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Repudio a homenaje de los 70 años de limpieza étnica y apartheid

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70 Años de Apartheid
70 Años de Masacre Continuada

Este 28 de abril, la Ciudad de Montevideo, a través de la Orquesta Filarmónica, homenajeará al estado de israel en el Teatro Solís, en el 70 aniversario de su creación.

Como montevideanos y montevideanas, sentimos vergüenza ante este homenaje, justo en momentos en que la represión del ejército sionista sobre el pueblo palestino ha cobrado tantas muertes de hombres, mujeres y niñxs.
Desde el comienzo de la Gran Marcha por el Retorno el 30 de marzo, son 41 los asesinados por Israel, quedando heridas más de 3500 personas. Lee el resto de esta entrada

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Nota de solidaridad con el pueblo palestino

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El Portal Desacato y Los Otros Judíos se unen al día de luto por la masacre que cometieron ayer 30 de marzo las fuerzas de ocupación de Israel. hasta ahora, 16 palestinos murieron, 15 de ellos asesinados durante las multitudinarias manifestaciones por el Día de la Tierra Palestina, en el marco de la Gran Marcha del Retorno, realizada en la Franja de Gaza. La otra víctima fue un agricultor asesinado de madrugada, antes del comienzo de la Marcha, mientras trabajaba en sus tierras. 100 francotiradores israelíes estaban desplegados del otro lado de la valla que separa Gaza, listos para matar y aplastar la marcha pacífica. Drones tiraron gases lacrimógenos y no hubo contemplación con nadie: jóvenes, niños, niñas, todos fueron reprimidos a sangre fría. Hubo más de 1.400 heridos.

Todas las facciones políticas palestinas de la Franja fueron las organizadoras de esa Gran Marcha, que durará 45 días, hasta el 70 aniversario de la Nakba. Porque hace 70 años que el pueblo palestino exige que el Derecho al Retorno, garantizado por el Derecho  internacional, sea cumplido por Israel y la presión de la comunidade internacional, que continúa callando. Y hace más de 70 años que el pueblo palestino resiste y defiende su tierra.

+Gran Marcha del Retorno en el Día de la Tierra Palestina

@losotrosjudios

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El eterno dilema del sionismo progresista

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 Por Ran Greenstein.

972mag   

Durante más de un siglo, los sionistas progresistas han intentado conciliar el humanismo universal con el nacionalismo sionista. Una revisión de dos pensadores prominentes que fracasaron.

1.- El eterno dilema del sionismo progresista

Una y otra vez ha surgido en los últimos meses la perspectiva de la muerte inminente del sionismo progresista, desde la inocua apología de Ari Shavit a las discusiones más sofisticadas de Jonathan Freedland en el New York Review of Books y Roger Cohen en el New York Times, culminando con el enfoque muy crítico de Antony Lerman , también en el Times .

Mientras que la guerra en Gaza cumplió un papel de sacudida, no es de ninguna manera un fenómeno nuevo. De hecho, ha sido una característica de los debates en el movimiento sionista desde su creación, lo que obligó a partidarios progresistas a elegir, en los momentos de crisis, entre sus valores universales y lealtades a las políticas étnicas. Históricamente, dejar caer el componente progresista ha sido la respuesta más común a tal dilema, con sólo unos pocos disidentes que optan por abandonar el sionismo.

Los argumentos principales utilizados en este tipo de debates poco han cambiado en los últimos años. Sería instructivo mirar un solo movimiento, como ejemplo del sionismo progresista en su tiempo. Brit Shalom, que funcionó entre 1925 y 1933 y fue conocido por su defensa del binacionalismo, experimentó tensiones entre sus amplios principios progresistas y las estrechas demandas del proyecto sionista. Estas se recapitularon en particular en la obra de su fundador, Arthur Ruppin, conocido como “el padre de los asentamientos judíos”. Se debatía entre sus aliados sionistas laboristas, que conceptualizaron a Brit Shalom como “delirante” y sus colegas radicales que pedían un gobierno representativo en Palestina, en línea con los valores democráticos universales pero en contra de los deseos de la dirección sionista.

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Arthur Ruppin

 

Las preocupaciones de Ruppin, expresadas en sus diarios de finales de 1920 y principios de 1930, derivaban de los intereses contradictorios de los árabes y los judíos. Era imposible conciliar “la libre inmigración y el desarrollo libre económico y cultural para los judíos” -las condiciones esenciales para el sionismo– con los intereses de los residentes árabes de Palestina: “en cualquier lugar donde compramos tierra y la gente se asienta en ella, necesariamente requiere que los actuales agricultores queden excluidos del lugar, ya sean propietarios o inquilinos”. Más aún, el principio del trabajo hebreo era “en concordancia con nuestros intereses nacionales”, que “priva a los habitantes árabes de los salarios que solían percibir”. Por lo tanto, se hizo imposible “convencer racionalmente a los árabes de que nuestros intereses son compatibles”. Dada la situación, los árabes, como una mayoría en el país “se aprovecharía de los derechos que les reconoce la Constitución para impedir cualquier avance económico de la minoría judía”, por lo tanto “acabarían con el movimiento sionista”.

El dilema de Ruppin se intensificó en los momentos de conflicto agudo, a continuación de los disturbios de 1929. Violentos enfrentamientos entre visiones nacionalistas excluyentes lo llevaron a distanciarse de Brit Shalom y su binacionalismo. Su conclusión fue sombría: “hay que reconocer que en toda nuestra historia de las relaciones con los árabes no hemos hecho un esfuerzo por encontrar una fórmula que satisfaga no sólo a los intereses esenciales de los judíos, sino también a los intereses esenciales de los árabes”. Paradójicamente, esto significaba: “Lo que podemos conseguir (de los árabes)- nosotros no necesitamos, y lo que necesitamos – no podemos conseguirlo. A lo sumo, lo que los árabes están dispuestos a darnos son los derechos de una minoría nacional judía en un Estado árabe, similar a los derechos de las [minorías] nacionales de Europa del Este”.

El problema de eso, continuó, era que no se podían garantizar los derechos de las minorías:

“El destino de la minoría judía en Palestina dependerá para siempre de la buena voluntad de la mayoría árabe que sustenta el poder. Tal acuerdo definitivamente no va a satisfacer a los judíos de Europa del Este que son la mayoría de los sionistas; por el contrario, esto disminuiría su entusiasmo por el sionismo y por Palestina. Un sionismo dispuesto a llegar a un acuerdo de este tipo con los árabes [quedando los judíos en minoría permanente en el país] perderá el apoyo de los judíos de Europa del Este y pronto se convertiría en sionismo sin sionistas.

