El sionismo y la guerra total contra los palestinos

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ISRAEL-Y-AHORA-QUEDel año 2003 pero aún actual.

Por Tikva Honig-Parnass.

Más de cincuenta y cinco años después de la creación del Estado de Israel y treinta y seis tras la ocupación del resto de la Palestina histórica, la naturaleza esencial del conflicto entre los nacionalismos árabe y palestino, de un lado, y el sionismo y el imperialismo, del otro, ha vuelto a plantearse. Durante todos estos años el conflicto sólo ha sido definido de manera ambigua o parcial como una disputa territorial, unas campañas militares o la ocupación y la opresión de los palestinos (aunque ni los palestinos que viven en Israel, ni los refugiados eran tenidos en cuenta en este discurso). El proyecto sionista ha continuado con su tradicional “pragmatismo” a la hora de definir sus objetivos, aprovechando las oportunidades políticas y los cambios en la correlación de fuerzas entre los palestinos, el mundo árabe y las grandes potencias. Sin embargo, el Estado judío sionista –comprendiendo que no puede acabar con la resistencia contra las distintas “soluciones” políticas que buscan liquidar el nacionalismo palestino– parece decidido a desatar una guerra total contra el pueblo palestino, aprovechando la nueva Pax Americana en Oriente Medio, tras la victoria de EE UU en Irak. La “izquierda” y el centro israelíes, junto con la burguesía palestina, continúan confundiendo a sus partidarios y a la comunidad internacional al afirmar que la causa del conflicto es la ocupación israelí desde 1967 de Cisjordania. Pero la Junta Militar israelí sabe perfectamente que la contradicción entre el nacionalismo árabe y el sionismo es fundamental y no ha cambiado desde la fundación del movimiento sionista en 1882. El conflicto se basa en que las aspiraciones sionistas a establecer una soberanía judía total o parcial sobre Palestina implican la destrucción del pueblo palestino. El amplio reconocimiento de las verdaderas causas del conflicto en los medios militares y en la derecha israelíes, así como las catastróficas consecuencias que se desprenden de ello, ha sido demostrado recientemente por la vuelta a la “ortodoxia” historiográfica sionista del conocido “nuevo historiador” Benny Morris. En un articulo publicado en el diario británico The Guardian en febrero del 2002, se retracta de sus anteriores contribuciones para desvelar la verdad del Nakba (“Desastre”) palestino (la expulsión de los palestinos en 1948 para crear el Estado de Israel). Su versión actual es que “el problema es consecuencia directa de la guerra iniciada por los palestinos y, tras ellos, por los Estados árabes vecinos”. En su libro El nacimiento del problema de los refugiados palestinos, 1947-1949, Benny Morris señala que ha “explicado que el surgimiento del problema fue ‘casi inevitable’, dado el objetivo sionista de crear un Estado judío en un territorio poblado en su mayoría por árabes y teniendo en cuenta la resistencia árabe al proyecto sionista”. Es más, sumándose a la derecha y a gran parte del centro político israelíes, Morris concluye que dado el rechazo palestino a la oferta israelí de un 22% del territorio de la Palestina histórica (aunque el nuevo “muro defensivo” israelí en Cisjordania reduce esta proporción a un 14%, la única solución definitiva del conflicto es la limpieza étnica. En un artículo publicado también en The Guardian en octubre de 2002, Morris lamenta que el actual conflicto se perpetúe porque el sionismo fracasó en 1948 a la hora de expulsar a todos los palestinos de sus tierras: “Me pregunto que pensaría de todo esto Ben Gurion si resucitara, él que fue quién hubiera podido diseñar un desplazamiento general y no sólo parcial en 1948 y se contuvo. Quizás ahora lamentase su decisión. Tal vez, si hubiera ido hasta el final, hoy Oriente Medio sería un lugar más sano, menos violento, con un Estado judío entre el río Jordán y el Mediterráneo y un Estado árabe-palestino en Transjordania”. La posición de Benny Morris subraya el hecho que el proyecto colonial sionista, y sus desastrosas consecuencias, se aproxima a la realización de sus objetivos finales, que fueron en principio concebidos y planificados en el periodo anterior a 1948. La nueva era que se abre en el marco establecido por la Doctrina Bush se caracterizará por un reforzamiento de las dimensiones políticas, militares, económicas e ideológicas del proyecto sionista, que después de 1993 quedó algo difuminado como consecuencia del “Proceso de Paz de Oslo”.

¿Cuáles son los objetivos y la ideología del sionismo?

