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Ammunition Hill y Silwan

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Limpieza étnica por todos los medios: la verdadera política de ‘paz’ israelí

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Los árboles de pino en Palestina aparecieron con la creación del Estado de Israel. El pino es generalmente una especie europea que antes del siglo XX no se había observado en Oriente Medio. Fue traído a Palestina por los colonos sionistas, por dos razones principales.

Por Ilan Pappé y Samer Jaber.

Árboles de pino en el bosque Yatir, creado para desplazar a los residentes beduinos de la aldea no reconocida de Atir. La leyenda original en la foto de la página web israeltoday.co.il dice «Desde la formación del Estado de Israel, se han sembrado árboles para crear bosques en lo que fueron desiertos estériles durante siglos en Tierra Santa.»

En primer lugar, para darles a los colonos judíos la sensación de que habían migrado a un lugar que era parte de Europa. Al ‘europeizar’ Palestina, también se la ‘civilizaría’, reemplazando la población local inferior por una superior. Así, el sionismo no era sólo la redención de un mundo remoto, sino que también  la revitalización de lo que a sus ojos era un desierto, tanto ecológica como culturalmente.

La segunda razón para su importación era de tipo práctica: fueron traídos para cubrir las huellas de la limpieza étnica de Palestina que tuvo lugar entre 1947 y 1948 y produjo la catástrofe palestina, la Nakba. El pino, de rápido crecimiento, fue ampliamente utilizado para crear parques nacionales y ocultar las ruinas de los pueblos palestinos destruidos y los barrios desalojadas por la fuerza en 1948.

Estos bosques se presentaron más tarde como los pulmones verdes de Israel, una alfombra ecológica para cubrir una tierra estéril. El mayor de estos «pulmones» es el Parque Nacional de Carmel en Haifa, uno de los primeros proyectos que trataron de borrar a los palestinos y la sociedad que existió allí durante siglos. Este bosque se extiende sobre pueblos como Ijzim, Umm al-Zinat y Khubbaza que han desaparecido y ya no se encuentran en el mapa.

Este método no se detuvo en 1948. Cuando Israel ocupó Cisjordania y Jerusalén en 1967, los bosques de pinos se plantaron una vez más para cubrir la nueva oleada de pueblos destruidos (Imwas, Yalo y Beit Nouba) en el Valle de Latrun, alrededor de Jerusalén. En su lugar se construyó el Parque Canada, el ‘pulmón verde’ para ocultar la inhumanidad del despojo de las aldeas palestinas.

Cubrir la limpieza étnica con bosques de pinos es probablemente el más cínico método empleado por Israel en su intento de ocupar tanto de Palestina como le sea posible con el menor número de palestinos que le sea posible.

Otro método utilizado tanto en 1948 como en 1967 fue renombrar los pueblos palestinos como asentamientos judíos, apropiándose del nombre árabe de la comunidad Palestina destruida para la construcción del nuevo asentamiento. Un comité de nomenclatura formado en 1949 ‘judaizó’ los nombres árabes al hebreo. El pueblo palestino de Lubya se convirtió en Kibbutz Lavi y la ciudad palestina de Asqalan se convirtió en la ciudad israelí de Ashkelon. Después de la ocupación de 1967, el asentamiento de Tekoa fue construido sobre la aldea cisjordana de Tuqu’.

El método principal sin embargo no fue la creación de parques y bosques, o el reemplazo del nombre de los pueblos palestinos. Fue, y sigue siendo, la colonización. Para tener éxito, estos esfuerzos ilegales propios del siglo XiX, tuvieron que ser aceptado y aprobados, aún en el 2014, por la sociedad judía israelí.

La expansión colonialista israelí en Cisjordania es vista por el ‘mainstream’ israelí como algo normal y necesario. Para la mayoría es un derecho histórico y para el resto se justifica como respuesta al crecimiento natural de la población judía en los asentamientos. En efecto, la colonización de Cisjordania ha anexado una gran parte del territorio a Israel (independientemente de cualquier acuerdo de paz futuro). Los palestinos en la vecindad de las colonias fueron sometidos a otras formas de limpieza étnica: expropiación de sus tierras, que alambradas, cercas y paredes que les encarcelan en sus propias tierras.

Por lo tanto la limpieza étnica de Israel permite al ser humano, así como los paisajes geográficos de Palestina. El control sobre el paisaje no se limita a la Palestina de 1948 o la Cisjordania de 1967. Es parte esencial del proyecto sionista hoy. Dentro de la línea verde, donde viven los palestinos que sobrevivieron a la Nakba, el plan maestro espacial prohíbe los permisos de construcción o ampliación del espacio otorgado a la población nativa que es ‘oficialmente’ ciudadana de Israel.

El control de la apropiación ecológica y espacial ha cambiado con los años; en estos días está gestionado por las fuerzas políticas de derecha israelíes. En el pasado, era la izquierda sionista que establecía los hechos sobre el terreno – sin anunciar públicamente las verdaderas intenciones detrás de ellos mientras mantenían sus acciones con un discurso jurídico que deliberadamente confuso, usando el derecho internacional, la ley jordana y la ley otomana para justificar la expropiación de tierras palestinas como «tierras del Estado».

Antes y durante el llamado ‘proceso de paz’ iniciado en 1993, se mantuvo una política de hechos consumados a través de la construcción de colonias. Se pidió a los negociadores palestinos legitimar esta política a través de acuerdos, lo que hasta ahora se han negado a hacer. La derecha política israelí declara públicamente su deseo de cubrir Cisjordania con lo que llaman «asentamientos», que en realidad son colonias propias del siglo XIX. Ni siquiera buscan, como lo hicieron sus predecesores, un acuerdo con los negociadores palestinos mientras continúan con sus políticas unilaterales.

La política de limpieza étnica, en sus distintos métodos desde 1948, es un tema consensuado en Israel y por tanto deja muy poca esperanza para la paz y la reconciliación. La actual izquierda israelí, auto-procalamada como el «bloque de la paz ‘, está dispuesto a oponerse a los nuevos asentamientos, pero se niega a reconocer la injusticia histórica infligida a los palestinos en 1948 y niega a los palestinos desplazados su derecho a regresar a sus hogares y  tierra natal. La mayoría de sus miembros también aprueban la anexión a Israel de lo que llama «bloques de asentamientos», grandes franjas de colonias judías ilegales en distintas partes de Cisjordania.

La negativa a reconocer el derecho del retorno y el deseo de mantener el bloque de asentamientos buscan mantener a Israel como un estado judío en  la Palestina histórica, dejando a los palestinos una limitada soberanía, en un Estado sin ninguna viabilidad real, mientras que los palestinos dentro de Israel tendrían que aceptar una nacionalidad de segundo grado.

La estrategia de limpieza étnica se ‘vende’ de manera diferente dentro del país y en el exterior. Se habla de la necesidad de «preservar la identidad judía» frente a la opinión pública israelí, mientras en el extranjero se habla de la «necesidad de seguridad de Israel». Tomados en conjunto estos pretextos o excusas forman el consenso israelí detrás de la estrategia de limpieza étnica.

Estos conceptos se utilizan ampliamente en todo el espectro político en Israel y constituyen el marco para el «consenso nacional» israelí. Además, consolidan los instrumentos políticos que niegan los derechos de los pueblos indígenas de Palestina y aún más su objetivo de mantener una mayoría judía.