¿Qué se podría hacer entonces? En opinión de Ruppin, utilizando un lenguaje que se hace eco de todo el camino hasta el presente:

En la actualidad ninguna negociación con los árabe permitirá avances, ya que los árabes todavía esperan ser capaces de deshacerse de nosotros… no es negociación, pero el desarrollo de Palestina para aumentar nuestro cupo de población, y para fortalecer nuestro poder económico, podría conducir a la reducción de las tensiones. Llegado el momento y cuando los árabes se den cuenta de que no están en condiciones de concedernos lo que necesitamos, deberán reconocer la realidad tal como es, el peso de los hechos sobre el terreno dará lugar a la reducción de las tensiones… Puede ser una verdad amarga, pero es la verdad.

Las palabras de Ruppin de 1936 ilustran la lógica de imponer “hechos sobre el terreno” y la construcción de un “Muro de hierro” (en palabras infames de Jabotinsky) para disuadir a la oposición árabe, una lógica que continúa dando forma a la política de Israel en la actualidad. Pero, es importante tener en cuenta que no todos los activistas progresistas se movieron en la misma dirección. Un ejemplo contrario es el de Hans Kohn, quien rompió con el movimiento sionista y eventualmente dejó Brit Shalom tras el levantamiento de 1929.

Kohn identificaba el sionismo como un “movimiento moral y espiritual” compatible con su posición pacifista y antiimperialista. Se le hizo cada vez más difícil mantener este enfoque junto a la línea sionista oficial. Los árabes llevaron a cabo los levantamientos de 1929, según contó en su correspondencia privada, que “perpetraron todos los actos de barbarie característicos de una revuelta colonial”. Pero fueron motivados por una causa profunda:

 “Hemos estado en Palestina durante 12 años [desde la Declaración de Balfour de 1917] sin hacer siquiera una vez un intento serio de la búsqueda del consentimiento a través de negociaciones con los pueblos originarios. Hemos confiado exclusivamente en la fuerza militar de Gran Bretaña. Nos hemos fijado metas que, por su propia naturaleza, tenían que llevar a un conflicto con los árabes. Deberíamos haber reconocido que estos objetivos serían la causa, la causa justa, de un levantamiento nacional contra nosotros.

Esta actitud significó que: “durante 12 años hemos fingido que los árabes no existían y nos alegrábamos cuando no recordábamos su existencia. Sin el consentimiento de los árabes locales, la existencia judía en Palestina podría llegar a ser posible sólo “en primer lugar con la ayuda británica y después con la ayuda de nuestras bayonetas… Pero para ese momento no vamos a ser capaces de ser sin las bayonetas. Los medios han determinado los objetivos. La Palestina judía ya no tendrá nada del Sión al que me uní”.

La principal preocupación de Kohn fue el desarrollo del sionismo en “el ala militante-reaccionaria del judaísmo”. Kohn sentía que sus colegas no estaban dispuestos a dar un decisivo paso congruente con sus valores que los llevarían lejos de las prácticas sionistas, como la “inconmensurable barbarie” de desalojar a los inquilinos de sus tierras, dirigido por gente como Ruppin. En su lugar, Brit Shalom había formulado propuestas de paz nobles desconectadas de la realidad concreta y omitía los verdaderos problemas. Esto “envuelto en sí mismo en una nube de ingenuidad” sin impacto público. Bajo estas circunstancias, Kohn no vio ninguna razón para continuar su pertenencia al movimiento.

Ruppin y Kohn ofrecen soluciones opuestas al mismo dilema: la dificultad de conciliar el humanismo universal con el nacionalismo sionista. Cuando estalló la crisis, Ruppin eligió el nacionalismo mientras Kohn eligió el universalismo. Otros activistas progresistas seguían creyendo que no había contradicción inherente entre los dos conjuntos de principios, pero su impacto disminuyó. A pesar de que formularon una alternativa conceptual sólida orientada a ser incorporada a la corriente principal del sionismo, no pudieron ir más allá de limitados círculos intelectuales judíos y no ganaron apoyo árabe alguno. ¿Por qué? Se pueden sugerir algunas razones:

Antes de 1948, los sionistas progresistas trabajaron en el segmento del pueblo judío menos dispuesto a apoyar la integración. Los judíos felices de convivir con los no judíos como iguales o desinteresados de la soberanía política se quedaron en sus países de origen o se trasladaron a otros destinos que les permitieron larga y próspera vida sin preocuparse de la política y el nacionalismo, como los EE.UU. o Argentina. Por razones prácticas, el enfoque sionista progresista en Palestina fue socavado aún más por la ausencia de una fuerza equivalente en la población árabe. Muchos judíos consideraron que era como ofrecer concesiones unilaterales que no fueron correspondidas y por lo tanto inútiles.

Entonces, ¿por qué no se correspondió? El liderazgo árabe palestino rechazó los compromisos ofrecidos por los sionistas progresistas ya que temía que cualquier concesión a la legitimidad de la presencia política judía en el país socavaría su propia posición de negociación sin poner freno al avance expansivo del proyecto de asentamientos judíos. Esto era una realidad, ya que los progresistas eran una minoría en la comunidad judía. Los posibles acuerdos con ellos no eran vinculantes para las fuerzas dominantes en el movimiento sionista, que continuó con su propia agenda.

Además, no era más mortífero para la iniciativa de los judíos que hacer concesiones que el sentido de la hostilidad árabe continuaría sin disminuir, independientemente de los compromisos políticos. En particular, los ataques armados contra comunidades integradas locales, como ocurrió en 1929 en Hebrón y Safed, reforzaron la solidaridad judía interna, socavó la disidencia, y creó un ambiente militante y militarista que hizo que la perspectiva de diálogos políticos fructíferos fueran cada vez más remotas.

Tal vez y lo más crucial, en retrospectiva, fue que las respuestas de un lado moldearon las respuestas de la otra parte. Los nacionalistas pudieron embarcarse unilateralmente en su propio curso de acción, pero los progresistas no pudieron. Los potenciales socios árabes respondieron no sólo a los que los progresistas sionistas dijeron o hicieron, sino que también – tal vez sobre todo – a lo que las fuerzas principales en el lado judío dijeron e hicieron. Esto reforzó la desventaja estructural de los progresistas: colaboraron las tendencias dominantes en ambos campos nacionalistas, por así decirlo, en la polarización creciente de los partícipes del conflicto. Esto benefició a los que, en cada parte, instaban a la acción unilateral y debilitó a los que abogaban por la consideración mutua.