I. El colonialismo sionista antes de 1948 1. Objetivos. El objetivo del movimiento sionista fue, desde sus comienzos, establecer una mayoría judía en Palestina y la condición para ello era la conquista de la tierra y la creación de un Estado exclusivamente judío en toda Palestina, pacífica o militarmente /1. Como subraya la declaración de independencia, no se estaba proclamando simplemente el “Estado de Israel”, sino “un Estado judío en la tierra de Israel que tendrá como nombre Estado de Israel” /2. El Estado judío, cuyo reconocimiento por parte de los palestinos y el mundo árabe exige Israel como una de las condiciones para aceptar la “Hoja de Ruta”, resume y codifica el núcleo de la ideología sionista: Palestina es la patria histórica de la nación judía. Tras su expulsión por los romanos, los judíos tienen el derecho a volver y reclamar toda Palestina. Y ello se ha utilizado como justificación para la imposición a la población palestina originaria de un “Estado nación” en el que los judíos serían mayoría y, de acuerdo con el primer presidente de Israel, David Ben Gurion, sería “gobernado por judíos para los judíos”. Un Estado construido para acoger a todos los judíos del mundo. El mensaje implícito es que Palestina sólo tiene un interés circunstancial para los palestinos, en tanto que residentes. Porque “Palestina como nación solo tiene significado para los judíos…y los palestinos sólo tienen derechos de residencia individuales”, como escribió Ben Gurion. 2. Nacionalismo sionista y socialismo a.Nacionalismo. El sionismo desarrolló la ideología de un Estado exclusivamente judío y del “lazo natural” de la nación judía con Palestina en el marco conceptual del nacionalismo orgánico de “la sangre y la tierra” en el que las dimensiones románticas, histórico-mitológicas e irracionales son elementos centrales. El “socialismo constructivo” defendido por el MAPAI (de donde surgió el Partido Laborista) y el conjunto del movimiento obrero sionista era una versión local más del nacional socialismo europeo. Esta interpretación del socialismo acepta la subordinación de los valores universales del socialismo a los valores particulares de la nación y la supremacía de esta última. Exige la alianza entre la burguesía y la clase obrera para su contribución conjunta al bienestar de la nación y el Estado. La relación con el individuo está determinada por su utilidad histórica para la nación. El concepto de individuo o ciudadano no tiene prácticamente significado en este marco conceptual. El Estado tiene todo el derecho de exigir su absoluta lealtad /3. b. Socialismo. Para el movimiento obrero sionista, el socialismo no es un medio de crear un orden social más justo, sino ante todo un instrumento del sionismo. La conquista de la tierra era el objetivo supremo compartido por el movimiento obrero y la burguesía sionistas en sus largos años de alianza. La burguesía comprendió perfectamente que el movimiento obrero no suponía un peligro real para su dominación, que no alentaba el conflicto social ni una transformación global de la sociedad. De hecho, se estableció una división del trabajo entre el Histadrut (la organización que ocupó el espacio de los sindicatos y proveía de servicios sociales a sus afiliados) y la burguesía. El Histadrut era el responsable de llevar a cabo la colonización colectiva a través de los kibbutz y tenía el monopolio del mercado de trabajo. Fue un poderoso instrumento para disciplinar a los trabajadores y alistarlos al “servicio” de la causa nacional. A cambio, el Estado burgués proveyó a la clase obrera de una amplia gama de servicios educativos y sanitarios. El Histadrut no sólo no obstaculizaba los intereses económicos de la burguesía, sino que se convirtió en el garante de la “responsabilidad” de la clase obrera en relación con la marcha del conjunto de la economía nacional. No sólo se concedió al Histadrut un puesto en el gobierno, sino la hegemonía cultural y sus mitos, símbolos y enorme prestigio social le hicieron el portador del proyecto de resurrección nacional y del “espíritu” sionista /4c. Consenso. Finalmente, se acabó estableciendo un consenso sobre la esencia misma del sionismo no sólo entre las clases sociales, sino también entre sus corrientes mayoritarias y su extrema derecha: entre el “socialismo sionista” de Ben Gurion y los revisionistas de Ze´ev Jabotinsky. Ambos estaban de acuerdo en que no podía haber ningún compromiso con el movimiento nacional palestino. Bajo la inspiración del “nacionalismo orgánico”, la razón de Estado y su lógica de poder fueron componentes esenciales del proyecto de construcción estatal judío en Palestina porque, en definitiva, éste sólo podía triunfar por la fuerza. Es más, la ideología radical y exclusivista del sionismo y su objetivo de alcanzar una mayoría de población judía llevaron pronto a la idea de un trasvase de población, presente desde el primer día en el pensamiento de los dirigentes sionistas como la solución óptima del conflicto /5. Ben Gurion, entonces dirigente del movimiento laborista, se refirió en el Congreso Sionista de 1937 al emergente Estado judío en Palestina, que “aumenta las posibilidades de llevar a cabo un gran trasvase de población”. Junto con Aarón Tzisling, de la “izquierda” sionista (MAPAM), no encontró ninguna objeción moral en la puesta en práctica de este trasvase e incluso defendió que “este método tiene un contenido humanista: transferir partes del pueblo a su propia tierra” /6.

