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Atentado contra la Embajada de Israel: Relato, confesiones y dudas de un cronista. TOC…TOC…TOC

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Las dudas que aún nos quedan a quienes escuchamos lo que no se informó y vimos lo que no se mostró ¿Existió un coche-bomba? ¿Dejó un cráter sobre el asfalto de la calle Arroyo? ¿Por qué el embajador israelí suspendió las tareas de rescate cuando aún se presumía que había sobrevivientes en los subsuelos?

Por Dante López Foresi.

El 17 de marzo de 1992 quien firma este artículo trabajaba como cronista del programa “Despertar al país”, que se emitía todas las mañanas por el entonces llamado ATC y era conducido por el recordado y extrañado Daniel Mendoza.

A las 14:47 hs, momento exacto de la explosión, me encontraba en el estacionamiento subterráneo ubicado sobre Avenida Corrientes esquina San Martín. A pocas cuadras del lugar. Debo reconocer que mi primera impresión fue que se había iniciado un temblor o terremoto. Hay que tener en cuenta que en Argentina fue la primera vez que sufrimos un atentado terrorista con explosivos de tan alto poder. En ese momento solamente tenía mi grabador de mano, ya que también trabajaba en Radio del Plata por la mañana. No recuerdo exactamente por qué ese día no estaba en el canal. Ah sí, empezaba mi turno en un par de horas. Corrí todas las cuadras que separan el garage mencionado con lo que quedaba de la Embajada de Israel.

Decenas de personas, de cronistas, de argentinos solo atinábamos a mirar con una infantil cara de asombro y de terror y a caminar en círculos levantado trozos de vidrio, de cemento, de ladrillos. Jamás habíamos visto semejante calamidad. Todos recuerdan la conmovedora aparición espontánea de los ciudadanos que –luego de enterarse a través de los medios de comunicación del espantoso atentado- se acercaron a la calle Arroyo para colaborar en lo que fuera necesario. Se les colocó una pechera amarilla pocas horas después. Fue la primera vez que percibí esa extraña mezcla entre aroma y sensación indescriptible de la muerte por asesinato. Allí comprobé que esa muerte despierta un sexto sentido profundo en todos los que sobrevivimos ¿Miedo? ¿Espanto? ¿Aturdimiento? Sí…todo eso y algo que es inexorablemente inexplicable. Pero sigamos con el relato. Esa noche casi no dormí, y a la mañana siguiente se me encomendó el desafío de transmitir en vivo y directo para todo el país y el mundo desde el lugar del atentado entre las 7 y las 9 de la mañana, cumpliendo mis funciones de cronista en el programa del querido Daniel Mendoza. Fue una sensación de honor y de un profundo temor.

Todo lo que había aprendido mal o bien del oficio hasta esa mañana quedaba entre paréntesis. Nada servía. Todo se volvía a inventar. Aunque resulte doloroso y sin medir las consecuencias, creo que luego de 15 años siento el deseo y la obligación de contar ciertas cosas que hasta hoy callé, un poco por no lastimar a familiares de las víctimas y otro poco por ese temor que se siente al revivir recuerdos e imágenes tan escalofriantes. Y –sobre todo– no conté nada durante 15 años porque no poseo una sola prueba de lo que voy a relatar a continuación, pero tengo todas las certezas. Todo lo que usted pueda imaginar como morboso y escalofriante es poco: trozos de cuero cabelludo, un ojo, un antebrazo. Me cuesta aún contarlo. Pero lo más doloroso no fue ver eso mientras realizaba mis varias salidas al aire informando sobre la mañana más conmovedora por lo espantosa de la historia argentina, siendo conciente de que en todo el país estaban pendientes de lo que decía con extrema avidez de noticias, sino lo que voy a relatar a continuación y que es, justamente, el único silencio del cual me culpo luego de tantos años de ejercer mi oficio. Recién terminábamos de informar que el embajador israelí había ordenado que se suspendieran las tareas de remoción de escombros. El argumento que se nos brindó fue que “puede provocar más desmoronamientos y si hay sobrevivientes, aplastarlos”. Personalmente, no creí en la excusa. Y recuerdo no haber sido el único.

Un voluntario se acercó a mí en uno de los cortes y cuando ya no estaba en el aire de ATC y mientras esperaba mi próxima salida. En su mano tenía un palo… un trozo de madera. Me llevó hasta el supuesto cráter que la supuesta camioneta-bomba Ford F-100 había dejado. “¿¿Eso te parece un cráter??”- me preguntó de manera airada. Aunque sea materia opinable y la Justicia haya determinado que tenía 1 metro y medio de profundidad, debo decir que el sentido común me sigue indicando –a quince años del atentado- que lo que vi no era un cráter. Semejante explosión no pudo haber dejado una marca en el asfalto de tan escasa profundidad. Lo que vi no era un metro y medio ni mucho menos. Lo vimos todos los cronistas, pero me hago responsable por lo que personalmente observé. Pensé en esa costumbre tan argentina de convertirnos en especialistas de lo que fuere con tal de “tener la posta” y esa tendencia a ser peritos en materias supinamente desconocidas por nosotros, y decidí no ahondar sobre la cuestión.

Además, estábamos realmente desbordados por versiones, evidencias y hechos que debían ser informados y nunca opinados. Todo era realmente caótico y no había tiempo ni espacio para detenerse en «detalles». Solo habían pasado unas pocas horas desde la explosión. Una pregunta que aún me hago, quizás por ignorante y desinformado: ¿alguna vez se publicaron fotografías de los restos de esa supuesta camioneta que la Justicia dijo haber hallado?. Lo pregunto solamente de puro desinformado. Sigo. Este voluntario –de quién no sé su nombre y a quien jamás volví a ver- no era el “cráter” lo único que quería mostrarme. Había visto y escuchado mi último informe por ATC y se acercó a mi decidido a presentarme pruebas. Me tomó del brazo pidiéndome “acompañame por favor”.

Me llevó hasta donde –según se decía- se encontraban los primeros subsuelos de la  embajada. Se encontraba en sentido opuesto a la pequeña sala que había sido improvisada como “centro de operaciones” de los amateurs rescatistas voluntarios en una edificación lindera con la embajada. Me llevaba del brazo hacia la zona de la embajada más cercana a la calle Suipacha. Una versión circulaba insistentemente: debajo del sitio exacto donde nos dirigíamos habría algo que el gobierno israelí no estaría dispuesto a mostrar al público y que deseaba esconder celosamente. Y recordemos que el terreno de una embajada es considerado diplomáticamente como territorio del país al cual representa. ESE LUGAR puntual era territorio israelí.  Una guardia numerosa de la Policía Federal nos impedía a los periodistas o voluntarios llegar hasta la zona. Recordemos que las labores de rescate estaban suspendidas por órdenes del embajador Itzhak Sheffi ¡a pocas horas de ocurrido el atentado!.Los agentes del Mossad (servicio de inteligencia de Israel) ya estaban en el país.