 2.- Las numerosas negaciones del sionismo progresista

Desde sus orígenes hasta hoy, el sionismo progresista ha sido incapaz de integrar las políticas israelíes de despojo y control militar con la imagen de un Estado democrático. ¿Es sólo una cuestión de semántica o es inherente a la ideología? La segunda parte del análisis de Ran Greenstein.

Como se discutió en la primera parte de este artículo, los sionistas progresistas como Arthur Ruppin y Hans Kohn respondieron de maneras divergentes al reto de conciliar los valores universales amplios con los estrechos objetivos sionistas. Lo que ellos comparten con otros activistas e intelectuales, sin embargo, fue la realización plena de los costos involucrados en sus elecciones. Este no es el caso para la mayoría de los actuales progresistas israelíes, que toman el periodo posterior a 1948 y el Nakba como realidades en el terreno, como el punto de partida para mirar el conflicto palestino-israelí.

Una forma de ver los dilemas que enfrenta el sionismo progresista hoy es a través de la noción de la negación, o la negativa a reconocer el contexto histórico, que continúa dando forma a nuestra escena política. Este contexto refleja procesos a largo plazo y puede ser degradado por las fechas clave con la que se asocian estos procesos. En cada caso se construyó sobre las tendencias existentes para poner en marcha una nueva ronda de la evolución que dio forma al período posterior. Veamos cada uno de ellos y discutimos sus implicaciones.

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Un grupo de israelíes participa en una protesta pidiendo negociaciones de paz entre Israel y Palestina, Tel Aviv, el 16 de agosto de 2014. Miles de manifestantes se reunieron el sábado en una manifestación a favor de la paz bajo el lema “Cambio de dirección: hacia la paz, lejos de la guerra” (Foto: Activestills)

La negación de 1917

Este fue el año de la Declaración Balfour, que aseguró el apoyo británico a la búsqueda del movimiento sionista para establecer “un hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, basado en el entendimiento de que “no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y derechos religiosos de las comunidades no judías existentes” en el país. Se puso en marcha un proceso de inmigración masiva de judíos al país y la reconstrucción de la comunidad judía como una entidad política independiente, en su camino hacia la condición de Estado independiente. También dio lugar a la formación de un movimiento nacional palestino-árabe, que se opuso a la inmigración y la adquisición de tierras por parte de judíos y exigió un gobierno democrático basado en el control de la mayoría. El creciente conflicto entre estas fuerzas mutuamente excluyentes condujo a la guerra de 1947 a 1948, la Nakba y la creación del Estado de Israel.

Los sionistas progresistas niegan que la Declaración Balfour fuera ilegítima desde la perspectiva de los residentes árabes del país, hasta entonces la mayoría indiscutida de la población. Los británicos subordinaron su perspectiva de la independencia a la de un nuevo grupo de inmigrantes y facilitaron la creación de una zona de exclusión social y económica en constante crecimiento, que estaba prohibida para todos los palestinos (como los derechos inherentes de los residentes, empleados y arrendatarios). Su respuesta natural fue de resistencia. Es difícil pensar en un único grupo de indígenas en la historia que reaccionaran de manera diferente a una situación similar. Sin embargo, a la visión sionista progresista le resulta imposible contemplar esta realidad básica, ya que plantearía preguntas acerca de los asentamientos, la colonización y el despojo, y los derechos de los originarios, que no pueden ser respondidas fácilmente dentro de su paradigma.

La negación de 1947

La resolución de las Naciones Unidas de la partición de Palestina en estados, árabe y judío, fue apoyada por el movimiento sionista y la mayoría de los judíos y rechazada por la mayoría de los árabes (en Palestina y en otros lugares). Una de las creencias fundamentales del sionismo progresista es que estas actitudes reflejan la lógica del compromiso, que fue adoptado por el sionismo históricamente, pero fue abandonada después de 1967 y en la actualidad necesita restaurarse. Por el contrario, los árabes adoptaron una posición de rechazo que minó sus posibilidades de obtener la independencia entonces y desde entonces.

¿De qué manera esta forma de ver las cosas en 1947 equivale a una denegación? Vista desde la perspectiva del tiempo, la resolución de partición era desigual. Se concedió un territorio a la comunidad judía que no poseía y se tomó el territorio de la comunidad árabe que poseía. Se esperaba que 10.000 judíos –el 1,6% del total de los judíos- vivieran como una minoría en la zona asignada al Estado árabe mientras que en la parte judía habitaban 400.000 árabes, o sea el 33% del total de la población. A los judíos se les asignó el 56% del territorio mientras a los árabes, dos tercios de la población, se les asignó sólo el 44%.

Más allá de los detalles específicos de la resolución, que dio un sello de aprobación a un proceso que había visto a los palestinos perder su dominación demográfica y territorial de forma abrumadora, incapaces de bloquear el rápido crecimiento de la comunidad judía organizada y marginados en su propia patria. Rechazar la partición no condujo a un resultado positivo para ellos, pero no pudieron ponerse de acuerdo rescatar grandes porciones de su país, entregado a un grupo de personas a quienes consideraban como invitados no deseados, la mayoría de los cuales habían estado allí por menos de una generación. Que el principal líder de la comunidad judía en el momento había construido su carrera en la oposición a compartir la tierra, el empleo y la residencia con los árabes locales, no ayuda a construir la confianza en un futuro bajo la dominación judía o al lado de un estado judío en expansión.

 Ruins of Palestinian village depopulated in the Nakba, Lifta, Is

 Un judío ultraortodoxo camina en la aldea palestina despoblada de Lifta, situada a las afueras de Jerusalén Occidental, Israel, el 4 de marzo de 2014. Durante la Nakba, los residentes de Lifta huyeron de los ataques de las milicias sionistas a partir de diciembre de 1947, que tuvo como resultado la evacuación completa de la aldea en febrero de 1948 (Foto: Ryan Rodrick Beiler / Activestills.org)

La Nakba que siguió a la resolución de partición era, en cierto sentido, una profecía autocumplida. La limpieza étnica fue tanto un resultado de las acciones de las fuerzas sionistas que pusieron en marcha los planes para la creación de un territorio judío defendible contiguo, como a las reacciones de los palestinos, a veces anticipatorias, a la violenta expulsión huyendo de las fuerzas militares que avanzaban. El punto crucial es que independientemente de las circunstancias de su salida o su participación en los eventos (como militantes o residentes pacíficos que fueron expulsados de forma pasiva o activamente huyeron de sus hogares), a todos los que se convirtieron en refugiados en 1947/48 se les negó el reingreso en el nuevo Estado de Israel. El resultado fue más que el desplazamiento de gran número de personas, también la destrucción de toda una sociedad.