Otra forma de limpieza étnica es el Muro de Apartheid que rodea las principales comunidades palestinas en Cisjordania, combinado con el sistema de control que Israel ejerce en los pasos fronterizos locales e internacionales. Ellos permiten a Israel obtener el máximo control sobre la población palestina al mínimo costo. Al mismo tiempo, los colonos israelíes se conectan con las principales ciudades israelíes a través de un moderno sistema de carreteras y circunvalaciones. Estas carreteras han sido construida de manera tal  que los colonos no necesitan observar los pueblos o ‘molestas’ aldeas palestinas que viven encarcelados a su alrededor.

Este deseo de invisibilizar a los palestinos es evidente cuando se navega por los sitios web de las empresas de bienes raíces israelíes. Es difícil de encontrar en ellas alguna referencia a la presencia palestina en  las propiedades o barrios ofrecidos para la venta.

El principal atractivo que se menciona en estos anuncios es que esas áreas no tienen ‘ninguna amenaza a la seguridad’ o que se encuentran no muy lejos de ‘una importante ciudad israelí’. Esta práctica de asegurar de manera explícita o implícita a los posibles compradores que la nueva propiedad no tendrá árabes en ella, en sus inmediaciones o en el futuro, no se limita a  Cisjordania. Dentro de Israel en áreas como Safed, donde los estudiantes israelíes y palestinos van a la universidad, hay una campaña explícita para asegurar que los últimos no puedan conseguir alojamiento en la ciudad y los sitios web declaran públicamente que la venta es sólo a los judíos, señalando que su propiedad pertenece al Fondo Nacional Judío. Esta excusa se utiliza también en las ciudades mixtas como Haifa y Jaffa para atraer a los compradores a áreas ‘sólo para judías’.

Las políticas contra la repatriación de los refugiados palestinos es otro tipo de limpieza étnica. Su prohibición de volver no tiene nada que ver con cuestiones de absorción o la capacidad del país, sino con su nacionalidad. Israel es un país donde la ciudadanía no tiene ninguna relación con la nacionalidad de una persona. El judaísmo es una religión que se convirtió en una nación por medio del proyecto sionista que creó a Israel. En consecuencia los judíos-israelíes pertenecen a la nación judía y los árabes palestinos son una minoría. Cualquier judío en el mundo puede convertirse en ciudadano de Israel, mientras que un palestino cuyo hogar siempre ha sido esa tierra es un residente con derechos desiguales o simplemente no obtiene en absoluto la ciudadanía

El peor método de limpieza étnica es el que  se impuso en la Franja de Gaza a partir del 2006 cuando los palestinos fueron ubicados fuera de la vista y más allá del cómputo demográfico mediante la imposición de un asedio a los 1,8 millones de personas que viven allí.  Israel lo explicó como medida de seguridad, pero en verdad es parte de la estrategia de limpieza étnica que en este caso puede fácilmente convertirse en una política genocida. No es de extrañar que los palestinos se resistan a la limpieza étnica, con todo lo que tienen.

Lo que la limpieza étnica permitió a Israel hacer fue olvidar a los palestinos encerrados a través de todos los métodos usados para apropiarse de la tierra y «resolver» el problema demográfico. Aun cuando en la desesperación, el pueblo de Gaza se resistió al peor de estos métodos, ello no afectó a la mayoría de los israelíes. La carnicería que fue transmitida a todo el mundo, no pareció mover a los israelíes que continuaron, a pesar de lo que la propaganda israelí intentó retratar, su vida normal. La vida cotidiana se afectó por algunas semanas en ciertas partes de Israel, pero esto no fue suficiente para alertar a la sociedad israelí frente a los crímenes cometidos en su nombre.

El problema de Israel no es por tanto una u otra política, sino la estrategia que mantiene desde 1948, más cruel y eficaz que otras acciones similares en Medio Oriente y el mundo.

Acerca de Ilan Pappé: El profesor Ilan Pappé es Director del Centro Europeo de Estudios Palestinos en la Universidad de Exeter y autor de 15 libros, entre ellos La limpieza étnica de Palestina (2007), Una historia de la moderna Palestina: Una tierra, Dos Pueblos (2006), La Guerra en Gaza (con Noam Chomsky, 2010) y su último libro en 2014 La Idea de Israel.

Acerca de Samer Jaber:  Samer Jaber es un activista político e investigador. Es el director general de Dar el-Karma Inc. for Media, Researches and Publications. Jaber tiene un título de maestría en Desarrollo Sustentable  de la Universidad de Brandeis, y estudió en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y el MIT. Fue detenido político durante de seis años en las cárceles israelíes en la primera Intifada palestina.

Fuente: Ethnic Cleansing by All Means: The real Israeli ‘peace’ policy 

 Mondoweissk / Traducción: Palestinalibre.org

Presidente de Israel admite que la sociedad israelí «está enferma» de violencia crónica

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Presidente de Israel: Reuven Rivlin. Foto: © Gali Tibbon

Presidente de Israel: Reuven Rivlin. Foto: © Gali Tibbon

El presidente de Israel, Reuven Rivlin, ha reconocido en un acto público en la Academia de las Ciencias israelí que la sociedad de su país «está enferma» y que la epidemia de violencia «se ha filtrado a todas las áreas».

«Es la hora de admitir con honestidad que la sociedad israelí está enferma y que es nuestra obligación tratar esta enfermedad», dijo Rivlin, refiriéndose al sangriento verano pasado y la tensión entre judíos y árabes que «ha llegado a niveles sin precedentes».

«La epidemia de la violencia no está limitada a uno u otro grupo, se ha filtrado a todas las áreas», reza el comunicado de su oficina, destacando que «hay violencia en los estadios de fútbol, en círculos académicos, en hospitales y en escuelas».

Rivlin se preguntó citado por el diario ‘The Jerusalem Post’ «si no nos hemos olvidado de lo que es ser judío, sino si nos hemos olvidado de los que es ser humano».

«¿Nos hemos olvidado de lo que es hablar?», agregó instando a la academia a asumir el reto y a erradicar la violencia «que amenaza con dejar cicatrices en la imagen de Israel».

Fuente: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/144074-presidente-israel-sociedad-enferma-racismo

Todo palestino es sospechoso para los soldados israelíes

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Yehuda Shaul

Por Bostjan Videmsek (DELO).

«La situación en Israel nunca ha sido peor. La mayoría de la gente sigue a ciegas lo que dice y hace el Estado. Nadie cuestiona nada, mucho menos duda. Lo más preocupante es el nivel de obediencia. El de odio está creciendo cada día. Los sentimientos negativos hacia todo aquel que piensa diferente son enormes. No sólo los sentimientos. La gente que se manifiesta en la calle contra la guerra es golpeada. La policía se muestra indiferente ante estos actos y no hace nada. Es una señal pésima sobre el futuro de este país», dice Yehuda Saúl, fundador de la ONG israelí Breaking the Silence (romper el silencio), una organización de veteranos del Ejército que sirvieron desde la segunda intifada. Tomaron como misión denunciar a la opinión pública israelí la realidad de la vida cotidiana en los territorios palestinos ocupados.

«Intentamos fomentar un debate público sobre el precio que pagamos por una realidad en la que los jóvenes soldados tienen que controlar la vida de esa población», afirma el grupo sobre su actividad.

Esos soldados que sirven en los Territorios (palestinos) cambiarán por completo a causa de esas operaciones militares: «Los casos de abusos a palestinos, con saqueos y destrucción de la propiedad, han sido la norma durante años, pero aún se explican como si fueran casos únicos y extremos. Lo que muestran nuestros testimonios es que revelan una imagen deprimente y distinta en la que el deterioro de los niveles morales de actuación se hace patente en las órdenes y normas de combate, que se justifican en nombre de la seguridad de Israel. Los soldados y jefes militares conocen esta realidad, mientras que la sociedad israelí mira a otro lado y niega lo que se hace en su nombre», dice el manifiesto de la ONG.