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Todo era terriblemente desconcertante y confuso y, reitero, era la primera experiencia argentina en atentados de semejante magnitud. El muchacho que me guió, que no llegaba a los 30 años, golpeó 3 veces en el suelo (suelo argentino… a centímetros del suelo considerado como israelí) con ese trozo de madera. Y escuchamos, solo él y yo, como desde las profundidades nos devolvían el mismo código de comunicación: “TOC..TOC…TOC…”. Era la prueba de que aún quedaban sobrevivientes. Inmediatamente corrí al móvil de exteriores de ATC y pedí que me dejaran salir al aire de manera urgente. Mi intención era hacer público mi descubrimiento o, mejor dicho, el descubrimiento de ese voluntario anónimo. Es más. Todos los voluntarios insistían ante los cronistas que había sobrevivientes y era un verdadero crimen suspender las tareas de rescate. Desde el canal me dijeron: “Esperá Dante…ya viene Daniel (Mendoza) y contale a él”.

La respuesta de Daniel fue: “Todavía no digas nada… esperá”. Esperé una eternidad. Seguramente fueron pocos minutos, ya que Daniel estaba aprovechando una tanda publicitaria para… ¿para qué?. Pero sentí esos minutos como una vida entera cargada de ansiedad. Y lo noté a Daniel tan ansioso como yo por dar a conocer esa información lo antes posible. No olvidemos que Daniel Mendoza fue uno de los mejores (si no el mejor) cronista de Argentina. La distancia de los años me impide recordar detalles, como el tiempo que demoró una voz desde el canal a través del móvil de exteriores en decirme: “Dante… ni se te ocurra decir todavía lo que viste o escuchaste… después Daniel te va a explicar”. “¡¡Pero van a dejar morir a personas… no sean hijos de puta!!”- grité. La respuesta fue un “quedate tranquilo”, y después… el silencio. Así ocurrió, palabras más, palabras menos. Ninguna prueba. Ofrecí acercarme al lugar con cámara y micrófono y que se escuche en vivo y directo lo que yo había escuchado. Fue en vano.

Lo que acabo de relatar es una confesión cargada de culpa que me persigue desde aquel fatídico marzo de 1992 ¿Por qué no lo dije antes? Para decir algo debe haber alguien dispuesto a escuchar y resolver. Era 1992. Siempre me inspiré en decir solo lo que pudiera probar. Y así lo hice, hasta hoy. Nunca hablamos con Daniel Mendoza sobre el episodio. Nunca pregunté. Sabía las respuestas. ¿Para qué preguntar? Presiento que Daniel quedó -hasta su trágica muerte- con la misma frustración que yo por no poder investigar más a fondo y permitirme salir al aire cuando lo supliqué. Solo lo presiento. El presidente era Carlos Menem. Si mal no recuerdo el Ministro del Interior era José Luis Manzano ¿O Carlos Corach? No recuerdo ni tengo ganas de buscar esa información ahora… ¿qué más da?. Eran lo mismo y simbolizaban lo mismo. Trabajaba para un programa independiente, pero en el canal oficial. No fui empleado de ATC jamás. La Corte Suprema era abiertamente menemista.

Horas después, miles de almas se habían concentrado en la avenida 9 de Julio aplaudiendo a rabiar al embajador Itzhak Aviran, quién reemplazó a Itzhak Sheffi a pocos días del atentado por orden del gobierno israelí.  Esas miles de almas aplaudían al nuevo embajador que mantuvo la suspensión de la remoción de escombros y el cerco perimetral que nos impidió volver a acceder a la zona de desastre. La solidaridad argentina estallaba, y me recuerdo mirando a la multitud pensando «si supieran». Las tareas de remoción de escombros se reiniciaron uno o dos días después, nuevamente sin permitirnos el acceso a periodistas.

Un par de años más tarde un atentado aún más brutal como el perpetrado contra la AMIA hizo que aquel 17 de marzo de 1992 quedara sepultado en la memoria de los argentinos como un episodio difuso y difícil de recordar en detalle. Sepultado. Es una palabra que para mi cambió de significado desde aquel marzo de 1992 ¿Dejaron morir a personas para que no se descubriera algo que había en los sótanos de la embajada? ¿Habrán sido ciertas esas versiones? ¿No es demasiada coincidencia que la orden del embajador fuera casi simultánea con la llegada al país de los primeros agentes del Mossad? ¿Por qué el gobierno israelí decidió cambiar su embajador en Argentina a pocas horas del atentado? ¿Porqué ese voluntario me eligió únicamente a mi para presentarme esa prueba? ¿Solo porque desde el único televisor que tenían en su “búnker” los voluntarios estaban sintonizando ATC? ¿Será cierta la «pista israelí» de la que tanto se habla? ¿Matar a su propia gente? Esos sonidos que escuché… ¿habrá sido pura sugestión causada por el horror? Respuestas que jamás conoceré.

Recuerdo que hasta pasado mucho tiempo luego del episodio, nuestros diálogos entre cronistas que habíamos cubierto el atentado giraba siempre en torno de esas dudas. Por mi parte, solo una vez conté a un grupo de compañeros lo que ese voluntario me mostró. Noté gestos incrédulos. Opté por no repetir la historia. El único capital que poseemos los periodistas es la credibilidad. Ellos, optaron por lo mismo que yo: seguir trabajando y cubriendo las noticias que desde las redacciones nos ordenaban. Hasta que en 1995 decidí no volver a trabajar en relación de dependencia, cosa que sigo haciendo. Recién hoy confieso los motivos de mi renuncia a una de las mejores radios del país en 1995 para lanzarme a tientas a buscar hasta hoy un espacio propio. No puedo acusar a nadie.

Como dije, no tengo pruebas. Jamás fui un fabulador y lo demostré hasta ante la Justicia en otras circunstancias. Pero ese episodio no es una anécdota más. Ya no espero que algún día se confirme judicialmente y luego de investigaciones profundas lo que personalmente vi y escuché. ¿Acaso el crimen fue esclarecido? ¿Hubo voluntad del gobierno y la Justicia de los `90 por esclarecer semejante aberración? ¿Hubo voluntad de Israel por hacer Justicia?