El paradigma sionista progresista puede digerir estos eventos sólo como el resultado trágico y, en última instancia, de la búsqueda de la autodeterminación nacional judía. Sin embargo, que esa búsqueda haya transformado el conflicto en una lucha por la liberación de un pueblo y sus derechos, por siempre marcado por el imperativo de corregir el “pecado original” de la desposesión, no lo pueden considerar. Más bien, no insistiremos en vivir en el pasado, sigamos adelante con nuestras vidas y esperemos el “síndrome del salmón”, usando terrible frase de Ehud Barak, para defenestrarlos.

La negación de 1967

Es sólo con la guerra de 1967 y sus secuelas que el sionismo progresista realmente entró en su propia contradicción. Merece el crédito de haberse opuesto a la ocupación, los asentamientos y la anexión que se vienen dando desde hace décadas. ¿Es justo entonces cargar con la negación? La respuesta es sí y veamos por qué.

La postura progresista contra la ocupación sufre de su negativa de considerar el contexto histórico de 1967, al ver la guerra como una aberración, una fuerza disruptiva que cambió la democracia poco igualitaria de Israel en un Estado opresivo de derechas dominado por los colonos mesiánicos. De este cuadro desaparece la realidad de que antes de 1967 Israel era un Estado opresor que excluía a quienes estaban al margen de la corriente principal: los refugiados palestinos cuya presencia física y política fue negada; los ciudadanos palestinos que estaban presentes físicamente, estaban ausentes de la ciudadanía de pleno derecho; estaban bajo régimen militar y de la expropiación masiva de sus tierras; también desaparecen los judíos orientales que recibieron los derechos políticos pero se los mantuvo social y culturalmente marginados.

 occupationEl ministro de Defensa israelí Moshe Dayan, el jefe del Estado Mayor Yitzhak Rabin, el general Rehavam Zeevi (derecha) y el general Uzi Narkis caminan por la Ciudad Vieja de Jerusalén el 7 de junio de 1967, durante la Guerra de los Seis Días. (Foto por GPO / Ilan Bruner)

Las prácticas de exclusión desarrolladas en el período previo a la guerra de 1967 (en algunos casos los métodos secretos de la adquisición de tierras y el despojo, aún en el período pre-48), se extendieron a los territorios ocupados con algunas modificaciones importantes. La limpieza étnica y la destrucción masiva de aldeas en 1948 no se repitieron en la misma escala en 1967 (aunque unas 300.000 personas huyeron o fueron expulsadas ​​de los territorios recién ocupados a los países vecinos, muchas de ellas ya refugiadas de 1948). A los residentes de los territorios se les permitía trabajar en Israel, pero se les negaron los derechos civiles y políticos. La tierra fue confiscada (y se sigue confiscando) pero a una escala más pequeña que las expropiaciones a los ciudadanos palestinos en la era post-48 de Israel.

El sistema de control resultante es único. Sin embargo, muestra muchas semejanzas familiares a otras prácticas israelíes opresivas que se aplicaron -en diversos grados- a diferentes grupos de palestinos. Es el rechazo del sionismo progresista a ver la continuidad de esas prácticas, así como los vínculos que se forman dentro de la lógica común de la exclusión, lo que constituye la negación. Una lucha contra la ocupación, que la considera una mera disputa territorial, y se niega a considerar sus fundamentos ideológicos e históricos -lo que Meron Benvenisti refiere como el “código genético” de la colonización sionista- está condenada al fracaso.

La negación de 1987

Y sin embargo hubo un período de tiempo en el que el sionismo progresista parecía estar ganando. Con la Primera Intifada de 1987 y los procesos que facilitó y que culminó con los acuerdos de Oslo de 1993, el conocimiento de la ocupación y el apoyo a su terminación se encontraban en su punto más alto. Era sólo una cuestión de tiempo para que se completara el proceso de retirada de Israel, algo en lo que creyeron muchos progresistas y que llegaría la genuina solución de dos Estados.

BTS Soldados israelíes registran a un palestino en un puesto de control del ejército israelí. (Foto: Rompiendo el silencio)

Como aprendimos en los años siguientes, esta expectativa generalizada no se materializó. En lugar de llegar a su fin, la ocupación fue tomando cuerpo directa o indirectamente en el Gobierno, transfiriendo la responsabilidad al bienestar de sus súbditos y excluyendo aún más a los palestinos de toda participación en los derechos y los recursos asociados a la ciudadanía. Mientras Israel afianzaba su control sobre el territorio y los recursos materiales (terrenos agrícolas y residenciales, el agua y así sucesivamente), la Palestina ocupada se enfrentó más que nunca a restricciones más graves a su movimiento, a su organización política y a su capacidad de manejar sus vidas.

Lo que fue presentado hasta entonces como un Gobierno militar temporal por razones de seguridad, se ha endurecido en un modo de gobierno que combina la incorporación permanente de la tierra y los recursos para uso de las autoridades militares y civiles, provisiones exclusivamente para los colonos judíos, con la exclusión permanente de los residentes indígenas como ciudadanos portadores de derechos. En otras palabras, un sistema análogo al apartheid que consagra radicalmente diferentes niveles de acceso a los derechos y recursos basados ​​en distinciones étnicas y religiosas.

Como era de esperar, la respuesta de los sionistas progresistas se ha caracterizado, una vez más, por la negación. En lugar de entender las nuevas realidades y desarrollar estrategias adecuadas que tengan en cuenta los cambios en los modos de gobierno, los patrones de asentamiento y las condiciones demográficas continúan recitandor en vano el mantra de la separación de los judíos y árabes en sus propios estados.

settlementwallUna activista pone una bandera palestina en el muro de separación frente al asentamiento de Modi’in Illit (Foto: Anne Paq / Activestills.org)

El hecho de que el conflicto ya no pueda verse con un mero carácter territorial (si es que alguna vez fue así) no hace ninguna diferencia notable. Todos los cambios se difieren eternamente a un futuro indeterminado, cuando los judíos se conviertan en una minoría (como si el dominio del 51% de la población sobre el otro 49% fuera más legítimo que al revés), cuando Israel tenga que elegir entre su aspecto “democrático” el “judío” (como si gobernar durante medio siglo sobre millones de personas a quienes se niegan los derechos políticos no hubieran decidido el asunto ya), cuando la perspectiva de una solución de dos Estados ya no es viable (como si los 20 años de diplomacia fútil, durante los cuales se consolidó la ocupación no fueran suficientes), cuando la oportunidad de una solución negociada está cerrada (como si fuera que aún está disponible).