3. Un proyecto colonial al servicio del imperialismo. El objetivo de crear un Estado puro o predominantemente judío en la Palestina árabe en el siglo XX sólo podía dar luz a un proyecto de naturaleza colonial y exclusivista. Al contrario de otros movimientos colonizadores, los colonos sionistas no pretendieron incorporar a la población colonizada como una clase trabajadora explotada, sino reemplazarla. El movimiento obrero sionista era el principal defensor de este programa de “judaización del trabajo” y de otras dos consignas racistas del movimiento sionista: “producción judía” y la “pureza de las tierras adquiridas judías”. Previendo la resistencia palestina, el proyecto colonizador comprendió desde un primer momento la necesidad de contar con el apoyo de los poderes imperialistas dominantes en Oriente Medio. Y ello implicaba la subordinación del proyecto sionista a los intereses estratégicos de las grandes potencias en la región. Sin el apoyo de Gran Bretaña y más tarde EE UU, la comunidad colonizadora judía no hubiera podido establecerse ni el Estado judío ser proclamado y defendido. El proyecto sionista se opone inherentemente no sólo al nacionalismo palestino, sino también a la lucha de las masas árabes contra el imperialismo británico y más tarde de EE UU (y contra los regímenes árabes corruptos), de los que el sionismo se convirtió en su perro guardián. El Estado sionista intentó inútilmente imponer su aceptación al mundo árabe como fuerza extranjera colonizadora y a la vez como condición de paz en la región. Pero todos los pasos, incluso los más pequeños, en el camino de la unidad árabe y de la transformación social del mundo árabe han puesto en peligro este objetivo, así como el objetivo imperialista de mantener la estabilidad en la región. 4. El Estado de Israel de 1948: una fase temporal.Como he señalado, las diferencias entre la izquierda y la derecha sionistas eran sólo pragmáticas o tácticas. Los desacuerdos entre los herederos del laborismo sionista de Ben Gurion o del revisionismo de derechas de Jabotinsky nunca fueron sobre la línea de demarcación de la frontera este del Estado sionista judío: todos estaban de acuerdo de que debía situarse en el río Jordán y en el Mar Muerto, aunque sólo fuera por razones de “seguridad”. Las diferencias eran sobre cómo resolver el problema demográfico en este marco, es decir, cómo preservar el “carácter judío” del Estado /7. El plan de partición de 1947 siempre fue considerado un plan provisional por el movimiento laborista sionista. Ben Gurion nunca ocultó que sólo había aceptado el plan como una maniobra táctica, de manera provisional, y que su verdadero objetivo era “toda Palestina”. Desde los años 40, su visión fue que la construcción del Estado sionista en una parte de Palestina era condición necesaria para acumular el poder militar suficiente que finalmente permitiría conquistar el resto del territorio /8. El Estado de Israel y su sociedad son el producto de la colonización sionista de Palestina. Este proceso llegó a su punto culminante en 1948 con la proclamación del Estado de Israel y la expulsión de casi un millón de palestinos de los territorios conquistados por Israel. Territorios que suponían un 50% más que la zona originariamente atribuida al Estado judío por la ONU, que ya suponían el 55% del total de la Palestina histórica. Tras finalizar la guerra de 1948, Israel ocupaba el 78% de la Palestina histórica. La tendencia a la colonización completa del territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo es parte inherente de la ideología sionista, de su política y de las dinámicas (económicas y políticas) más profundas de la sociedad israelí. Cuando en 1967 surgió de nuevo la oportunidad de que Israel colonizara el conjunto de Palestina, completando el proceso iniciado en la guerra de 1948, no hubo la menor vacilación. La ocupación y usurpación de tierras palestinas por parte de Israel ha sido un proceso permanente desde 1948. La misma política de confiscación de tierras, separación de la población urbana palestina y su encerramiento a través de un cinturón de colonias judías tiene lugar también dentro de Israel.

II. Los Acuerdos de Oslo: los “bantustán” como solución

Tanto para los dirigentes de la izquierda como de la derecha sionistas, la ocupación en 1967 de Cisjordania formaba parte de la “liberación” del país que no había tenido lugar del todo en 1948. La naturaleza del dominio israelí en los Territorios Ocupados fue concebida poco después de la guerra con el objetivo de preservar el carácter exclusivista del Estado judío a medida que se expandía en las zonas pobladas por palestinos. El objetivo era colonizar y finalmente anexionar a Israel cuanta tierra “vacía” fuera posible, ejerciendo un dominio indirecto en las zonas densamente pobladas por palestinos, en una especie de sistema de bantustánsurafricano. El Plan Alon, diseñado por el general laborista Yigal Alon, el admirado comandante del Palmach (las fuerzas de “autodefensa”) en la guerra de 1948 y viceprimer ministro del Gobierno laborista en la guerra de 1967, fue la base de los Acuerdos de Oslo de 1993 /9. Todos los gobiernos israelíes, tanto los laboristas como los conservadores del Likud (a pesar de su oposición declarada a los Acuerdos de Oslo), han seguido el Plan Alon a la hora de determinar el lugar de los asentamientos y trazar el mapa de carreteras en los Territorios Ocupados. Es más, fueron los gobiernos laboristas de los años 70 los que establecieron los primeros asentamientos en los lugares considerados “críticos”, como por ejemplo los posibles pozos de agua (el 80% del agua que consume Israel viene de Cisjordania). El objetivo del mapa es garantizar el dominio