Hasta hoy, la organización ha recogido más de 950 testimonios de soldados que representan a toda la sociedad israelí y a casi todas las unidades militares desplegadas en los Territorios. Afirma que los testimonios publicados han sido revisados y contrastados, y los hechos son verificados y cruzados con los testimonios de otros soldados y con los archivos de otras organizaciones de derechos humanos.

«Cada soldado que da su testimonio a Breaking the Silence conoce los objetivos de la organización. La mayoría de los soldados prefiere permanecer en el anonimato a causa de las presiones que reciben de los militares y de la sociedad en general», explica.

«En noviembre de 2011, Israel lanzó una operación militar en Gaza llamada Amud Anan. La traducción literal sería Pilar de Nubes. Pero el nombre oficial en inglés (y español) pasó a ser Pilar de Defensa. Hace un par de semanas, lanzamos otra operación (la actual en Gaza) llamada Acantilado Poderoso, que ahora oficialmente se llama Límite Protector. Ambos nombres tienen una connotación de defensa», dice Yehuda Saúl, que sirvió como oficial en Cisjordania hace una década y que es básicamente un testigo.

El gabinete de seguridad israelí abordará hoy los esfuerzos diplomáticos para un alto el fuego

Los soldados israelíes parten de la base de que todos los palestinos son sospechosos.

«Cuando oigo los nombres que dan a las operaciones militares en Gaza, especialmente las versiones elegidas para la audiencia internacional, me recuerda a mi servicio militar en el Ejército, cuyo nombre oficial, tanto en hebreo como en inglés, es Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, en sus siglas en inglés). Me recuerda la diferencia que descubrí en la época de mi servicio militar entre lo que representa el nombre y la realidad de las operaciones que llevábamos a cabo en Cisjordania. Oficialmente, la misión que teníamos era defensiva. Realizábamos operaciones «preventivas». Pero mis amigos y yo descubrimos que la «prevención» no era otra cosa que un nombre en clave para definir operaciones ofensivas de todo tipo. Bogui Ya’alon, entonces jefe de las FFAA y ahora ministro de Defensa, nos pedía que «quemáramos la conciencia palestina». Para conseguirlo, nos enviaban a intimidar y castigar a la población civil de forma sistemática. Partían de la presunción de que dejarían de rebelarse si eran heridos, oprimidos o asustados. Una conciencia asustada es, en otras palabras, una «conciencia quemada», cuenta Saúl, que ha trabajado sin parar en las últimas semanas.

La atmósfera belicista y la falta de iniciativas humanitarias le están pasando factura. Está aterrorizado por lo que está sucediendo en Gaza, que sufre la tercera ofensiva en menos de seis años.

«Incluso después de la retirada de 2005, aún controlamos el espacio aéreo y las aguas territoriales de Gaza, zonas de separación dentro de Gaza, y el movimiento de personas y bienes que entran y salen de Gaza. La población de Gaza está registrada por Israel. Para obtener un carné de identificación con 16 años, se requiere la aprobación de Israel. Y es sólo la punta del iceberg. Una de las consecuencias de este control son las operaciones militares periódicas, que causan un nivel terrible de destrucción, no sólo a la infraestructura paramilitar, sino también a civies, a hombres, mujeres y niños», dice Saúl.

En su opinión, no es una realidad que se ha impuesto sobre Israel. «Es el resultado de decisiones tomadas por nuestras autoridades todos los días, para mantener el control sobre los territorios palestinos y la población que vive allí. Conozco bien las consecuencias de esas decisiones, porque como soldado y oficial tomé parte en su aplicación. Supe que preservar ese control exige el uso constante de la fuerza. Supe que es imposible aplicar por la fuerza el control de una población de millones durante décadas por un Gobierno extranjero de una manera ética. Dar nombres defensivos a las operaciones en Gaza no cambiará la naturaleza de esas operaciones. El cambio real sólo se producirá cuando acabe la ocupación. De hecho es difícil saber si la amenaza a las ciudades del sur de Israel acabará si se pone fin a la ocupación. Pero sí sabemos que si la ocupación no acaba, estaremos condenados a otra operación sangrienta similar a la actual en un año o dos. La semántica no cambiará la realidad en la que Israel no sólo se defiende, sino que ataca, no sólo en estos días tan difíciles, sino cada día desde siempre. En vez de intentar explicarlo y justificarlo, debemos actuar ya. Tenemos que decir ahora: es hora de acabar con la ocupación».

«No me malinterprete. Como israelí, no cuestionó el derecho de Israel a defenderse. Hamás es una organización terrorista, sin duda. Los ataques con cohetes desde Gaza han conseguido asesinar a dos civiles israelíes. Es una semilla horrible que no tiene justificación. Amenaza las vidas de hombres, mujeres y niños en todo el país. Pero esos cohetes no convierten a todos los habitantes de Gaza en objetivos legítimos para el castigo colectivo».

«Mis amigos y yo aprendimos como soldados a ver a cada palestino como a un enemigo, y por tanto un objetivo legítimo. Cuando hacíamos operaciones para «demostrar nuestra presencia», nuestro objetivo era asustar para que la población civil supiera que estaban bajo nuestro control. Lo conseguíamos con patrullas en las calles y entrando en casas elegidas al azar a todas horas, de día y de noche. No había una información concreta de inteligencia que nos guiara en esas operaciones. Y otras veces «preveníamos» el terrorismo a través del castigo colectivo de palestinos inocentes».

Breaking the Silence (fundada en 2004) es una voz influyente en favor de la verdad y el realismo en Israel. Su influencia está creciendo y ha servido para abrir los ojos de muchos. Pero el rápido crecimiento de la extrema derecha en la política israelí, con gente como el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, dejando su huella, han radicalizado la política y la sociedad. Los resultados de esa radicalización son visibles dentro de Gaza, pero no sólo allí. Los exsoldados de esta ONG lo padecen en Israel con reacciones de indiferencia o incluso de odio.

«Nunca lo hemos pasado tan mal en nuestra organización. ¡Nunca! Es muy difícil de soportar, pero resistimos. Espero que esto sea un ciclo natural y que hagamos llegado al fondo, y que a partir de ahora todo vaya en la buena dirección», concluye Saúl.

Fuente: El Diario.es

Israel y Palestina: la dialéctica del colonizador y el colonizado

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muro fila

El conflicto entre Israel y Gaza no es un conflicto entre dos partes iguales. Israel es una potencia militar superpoblada, superurbanizada y superindustrializada, que además recibe sofisticado armamento de última tecnología de la principal potencia imperialista del mundo, EE.UU., y adicionalmente de otras potencias subsidiarias de ésta, como algunos países de la Unión Europea.

Por otra parte, Gaza / Palestina, es una población que, a pesar de ser la original del territorio, durante décadas ha sido gradualmente desplazada y atomizada hasta ocupar una porción residual y marginal del antiguo territorio de Palestina. Esto ha permitido al Estado de Israel construirse como Estado artificial militarizado y superpoblado en la zona, una de las zonas más estratégicas para el comercio del mundo y ricas en petróleo. Esto permite a las potencias imperiales que a cada paso asisten y arman a Israel contar con un aliado incondicional que les sirva de pie de puente para acceder al control del territorio y respaldar a los regímenes militares y monarquías conservadoras títeres, como Egipto y Jordania, respectivamente, y monarquías absolutistas del golfo (principales exportadores de petróleo), vinculados todos ellos a distintas oligarquías árabes de la zona y aliados tanto de Israel como de EE.UU. y la U.E.