¿Cuál es la esencia, entonces, de la negación del sionismo progresista? Es el rechazo a reconocer cualquier cosa que diferencie el conflicto palestino-israelí de los conflictos territoriales “normales”: los orígenes coloniales del asentamiento inicial, el despojo de 1948, la lógica histórica de la exclusión, el carácter permanente de la ocupación “temporal”. Mientras nuestros publicitados sionistas progresistas continúen ignorando estos cimientos del conflicto, sus fingidas llamadas angustiadas a un cambio de política en el terreno moral permanecerán poco más que retórica vacía.

Ran Greenstein es profesor asociado en la Universidad de Witwatersrand, Johannesburgo. Su libro Zionism and its Discontents: A Century of Radical Dissent in Israel/Palestine será publicado por Pluto Press, Reino Unido, en octubre de 2014.

Fuente Primera parte: http://972mag.com/the-perennial-dilemma-of-progresista-zionism/97076/  

Segunda parte: http://972mag.com/the-many-denials-of-progresista-zionism/97393/

Traducido del inglés para Rebelión por J. M. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=190818

15 de mayo, aniversario de la Nakba

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66 anios b

66 años de desalojos, destrucción, asesinatos, robo de tierra y de vidas.

66 anios Nakba

jerico

Jericó.

 

nakba 66 a

El refugiado palestino Abu Hafez aún tiene las llaves de su casa en Beit Nabala, de donde fue desplazado en 1948.

El refugiado palestino Abu Hafez aún tiene las llaves de su casa en Beit Nabala, de donde fue desplazado en 1948.

nakba day

Día de la Nakba. Artista: Khaleel Khaleelko.

Gaza. Foto: Hatem Mousa.

Gaza. Foto: Hatem Mousa.

 

Ciudad de Haifa.

Ciudad de Haifa.

puerta de damasco

66 años de la Nakba. Puerta de Damasco, Jerusalén ocupada. Foto: Eyad Tawil

return

66 años de la Nakba. “Llave del Retorno”. Protesta en Ramala, con autos viejos que se usaban en los años 40. 13 de mayo.

 

Acre.

Acre. 15 de mayo.

exodo palestino

Éxodo palestino, 1948.

 

sigue

Vida cotidiana en Cisjordania.

Beit Hanun - Foto: Nora Fernández Espino.

Beit Hanun – Foto: Nora Fernández Espino.

Gaza

Gaza

 

Amán, Jordania.

Amán, Jordania.

 

Pérdida de tierra palestina desde 1946.

Pérdida de tierra palestina desde 1946.

Declaración de Judíos por el Derecho al Retorno del Pueblo Palestino

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judíos derecho al retorno

1º de enero de 2014

“Para los palestinos, el derecho a volver a sus hogares y el derecho a vivir en dignidad e igualdad en su propia tierra no son menos importantes que el derecho a vivir libres de la ocupación militar.”
–Prof. Saree Makdisi[1]

Durante más de un siglo, los sionistas han tratado de construir un “Estado judío” por medio de la remoción forzada del pueblo palestino nativo.

En 1948, este Estado fue establecido a través de la Nakba (Catástrofe): desaparición y ocupación de más 500 ciudades y aldeas palestinas, el desalojo de más de 750.000 palestinos y una campaña terrorista de la que la masacre de Deir Yassin   es el ejemplo más infame.

Desde 1967, Israel también ha ocupado y colonizado  el resto de la Palestina histórica. Hoy, esta limpieza étnica implacable continua  —armada y financiada por los EE. UU. y sus aliados— en los dos lados de la “Línea Verde” de 1948.

Como resultado acumulado, setenta por ciento de los palestinos están en el exilio, la población de refugiados más grande del mundo.

En ningún lugar esto es más claro que en Gaza, donde Israel inflige un castigo colectivo particularmente brutal a 1.7 millones de personas —la mayoría de ellos refugiados— por resistir desafiantes a la expulsión de sus hogares en la Palestina histórica.

“Elijan un punto, cualquiera, a lo largo de las 25 millas de costa de [Gaza’s],” escribe la residente de la Ciudad de Gaza Lara Aburamadan, “y uno está a siete millas —no más — del otro lado. El otro lado es donde nacieron mis abuelos, en una aldea que se transformó en el país de otros, fuera de mis límites. Se llama Israel. Yo lo llamo el lugar de donde vienen las bombas.”[2]

Para esconder estos crímenes y escudarse de sus consecuencias, el régimen sionista oficialmente niega la Nakba, el equivalente ético de la negación del Holocausto. Hasta ha autorizado legislación para penalizar a aquellos que conmemoren la Nakba— un paso previo a criminalizar completamente su observancia.

Como sucede con todos los pueblos colonizados, la liberación significa revertir el despojo. “La causa palestina,” escribe el Dr. Haidar Eid en Gaza, “es el derecho al retorno de todos los refugiados y nada menos.”[3]

Retorno —una de las demandas llave de la campaña Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) — se apoya en la resolución 194 de la ONU, pero deriva del principio de derecho humano y, como tal, al cual ninguna persona o representante puede renunciar; está inalienablemente unido al pueblo palestino colectiva e individualmente.

A pesar de esto, aun algunos que critican la ocupación israelí de 1967 dicen que el retorno de los palestinos es “irreal”.
Sin embargo, la solidaridad significa apoyo incondicional a los objetivos justos de aquellos que resisten a la opresión. Como explica el periodista palestino Maath Musleh: “Si piensas que  [el retorno] no es posible entonces no eres realmente solidario con la causa palestina.”[4]

Algunos también tienen la objeción de que el retorno de los refugiados significaría el fin del “Estado judío”. Pero los apoyadores de la justicia social se tienen que preguntar cómo pueden defender un Estado cuya existencia misma dependa de la negación estructural de los derechos del pueblo palestino.

Hace poco, más de una centena de destacados activistas palestinos reafirmaron su oposición “a todas las formas de racismo e intolerancia, incluyendo, pero no limitada al antisemitismo, la islamofobia, el sionismo y otras formas de intolerancia a quien quiera que sea, especialmente a los pueblos indígenas y los no blancos en el mundo.”[5]

Ese racismo e intolerancia se reflejan precisamente en el intento del sionismo de borrar al pueblo palestino, una campaña de un siglo que es una deshonra a la memoria del sufrimiento y resistencia de los judíos en Europa.

