivando una cultura de odio e incitación contra el pueblo palestino, y son financiadas por el gobierno israelí. Las justificaciones religiosas para la ocupación afloran así con expresiones de odio y actos financiados y tolerados por el gobierno de Israel.
Hamás, la facción palestina de la Hermandad Musulmana, que a su vez se encuentra en los gobiernos en Turquía, Qatar, Libia y Túnez, no es un ejemplo de liberalismo. Nunca ha pretendido serlo. De hecho, en su formación, cuando eran apoyados por Israel para dividir a los palestinos entre seculares y laicos, sus primeros blancos no fueron soldados israelíes sino palestinos socialistas y comunistas, condenados por conductas que bajo su particular interpretación del Islam consideraban “anti-islámicas”. Luego Hamás tomó las armas y se convirtió en una organización islamista de resistencia, que llevó a cabo una serie de actos inaceptables que sirvieron de muy poco a la causa palestina (y de mucho a la propaganda israelí). Su principal nicho fue el fracaso del proceso de paz por el que la comunidad internacional tanto apostó, y por el que tan poco hizo para que fructificase. Fue precisamente a partir de 1993, año del Acuerdo de Oslo, cuando la comunidad internacional se mostró más permisiva con Israel (por el bien del “proceso”), mientras a los palestinos se les pedía tolerar “por unos años” el vivir bajo dominio extranjero. Tal es el periodo de apogeo de Hamás, durante el cual Israel continuó adueñándose de los recursos naturales palestinos y construyendo colonias.
La destrucción de las esperanzas de paz por la vía de las negociaciones fue el principal impulso de Hamás. Sin embargo, el mismo Hamás que en su carta fundamental no reconoce a Israel, es el que luego se presentó a elecciones (reconociendo tácitamente el Acuerdo de Oslo), aceptó la Iniciativa de Paz Árabe (la solución de dos estados) y el que pide en las actuales negociaciones de alto al fuego, en el marco de la posición unitaria de todos los grupos palestinos, simplemente que Israel cumpla con sus obligaciones según los acuerdos que ha firmado con la OLP, lo que incluye el fin del bloqueo ilegal y la liberación de los prisioneros que Israel se había comprometido a liberar.
No es un deber de Hamás reconocer a Israel. En el derecho internacional son los estados quienes reconocen estados. El deber de Hamás es respetar los acuerdos que Palestina ha suscrito, que incluyen el reconocimiento de Israel, y eso es precisamente lo que hizo cuando firmó el último acuerdo de reconciliación nacional con el resto de los grupos auspiciado por el presidente Mahmoud Abbas. Paradójicamente, ha sido la consecución de ese gobierno de consenso nacional, que como parte de su programa se comprometía a respetar todos los compromisos palestinos, la que ha llevado a Israel a incrementar sus ataques contra Palestina.
Lo que sería más interesante es que los mismos que recuerdan a cada momento que Hamás no reconoce a Israel, dijesen lo mismo sobre el Likud o los partidos de los principales aliados del Sr. Netanyahu, Israel Beitenu del colono Avigdor Lierberman y La Casa Judía de Neftali Bennet. Estos partidos, muchos de cuyos miembros aun apoyan el desplazamiento forzado del pueblo palestino, no solo no apoyan la creación de un estado palestino, sino que se comprometen a hacer todo lo posible por evitarlo. Como dice el acta de constitución del Likud: “el gobierno israelí rechaza completamente la creación de un estado palestino al oeste del Rio Jordán”, es decir, en Palestina.
¿Por qué se omite esto cuando se habla del gobierno israelí? Lo constatable es que la solución de dos estados no es parte del programa de gobierno de Israel, pero la construcción de colonias ilegales sí lo es. Curiosamente, el gobierno israelí ha logrado que cierta parte de la prensa se fije más en lo que dicen los portavoces de Hamás que en lo que él mismo hace sobre el terreno. También suele olvidarse la falta de paridad: este es el primer caso donde la falta de reconocimiento del ocupante por parte del ocupado es visto como un problema central, mientras que el ocupante continúa desconociendo la existencia misma del estado de Palestina.
No es menos llamativo que cada vez que la OLP ha intentado tocar, por ejemplo, el tema de Jerusalén en las negociaciones con Israel, Netanyahu respondiese con declaraciones públicas llamando a Jerusalén “la capital eterna e indivisible del pueblo judío”. Esta visión fundamentalista de la realidad contrasta con los argumentos basados en el derecho internacional presentados por el equipo negociador palestino.
Israel pretende que la deshumanización de sus víctimas despierte simpatías por los crímenes que a diario comete. Comparaciones entre Hamás y el ISIS son vagos intentos por esconder su propia falta de compromiso con el fin de la ocupación y la consagración de dos estados democráticos sobre la frontera de 1967, tal y como respalda la legalidad internacional. Mucho antes de que existiese Hamás, Israel empezó a llenar de términos religiosos una situación que es, en su origen, un problema evidentemente colonial. Israel ha pretendido que la lucha nacional palestina sea vista como una lucha de fundamentalistas musulmanes en contra de la religión judía, mientras ellos mismos financian e incentivan la retórica anti-árabe/Palestina del movimiento de los colonos. Justificar la colonización y el desplazamiento de la población como un “mandato divino” es algo que Israel ha hecho desde su creación. Sí, es cierto que Hamás ha utilizado la religión con fines políticos. Pero eso es precisamente lo que ha hecho Israel durante los últimos 66 años y Hamás es simplemente una de tantas reacciones a la miseria y agonía que Israel, con la inacción de la comunidad internacional, ha condenado al pueblo palestino.
Fuente: http://www.eldiario.es/contrapoder/israel_fundamentalismo_hamas_6_296130396.html
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