Básicamente el Estado de Israel es un Estado colonial construido mediante tácticas de hostigamiento y desplazamiento étnico frente a una población autóctona, originaria, la población árabe palestina. Ésta integra a gentes de las tres principales confesiones de Oriente Medio: el islam, mayoritario, pero también minorías cristiana y árabe judía; y por supuesto ateos. Como ideología de legitimación y justificación, a fin de justificar su existencia, el Estado de Israel usa un discurso étnico-confesional, vinculado a la etnia/confesión hebrea/judía. Esto significa que a fin de justificar su existencia el Estado de Israel necesita contar con un grueso poblacional más o menos uniforme donde la mayor parte de la población hable hebreo y, caso de considerarse perteneciente a alguna confesión u origen confesional, sea esta la judía. Esto significa que puede haber ateos dentro de este estado, siempre que se consideren étnicamente hebreos, hecho que se manifiesta en la ciudadanía israelí, el origen «étnico» judío y el uso de la lengua hebrea. Cualquier otra consideración de tipo étnico, como la de árabes, o de tipo confesional, como la de musulmán o cristiano, debe ser minoritaria, a fin de que esta ideología de legitimación funcione y dé razón de ser a este Estado de base étnico-confesional hebreo/judía.

Para garantizar esto, se trata de asimilar a una minoría de la población árabe palestina como ciudadanos israelíes en un contexto sociocultural y lingüístico predominantemente hebreo, y se trata de desplazar paulatinamente al grueso poblacional árabe palestino que todavía habita territorios tradicionalmente palestinos, ya que es difícilmente asimilable y su existencia constantemente cuestiona la legitimidad de este Estado.

Esto significa que los árabes palestinos de confesión cristiana o judía que habitan en los territorios de Cisjordania o Gaza sufrirán exactamente la misma clase de política de hostigamiento, discriminación y desplazamiento étnico paulatino que sufren el resto de árabes palestinos de confesión musulmana o de origen musulmán pero no creyentes ni practicantes (ateos).

A fin de hacer posible y mantener esta política de desplazamiento paulatino, y darle continuidad ininterrumpida en el tiempo, se utilizan estrategias como la provocación, utilizándose varios recursos: como el uso por parte del ejército de ataques mediante artillería o por aire contra líderes de determinadas organizaciones de resistencia palestina, considerados «objetivos terroristas», que a menudo causan daños colaterales, así como tolerar ataques por parte de individuos aislados pertenecientes a colectivos integristas judíos ortodoxos o nacionalistas extremistas «hebreos», o ataques por parte de los asentamientos de colonos en territorio palestino contra población civil, esperando una respuesta por parte de las organizaciones de resistencia palestina que, caso de producirse, se utilizará como casus belli so pretexto de que «causan terror en la población», «ponen en peligro la vida e integridad de vidas inocentes por parte de ciudadanos civiles israelíes», «son una provocación» o «son ataques terroristas», y por supuesto el clásico «ellos no respetan ninguna democracia, ¿por qué deberíamos respetársela nosotros a la hora de responderles?»

Así, una vez se tiene un casus belli o pretexto de «contraataque», el Estado de Israel puede pretender obtener visos de «legitimidad» para reemprender su política de hostigamiento y desplazamiento étnico contra el núcleo de población autóctona tradicional palestina, diciendo actuar en «legítima defensa propia» o «en defensa de la integridad del pueblo judío», «movidos por un espíritu de supervivencia». Si, por el contrario, tratas de poner en cuestión lo artificial de una situación por la que se ha creado un Estado colonialista/militarista superpoblado a costa de desplazar de sus tierras, aldeas y viviendas tradicionales a la población nativa de Palestina, siempre queda el delirante recurso de acusarte defender el «extremo opuesto», de ser «antisemita» y, como último recurso, «filonazi». Sin ver que los métodos que se aplican contra la población y nacionalidad dominada son, salvando las diferencias de época y de retórica, en no pocos puntos análogos: responder a una población que se defiende mediante bombardeos, mediante el peso de la maquinaria militar y de Estado, provocando el pánico y el terror en la población, el desplazamiento étnico y en última instancia el exterminio. Son más sutiles eso sí, que los nazis, porque lo aplican de manera prolongada en el tiempo, en una suerte de goteo constante pero que, visto en retrospectiva, supone una implacable línea ascendente.

Pero recordemos que la clase dominante israelí no actúa sola. El Estado de Israel no podría tener la maquinaria bélica que posee sino fuese constantemente armado, pertrechado y respaldado financiero/geopolítico/militarmente por la principal potencia capitalista/imperialista del mundo, EE.UU. y las demás potencias subsidiarias de éste en Europa, con la complicidad de las oligarquías árabes de la zona, aliadas, por intereses comunes a sus ex colonizadores y neocolonizadores, cuando no títeres.

Fuente: Roberto Mérida Fernández, Rebelión

http://www.palestinalibre.org/articulo.php?a=53056

Más allá de la ocupación: A la búsqueda de un término para la política israelí con los palestinos

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Se sigue llamando Palestina

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Olivos. Camino de Hebrón a Beit Ummar. Foto: Tali Feld Gleiser.

Olivos. Camino de Hebrón a Beit Ummar. Foto: Tali Feld Gleiser.

Netanyahu nunca ha aceptado la solución de los dos Estados. Tampoco ahora.

Por Luz Gómez García.

La semana pasada Palestina vivió un momento esperanzador con la reunión, por primera vez desde 2007, de un Gobierno de unidad nacional y con su reconocimiento como Estado soberano por parte de Suecia, un país de peso en la ingeniería política internacional (distinta cosa, aunque también significativa, es la petición del Parlamento británico a su Gobierno para que reconozca a Palestina). Cohesión, trabajo en las instituciones internacionales y potenciación de la sociedad civil son los retos de la política palestina para los próximos tiempos.

Pero antes de poder escenificar su unidad, Palestina tuvo que sufrir en Gaza una ofensiva israelí cuyas causas no están del todo claras. Cuando a principios de julio el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, decidió lanzar el ataque, había varios factores que parecían empujarle a ello.

En primer lugar, el secuestro y asesinato del joven palestino Muhammad Abu Khdeir, quemado vivo a las afueras de Jerusalén a raíz del secuestro y asesinato de tres estudiantes de una yeshivacercana a Hebrón, había llegado a gozar de unos niveles de apoyo popular preocupantes. Tanto por la derecha como por la izquierda, a Netanyahu se le pidió que hiciera algo más que culpar a Hamás: o bien que vengara a los jóvenes asesinados, o bien que calmara los ánimos. Para el primer ministro israelí, la maniobra más segura era atacar Gaza.

En segundo lugar, uno de los asuntos que menos sale a la luz pública internacional es el estado de movilización y la tensión creciente en que vive la población palestina del Estado de Israel (en torno al 20%). En el último año se han aprobado una serie de leyes que discriminan aún más a los palestinos con ciudadanía israelí, como el Plan Prawer, que expropia a los beduinos del Néguev. Y lo más importante: se ha impulsado el proyecto para una Ley Fundamental que defina a Israel como un Estado judío. Entre junio y julio cerca de 600 palestinos, de ellos 180 menores, fueron detenidos en manifestaciones en demanda del fin de las políticas discriminatorias, lo cual supone la mayor campaña de arrestos masivos desde octubre de 2000, cuando comenzó la Segunda Intifada. Es este un escenario muy preocupante para el Gobierno israelí, pues uno de sus grandes temores es la concreción de una nueva Intifada, sobre todo si tiene a los palestinos israelíes como principales protagonistas.