La respuesta moral es clara: “Hay una entidad geopolítica en la Palestina histórica,” escribe el periodista palestino Ali Abunimah. “No se puede seguir permitiendo que Israel siga arraigando su dominio cultural, racista y de apartheid en ese territorio.”[6]

Como judíos de conciencia, convocamos a los partidarios de la justicia social a alzarse en defensa del Derecho al Retorno del Pueblo Palestino y de un Estado democrático en la Palestina histórica — “Del Río hasta el Mar”— con derechos iguales para todos.

La plena medida de justicia de la cual depende la esperanza de toda la humanidad, requieren no menos que eso.

Notas

[1] Saree Makdisi, “If Not Two States, Then One,” N.Y. Times, 5 de diciembre de 2012,http://www.nytimes.com/2012/12/06/opinion/global/if-not-two-states-then-one.html?_r=0

[2] Lara Aburamadan, “Trapped in Gaza,” N.Y. Times, 16 de noviembre de 2012,http://www.nytimes.com/2012/11/17/opinion/trapped-in-gaza.html

[3] Haidar Eid, “The Palestinian Left and RoR,” ZMag, 8 de octubre de 2012, http://www.zcommunications.org/the-palestinian-left-and-ror-by-haidar-eid

[4] Maath Musleh, “Communique: Palestine #4 Brief Thoughts on International Solidarity With Our Struggle in Palestine,” 8 de septiembre de 2012, http://internationalsocialist.org.uk/index.php/blog/brief-thoughts-on-international-solidarity-with-our-struggle-in-palestine/

[5] “The struggle for Palestinian rights is incompatible with any form of racism or bigotry: a statement by Palestinians,” Electronic Intifada, 23 de octubre de 2012, http://electronicintifada.net/blogs/ali-abunimah/struggle-palestinian-rights-incompatible-any-form-racism-or-bigotry-statement

[6] Ali Abunimah, “Mahmoud Abbas’ real ‘accomplishment’ was not the UN vote on Palestine,” Aljazeera, 2 de diciembre de 2012, http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2012/12/2012122165114321474.html. Ver también “The Way Forward for Palestine Solidarity, 23 de junio de 2010, http://al-awdany.org/2010/07/statement-the-way-forward-for-palestine-solidarity-please-endorse/

 Max Ajl, escritor y activista; Cornell Students for Justice in Palestine

Gabriel Ash, International Jewish Anti-Zionist Network Switzerland

Max Blumenthal, periodista y autor

Prof. Haim Bresheeth, cineasta, , photographer and film studies scholar

Lenni Brenner, Author and anti-war activist

Mike Cushman, Convenor, Jews for Boycotting Israeli Goods (UK)

Sonia Fayman, French Jewish Union for Peace; International Jewish Anti-Zionist Network France

Sherna Berger Gluck, Founding member US Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel; Israel Divestment Campaign

Rabbi Lynn Gottlieb, Coordinator, Fellowship of Reconciliation Peacewalks, Mural Arts in Palestine and Shomer Shalom Network for Jewish Nonviolence

Hector Grad, International Jewish Anti-Zionist Network (Spain)

Abraham Greenhouse, Blogger, Electronic Intifada

Tony Greenstein, Jews for Boycotting Israeli Goods (UK)

Jeff Halper, Director, Israeli Committee Against House Demolitions (ICAHD)

Stanley Heller, Host of “The Struggle” TV News

Tikva Honig-Parnass, Former member of the Zionist armed forces (1948); author of False Prophets of Peace: Liberal Zionism and the Struggle for Palestine

Adam Horowitz, Co-Editor, Mondoweiss.net

Selma James, Global Women’s Strike; International Jewish Anti-Zionist Network UK

David Klein, Organizing Committee, US Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel

Dennis Kortheuer, Organizing Committee, US Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel; Israel Divestment Campaign; Dump Veolia LA

David Letwin, Activist and writer; Gaza Freedom March

Michael Letwin, Co-Founder, Labor for Palestine; Organizing Committee, US Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel; Al-Awda NY: The Palestine Right to Return Coalition

Antony Loewenstein, Australian journalist and author

Barbara Lubin, Executive Director, Middle East Children’s Alliance

Mike Marqusee, Author If I Am Not for Myself: Journey of an Anti-Zionist Jew

Hajo Meyer, Auschwitz survivor; International Jewish Anti-Zionist Network

Linda Milazzo, Participatory journalist and educator

Prof. Ilan Pappé, Israeli historian and socialist activist

Miko Peled, Author of The General’s Son

Karen Pomer, Granddaughter of Henri B. van Leeuwen, Dutch anti-Zionist leader and Bergen-Belsen survivor

Diana Ralph, Assistant Coordinator, Independent Jewish Voices-Canada

Dorothy Reik, Progressive Democrats of the Santa Monica Mountains

Prof. Dr. Fanny-Michaela Reisin, President, International League for Human Rights (German Section FIDH); Founding member of Jewish Voice for a Just Peace – EJJP Germany

Rachel Roberts, Civil rights attorney and writer

Ilana Rossoff, International Jewish Anti-Zionist Network

Carol K. Smith, Activist and civil rights attorney

Lia Tarachansky, Director, Seven Deadly Myths

Hadas Thier, Contributing author of The Struggle for Palestine; Israeli-born daughter and grand-daughter of Nazi Holocaust survivors

Dr. Abraham Weizfeld, Montréal; Jewish People’s Liberation Organization

Sherry Wolf, Author and public speaker; International Socialist Organization; Adalah-NY

Marcy Winograd, Former Congressional Peace Candidate; public school teacher

Dr. Roger van Zwanenberg, Non-Executive Director, Pluto Books Ltd.

Tali Feld Gleiser, Los Otros Judíos, América Latina

Evento: https://www.facebook.com/events/123495234483983/

A 65 años de la implantación de un Estado en tierra ajena

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Por Miguel Ibarlucía.

Próximamente se cumplirán 65 años desde que el líder de una comunidad étnica minoritaria –gran parte de ella, recién llegada- proclamara con el apoyo de las principales potencias mundiales, la creación de un Estado étnico-religioso en las tierras habitadas mayormente por otro pueblo, un pueblo pobre, desprotegido y abandonado a su suerte por la comunidad internacional.

La implantación de Israel en tierra palestina en 1948, previa conquista por las armas y expulsión de sus habitantes, es uno de los actos más atroces del siglo XX y sin embargo quienes lo hicieron han logrado convencer a gran parte de la comunidad internacional de que ese hecho fue producto de una resolución de las Naciones Unidas, la famosa Resolución 181 del 29 de noviembre de 1947 que aprobara el Plan de Partición. Incluso muchos de los activos defensores de la causa palestina repiten a coro esa afirmación, otorgando al Estado terrorista de Israel un aura de legitimidad de la que carece totalmente.