Hoy en la AMIA ciertos objetos son conservados como recuerdos y símbolos de ese horror, en memoria de las víctimas. No conozco que haya ocurrido lo mismo con los restos de la Embajada. Y menos, con lo que haya permanecido en los subsuelos. Es una incógnita que jamás se develará.

Concluido este artículo no crea que me siento más desahogado. Hay tres sonidos que vienen a mi cada 17 de marzo. Y otros días también. Casi todos los días: TOC – TOC – TOC.

Fuente: http://www.agenciaelvigia.com.ar/toc_toc_toc.htm

Jóvenes israelíes rechazan ir a un Ejército que comete crímenes de guerra

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soldados

Roni Lax y Dafna Rotstein

Unos cincuenta adolescentes israelíes expresaron en una misiva remitida al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, su rechazo a servir por razones morales en un Ejército de ocupación que «comete crímenes de guerra».

En la carta, citada por la agencia EFE, los firmantes aseguran que no realizarán el servicio militar obligatorio en protesta por la «continua ocupación y la invasión del Ejército en la vida civil, que profundiza en las nociones de chovinismo, militarismo, violencia, desigualdad y racismo en la sociedad» israelí.

El escrito exhorta asimismo a otros jóvenes que se acercan a la edad de 18 años, en la que los israelíes, hombres y mujeres, son llamados a filas, a reconsiderar «el sentido del servicio militar».

«Los palestinos en los territorios ocupados viven bajo el control del Gobierno israelí, a pesar de que no lo han elegido y no pueden influir en las decisiones de ninguna manera legal. La situación es injusta y desigual», reza la misma.

Las acciones del Ejército nos distancian de la paz, la justicia y la seguridad

Los adolescentes lamentan las continuadas «violaciones de los derechos humanos» y «actos que son considerados crímenes de guerra de acuerdo al derecho internacional» en los territorios palestinos.

Entre estas violaciones, enumeran «las ejecuciones extrajudiciales, la construcción de asentamientos en territorios ocupados, detenciones administrativas, torturas, castigos colectivos y un reparto desigual de recursos como el agua y la electricidad».

Los autores de la carta subrayan que las Fuerzas Armadas israelíes perpetúan la actual situación y en virtud de la misma y «siguiendo nuestra conciencia, no podemos tomar parte en un sistema que comete los mencionados actos».

Aducen que la institución militar también repercute en la vida civil, define la educación, las oportunidades de empleo y «lleva al racismo y la violencia en el seno de la sociedad y a la discriminación basada en el origen étnico, nacionalidad o género».

«Las acciones del Ejército nos distancian de la paz, la justicia y la seguridad». La institución militar «sirve a los poderosos en la sociedad y no a los ciudadanos, que solo son una herramienta. Rechazamos servir de carne de cañón», manifiestan los autores de la carta.

Información de  http://actualidad.rt.com/actualidad/view/121896-jovenes-israel-ejercito-crimenes-guerra-palestina y http://972mag.com/israeli-teens-tell-netanyahu-we-will-not-take-part-in-occupation/88159/

Foto: Activestills.org

Sahar Vardi y Micha Kurz: Resistirse a la complacencia en un país insensibilizado con la ocupación

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Sahar Vardi y M. A. Moreno

Resistirse a la complacencia en un país militarizado e insensibilizado con la ocupación por décadas del territorio que pertenece a otro pueblo. Esa es la decisión que, por caminos muy distintos, han escogido los jóvenes israelíes Sahar Vardi y Micha Kurz, activistas de Jerusalén, que describen la sociedad israelí como “militarizada” y reconocen cierta insensibilidad en sus compatriotas, que viven “en una burbuja” y toman el conflicto palestino-israelí más como un aspecto teórico que como algo “personal”.

“La sociedad israelí ha sido capaz de ‘despolitizarse’ a sí misma –explica la activista respecto a la ocupación de territorios palestinos-. La gente puede estar de acuerdo o no, apoyarte o rebatirte, pero nunca es un gran problema, no tiene mucha trascendencia. No sentimos el conflicto como propio, en el lado israelí”, agrega Sahar Vardi, activista de 24 años que estuvo encarcelada durante tres meses por haber objetado de hacer el servicio militar, obligatorio para los jóvenes que cumplen 18 años en el país hebreo.

Esa falta de preocupación por el conflicto en general y por las penalidades de la población palestina, que depende para ir al colegio, al trabajo o al hospital de los soldados israelíes que vigilan los puntos de control fronterizos o checkpoints, es una percepción compartida por el exsoldado israelí Micha Kurz, ahora activista pro palestino en la organización Grassroots Al-Quds (Jerusalén de base, por el nombre árabe de la ciudad), un grupo de activismo de base que se dedica a fortalecer los lazos entre los distintos barrios de población palestina en la ciudad.

“Cuando terminé el servicio militar creo que hubo dos cosas verdaderamente cruciales que yo quería que mi familia entendiera. Teníamos discusiones políticas, hablábamos de lo que pasaba, pero lo que era obvio para mí era que mi madre no tenía las claves para saber realmente lo qué estaba pasando realmente en Ramala, que está a 20 minutos en coche de donde crecí. O en Hebrón, que está a apenas una hora conduciendo de Jerusalén”, explica Kurz, cofundador además de la organización ‘ Breaking the silence‘ [Rompiendo el silencio], dedicada a recopilar testimonios de soldados israelíes que sirvieron en Cisjordania.

La vida desde un puesto de control

Micha Kurz entró en el ejército a los 18 años como parte del servicio militar obligatorio y con una clara vocación castrense. “Crecí en los scouts, que en Israel no tratan tanto de entrenar el liderazgo , sino de prepararte para el Ejército (…) Quería estar en una unidad de élite, ser piloto o soldado de combate”, recuerda. Ingresó en 1999, durante la Segunda Intifada, y fue enviado a un puesto de control, donde con apenas 19 años pasó a controlar una población de 900 palestinos que tenían que pasar por su puesto de control para poder acudir al trabajo o a la escuela.

“Yo controlaba toda una población civil, una sociedad entera. Tenía que decidir si la gente podía ir al trabajo, si podía ir a comprar, si los niños iban a ir al colegio ese día”, dice Kurz, que recuerda cómo comenzó a darse cuenta de que la realidad del ejército no era como la había imaginado.