Por último, el fracaso de las negociaciones de paz tampoco dejaba a Netanyahu en buen lugar: su consecuencia, la formación del Gobierno de unidad nacional palestino, ha contado con el beneplácito más o menos explícito de los aliados de Tel Aviv. Y ha venido a rebatir uno de los puntos fundamentales del argumentario israelí: que los palestinos no son un socio fiable para la paz porque no son capaces de ponerse de acuerdo entre ellos.

Uno de los asuntos que menos sale a la luz es la tensión creciente de los palestinos en Israel

Por todo ello atacar Gaza una vez más parecía una solución política: desviaba la atención, aunque solo fuera temporalmente, de esta acumulación de problemas. Pero el resultado fue el contrario del deseado. La popularidad de Netanyahu cayó del 82% a las dos semanas de comenzar la ofensiva al 38% un mes después.

Se pueden decir muchas cosas de Netanyahu, pero no que haya ocultado nunca sus intenciones sobre Palestina. Con más o menos tecnicismos, nunca ha aceptado la solución de los dos Estados. Tampoco ahora. En su discurso ante la Asamblea General de la ONU el 29 de septiembre no mencionó ni una vez al Estado palestino o las negociaciones y sí 15 veces al ISIS. El 11 de julio, tres días después de que comenzaran los bombardeos, negaba la posibilidad de un Estado palestino independiente. El conflicto de Gaza, dijo entonces, significa que “no puede haber una situación, bajo acuerdo alguno, en la cual nosotros renunciemos al control de la seguridad del territorio al oeste del río Jordán”, es decir, que Israel no renunciará a Cisjordania. Y aquí reside todo: si por Netanyahu fuera, el Estado palestino se reduciría a Gaza. Porque la anexión de Jerusalén oriental es un hecho, y la de Cisjordania, al ritmo actual de crecimiento de la colonización, es cuestión de unos años. Solo hay un problema: que con la tierra van los palestinos. Como ha dicho recientemente Hanan Ashrawi, diputada del Consejo Legislativo Palestino, “los palestinos creyeron un día en la solución de los dos Estados; hoy, de lo único que están seguros es de que no abandonarán su tierra”.

Si al primer ministro israelí la guerra de Gaza no le ha servido de mucho, y Hamás, en cierto modo, ya la había ganado por anticipado con la formación del Gobierno de unidad nacional, ¿les ha servido de algo a Israel o a Palestina? Responder a esta pregunta es entrar de lleno en el terreno de la otra guerra: la de narrativas.

Netanyahu, y con él buena parte de los israelíes, se resiste a encarar el futuro, y el Gobierno sigue aplicando recetas de otro tiempo:check-points, bloqueo, castigos colectivos, arrestos indiscriminados, confiscación de tierras. Los más sensatos llaman, como pedía el editorial del 1 de septiembre del diario Hareetz, a acabar con el bloqueo de Gaza por el bien general, pero son muy pocos quienes plantean un cambio de estrategia verdadero. Michel Warschawski, veterano activista, contaba hace unas semanas cómo el miedo a sus compatriotas empieza a cundir entre los pocos israelíes que se oponen a estas políticas y defienden un futuro conjunto palestino-israelí. En un mundo en que los equilibrios geoestratégicos se están recomponiendo, Israel necesita reinventarse, “desprovincializarse” que diría la filósofa norteamericana Judith Butler, si no quiere perder definitivamente la guerra de narrativas que viene librando con los palestinos desde los años setenta, cuando no desde la Nakba misma.

Para los israelíes, tras la fulgurante fundación del Estado en 1948 y su rápida consolidación, la guerra de 1967 supuso un cambio sustancial en la reivindicación de la continuidad histórica, cultural y racial del pueblo judío en que habían basado su derecho a construir un Estado en Palestina. Con la ocupación de Jerusalén Oriental, Cisjordania y Gaza, tanto o más importante que reivindicarse como nación comenzó a ser despojar a los palestinos de ese derecho, hasta el punto de acabar condicionando su relato al del pueblo cuya tierra habían arrebatado y cuya existencia habían negado. El historiador israelí Shlomo Sand denomina “ultraidentidad” a esta estrategia entregada a un pasado mítico para perpetuar un presente imposible, y la considera letal para la viabilidad democrática del Estado, incluso para el conjunto del judaísmo.

Israel necesita reinventarse si no quiere perder la guerra de narrativas

Tampoco los palestinos supieron librarse al principio de la trampa de someter la construcción de su relato a la lógica del ellos/nosotros, hasta el punto de casi perderse en el cruce de acusaciones sobre víctimas y verdugos. Arafat, en el célebre discurso de 1988 en Argel en que proclamó la independencia del Estado de Palestina en las fronteras de 1967, dio un vuelco inesperado a esa narrativa. Al mundo le sorprendió su reconocimiento de Israel y el proyecto político que enunció, pero mucho más revolucionario era el mensaje implícito sobre la identidad palestina. Se ha llegado a comentar si él mismo supo entenderlo, si no le superó la genialidad de los dos artífices de la Declaración de Independencia, el académico Edward Said y el poeta Mahmud Darwix. En cualquier caso, la fuerza de la dialéctica saidiana asentó un nuevo significado para el relato palestino: la identidad no es lo que se hereda, es lo que se lega, es tan cambiante como territorial y verbal. En un poema de 1986, Mahmud Darwix ya había reducido a lo esencial su punto de vista, en unas palabras tan sencillas que costará que haya paz si no se entienden: “Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina”.

Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/09/04/opinion/1409828481_473186.html

El eterno dilema del sionismo progresista

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 Por Ran Greenstein.

972mag   

Durante más de un siglo, los sionistas progresistas han intentado conciliar el humanismo universal con el nacionalismo sionista. Una revisión de dos pensadores prominentes que fracasaron.

1.- El eterno dilema del sionismo progresista

Una y otra vez ha surgido en los últimos meses la perspectiva de la muerte inminente del sionismo progresista, desde la inocua apología de Ari Shavit a las discusiones más sofisticadas de Jonathan Freedland en el New York Review of Books y Roger Cohen en el New York Times, culminando con el enfoque muy crítico de Antony Lerman , también en el Times .

Mientras que la guerra en Gaza cumplió un papel de sacudida, no es de ninguna manera un fenómeno nuevo. De hecho, ha sido una característica de los debates en el movimiento sionista desde su creación, lo que obligó a partidarios progresistas a elegir, en los momentos de crisis, entre sus valores universales y lealtades a las políticas étnicas. Históricamente, dejar caer el componente progresista ha sido la respuesta más común a tal dilema, con sólo unos pocos disidentes que optan por abandonar el sionismo.

Los argumentos principales utilizados en este tipo de debates poco han cambiado en los últimos años. Sería instructivo mirar un solo movimiento, como ejemplo del sionismo progresista en su tiempo. Brit Shalom, que funcionó entre 1925 y 1933 y fue conocido por su defensa del binacionalismo, experimentó tensiones entre sus amplios principios progresistas y las estrechas demandas del proyecto sionista. Estas se recapitularon en particular en la obra de su fundador, Arthur Ruppin, conocido como «el padre de los asentamientos judíos». Se debatía entre sus aliados sionistas laboristas, que conceptualizaron a Brit Shalom como «delirante» y sus colegas radicales que pedían un gobierno representativo en Palestina, en línea con los valores democráticos universales pero en contra de los deseos de la dirección sionista.