La Resolución 181 efectivamente consideró un Plan de Partición con Unión Económica para el territorio de Palestina bajo mandato de Gran Bretaña, desde la época de la Sociedad de las Naciones, ente creado por las potencias coloniales después de la Primera Guerra Mundial. Pero de la simple lectura del texto surge que la Asamblea de las Naciones Unidas recomienda al Reino Unido y a los demás miembros la aprobación y aplicación de dicho plan e invita a los habitantes de Palestina a hacer lo propio.

Es lógico que así haya sido ya que las Naciones Unidas no tienen, de acuerdo a su carta orgánica, ninguna facultad para disponer del territorio de ningún Estado miembro o no miembro, ni siquiera de los llamados territorios fideicomitidos, los que formaban parte del sistema de mandatos ya mencionado. Los artículos 73 y siguientes de la Carta de las Naciones Unidas regulaban estas situaciones previendo que debía ayudarse a los pueblos que habitaban esos territorios a alcanzar el gobierno propio, para lo cual se debía tener en cuenta “los deseos libremente expresados de los pueblos interesados”. Es sabido que los palestinos nunca fueron consultados pero, enterados de la resolución, sus principales referentes comunitarios dijeron terminantemente que no, ya que el Plan de Partición preveía entregar el 56% del territorio al 33% de la población –en gran número llegados muy poco tiempo antes-, lo que constituía una injusticia notoria.

La comunidad judía, liderada por David Ben Gurión, aceptó la partición pero no sus límites –ni las condiciones jurídicas y económicas que se proponían- desatando en consecuencia una guerra de conquista para apoderarse de la mayor cantidad de territorio posible y a la vez llevó adelante un proceso de limpieza étnica contra la mayoría palestina para que el futuro Estado de Israel contara con un predominio de población judía indiscutible. Es decir, para construir un Estado étnico en el que la mayoría profesara la religión judía o se identificara con esa tradición.

Como resultado de esa guerra, el Estado proclamado el 14 de mayo de 1948 pasó a ocupar el 78% del territorio palestino y la población originaria fue recluida en el 22% restante o expulsada a los países vecinos, salvo una pequeña cantidad que permaneció en el territorio del nuevo Estado ya que no amenazaba el “carácter judío” de éste. El siguiente mapa es ilustrativo al respecto:

Fuente: http://www.oicpalestina.org/imagenes/mapas/planparticion1947.jpg

Resulta evidente que si el territorio finalmente controlado por Israel e incorporado a su Estado no se condice con el propuesto por el Plan de Partición, éste no fue aceptado ni aplicado. No es posible aceptar una propuesta de solución por la mitad, rechazando lo que no conviene. Ergo, lo que Israel obtuvo fue producto de una guerra. Israel es un Estado de Conquista, creado, proclamado y constituido en franca violación al artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, aprobada poco tiempo antes, que veda el recurso “a la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Israel es un Estado implantado en tierra ajena.

Tampoco aceptó la comunidad judía –liderada por el sionismo- la internacionalización de Jerusalén que proponía el Plan de Partición, como ciudad dependiente de las Naciones Unidas, con gobierno municipal propio, para proteger lo que se consideraba la ciudad santa de las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islamismo, ciudad que se abriría así a los peregrinos de todas las religiones sin pertenecer a ninguna en particular. Los sionistas desataron un plan de atentados terroristas y una guerra feroz para apoderarse de Jerusalén y lograron hacerlo sólo en la mitad occidental dada la feroz resistencia árabe y en particular del Rey de Jordania que impidió se apropiaran de los lugares sagrados. Finalmente lo consiguieron en 1967 al tomar Jerusalén Oriental. En 1980 la proclamaron capital indivisible del Estado de Israel en otra abierta contradicción con la Resolución 181, hecho que fue condenando por Naciones Unidas mediante la Resolución 478 de ese año.

El Plan de Partición establecía la igualdad de derechos civiles y políticos de todos los residentes, árabes o judíos, cualquiera fuera el Estado en el que finalmente quedaren habitando y preveía también la Unión Económica entre ambos Estados a crearse, el árabe y el judío, que se expresaría en una unión aduanera, una moneda común, la administración conjunta de los transportes, el riego y en general toda la infraestructura de servicios públicos. Es obvio que nada de esto se cumplió pero además el Plan prohibía la expropiación de inmuebles salvo por razones de orden público. Es sabido que no se expropió a los palestinos, lisa y llanamente se les confiscaron sus propiedades y pertenencias que fueron repartidas entre los judíos a caballo de la Ley de Ausentes que declaraba tales a los expulsados por la fuerza. Perdieron sus derechos civiles y durante mucho tiempo se les privó de sus derechos políticos, situación que hoy persiste en gran medida ya que les está prohibido proponer que Israel no sea un estado judío sino uno laico, de todo la población.

Resumiendo, las Naciones Unidas no crearon el Estado de Israel porque: 1) carecen de facultades para ello; 2) sólo aprobaron una recomendación, es decir, una propuesta de mediación para resolver un conflicto entre partes; 3) las partes no aceptaron la propuesta; 4) la comunidad judía en Palestina desató una guerra, expulsó a la mayoría de la población originaria y proclamó un Estado étnico-religioso excluyente en un territorio muy superior al previsto en la propuesta de partición; 5) no se internacionalizó Jerusalén; 6) no se conformó la Unión Económica ni la administración en común del agua o el sistema de transportes; 7) se confiscaron las propiedades de los residentes palestinos expulsados para ser entregadas a los conquistadores, privándoselos de sus derechos civiles; 8) se limitaron sus derechos políticos.

De allí que seguir sosteniendo, como lo ha hecho el sionismo muy hábilmente, que Israel es producto del Plan de Partición de Naciones Unidas, no sólo es una falacia sino que además otorga a un Estado surgido de un hecho de conquista por la fuerza de las armas, un status de legitimidad que indudablemente no posee. Esta creencia trae como corolario un error de diagnóstico sobre el origen del drama del pueblo palestino, que no fue en 1967 con la ocupación de nuevos territorios en la Guerra de los Seis Días, –como afirman los sostenedores del Estado sionista- sino en 1948 con la conquista y limpieza étnica de la Palestina histórica.

Miguel Ibarlucía es abogado, autor de Israel, Estado de Conquista, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2012.- Normal 0 21

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167722

Cuando la negación israelí de la existencia palestina se convierte en genocida

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palestine_21298588601Por Ilan Pappe.