“El entrenamiento está basado en cómo seguir las órdenes, y no cuestionar lo que dice el sargento (…) Durante mi servicio en el Ejército estuve en Hebrón, en Ramala y necesité mucho tiempo para entender lo que pasaba. Me di cuenta de que estábamos protegiendo no solo las fronteras, sino también los asentamientos, y no solo protegiendo a los colonos, sino permitiendo y apoyando su expansión”, explica Kurz. El ex soldado hoy ejerce de activista junto a la población palestina de Jerusalén, la mayor área urbana del pueblo palestino, partida por el muro de separación levantado por Israel en 2002 y “capital futura de Palestina” en palabras del joven israelí.

“Israel es una sociedad militarizada, comenzando por el servicio militar obligatorio, lo cual es una cosa básica. Pero incluso la forma de la que somos educados, la normalidad de ver pistolas en cualquier lugar en la calle. Es algo normal para nosotros, no las vemos, son transparentes. Si te fijas en la publicidad, la mejor forma de vender algo es poner un soldado en el anuncio”, explica Vardi, que desde muy pequeña tuvo una visión del conflicto completamente distinta a la de Micha Kurz, al haber visitado desde los 13 años los territorios ocupados y haber tenido relación con los palestinos.

“Descubrí una realidad muy diferente, en la que mis amigos eran ilegales en sus propias casas”

El caso de Vardi era particular en su contexto cercano en Jerusalén no solo por haber conocido a palestinos desde adolescente –“Hablábamos sobre cosas normales, que odiábamos las matemáticas, pero también descubrí una realidad muy diferente, en la que mis amigos eran ilegales en sus propias casas, o nos llamaban para que fuéramos a recogerlos de la comisaría o de un checkpoint”, explica— , sino también por pensar distinto en una sociedad en la que se educa a los más jóvenes para permanecer a la espalda de la ocupación de un territorio.

“En el sistema educativo la ocupación prácticamente no existe. La palabra ‘palestinos’ no existe. Son árabes, no palestinos”, dice Sahar Vardi, que cuando iba a cumplir los 18 años, edad del servicio militar obligatorio en Israel, decidió objetar públicamente junto a unos compañeros, llegando a escribir al primer ministro del momento, Ehud Olmert.

“Es bastante fácil no ir al ejército si sabes cómo. El recurso de enfermedad mental es la puerta de atrás para librarse del servicio militar, hay un 12% de la población israelí que lo hace cada año”, explica la activista israelí, que tuvo que sufrir tres meses de cárcel y dos de detención por haber decidido objetar públicamente.

Tomar esta decisión le ha acarreado consecuencias más de rechazo social que legales, aunque Vardi explica que recientemente se ha aprobado una ley que permite priorizar a los que hayan servido en el ejército en prestaciones sociales como sanidad, empleo público o vivienda, discriminando a aquellos que no hayan realizado la conscripción militar.

“Las consecuencias políticas y sociales están aumentando. Una de las leyes que se ha aprobado con este propósito es la llamada ‘ Ley de ONG’, que pretende establecer más impuestos a las organizaciones no gubernamentales de tipo político. Entre ellas, hay un grupo de organizaciones que no van a tener ninguna financiación de entidades extranjeras, aquellas que apoyan la resistencia armada contra Israel, las que apoyan el boicot contra Israel, o las que apoyan la objeción al servicio militar”, explica Sahar, que entiende estas legislaciones como una forma de amedrentar a aquellos que no quieran ir al ejército.

“El pacto se ha roto”

Por su parte, Micha Kurz expone también otra realidad, ya mostrada en 2011 con los movimientos de protesta que se produjeron en varias ciudades israelíes, de que el “pacto” que vinculaba a los israelíes con su ejército a cambio de beneficios estatales está “roto”. “El movimiento sionista se construyó como un sueño socialista de la nacionalidad judía. Mis padres se hicieron sionistas porque se les hizo una promesa. Se ofrecieron servicios públicos, vivienda pública, sanidad, trabajo, pensiones… Lo único que tenías que hacer era servir en el ejército y continuar en la reserva hasta los 45 años”, explica. Ahora, con servicios sociales privatizados y prestaciones disminuidas, la situación es distinta.

“En los checkpoints y en las fronteras no verás soldados de clase media, solo de clases trabajadoras”, agrega Vardi, que asegura que cada vez hay más jóvenes que dejan de hacer el servicio militar obligatorio por motivos económicos, muchos de ellos utilizando la vía de la enfermedad mental, pero otros rehusando de forma pública. “Ahora mismo hay dos objetores públicos en prisión y hay otro que se unirá a ellos el próximo mes”, explica Vardi, que trabaja apoyando a los objetores y denunciando la militarización de su país.

Como activistas, Micha Kurz y Sahar Vardi son críticos con los procesos de negociación actuales, que ven más como “una representación”, pero no como algo que vaya a tener verdadero resultado. Sin embargo, Vardi sí confía en la importancia del boicot comercial a Israel que se va extendiendo, y en su influencia a futuro para la solución del conflicto. “Lo dijo (el secretario de Estado de los Estados Unidos) John Kerry, si estas negociaciones fallan, el boicot a Israel va a crecer”, explica.

“Si las negociaciones fallan, el boicot seguirá creciendo. La gente en el mundo está harta de esto, y está harta de financiar algo con lo que están en contra”, finaliza la joven activista.

Fuente: Miguel Ángel Moreno Ramos para eldiario.es

Chávez eterno

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Moriscos y Sefardíes

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3 culturasDe Judíos Antisionistas en España.

1492 señala el final de la “Reconquista”, con la caída del último reino “moro” de Granada. Es también el final de la diversidad religiosa y cultural de la península ibérica, con la unificación de España por los Reyes Católicos, que imponen su hegemonía. En 1492 los judíos son forzados a la conversión o al exilio y los musulmanes sufren la misma suerte, con su expulsión definitiva en 1609. Pero además, 1492 es la fecha del llamado descubrimiento de América, por el cual el modelo hegemónico imperial será exportado al Nuevo Mundo, con consecuencias históricas de inmenso calado.

Para España misma, las consecuencias del modelo “una nación, una religión” se hacen sentir hasta la época contemporánea, con la referencia clara en la guerra contra la república llevada a cabo por Francisco Franco y hasta la actualidad, en la actitud hacia la diversidad de pueblos y lenguas presentes en el Estado español por parte del gobierno central.

Ahora, el gobierno del PP mediante Gallardón pretende otorgar la nacionalidad española a los sefardíes, descendientes supuestos de aquellos judíos expulsados -dondequiera que se encuentren-, tal como lo viene haciendo para filipinos y otros sujetos del otrora imperio, hijos de la Madre Patria.