permanente de Israel tanto sobre el creciente área de tierras confiscadas, que han sido declaradas “tierras estatales” (60% de Cisjordania), como sobre las comunidades palestinas, asediadas por los cinturones de asentamientos, campos militares de entrenamiento y carreteras judías. La clase capitalista israelí, representada por el primer ministro laborista Yitzhak Rabin, fue la principal partidaria de las negociaciones y acuerdos de Oslo propuestos por EE UU. Los capitalistas israelíes tienen sus propios intereses que no se limitan a los de EE UU de mantener la “estabilidad” en Oriente Medio y garantizar su aprovisionamiento de petróleo. Para ellos, Oslo y el fin del conflicto eran pasos esenciales para la apertura de Israel al mercado mundial, incluidos los mercados laboral y de consumo regionales de Oriente Medio. La solución bantustán israelí-norteamericana fue vista por los arquitectos de los Acuerdos de Oslo como la mejor solución posible para la cuestión nacional palestina, aunque se aplicase solo a los residentes de 1967. Los refugiados de 1948 que se hacinan en los campos de Oriente Medio o están en la diáspora, así como los ciudadanos israelíes de origen palestino, que en realidad son ciudadanos de segunda en un sistema de apartheid camuflado, fueron excluidos de la “solución” de Oslo. La refutación de Oslo. Las presunciones implícitas en el proceso de Oslo han demostrado ser falsas. En concreto, la expectativa de que el pueblo palestino abandonaría su lucha contra la colonización sionista a cambio de un minúsculo seudo-Estado. Los Acuerdos de Oslo, los intentos posteriores de alcanzar un acuerdo en junio del 2000 en Camp David y la actual “Hoja de Ruta” están condenados al fracaso porque la esencia del conflicto y sus causas siguen sin encontrar solución desde 1948 y seguirán así mientras se mantenga la hegemonía israelí-norteamericana. No solo ha demostrado ser falsa la presunción sobre los palestinos en los Territorios Ocupados, sino también que el proceso de “israelización” de los palestinos dentro de Israel desde 1948 había sido un éxito. La separación que se les ha impuesto del resto de su pueblo después del Nakba de 1948 no les ha hecho perder su identidad nacional palestina, ni la política israelí de marginarlos ha producido una comunidad atomizada y desintegrada dispuesta a aceptar una ciudadanía de segunda dentro de Israel. De hecho, junto a la profundización de la identidad nacional y de la solidaridad con sus compatriotas de Cisjordania y Gaza de los palestinos que son ciudadanos israelíes, hemos sido testigos de su creciente exigencia de derechos colectivos nacionales, en especial entre la generación más joven que ya no se conforma con la simple exigencia de “derechos ciudadanos individuales”. Por el contrario, lo que quieren ahora es el reconocimiento de que los palestinos israelíes son una minoría nacional dentro del Estado. Este cambio es percibido correctamente por la administración israelí como un desafío al Estado judío sionista, que no puede conceder estos derechos sin negar su propia existencia como un Estado exclusivamente judío. La preocupación que ha provocado en la sociedad judía, en todo su espectro político, ha sido seguida por una iniciativa legislativa del gobierno para deslegitimizar a los auténticos líderes nacionales de la sociedad palestina en Israel, destruyendo las organizaciones políticas y sociales de su comunidad y redefiniendo su ciudadanía para eliminar cualquier contenido político que aún tuviera. Algunos analistas respetados, como Uzi Benziman, así lo han reconocido, como cuando escribió el pasado 16 de agosto en el periódico Ha’aretz: “(Azmi) Bishara (dirigente de la Alianza Democrática Nacional) es un personaje elocuente e impresionante. Desde una perspectiva sionista es también un hombre peligroso. Es el dirigente más consistente y tenaz del sector árabe que niega la lógica sionista inherente en la creación del estado de Israel… Bishara aspira a transformar Israel en un ‘Estado de todos sus ciudadanos’, es decir, eliminar todos los elementos judíos y sionistas de la definición del Estado. Quiere reemplazarlos por otro conjunto de valores cívicos y no nacionalistas. Bishara es la vanguardia de una corriente cada vez más amplia que exige derechos colectivos iguales para todos, y no sólo individuales, para los ciudadanos árabes del Estado”. III. La guerra total La comprensión por parte del Gobierno israelí de que la resistencia del pueblo palestino no se extinguirá explica la declaración de guerra total del gobierno Likud-Laborista. Los objetivos de esta guerra son eliminar el movimiento nacional palestino y llevar a cabo un “sociocidio” (por hacer un paralelismo con el concepto de genocidio) contra los fundamentos mismos de la sociedad palestina: la destrucción de cualquier posibilidad de vida social organizada. Ariel Sharon sabe perfectamente que ni Abu Mazen ni ningún otro supuesto dirigente títere impuesto por EE UU e Israel pueden hacer aceptar el Estado judío al pueblo palestino, lo que supone asumir las premisas del sionismo. Israel tampoco puede confiar en que semejante cambio tenga lugar en la “calle árabe” en Oriente Medio. Por ello, detrás del falso escenario de la “Hoja de Ruta” está la convicción del alto mando militar y del gobierno Sharon de que la batalla será aún larga. Recientemente se ha citado a Sharon en el sentido de que “todo lo que se necesita es aguantar firmes 30 años y no devolver ningún activo en ese tiempo” porque para entonces, “la tecnología moderna nos proveerá con una alternativa energética barata que cortará las alas del mundo árabe y reducirá su capacidad de presión sobre Occidente” /10. En el marco de la doctrina de la guerra total, el