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Arthur Ruppin

 

Las preocupaciones de Ruppin, expresadas en sus diarios de finales de 1920 y principios de 1930, derivaban de los intereses contradictorios de los árabes y los judíos. Era imposible conciliar «la libre inmigración y el desarrollo libre económico y cultural para los judíos» -las condiciones esenciales para el sionismo– con los intereses de los residentes árabes de Palestina: «en cualquier lugar donde compramos tierra y la gente se asienta en ella, necesariamente requiere que los actuales agricultores queden excluidos del lugar, ya sean propietarios o inquilinos». Más aún, el principio del trabajo hebreo era «en concordancia con nuestros intereses nacionales», que «priva a los habitantes árabes de los salarios que solían percibir». Por lo tanto, se hizo imposible «convencer racionalmente a los árabes de que nuestros intereses son compatibles». Dada la situación, los árabes, como una mayoría en el país «se aprovecharía de los derechos que les reconoce la Constitución para impedir cualquier avance económico de la minoría judía», por lo tanto «acabarían con el movimiento sionista».

El dilema de Ruppin se intensificó en los momentos de conflicto agudo, a continuación de los disturbios de 1929. Violentos enfrentamientos entre visiones nacionalistas excluyentes lo llevaron a distanciarse de Brit Shalom y su binacionalismo. Su conclusión fue sombría: «hay que reconocer que en toda nuestra historia de las relaciones con los árabes no hemos hecho un esfuerzo por encontrar una fórmula que satisfaga no sólo a los intereses esenciales de los judíos, sino también a los intereses esenciales de los árabes». Paradójicamente, esto significaba: «Lo que podemos conseguir (de los árabes)- nosotros no necesitamos, y lo que necesitamos – no podemos conseguirlo. A lo sumo, lo que los árabes están dispuestos a darnos son los derechos de una minoría nacional judía en un Estado árabe, similar a los derechos de las [minorías] nacionales de Europa del Este».

El problema de eso, continuó, era que no se podían garantizar los derechos de las minorías:

“El destino de la minoría judía en Palestina dependerá para siempre de la buena voluntad de la mayoría árabe que sustenta el poder. Tal acuerdo definitivamente no va a satisfacer a los judíos de Europa del Este que son la mayoría de los sionistas; por el contrario, esto disminuiría su entusiasmo por el sionismo y por Palestina. Un sionismo dispuesto a llegar a un acuerdo de este tipo con los árabes [quedando los judíos en minoría permanente en el país] perderá el apoyo de los judíos de Europa del Este y pronto se convertiría en sionismo sin sionistas.

¿Qué se podría hacer entonces? En opinión de Ruppin, utilizando un lenguaje que se hace eco de todo el camino hasta el presente:

En la actualidad ninguna negociación con los árabe permitirá avances, ya que los árabes todavía esperan ser capaces de deshacerse de nosotros… no es negociación, pero el desarrollo de Palestina para aumentar nuestro cupo de población, y para fortalecer nuestro poder económico, podría conducir a la reducción de las tensiones. Llegado el momento y cuando los árabes se den cuenta de que no están en condiciones de concedernos lo que necesitamos, deberán reconocer la realidad tal como es, el peso de los hechos sobre el terreno dará lugar a la reducción de las tensiones… Puede ser una verdad amarga, pero es la verdad.

Las palabras de Ruppin de 1936 ilustran la lógica de imponer «hechos sobre el terreno» y la construcción de un «Muro de hierro» (en palabras infames de Jabotinsky) para disuadir a la oposición árabe, una lógica que continúa dando forma a la política de Israel en la actualidad. Pero, es importante tener en cuenta que no todos los activistas progresistas se movieron en la misma dirección. Un ejemplo contrario es el de Hans Kohn, quien rompió con el movimiento sionista y eventualmente dejó Brit Shalom tras el levantamiento de 1929.

Kohn identificaba el sionismo como un «movimiento moral y espiritual» compatible con su posición pacifista y antiimperialista. Se le hizo cada vez más difícil mantener este enfoque junto a la línea sionista oficial. Los árabes llevaron a cabo los levantamientos de 1929, según contó en su correspondencia privada, que «perpetraron todos los actos de barbarie característicos de una revuelta colonial». Pero fueron motivados por una causa profunda:

 “Hemos estado en Palestina durante 12 años [desde la Declaración de Balfour de 1917] sin hacer siquiera una vez un intento serio de la búsqueda del consentimiento a través de negociaciones con los pueblos originarios. Hemos confiado exclusivamente en la fuerza militar de Gran Bretaña. Nos hemos fijado metas que, por su propia naturaleza, tenían que llevar a un conflicto con los árabes. Deberíamos haber reconocido que estos objetivos serían la causa, la causa justa, de un levantamiento nacional contra nosotros.

Esta actitud significó que: «durante 12 años hemos fingido que los árabes no existían y nos alegrábamos cuando no recordábamos su existencia. Sin el consentimiento de los árabes locales, la existencia judía en Palestina podría llegar a ser posible sólo «en primer lugar con la ayuda británica y después con la ayuda de nuestras bayonetas… Pero para ese momento no vamos a ser capaces de ser sin las bayonetas. Los medios han determinado los objetivos. La Palestina judía ya no tendrá nada del Sión al que me uní».

La principal preocupación de Kohn fue el desarrollo del sionismo en «el ala militante-reaccionaria del judaísmo». Kohn sentía que sus colegas no estaban dispuestos a dar un decisivo paso congruente con sus valores que los llevarían lejos de las prácticas sionistas, como la «inconmensurable barbarie» de desalojar a los inquilinos de sus tierras, dirigido por gente como Ruppin. En su lugar, Brit Shalom había formulado propuestas de paz nobles desconectadas de la realidad concreta y omitía los verdaderos problemas. Esto «envuelto en sí mismo en una nube de ingenuidad» sin impacto público. Bajo estas circunstancias, Kohn no vio ninguna razón para continuar su pertenencia al movimiento.

Ruppin y Kohn ofrecen soluciones opuestas al mismo dilema: la dificultad de conciliar el humanismo universal con el nacionalismo sionista. Cuando estalló la crisis, Ruppin eligió el nacionalismo mientras Kohn eligió el universalismo. Otros activistas progresistas seguían creyendo que no había contradicción inherente entre los dos conjuntos de principios, pero su impacto disminuyó. A pesar de que formularon una alternativa conceptual sólida orientada a ser incorporada a la corriente principal del sionismo, no pudieron ir más allá de limitados círculos intelectuales judíos y no ganaron apoyo árabe alguno. ¿Por qué? Se pueden sugerir algunas razones:

Antes de 1948, los sionistas progresistas trabajaron en el segmento del pueblo judío menos dispuesto a apoyar la integración. Los judíos felices de convivir con los no judíos como iguales o desinteresados de la soberanía política se quedaron en sus países de origen o se trasladaron a otros destinos que les permitieron larga y próspera vida sin preocuparse de la política y el nacionalismo, como los EE.UU. o Argentina. Por razones prácticas, el enfoque sionista progresista en Palestina fue socavado aún más por la ausencia de una fuerza equivalente en la población árabe. Muchos judíos consideraron que era como ofrecer concesiones unilaterales que no fueron correspondidas y por lo tanto inútiles.

Entonces, ¿por qué no se correspondió? El liderazgo árabe palestino rechazó los compromisos ofrecidos por los sionistas progresistas ya que temía que cualquier concesión a la legitimidad de la presencia política judía en el país socavaría su propia posición de negociación sin poner freno al avance expansivo del proyecto de asentamientos judíos. Esto era una realidad, ya que los progresistas eran una minoría en la comunidad judía. Los posibles acuerdos con ellos no eran vinculantes para las fuerzas dominantes en el movimiento sionista, que continuó con su propia agenda.