¿Se trata de un gesto de reparación para con los judíos expulsados y despojados de sus bienes hace  cinco siglos? ¿Es el tan esperado reconocimiento de la diversidad religiosa, cultural y étnica de la España medieval, y de sus raíces judías?

Si este es el caso, entonces ¿por qué no extender la misma medida a los descendiente de aquellos que compartieron el mismo espacio-tiempo, los musulmanes de Al-Andalus, a veces convertidos al catolicismo pero que acabaron también siendo expulsados en 1609, y que hoy se encuentran dispersos desde Siria hasta Malí, conservando algunos rasgos culturales propios, como lo es la música arabo-andalusí?

Si así fuera, sería la señal del nacimiento de una sociedad verdaderamente plural y abierta que ha superado los prejuicios contra sus minorías religiosas (fruto de cinco siglos de propaganda de la Iglesia católica) y ha decidido otorgar  los mismos derechos a todos sus ciudadanos. Sería reconocer la diversidad de los pueblos que conforman el mosaico ibérico y que hoy reivindican su personalidad histórica.

Sin embargo, sospechamos que se trata puramente de intereses económicos, y que a través del reconocimiento del hecho sefardí, es decir, siendo “amigo de los judíos”, el gobierno del PP solo quiere granjearse los favores de Israel –pues para él Israel y los judíos son una misma cosa. El trato del gobierno hacia Adelson y el proyecto “Eurovegas” son una buena ilustración de esta servil actitud.

 Efectivamente, como lo saben los ciudadanos de este país, cuando la crisis azota todas las oportunidades de negocio son buenas, aunque sean negocios poco transparentes; incluso manchados de sangre, como el  negocio de las armas.

Por otra parte, Israel es un país cada vez más aislado a nivel internacional, que necesita abrir mercado para su industria armamentística y de seguridad –que podría representar hasta 20% de su PIB- y necesita sobre todo recuperar su dañada legitimidad estrechando vínculos comerciales, académicos, científicos y de seguridad con la Unión Europea, y en particular con el Estado español, que le puede servir de puente para exportar a América latina. Lo que explica la ofensiva de seducción lanzada por Israel no sólo hacia el gobierno central, pero también hacia Cataluña, plasmada  en la visita de Artur Mas a Israel y la firma de numerosos acuerdos bilaterales.

Al Partido Popular, heredero del franquismo, poco le importa la diversidad religiosa  o de otra índole, ni los tiempos de la época dorada de Al-Andalus; más bien lo contrario: durante la guerra de Irak ha mostrado claramente su postura y sus alianzas internacionales.

Por esta razón, IJAN (Red Judía Antisionista Internacional) y sus integrantes en el Estado español, algunos de los cuales somos descendientes de aquellos judíos expulsados,

– insistimos en que no se nos identifique con el Estado de Israel, un Estado nacido de una ideología racista, colonialista y excluyente: el sionismo, que ha dado la espalda a los valores de tolerancia y humanismo que fueron los del pasado andalusí en sus momentos de máximo esplendor.

– instamos al Gobierno de España a que rompa sus relaciones con Israel hasta que éste reconozca plenamente los derechos del pueblo palestino y acate las resoluciones de Naciones Unidas sobre  ese territorio, implementando las medidas adecuadas en el terreno.

  • Pedimos que se equiparen los derechos de los Moriscos con los Sefardíes, para el reconocimiento pleno de la diversidad del Estado español, en un gesto de reparación simbólica por los daños sufridos en el pasado.

Así se enviará un mensaje claro y fuerte hacia Europa, y hacia la orilla sur del Mediterráneo, para derribar los muros de la discriminación, del racismo y de la desigualdad, dando así el Estado español un ejemplo digno de la brillante herencia de Al-Ándalus.

Gana peso la campaña de boicot a Israel

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boicot

El Gobierno hebreo comienza a acusar la presión internacional en un momento de bloqueo en las negociaciones de paz con los palestinos

Aún está por ver si los millones gastados por la empresa israelí Sodastream -que fabrica sus máquinas de refrescos en territorio palestino ocupado- en contratar a la estrella de Hollywood Scarlett Johansson se han convertido en los peor invertidos de la historia de la publicidad. Aunque el escándalo desatado por las críticas de organizaciones humanitarias como Oxfam haya servido para dar a conocer a la compañía en todo el mundo, es posible que los más beneficiados por esos millones hayan sido sus más feroces críticos: los movimientos conocidos como BDS, que buscan a través del boicot, la desinversión y las sanciones, como sus siglas indican, presionar a Israel para que, entre otras cosas, acabe con la ocupación de Cisjordania.

La campaña de boicot a Israel, en su versión más amplia -la que busca castigar al conjunto del país por la ocupación- o la que sólo está en contra de empresas e instituciones que se benefician de los asentamientos ilegales, ha cogido fuerza en las últimas semanas por la inesperada -y contraproducente- publicidad de la actriz, y en un momento en el que las negociaciones de paz entre palestinos e israelíes se encuentran estancadas. Los continuos anuncios de ampliación de asentamientos en territorio palestino, el último esta semana, sólo añaden obstáculos a la ya de por sí complicada paz.

Aunque hasta ahora el movimiento BDS, lanzado en el 2005 por grupos de palestinos de la sociedad civil, ha tenido un impacto económico reducido, poco a poco ha ido ganando adeptos en el panorama internacional y hoy alarma a sectores israelíes, que han visto cómo algunas corporaciones internacionales retiraban sus inversiones. La campaña, reconocen comentaristas como Peter Beinart en ‘Haaretz’, ayuda además a unir a los palestinos en un momento de división política de sus líderes.

La campaña internacional de boicot que presionó al régimen segregacionista de Sudáfrica es uno de los referentes del movimiento BDS, que busca devolver a los palestinos el territorio ocupado después de la guerra de 1967, que se reconozca la igualdad de derechos para los ciudadanos árabes de Israel y se respete el derecho de retorno de los refugiados palestinos, requisito éste que ha dinamitado anteriores procesos de paz.

En Tel Aviv preocupan decisiones como la del fondo de pensiones estatal de Noruega, que ha renovado su prohibición de invertir en constructoras israelíes que edifican más allá de las fronteras de 1967; o la del fondo de gestión de activos danés PGGM, que ha liquidado su cartera en los cinco bancos más importantes de Israel. En noviembre, la UE prohibió que empresas y universidades hebreas establecidas en territorios palestinos ocupados se beneficiaran del programa de becas de investigación Horizonte 2020, dotado con 70 000 millones de euros.