actual objetivo de la Junta Militar israelí es transparente: sabotear cualquier intento de deslegitimación de la represión israelí en Cisjordania y Gaza o cualquier paso inicial hacia un “proceso de paz”. Mientras tanto, incrementa las medidas salvajes de represión hasta la completa eliminación de todo resto de organización social palestina que hayan sobrevivido a los Acuerdos de Oslo. Y, si las circunstancias políticas lo permiten, expulsar, de una u otra manera, al mayor número posible de palestinos. La transferencia en masa de palestinos, tanto de los Territorios Ocupados en 1967 como del propio Israel, es a ojos de la junta militar y de muchos sectores de la sociedad israelí –incluyendo a “nuevos historiadores” como Benny Morris– la mejor de las soluciones imaginables. Hasta que surja la oportunidad para esta expulsión masiva, el Estado sionista continuará empleando los medios sofisticados para la “transferencia interna” que ha desarrollado estos años. Uno de estos medios es la erección del sistema de muros de separación que buscan cercar Cisjordania desde el oeste y el este. El objetivo es fragmentar el territorio en un número de islotes desconectados de ciudades y aldeas, separando a la gente y a ésta de las tierras cultivables y los pozos de agua. Cientos de miles de personas, encerradas en los pueblos y aldeas, serán comprimidas en la zona que finalmente se asigne al Estado palestino o quede entre el muro occidental y la Línea Verde. Serán obligados a emigrar simplemente porque no tendrán manera de vivir. Esta expulsión en masa está ya en camino: miles de aldeanos de la región de Qalqilia han tenido que abandonar sus casas. La misma política se está aplicando a los ciudadanos israelíes de origen palestino. La “judaización” de la tierra en todo Israel, que ha supuesto que el 93% se defina como “tierras estatales” sólo disponibles para los judíos, continua. El 3% de la tierra que aún está en manos palestinas es usurpada gradualmente por el Estado para completar el aislamiento total de los palestinos en pequeños enclaves rodeados de asentamientos y colonias (un ejemplo de ello es el plan para desposeer a los beduinos del Negev de sus tierras ancestrales). IV. La naturaleza del Estado sionista y las alternativas

1. La lealtad al “Estado judío”. El núcleo central de la ideología israelí es la lealtad de todos los sectores de la sociedad al carácter exclusivamente judío del Estado. Ésta es la convicción más importante del sionismo. El contenido de esta “judeidad” sólo puede ser de carácter religioso y antidemocrático, incluso para los ciudadanos judíos. Desde la misma proclamación del Estado (e incluso antes, entre la comunidad judía de Palestina), la sociedad israelí ha interiorizado la presunción sionista de la equivalencia de nación y religión. Es decir, su propia identidad colectiva (nacional) se ha definido en buena medida en términos, valores, símbolos y memoria colectiva que en gran parte están anclados en la religión judía /11.Es más, la élite laica apoya activamente el mantenimiento y la recuperación de estos valores y símbolos religiosos para que estén al servicio de las políticas coloniales del Estado. Más significativo incluso es el hecho de que las fronteras que definen lo colectivo, en el sentido de establecer el derecho a la plena ciudadanía, están determinadas por la religión y la ley (Halacha) judías. Según la Halacha, judío es el hijo de madre judía o quién se ha convertido al judaísmo. Desde la fundación del Estado, Israel transfirió el poder estatal sobre los asuntos de registro civil y familiares al Consejo Supremo de Rabinos y nunca ha habido un intento para separar religión y Estado. En una sociedad en la que la identidad judía constituye una condición necesaria para pertenecer a la comunidad nacional –que es por definición un Estado judío, aunque el 20% de su población sea árabe– la minoría palestina está excluida de la plena ciudadanía. El Estado “creado por los judíos para los judíos” es defendido a través de toda una serie de leyes diseñadas para garantizar su carácter judío sionista. Tres de estas leyes fueron adoptadas en el primer año del Estado como “leyes básicas”. La Ley del Retorno establece que los judíos del exterior pueden convertirse en ciudadanos de Israel, mientras que los palestinos que están en la diáspora tras haber sido expulsados de sus tierras ancestrales no pueden. La Ley de Ciudadanía de 1952 confirma la ciudadanía de segunda de los palestinos (en julio del 2003 fue aprobada una ley que niega a los palestinos, pero no a otras nacionalidades, ciudadanía o residencia en Israel si contraen matrimonio con israelíes). La ley que da carácter de instituciones estatales a la Organización Sionista Mundial y a la Agencia Judía busca otorgar derechos especiales a los judíos con el pretexto de que son otorgados por “instituciones nacionales”. La Ley de Tierras israelí prohíbe la transferencia o venta de cualquier tipo de tierras estatales israelíes, que representan el 93% del total. Aunque el nacionalismo sionista tiene un carácter laico en algunos aspectos, depende de la identidad religiosa judía como criterio de pertenencia a la comunidad nacional y son sus más “genuinos” representantes (la corriente ultra-ortodoxa) quienes otorgan “legitimidad” última a su proyecto colonialista. (Esta es la principal razón por la que el monopolio sobre asuntos familiares o de registro civil fue otorgado a los representantes oficiales de la religión –el Consejo Supremo de Rabinos– que es una de las fuentes de opresión de las mujeres en Israel, además de la cultura machista y militarista laica). Es importante citar aquí a Baruch Kimmerling: “En la cultura política del orden mundial