Además, no era más mortífero para la iniciativa de los judíos que hacer concesiones que el sentido de la hostilidad árabe continuaría sin disminuir, independientemente de los compromisos políticos. En particular, los ataques armados contra comunidades integradas locales, como ocurrió en 1929 en Hebrón y Safed, reforzaron la solidaridad judía interna, socavó la disidencia, y creó un ambiente militante y militarista que hizo que la perspectiva de diálogos políticos fructíferos fueran cada vez más remotas.

Tal vez y lo más crucial, en retrospectiva, fue que las respuestas de un lado moldearon las respuestas de la otra parte. Los nacionalistas pudieron embarcarse unilateralmente en su propio curso de acción, pero los progresistas no pudieron. Los potenciales socios árabes respondieron no sólo a los que los progresistas sionistas dijeron o hicieron, sino que también – tal vez sobre todo – a lo que las fuerzas principales en el lado judío dijeron e hicieron. Esto reforzó la desventaja estructural de los progresistas: colaboraron las tendencias dominantes en ambos campos nacionalistas, por así decirlo, en la polarización creciente de los partícipes del conflicto. Esto benefició a los que, en cada parte, instaban a la acción unilateral y debilitó a los que abogaban por la consideración mutua.

 2.- Las numerosas negaciones del sionismo progresista

Desde sus orígenes hasta hoy, el sionismo progresista ha sido incapaz de integrar las políticas israelíes de despojo y control militar con la imagen de un Estado democrático. ¿Es sólo una cuestión de semántica o es inherente a la ideología? La segunda parte del análisis de Ran Greenstein.

Como se discutió en la primera parte de este artículo, los sionistas progresistas como Arthur Ruppin y Hans Kohn respondieron de maneras divergentes al reto de conciliar los valores universales amplios con los estrechos objetivos sionistas. Lo que ellos comparten con otros activistas e intelectuales, sin embargo, fue la realización plena de los costos involucrados en sus elecciones. Este no es el caso para la mayoría de los actuales progresistas israelíes, que toman el periodo posterior a 1948 y el Nakba como realidades en el terreno, como el punto de partida para mirar el conflicto palestino-israelí.

Una forma de ver los dilemas que enfrenta el sionismo progresista hoy es a través de la noción de la negación, o la negativa a reconocer el contexto histórico, que continúa dando forma a nuestra escena política. Este contexto refleja procesos a largo plazo y puede ser degradado por las fechas clave con la que se asocian estos procesos. En cada caso se construyó sobre las tendencias existentes para poner en marcha una nueva ronda de la evolución que dio forma al período posterior. Veamos cada uno de ellos y discutimos sus implicaciones.

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Un grupo de israelíes participa en una protesta pidiendo negociaciones de paz entre Israel y Palestina, Tel Aviv, el 16 de agosto de 2014. Miles de manifestantes se reunieron el sábado en una manifestación a favor de la paz bajo el lema «Cambio de dirección: hacia la paz, lejos de la guerra” (Foto: Activestills)

La negación de 1917

Este fue el año de la Declaración Balfour, que aseguró el apoyo británico a la búsqueda del movimiento sionista para establecer «un hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina, basado en el entendimiento de que «no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y derechos religiosos de las comunidades no judías existentes» en el país. Se puso en marcha un proceso de inmigración masiva de judíos al país y la reconstrucción de la comunidad judía como una entidad política independiente, en su camino hacia la condición de Estado independiente. También dio lugar a la formación de un movimiento nacional palestino-árabe, que se opuso a la inmigración y la adquisición de tierras por parte de judíos y exigió un gobierno democrático basado en el control de la mayoría. El creciente conflicto entre estas fuerzas mutuamente excluyentes condujo a la guerra de 1947 a 1948, la Nakba y la creación del Estado de Israel.

Los sionistas progresistas niegan que la Declaración Balfour fuera ilegítima desde la perspectiva de los residentes árabes del país, hasta entonces la mayoría indiscutida de la población. Los británicos subordinaron su perspectiva de la independencia a la de un nuevo grupo de inmigrantes y facilitaron la creación de una zona de exclusión social y económica en constante crecimiento, que estaba prohibida para todos los palestinos (como los derechos inherentes de los residentes, empleados y arrendatarios). Su respuesta natural fue de resistencia. Es difícil pensar en un único grupo de indígenas en la historia que reaccionaran de manera diferente a una situación similar. Sin embargo, a la visión sionista progresista le resulta imposible contemplar esta realidad básica, ya que plantearía preguntas acerca de los asentamientos, la colonización y el despojo, y los derechos de los originarios, que no pueden ser respondidas fácilmente dentro de su paradigma.

La negación de 1947

La resolución de las Naciones Unidas de la partición de Palestina en estados, árabe y judío, fue apoyada por el movimiento sionista y la mayoría de los judíos y rechazada por la mayoría de los árabes (en Palestina y en otros lugares). Una de las creencias fundamentales del sionismo progresista es que estas actitudes reflejan la lógica del compromiso, que fue adoptado por el sionismo históricamente, pero fue abandonada después de 1967 y en la actualidad necesita restaurarse. Por el contrario, los árabes adoptaron una posición de rechazo que minó sus posibilidades de obtener la independencia entonces y desde entonces.

¿De qué manera esta forma de ver las cosas en 1947 equivale a una denegación? Vista desde la perspectiva del tiempo, la resolución de partición era desigual. Se concedió un territorio a la comunidad judía que no poseía y se tomó el territorio de la comunidad árabe que poseía. Se esperaba que 10.000 judíos –el 1,6% del total de los judíos- vivieran como una minoría en la zona asignada al Estado árabe mientras que en la parte judía habitaban 400.000 árabes, o sea el 33% del total de la población. A los judíos se les asignó el 56% del territorio mientras a los árabes, dos tercios de la población, se les asignó sólo el 44%.

Más allá de los detalles específicos de la resolución, que dio un sello de aprobación a un proceso que había visto a los palestinos perder su dominación demográfica y territorial de forma abrumadora, incapaces de bloquear el rápido crecimiento de la comunidad judía organizada y marginados en su propia patria. Rechazar la partición no condujo a un resultado positivo para ellos, pero no pudieron ponerse de acuerdo rescatar grandes porciones de su país, entregado a un grupo de personas a quienes consideraban como invitados no deseados, la mayoría de los cuales habían estado allí por menos de una generación. Que el principal líder de la comunidad judía en el momento había construido su carrera en la oposición a compartir la tierra, el empleo y la residencia con los árabes locales, no ayuda a construir la confianza en un futuro bajo la dominación judía o al lado de un estado judío en expansión.

 Ruins of Palestinian village depopulated in the Nakba, Lifta, Is

 Un judío ultraortodoxo camina en la aldea palestina despoblada de Lifta, situada a las afueras de Jerusalén Occidental, Israel, el 4 de marzo de 2014. Durante la Nakba, los residentes de Lifta huyeron de los ataques de las milicias sionistas a partir de diciembre de 1947, que tuvo como resultado la evacuación completa de la aldea en febrero de 1948 (Foto: Ryan Rodrick Beiler / Activestills.org)

La Nakba que siguió a la resolución de partición era, en cierto sentido, una profecía autocumplida. La limpieza étnica fue tanto un resultado de las acciones de las fuerzas sionistas que pusieron en marcha los planes para la creación de un territorio judío defendible contiguo, como a las reacciones de los palestinos, a veces anticipatorias, a la violenta expulsión huyendo de las fuerzas militares que avanzaban. El punto crucial es que independientemente de las circunstancias de su salida o su participación en los eventos (como militantes o residentes pacíficos que fueron expulsados de forma pasiva o activamente huyeron de sus hogares), a todos los que se convirtieron en refugiados en 1947/48 se les negó el reingreso en el nuevo Estado de Israel. El resultado fue más que el desplazamiento de gran número de personas, también la destrucción de toda una sociedad.