El ministro de Finanzas, Yair Lapid, uno de los mayores defensores de las conversaciones de paz con los palestinos dentro del Gobierno hebreo, advierte de que el colapso de las negociaciones podría suponer un «golpe enorme» para la economía, ya que Israel afrontaría un mayor aislamiento internacional. En esa misma línea se ha pronunciado el secretario de Estado de EEUU, John Kerry, que está ejerciendo de mediador en el conflicto.

Lapid incluso puso cifras al posible fracaso de las negociaciones de paz si la UE castiga a Israel con el cese del acuerdo preferencial de comercio. 10 000 israelíes perderían «inmediatamente» sus empleos, señaló el ministro.

Paula Rosas, La Rioja – España

Fuente: http://palestinalibre.org/articulo.php?a=48921&utm_source=twitter-palestinalibre&utm_medium=rss-zapier-buffer&utm_campaign=destacados

¿Quién fue Vittorio Arrigoni?

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Vittorio Arrigoni

Vittorio Arrigoni

Vestido con un chaleco de paramédico palestino, saltaba varias veces al día al interior de una ambulancia… Era el primero en salir del vehículo y ponerse a levantar cascotes, sacar fotos, ayudar a los heridos, animar a los familiares, llamar por teléfono a Italia para contar lo que sucedía, compartir tabaco con todo aquel que se lo pidiese… y quejarse. Quejarse siempre y en alto. Vittorio y el miedo no congeniaban. Él nunca se agachaba cuando la explosión sonaba cerca, Vittorio tenía la voluntad de los persistentes. La honestidad de quien estaba dispuesto a llegar hasta el final.

Vittorio Arrigoni no era un activista, era un palestino más. Era uno de los miembros más conscientes del Movimiento de Solidaridad Internacional, el extranjero que más tiempo ha pasado en la Franja de Gaza tratando de formar un grupo estable de activistas que participasen en la resistencia no violenta de los palestinos contra la ocupación.

Pasó a formar parte del núcleo originario del movimiento «Free Gaza», con el objetivo de romper el bloqueo marítimo israelí a través del envío de barcos que zarpaban desde Chipre transportando periodistas y activistas hasta la Franja asediada. Vittorio y media docena de personas comenzaron a establecer acciones de resistencia no violenta contra el ejército israelí. Salían cada mañana a faenar con los pescadores. Ofrecían su presencia y sus pasaportes como escudo humano para evitar que las patrulleras israelíes les disparasen. Grababan los ataques y se lo contaban al mundo. Vittorio fue detenido por la armada. Le dispararon con una pistola eléctrica. Cayó el mar. Casi se ahoga… Tras varios días en una cárcel israelí fue deportado a Italia y dos semanas después regresaba a Gaza. Él nunca tiraba la toalla.

Cuando la guerra terminó e Israel decretó la prohibición de transitar por los terrenos adyacentes a la frontera, los más fértiles de Gaza y de los que miles de campesinos dependen, Vittorio lideró una vez más al grupo de voluntarios extranjeros que se ofrecían con sus chalecos y sus cámaras como escudos humanos para que las familias pudieran acceder a recoger sus cosechas. Le disparaban y él lo grababa y lo contaba. Sin miedo. Con convicción. Ese era su trabajo.

Vittorio murió asesinado por un fanatismo integrista que se opone a la paz. Sólo por ayudar, por luchar sólo con el corazón, por creer que otro mundo es posible… Porque seguimos siendo humanos, como él decía.

Gracias a él y a otras personas como él nos damos cuenta que aún hay en el mundo quien tiene principios, quien vive por y para la paz, para la ayuda, para gritar que tenemos derechos como humanos y que deben ser respetados. El murió, pero su labor nos da fuerza día a día, aúna corazones para que latan al unísono y sigan con su misión, para que griten en contra de las injusticias y no se queden de brazos cruzados viendo como la política y la economía están por encima de la humanidad. Y qué mayor honor para nosotros que además de representarnos su espíritu solidario nos represente su nombre… ¡Seguimos siendo humanos! y no nos cansaremos de gritarlo, por ti, por nosotros, y por todo el que necesite voz porque la opresión intenta silenciar sus gritos de auxilio.

«DEBEMOS PERMANECER HUMANOS, INCLUSO EN LOS MOMENTOS MÁS DIFÍCILES. PORQUE A PESAR DE TODO, SIEMPRE DEBE HABER HUMANIDAD DENTRO DE NOSOTROS, Y ESA HUMANIDAD TENEMOS QUE LLEVARLA A LOS DEMÁS»

Vittorio Arrigoni (04 de febrero de 1975 – 15 de abril de 2011)

Los expedientes Eichmann ¿Hubo un secuestro? ¿Qué intereses entraban en juego?

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expedientes Eichmann

Gaby Weber periodista alemana radicada en la Argentina ha producido investigaciones sobre el caso Eichmann y en esta obra las amplía- con una investigación documental de gran envergadura- dando una contextualización precisa sobre esos acontecimientos mundiales al comienzo de la Guerra Fría. La expansión del desarrollo nuclear en el centro de atención. ¿quién secuestró a Eichmann? ¿Hubo un secuestro? ¿Por qué? Que intereses entraban en juego? ¿Bombas y terremotos?: La Patagonia en 1960. La Argentina y las organizaciones judías. La apertura de los archivos secretos un reclamo explícito de la obra. Conduce Ricardo Martínez.

Un día en un tribunal militar de menores israelí. No hacen falta las palabras.

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ofer

Prisión de Ofer y tribunal militar. Foto: Dawn

Por 4JustPeace.

No entendíamos una palabra, sin embargo entendimos todo _“¿Hablan hebreo? ¿Árabe? ¿Entienden lo que sucede aquí?”_. Los prisioneros habían entrado esposados uno al otro. El juicio ya había empezado en el tribunal. ¡Me llevó unos segundos darme cuenta de que las preguntas del juez estaban dirigidas a nosotros! _“No, su señoría.” _. Podemos no saber el idioma, pero ¡algunas cosas no precisan palabras para ser entendidas!_. La angustia de un padre, las lágrimas de una madre, la aprehensión de un joven, el miedo de un niño, la arrogancia de un soldado, el desdén de un guardia, la indiferencia de un abogado, el pronunciamiento de un juez, es un mensaje transmitido sin palabras.