post-colonial, ésta es una sociedad sumida en el problema de la legitimidad existencial. Tiene que explicarse continuamente por qué escogió la ‘Tierra de Israel’ como objetivo de colonización… La esencia de la razón de ser y existir de esta sociedad y Estado está en sussímbolos, ideas y textos religiosos, incluso si se intentó reinterpretarlos desde una perspectiva y un contexto laicos. Esta sociedad…quedó prisionera desde el comienzo por su elección de un territorio para emigrar y construir en él una nación, porque a partir de entonces no puede construir con éxito ni una nación ni una cultura fuera de este contexto religioso, incluso cuando sus profetas, sacerdotes, constructores y guerreros se consideran completamente laicos” /12. La legitimidad religiosa del derecho exclusivo de los judíos a la tierra, más importante aún después de la guerra de 1967, ha tenido como consecuencia una alianza perversa entre militarismo y clericalismo. En este estadio del colonialismo sionista se ha destapado por fin la cultura política semi-fascista que durante mucho tiempo ha estado oculta, expresándose en un estatismo brutal (porque el Estado y su “seguridad” son los valores supremos). Y ello ha sustituido la visión del sionismo laborista del “socialismo constructivo” de antes de 1948. Las élites intelectuales y jurídicas laicas israelíes han acabado sacrificando los valores relacionados con la defensa de los derechos humanos al valor supremo de la “seguridad” del Estado. A la luz de ello, es inevitable que amplios sectores de la sociedad israelí apoyen una guerra total contra los palestinos, una guerra que es definida hipócritamente como una guerra contra el terrorismo. Es más, la “seguridad” del Estado ha sido acompañada cada vez con más frecuencia por un pánico público a la pérdida de la mayoría judía (el “peligro demográfico”), que es percibida como un elemento central de la “judeidad del Estado”. Sin embargo, el reconocimiento de la necesidad “existencial” de asegurar una mayoría judía en el conjunto del territorio histórico de Palestina ha comenzado a calar en el discurso público, manifestándose en la demonización creciente del conjunto del pueblo palestino, tanto en Israel como en los Territorios Ocupados en 1967. Por lo tanto, no tiene que sorprendernos que la “solución” de la limpieza étnica (“transferencia”) de palestinos tanto de los Territorios Ocupados en 1967 como de Israel haya adquirido en los debates públicos legitimidad, como demuestra que incluso un “nuevo historiador” como Benny Morris esté de acuerdo.

2. El “campo por la paz”. Durante mucho tiempo, el análisis de los socialistas antisionistas se ha concentrado en gran medida en la conciencia, principales consignas y valores confesos, así como la autoimagen del “campo por la paz” israelí como la razón principal para ver en ellos a auténticos aliados políticos en la lucha contra la ocupación de los territorios conquistados en 1967. Con demasiada frecuencia, nuestro análisis no suele incluir una perspectiva marxista básica: el “campo por la paz” suele estar compuesto por miembros de la clase media sionista Ashkenazi (judíos de origen europeo) y su lucha por el “fin de la ocupación” y la creación de un Estado palestino no suele formar parte de una visión antiimperialista global. El “campo por la paz”, además, no pone en cuestión el papel de Israel como un estado cliente de EE UU en la región, aunque EE UU es el principal apoyo de la ocupación israelí. Sus intereses de clase son mantener la hegemonía judía a través de una concepción de Israel como un Estado judío que exista con una especie de régimen de bantustán palestino al lado. Estos intereses y la ideología que los justifica son un factor importante a la hora de determinar los aliados que buscan entre los palestinos. Incluso los sectores más radicales del “campo por la paz” israelí, como Gush Shalom y la Coalición de Mujeres /13, han aceptado la dirección burocrática de la Autoridad Palestina (AP), traída por Arafat cuando volvió de Túnez, sin atreverse a criticarla. O se han aliado con las burguesías locales y se han distanciado de los sectores populares, en los pueblos y aldeas, de los estudiantes y los trabajadores que son la columna vertebral de la resistencia /14. La mayoría del “campo por la paz” israelí ha preferido no darse por enterada del surgimiento de una nueva generación de líderes locales fuera de Ramallah y Jerusalén, que representan el renacimiento del movimiento nacional palestino y que es portadora de la semilla de una posible regeneración política y social del corrompido régimen de la AP. El “campo por la paz” israelí apoyó el proceso de Oslo, a pesar de su bancarrota, y ahora apoya la “Hoja de Ruta” impulsada por EE UU, cuyo objetivo es eliminar la resistencia, mientras ignora la naturaleza de la solución que ofrece el plan de “paz”, que es la creación de un bantustán. Muchos activistas por la paz engañan así a la opinión pública israelí al ignorar la esencia del conflicto, explicándolo como si sólo tuviera sus orígenes en la ocupación de 1967. No toman en cuenta las reivindicaciones ni de los ciudadanos israelíes de origen palestino ni de los refugiados palestinos de 1948. Así, pueden continuar manteniendo ante sus seguidores la posibilidad “realista” de una reconciliación israelí con los sectores “más razonables” de la población palestina, sobre la base de una solución con dos Estados. Estas falsas promesas se sustentan en la visión de un “nuevo Oriente Medio” bajo hegemonía de EE UU. 3. Estructura de clase. Las diferencias tácticas entre la izquierda y la derecha del movimiento sionista antes de 1948 han sido sustituidas por un escenario político en el que los conceptos habituales de derecha