El paradigma sionista progresista puede digerir estos eventos sólo como el resultado trágico y, en última instancia, de la búsqueda de la autodeterminación nacional judía. Sin embargo, que esa búsqueda haya transformado el conflicto en una lucha por la liberación de un pueblo y sus derechos, por siempre marcado por el imperativo de corregir el «pecado original» de la desposesión, no lo pueden considerar. Más bien, no insistiremos en vivir en el pasado, sigamos adelante con nuestras vidas y esperemos el «síndrome del salmón», usando terrible frase de Ehud Barak, para defenestrarlos.

La negación de 1967

Es sólo con la guerra de 1967 y sus secuelas que el sionismo progresista realmente entró en su propia contradicción. Merece el crédito de haberse opuesto a la ocupación, los asentamientos y la anexión que se vienen dando desde hace décadas. ¿Es justo entonces cargar con la negación? La respuesta es sí y veamos por qué.

La postura progresista contra la ocupación sufre de su negativa de considerar el contexto histórico de 1967, al ver la guerra como una aberración, una fuerza disruptiva que cambió la democracia poco igualitaria de Israel en un Estado opresivo de derechas dominado por los colonos mesiánicos. De este cuadro desaparece la realidad de que antes de 1967 Israel era un Estado opresor que excluía a quienes estaban al margen de la corriente principal: los refugiados palestinos cuya presencia física y política fue negada; los ciudadanos palestinos que estaban presentes físicamente, estaban ausentes de la ciudadanía de pleno derecho; estaban bajo régimen militar y de la expropiación masiva de sus tierras; también desaparecen los judíos orientales que recibieron los derechos políticos pero se los mantuvo social y culturalmente marginados.

 occupationEl ministro de Defensa israelí Moshe Dayan, el jefe del Estado Mayor Yitzhak Rabin, el general Rehavam Zeevi (derecha) y el general Uzi Narkis caminan por la Ciudad Vieja de Jerusalén el 7 de junio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días. (Foto por GPO / Ilan Bruner)

Las prácticas de exclusión desarrolladas en el período previo a la guerra de 1967 (en algunos casos los métodos secretos de la adquisición de tierras y el despojo, aún en el período pre-48), se extendieron a los territorios ocupados con algunas modificaciones importantes. La limpieza étnica y la destrucción masiva de aldeas en 1948 no se repitieron en la misma escala en 1967 (aunque unas 300.000 personas huyeron o fueron expulsadas ​​de los territorios recién ocupados a los países vecinos, muchas de ellas ya refugiadas de 1948). A los residentes de los territorios se les permitía trabajar en Israel, pero se les negaron los derechos civiles y políticos. La tierra fue confiscada (y se sigue confiscando) pero a una escala más pequeña que las expropiaciones a los ciudadanos palestinos en la era post-48 de Israel.

El sistema de control resultante es único. Sin embargo, muestra muchas semejanzas familiares a otras prácticas israelíes opresivas que se aplicaron -en diversos grados- a diferentes grupos de palestinos. Es el rechazo del sionismo progresista a ver la continuidad de esas prácticas, así como los vínculos que se forman dentro de la lógica común de la exclusión, lo que constituye la negación. Una lucha contra la ocupación, que la considera una mera disputa territorial, y se niega a considerar sus fundamentos ideológicos e históricos -lo que Meron Benvenisti refiere como el «código genético» de la colonización sionista- está condenada al fracaso.

La negación de 1987

Y sin embargo hubo un período de tiempo en el que el sionismo progresista parecía estar ganando. Con la Primera Intifada de 1987 y los procesos que facilitó y que culminó con los acuerdos de Oslo de 1993, el conocimiento de la ocupación y el apoyo a su terminación se encontraban en su punto más alto. Era sólo una cuestión de tiempo para que se completara el proceso de retirada de Israel, algo en lo que creyeron muchos progresistas y que llegaría la genuina solución de dos Estados.

BTS Soldados israelíes registran a un palestino en un puesto de control del ejército israelí. (Foto: Rompiendo el silencio)

Como aprendimos en los años siguientes, esta expectativa generalizada no se materializó. En lugar de llegar a su fin, la ocupación fue tomando cuerpo directa o indirectamente en el Gobierno, transfiriendo la responsabilidad al bienestar de sus súbditos y excluyendo aún más a los palestinos de toda participación en los derechos y los recursos asociados a la ciudadanía. Mientras Israel afianzaba su control sobre el territorio y los recursos materiales (terrenos agrícolas y residenciales, el agua y así sucesivamente), la Palestina ocupada se enfrentó más que nunca a restricciones más graves a su movimiento, a su organización política y a su capacidad de manejar sus vidas.

Lo que fue presentado hasta entonces como un Gobierno militar temporal por razones de seguridad, se ha endurecido en un modo de gobierno que combina la incorporación permanente de la tierra y los recursos para uso de las autoridades militares y civiles, provisiones exclusivamente para los colonos judíos, con la exclusión permanente de los residentes indígenas como ciudadanos portadores de derechos. En otras palabras, un sistema análogo al apartheid que consagra radicalmente diferentes niveles de acceso a los derechos y recursos basados ​​en distinciones étnicas y religiosas.

Como era de esperar, la respuesta de los sionistas progresistas se ha caracterizado, una vez más, por la negación. En lugar de entender las nuevas realidades y desarrollar estrategias adecuadas que tengan en cuenta los cambios en los modos de gobierno, los patrones de asentamiento y las condiciones demográficas continúan recitandor en vano el mantra de la separación de los judíos y árabes en sus propios estados.

settlementwallUna activista pone una bandera palestina en el muro de separación frente al asentamiento de Modi’in Illit (Foto: Anne Paq / Activestills.org)

El hecho de que el conflicto ya no pueda verse con un mero carácter territorial (si es que alguna vez fue así) no hace ninguna diferencia notable. Todos los cambios se difieren eternamente a un futuro indeterminado, cuando los judíos se conviertan en una minoría (como si el dominio del 51% de la población sobre el otro 49% fuera más legítimo que al revés), cuando Israel tenga que elegir entre su aspecto «democrático» el «judío» (como si gobernar durante medio siglo sobre millones de personas a quienes se niegan los derechos políticos no hubieran decidido el asunto ya), cuando la perspectiva de una solución de dos Estados ya no es viable (como si los 20 años de diplomacia fútil, durante los cuales se consolidó la ocupación no fueran suficientes), cuando la oportunidad de una solución negociada está cerrada (como si fuera que aún está disponible).

¿Cuál es la esencia, entonces, de la negación del sionismo progresista? Es el rechazo a reconocer cualquier cosa que diferencie el conflicto palestino-israelí de los conflictos territoriales «normales»: los orígenes coloniales del asentamiento inicial, el despojo de 1948, la lógica histórica de la exclusión, el carácter permanente de la ocupación «temporal». Mientras nuestros publicitados sionistas progresistas continúen ignorando estos cimientos del conflicto, sus fingidas llamadas angustiadas a un cambio de política en el terreno moral permanecerán poco más que retórica vacía.

Ran Greenstein es profesor asociado en la Universidad de Witwatersrand, Johannesburgo. Su libro Zionism and its Discontents: A Century of Radical Dissent in Israel/Palestine será publicado por Pluto Press, Reino Unido, en octubre de 2014.

Fuente Primera parte: http://972mag.com/the-perennial-dilemma-of-progresista-zionism/97076/  

Segunda parte: http://972mag.com/the-many-denials-of-progresista-zionism/97393/

Traducido del inglés para Rebelión por J. M. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=190818

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