Jaula para las familias palestinas que esperan para entrar. Foto: Oren Ziv, Active Stills

Mi colega y yo habíamos pedido un permiso para pasar el día en el tribunal militar de la prisión de Ofer. ¡Para creer en lo que allí pasa hay que vivirlo! Llegamos en taxi antes de las 9:00 y buscamos la entrada en vano. No hay señalización. Descubrimos una “jaula” de alambre llena de familias palestinas -más de 200 personas- tal vez el “área de espera” para obtener la autorización para presenciar la audiencia. Los saludamos – ¡Assalamu ‘Alaykum! El padre de uno de los dos niños a los que vinimos a apoyar nos ve y viene hasta la cerca, con una amplia sonrisa en el rostro. El idioma es una barrera, pero se torna innecesario. Se nota que está contento de que hayamos venido.

Nuestra “área de espera” está separada y pasamos las dos horas y media siguientes tratando de convencer a los militares israelíes de que ya teníamos autorización para presenciar las audiencias de ese día. Después de fracasar en varios intentos, finalmente lo logramos y pasamos por una sucesión de puertas, detectores de metal, molinetes, jaulas, una máquina de rayos X y un registro corporal -nos dejaron solo la ropa y unos shekels para la “cafetería” de la cárcel. Nos juntamos con los palestinos que esperaban en otro recinto al aire libre con una pequeña “cantina”, una fuente de agua, baños y algunas sillas. Del lado de afuera están estas 8 “caravanas” (casas rodantes) en ruinas donde se realizan los procedimientos judiciales.

Audiencia en el Tribunal Militar. Foto: Archivo de Haaretz.

Audiencia en el Tribunal Militar. Foto: Archivo de Haaretz.

La lista de la mañana revela que la audiencia de nuestra familia no será sino hasta las 3:00. Aprovechamos la oportunidad para presenciar otros casos, yendo de caravana en caravana. Es en una de estas sesiones que las preguntas del juez interrumpen mis pensamientos… Pensaba en la audiencia anterior en que una madre orgullosa se dio vuelta hacia mí y me dijo en un inglés chapurreado: _ Vea, este chico (señalándolo), ¡es mi hijo! Solo lo veo aquí. No tengo visitas_. Yo observaba sus rostros mientras intercambiaban palabras, gestos, miradas robadas. La vi llorar mientras esposaban las muñecas de su hijo y se lo llevaban. Le apreté la mano. No entendí los detalles de por qué estaba allí. No importaba.

A las  2:30 decidimos sentarnos con nuestra familia y esperar a que nos llamaran. El tiempo pasa. El sol se hunde en el poniente. El viento está frío. Y esperamos. Ahora hay como 20 personas en la jaula de espera. El guardia había dejado su puesto. La puerta giraba sobre sus goznes. La cantina cierra hasta el próximo día. El lugar parece desierto. Y seguimos esperando. El padre va y viene con ansiedad. La madre se agarra la cabeza con las manos. Sentimos que no podemos ayudar; no tenemos palabras. Y seguimos esperando. Finalmente, a las 4:50 -10 minutos antes de cerrar- la familia es llamada. Nos hacen una señal y caminamos rápidamente  detrás de ellos, nos dirigimos en fila hacia la única hilera de sillas. El juez trata de impedir que nos quedemos en la audiencia. “Este es un tribunal de menores.” Le decimos que somos amigos de la familia y que tenemos su permiso. Cuando les preguntamos, todos asienten. Estamos orgullosos de acompañarlos.

Pero no estamos preparados. Los dos niños se ven tan pequeños y vulnerables sentados en el área de los presos, los pies esposados el uno al otro. Es evidente que tienen miedo y no saben qué hacer. Los niños miran a sus mamás que tratan, con gestos, de averiguar si están bien. Están en la cárcel hace dos meses, sin permiso para que sus padres los visiten, arrestados por supuestamente tirar piedras a los colonos (N. de la R.: de los asentamientos ilegales) mientras sus ovejas pastaban. Las audiencias habían sido pospuestas todo lo posible. Hoy les dan el veredicto. El juez se dirige a ellos. Los pequeños se ponen de pie, tratando desesperadamente de ser valientes. Leen el veredicto. Las madres se echan a llorar. Se llevan a los chicos, que se enjugan el llanto esperando que nadie lo note. En fila salimos de la caravana sin hablar. El padre nos da la mano, con lágrimas en los ojos.  Los nuestros se llenan de lágrimas cuando abrazamos a las madres. Solo les hemos podido ofrecer el regalo de nuestra presencia –es lo único que podemos darles. Con nuestro limitado árabe creemos entender que los muchachos tienen que cumplir tres meses más y las familias deben pagar 3.000 shekels (U$1,000). Pero en este momento, los detalles no importan.

La luna sobre el complejo de la prisión. Foto: Dawn

La luna sobre el complejo de la prisión. Foto: Dawn

La familia tiene que usar el “pasadizo enjaulado” que lleva a Cisjordania, mientras que nosotros recibimos autorización para volver hacia el lado de Jerusalén. Nos decimos adiós a través de la cerca y les aseguramos que los iremos a visitor en su aldea. Sumidos en nuestros pensamientos, caminamos en silencio hasta la autopista para buscar un taxi. El sol ya se puso y la luna casi llena se levanta atrás de nosotros sobre el complejo de la prisión. Pero lo único que veo es la imagen de esos dos pastorcitos asustados llorando, vestidos con ropa de presidiaro marrón y con los pies esposados el uno al otro.

Traducción: América Latina Palabra Viva.

Fuente: http://4justpeace.wordpress.com/2014/01/17/words-are-not-needed-a-day-in-the-military-courts/

Cuando detuvieron a Juan Gelman en Israel

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gelman y yo

Hace un tiempo volaba el poeta argentino Juan Gelman rumbo a Jerusalén. Sentado junto a su esposa comentaba la situación política israelí con un acento crítico sobre la política del nuevo gobierno en relación a la intifada palestina. Un agente del Mosad escuchaba atentamente. La charla del poeta con su esposa acabó mal. El propio Gelman lo cuenta.

Escribo estas líneas desde el dolor y la tristeza. El viernes 2 de marzo mi mujer Mara La Madrid y yo llegamos a Israel. Era la 1.30 de la madrugada y a las 10 tenía lugar el entierro de mi hermana Teodora, muerta repentinamente en Jerusalén. Conozco varias clases de muertes: la del padre y la madre, la del hijo, pero todavía estoy recorriendo el doloroso territorio de la muerte de una hermana. Seguramente distinto a todos los demás. Mara y yo desembarcamos de un vuelo de la British Airways y fuimos detenidos por la policía en el aeropuerto Ben Gurión. Los hechos son como siguen.