e izquierda no tienen ningún significado. El Partido Laborista fue quien dirigió el proyecto de colonización sionista de los Territorios Ocupados en 1967 que he descrito y el que ha jugado el papel central en el desarrollo del capitalismo israelí. El sistema de clase étnico nacional que el MAPAI comenzó a construir poco después de 1948 se compone de una clase capitalista formada mayoritariamente por judíos ashkenazis, de una clase obrera judía, la mayoría judíos mizrahim (judíos de los países árabes) y los palestinos israelíes, que forman el escalón más bajo de la clase obrera. Los palestinos son la comunidad más pobre, con las tasas de paro más altas. El Partido Laborista fue también la principal fuerza dirigente en la transición a una economía neoliberal que comenzó a mediados de los 80 y que condujo a los Acuerdos de Oslo. Hoy no hay diferencias apreciables entre la política económica del Partido Laborista y del Likud, porque ambos defienden una política neoliberal. También están de acuerdo por principio en la necesidad de una guerra contra el terrorismo en los Territorios Ocupados, que ven como parte de la guerra global que dirige EE UU. Y que la solución al conflicto reside en algún tipo de Estado palestino bantustán. La adhesión al sionismo de los judíos mizrahim es el principal obstáculo para desarrollar su lucha contra su marginación cultural y racista por la dirección ashkenazi, tanto de derechas como de izquierdas, y contra su explotación como clase obrera. Como la mayoría de la sociedad israelí, aceptan la ideología dominante sionista e interpretan sus intereses ligados a la preservación de un estado exclusivista judío. La izquierda sionista los critica porque votan a la derecha. Pero ignora así el hecho de que la aceptación de los mizrahim por la élite israelí depende de que den pruebas constantes de su adhesión y lealtad al sionismo y a la seguridad de Israel –algo que también apoya la izquierda– y en nombre de lo cual la izquierda ha aplicado asimismo las políticas más racistas /15. La clase obrera israelí, que está dividida nacional y étnicamente, carece de cualquier tipo de organización independiente que exprese sus intereses económicos, sociales y culturales. Tampoco tiene una tradición de lucha, no sólo revolucionaria sino inclusive sindical. El poderoso en otros tiempos Histadrut no fue nunca en realidad un sindicato, sino uno de los pilares de la estructura de poder sionista y el segundo mayor contratista después del propio gobierno israelí. Perdió todas sus funciones y poderes cuando su patrimonio fue privatizado por el gobierno laborista. Hoy sirve los intereses de los “grandes comités”, que incluyen fundamentalmente a la élite ashkenazi de la clase obrera organizada. V. Repensar la estrategia en la era post-Irak En la era post-Irak, Israel es un socio activo en los planes de EE UU de consolidar su hegemonía sobre Oriente Medio extendiendo su campaña hasta someter a Siria, Irán y otras naciones de la región. La otra dimensión del sionismo, el papel de Israel como agente del imperialismo, ha sido expuesta en toda su crudeza tras la ocupación de Irak y las celebraciones de la clase dominante israelí tras la derrota de la “mayor amenaza en el Este”. Silvan Shalom, ministro de Asuntos Exteriores se felicitaba: “He aquí una nueva oportunidad para un nuevo Oriente Medio. Tras la guerra en Irak, las reglas del juego han cambiado. Quienes persistan en defender las viejas reglas quedarán fuera de juego. EE UU ha demostrado que está dispuesto a luchar contra el terror” /16. Nunca antes se ha sentido tan seguro el Estado sionista para llevar a cabo, con el apoyo del imperialismo occidental, su viejo proyecto de destruir el nacionalismo árabe y palestino y obligar al mundo árabe a aceptar el Estado sionista. La “Hoja de Ruta” exige de hecho no sólo la capitulación política, sino también ideológica ante el sionismo. Israel pide ahora que el mundo árabe acepte a Israel como un Estado de todo el pueblo judío mundial, reconociendo la legitimidad ideológica e histórica del proyecto de colonización sionista como un “retorno” a sus fuentes. Volvemos a los orígenes del conflicto entre el colonialismo sionista e imperialista de una parte y el pueblo palestino y las masas árabes de Oriente Medio por otra, como en el período anterior a 1948. Pero ahora la correlación de fuerzas es completamente favorable al sionismo. En los cincuenta y cinco años transcurridos desde la Nakba palestina, el Estado israelí no ha podido ejecutar su visión de acabar con los nacionalismos palestino y árabe. Ni ha conseguido con sus políticas opresivas separar a los palestinos que son ciudadanos israelíes del conjunto del pueblo palestino y sus aspiraciones nacionales. Es más, a pesar de que la OLP ha abandonado la causa del más de un millón de palestinos que viven en Israel, el Estado sionista los sigue considerando un objetivo en su guerra total contra el pueblo palestino. Toda Palestina, desde el Mediterraneo al río Jordán, está hoy bajo control israelí. Parte será controlada indirectamente en el futuro si y cuando, de acuerdo con la “Hoja de Ruta” de EE UU, surge un Estado bantustán palestino en el contexto más amplio del apartheid israelí. La posibilidad de un Estado palestino viable en la Palestina histórica ha sido en gran medida impedido físicamente por Israel. Seguir proponiendo, por lo tanto, una solución con dos Estados (es decir, un Estado palestino independiente) es un error. Sólo sirve para que el campo por la paz pueda parecer progresista y justo cuando exige “la división de Palestina en dos Estados iguales para los pueblos judío y palestino”. Se mantiene así la hipocresía que siempre ha caracterizado al movimiento obrero sionista al defender que no existe ninguna contradicción entre un “Estado judío” y la democracia. Un Estado democrático implica una definición laica, no étnica de la ciudadanía y unos valores universales e instituciones sociales de las que Israel carece /17. Ello no quiere decir que un Estado democrático laico sea más realista que la solución de dos Estados. Sin embargo, es una solución más justa, y la única que puede acabar con el conflicto. Y la precondición es un Oriente Medio unido y socialista. Reconocer que el Estado de Israel es un régimen de apartheid –que se está consolidando fisicamente en el territorio y que llegará a su apogeo en el marco de la “Hoja de Ruta”– debe guiar nuestra reflexión sobre la naturaleza de la lucha y las fuerzas políticas que pueden dirigirla. La lucha democrática contra el Estado sionista y el imperialismo de EE UU debe ser paralela a la resistencia contra la ocupación directa, una lucha cuyo objetivo debe ser acabar con el carácter exclusivamente judío del Estado de Israel. La sociedad judía en Israel carece de fuerzas políticas relevantes para dirigir esta lucha democrática. Son los ciudadanos palestinos de Israel los que llevan a cabo una campaña diaria que golpea al corazón mismo del Estado sionista. Han abierto un segundo frente contra Israel, que puede llegar a ser tan importante como la lucha de los palestinos en los Territorios Ocupados. Esta lucha por la democracia, iniciada por un sector cada vez más nacionalista de los ciudadanos israelíes de origen palestino, debe ser una de las prioridades de los judíos socialistas antisionistas en Israel y de los militantes solidarios en el exterior. Aunque esta lucha no se reviste de un contenido de clase ni de un programa socialista para el futuro de Palestina, este nacionalismo de los ciudadanos israelíes de origen palestino tiene que ser comprendido con el único criterio que el internacionalismo exige a toda causa para considerarla progresista: que se enfrente al imperialismo, lo que en Israel/Palestina equivale a luchar contra el proyecto sionista. La situación distinta de las dos partes del pueblo palestino a cada lado de la Línea Verde exige medidas y tareas diferentes en cada frente. Pero ha llegado el momento de que el movimiento nacional palestino acabe con uno de los aspectos centrales de la “interiorización de la derrota”, la separación entre las dos partes del pueblo palestino, dentro y fuera de Israel, que le impuso el sionismo. La importancia del frente democrático que se abrió con la lucha de 1948 contra la naturaleza del Estado judío debe reconocerse como parte integral de una nueva estrategia que tome en consideración la Palestina unificada y emergente bajo el control israelí y que contribuya a los objetivos a largo plazo de los palestinos e israelíes antiimperialistas, así como de las masas en todo Oriente Medio. Es una lucha larga y su victoria depende en buena medida de la transformación radical del mundo árabe y de la derrota de la hegemonía de EE UU y el sionismo en la región, que abra el camino a un Oriente Medio unificado y socialista. Pero ello no debe ser obstáculo para lanzar esta batalla, que es parte de la batalla global contra el colonialismo, el imperialismo y la globalización capitalista.

······································· INTERNATIONAL SOCIALIST REVIEW nº 31/ septiembre-octubre del 2003/ ChicagoTraducción: G. Buster ································· 1/ Anita Shapira, Land and Power: The Zionist Resort to Force 1881-1948 (Oxford: Oxford University Press, 1992); Yosef Gorny, Zionism and the Arabs 1882-1948 (Oxford: Clarendon Press, 1987). Muchas citas en Norman Finkelstein, Images and Realities of the Israel-Palestine Conflict (Londres:Verso 1995). 2/ Gilbert Achcar, “Zionism and Peace”, New Politics (Nueva York) vol. 5, nº 3 (New series), verano 1995, pp. 95-115. 3/ Zeev Sternhell, The Founding Myths of Israel (Princenton, NJ: Princenton University Press, 1994). 74/ Ibid5/ Nur Masalha, Expulsion of Palestinians, Washington 1992. 6/Citado en Finkelstein, op. Cit., p. 177. 5/ Nur Masalha, Expulsion of Palestinians, Washington 1992. 6/ Citado en Finkelstein, op. Cit., p. 177. 7/ Achcar, op.cit8/ Yosef Gorny, op.cit.; Simha Flapan, The Birth of Israel(Nueva York: Pantheon Books, 1987); Avi Shlaim, Collusion Across the Jordan (Nueva York: Columbia University Press, 1988) Simha Flapan, Zionism and the Palestinians (Nueva York: Barnes and Noble, 1979).10/ Akiva Elder, Ha’aretz, 18 de abril del 2003. 11/ Baruch Kimmerling, “Neither democratic nor Jewish”, Ha´aretz, 27 de diciembre de 1996. 12./ Ibid13/ Ver los múltiples artículos por el dirigente de Gush Shalom, Ury Avnery en su web (www.gushshalom.org/english) y los múltiples actos conjuntos entre la Coalición de Mujeres y las organizaciones semioficiales de mujeres palestinas. 14/ Con todo, si existen grupos muy pequeños como Taayush –que es una organización conjunta de palestinos y judios antisionistas– o el Comité contra la Demolición de Casas, cuyos principales contactos son con individuos y aldeas que han sufrido la usurpación de tierras, la demolición de casas, etc… Sus contactos, sin embargo, no se extienden a fuerzas políticas o sociales de la resistencia. 15/ Sami Shalom Chetrit, “Why are Shas and the Mizrahim supporters of the right?”, Between Lines, Vol III nº 20, febrero 2003. 16/ Yerushalmi Shalom, Yediot Ahronot, mayo 2003.17/ Ver Between Lines, 5 de diciembre 2003, (www.between-lines.org), asi como los debates entre socialistas británicos e israelíes en el número de agosto del 2002 y dos entrevistas con Ari Shhavit en el suplemento de fin de semana de Ha’aretz de 8 de julio del 2003.

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