Delante nuestro se sentó en el vuelo un señor de 28 o 30 años, alto, moreno, de pelo corto y modales autoritarios, que conversaba amigablemente con una azafata en hebreo. Bien. Ocurre. Por razones de seguridad, algún agente ¿del Mossad? viaja en todo vuelo que llega a Tel Aviv en compañías extranjeras que no son El-Al. Mara y yo conversábamos sobre las declaraciones del jefe de Estado Mayor del ejército israelí -un general de cuyo nombre no quiero acordarme- publicadas en el Herald Tribune: afirmaba que la Autoridad Palestina era «una entidad terrorista» y que el Estado de Israel estaba pensando en la posibilidad de reocupar las pocas zonas palestinas a las que había otorgado autonomía. Mara se preguntó: «¿Qué van a hacer, van a ocupar El Líbano?» En ese momento el señor de pelo corto se dio vuelta furioso y nos ladró un «enough» («basta» que cortó nuestra conversación, personal, de a dos y en español. Mister Enough no se limitó al ladrido. Cuando descendimos del autobús que nos trasladó del avión a la terminal del aeropuerto, me señaló con el dedo a un señor de uniforme que se abalanzó sobre mí y, sin identificarse, pidió nuestros pasaportes. Le dije que, a 30 metros del mostrador en que los pasaportes se revisan, allí los iba a presentar porque no explicaba la razón de su exigencia. Mara se puso en fila, pasaportes en mano, y cuando la seguí el señor de uniforme quiso retenerme con un abrazo de oso del que me desprendí -debo confesarlo- rojo de ira. Soy un ciudadano argentino y no admito esa clase de comportamiento de parte de ningún uniformado. Tal vez porque tengo una experiencia traumática -vuelvo a confesar- con los señores de uniforme.

Afuera nos esperaba mi sobrina, que había retrasado el entierro de su madre hasta mi llegada. Explicamos la circunstancia, pero al señor de uniforme poco le importaban fallecimientos y entierros ajenos. Sólo después de una hora y media dejó entrar a mi sobrina, a pesar de mis reclamos. El señor de uniforme, que se negó a dar su nombre, nos tuvo hasta las 5 de la mañana redactando lentamente un acta en que nos endilgaba los siguientes «delitos»: tumulto a bordo del avión de British Airways, desacato a la autoridad, ofensa a un funcionario público en el ejercicio de sus funciones. Fue inútil que preguntara quién había hecho la denuncia y en qué consistía. «Tumulto», en el hebreo del Estado de Israel, es una palabra muy pesada. Sirve, por ejemplo, para calificar la actitud de un niño palestino que arroja piedras a un tanque israelí. El único «tumulto» en que debo haber incurrido fue la exigencia prostática de ir al baño cuando el avión comenzaba su descenso. La presunta denuncia de una azafata de British Airways a la que el acta se remitía fue solicitada reiteradamente por el consulado argentino en Tel Aviv y nunca apareció.

El hecho -grave- es que Mara y yo estuvimos detenidos más de tres horas en el aeropuerto de Tel Aviv. El señor de uniforme escribía sus acusaciones y yo sufría a mi hermana, su muerte, el destino de morir en Jerusalén que le decretó la dictadura militar. Salimos bajo caución: mi sobrina tuvo que firmar dos actas -una contra mí, otra contra Mara, que ciertamente no fue atacada por urgencias diuréticas como yo- por las que se obligaba a pagar 2500 dólares por cada uno si el lunes siguiente no asistíamos a una presunta audiencia de conciliación. En ese interín, el señor de uniforme que nos detuvo me mostró amenazadoramente un par de esposas hablando en hebreo. Usaba el inglés cuando le convenía, el hebreo cuando no. Sus compañeros lo llamaban Danny y, según el «policía bueno» que apareció cuando las cosas se pusieron muy calientes, su nombre es Daniel Yehud. A saber.

No me parece mal que viajen agentes ¿del Mossad? en los vuelos que llegan a Israel, vista la situación. Lo que no entiendo es que esos agentes de seguridad -exclusivamente de seguridad, según se dice- se conviertan en una policía política que nada tiene que envidiar a la de Hitler o Stalin. ¿En qué estamos? ¿Israel es una democracia o qué? ¿Puede ser democrático un Estado que somete a cerco a un millón de palestinos por la fuerza de las armas? ¿Y cómo es posible que ahora sean sitiadores de todo un pueblo los hijos, los nietos, los biznietos de quienes, como mi madre y sus hermanos y su padre rabino, padecieron el cerco zarista en los ghettos, y luego, como mis primos, el encierro en los campos de concentración nazis? A los 8 años de edad mi madre presenció cómo los cosacos incendiaban la vivienda familiar y cómo mi abuela iba sacando a sus hijos de las llamas, menos a una hermanita de 2 años que murió abrasada. ¿Y ahora esos descendientes de la persecución crean ghettos para los palestinos, dinamitan sus casas, los sitian por hambre, abaten sus olivos y arrasan sus cultivos cuando molestan proyectos edilicios, usurpan sus tierras aplicando esa razón de las bestias que es la fuerza? ¿Y qué tienen que ver con el judaísmo esas políticas de Israel? Los judíos siempre fuimos perseguidos, nunca perseguidores; discriminados, nunca discriminadores; marginalizados, nunca marginadores; sitiados, nunca sitiadores. Nada tiene que ver a estas alturas el Estado de Israel con la tradición judía, la más democrática del mundo, creada desde abajo en la diáspora y conservada a lo largo de los siglos.

Sé que estas opiniones serán calificadas de antisemitas por quienes no quieren oír, ni ver, ni hablar, como los tres monos de la India. La táctica de confundir las críticas al Estado de Israel con el antisemitismo me recuerda la pretensión de la más reciente dictadura militar argentina, que llamó «campaña antiargentina» a toda denuncia de sus crímenes. Sólo me explico la tristeza particular que las políticas genocidas del Estado de Israel me causan porque soy verdaderamente judío. Porque una vez, de niño y con fiebre altísima, mi padre se sentó junto a mi cama para leerme en idish un cuento de Sholem Aleijem. Se llamaba «Das messerl» (El cuchillito) y hablaba de los dolores del ghetto.

Fuente: http://www.taringa.net/comunidades/x-palestina/5074989/Cuando-detuvieron-a-Juan-Gelman-en-Israel.html

N. de R.: Los Otros Judíos no necesariamente está de acuerdo con todas las opiniones vertidas en los artículos.