“Recuerdo cómo empezó todo. Todo el estado de Israel es un milímetro del Medio Oriente entero. Un error estadístico, tierra estéril y decepcionante, los pantanos en el norte, el desierto en el sur, dos lagos, uno muerto y un río sobrevalorado. Sin recursos naturales, aparte de la malaria. Aquí no había nada. Y ahora ¿tenemos la mejor agricultura en el mundo? Esto es un milagro: una tierra construida por la gente”  (Maariv, 14 de abril de 2013).

Este relato inventado, escuchado en la voz del primer ciudadano y portavoz israelí, pone de relieve hasta qué punto la narrativa histórica es parte de la realidad actual. Esta impunidad presidencial resume la realidad en la víspera de la sexagésima quinta conmemoración de la Nakba, la limpieza étnica de la Palestina histórica. El hecho inquietante de la vida, 65 años más tarde, no es que el dirigente figurativo del llamado Estado judío, y de hecho casi todos en el nuevo gobierno electo y en el Parlamento, suscriben estos puntos de vista. La realidad preocupante y difícil es la impunidad con apoyo mundial.

La negación de Peres de los nativos palestinos y la continuidad en el año 2013 del mito de la gente sin tierra expone la disonancia cognitiva en la que vive: niega la existencia de aproximadamente doce millones de personas que viven dentro y cerca del país al que pertenecen. La historia demuestra que las consecuencias humanas son terribles y catastróficas cuando las personas poderosas que encabezan equipos poderosos como un Estado moderno, negaron la existencia de un pueblo que está muy presente.

Esta negación estaba allí a principios del sionismo y llevó a la limpieza étnica en 1948. Y sigue ahí hoy, lo que podría resultar en desastres similares en el futuro, a menos que se detenga inmediatamente.

Disonancia cognitiva

Los responsables de la limpieza étnica de 1948 fueron los colonos sionistas que vinieron a Palestina, al igual que Shimon Peres, de origen polaco, antes de la Segunda Guerra Mundial. Ellos negaron la existencia de los pueblos nativos que encontraron, que vivían allí durante cientos de años, si no más. Los sionistas no poseían el poder en el momento de resolver la disonancia cognitiva que experimentaron: su convicción de que la tierra estaba inhabitada a pesar de la presencia de tantas personas residentes en el país.

Casi resolvieron la disonancia cuando expulsaron a tantos palestinos como pudieron en 1948 y se quedaron con sólo una pequeña minoría de los palestinos dentro del Estado judío.

Pero la avaricia sionista por el territorio y la convicción ideológica de que mucha más Palestina era necesaria con el fin de tener un Estado judío viable dio lugar a consideraciones constantes y, finalmente, a las operaciones para ampliar el Estado.

Con la creación del “Gran Israel” después de la conquista de Cisjordania y Gaza en 1967, la disonancia regresó. Sin embargo, la solución, no podría ser fácilmente resuelta esta vez por la fuerza de la limpieza étnica. El número de palestinos era mayor, la asertividad y el movimiento de liberación estaban fuertemente presentes en la escena, e incluso los más cínicos y los protagonistas tradicionalmente pro Israel de la escena internacional reconocieron su existencia.

La disonancia se resolvió de una manera diferente. La tierra sin pueblo era cualquier parte del gran Israel, el Estado deseado para judaizar en las fronteras anteriores a 1967 o para anexar los territorios ocupados en 1967. La tierra con la gente estaba en la Franja de Gaza y algunos enclaves en la Ribera Occidental, así como en el interior de Israel. La tierra sin pueblo está destinada a ampliarse gradualmente en el futuro, haciendo que el número de personas a reducir sea mayor, como una consecuencia directa de la invasión.

Incremento de la limpieza étnica

De esta creciente limpieza étnica es difícil darse cuenta a menos que se contextualice en un proceso histórico. El noble intento de las personas y los grupos más conscientes en Occidente y en Israel para centrarse en el aquí y ahora -en lo que respecta a las políticas de Israel- está condenado a ser debilitado por la contextualización contemporánea, no por la historia.

Comparar a Palestina con otros lugares siempre fue un problema. Pero la realidad criminal en Siria, Irak y otros lugares, se convierte en un desafío aún más serio. La última clausura, la última detención política, el último asalto, el último asesinato de un joven, son crímenes horribles, pero palidecen en comparación con los campos y áreas cercanas o lejanas donde se cometen atrocidades colosales.

Narrativa criminal

La comparación es muy diferente cuando se ve históricamente y es en este contexto donde debemos tener en cuenta el carácter delictivo de la narrativa de Peres, que es tan horrible como la ocupación y potencialmente mucho peor. Para el presidente de Israel, premio Nobel de la Paz, nunca hubo palestinos antes de que se iniciara en 1993 el proceso de Oslo, y cuando los reconoció eran sólo los que viven en una pequeña parte de la Ribera Occidental y la Franja de Gaza.

En su discurso ya había eliminado a la mayor parte de los palestinos. Si usted no existía cuando Peres llegó a Palestina, usted definitivamente tampoco existe en 2013, cuando es el presidente. Esta eliminación es el punto donde la limpieza étnica se convierte en genocida. Cuando es eliminado del libro de la historia y de los discursos de los políticos de alto nivel, siempre existe el peligro de que el siguiente intento sea su eliminación física.

Sucedió antes. Los primeros sionistas, entre ellos el actual presidente, hablaban de la transferencia de los palestinos mucho antes de que la dispusieran en 1948. Estas visiones de una Palestina sin árabes aparecieron en cada diario sionista, revista y conversación interna desde el comienzo del siglo XX. Si se habla del vacío en un lugar donde hay abundancia, se puede tratar de ignorancia voluntaria. Pero si se habla del vacío como una visión o realidad innegable, es sólo una cuestión de poder y la oportunidad anterior a que la visión se convierta en realidad.

La negación continúa

La entrevista de Peres en la víspera de la sexagésima quinta conmemoración de la Nakba no solo es escalofriante porque tolera cualquier acto de violencia contra los palestinos, sino porque los palestinos han desaparecido por completo de su admiración autocomplaciente por el logro sionista en Palestina. Es desconcertante saber que los primeros sionistas negaron la existencia de los palestinos en 1882, cuando llegaron; es aún más chocante descubrir que niegan su existencia, más allá de las esporádicas comunidades tipo guetos, en 2013.

En el pasado, la negación precedió al crimen, un delito que sólo en parte tuvo éxito, pero por el que los autores nunca fueron llevados ante la justicia. Esta es probablemente la razón para la negación continua. Pero esta vez no es la existencia de cientos de miles de palestinos la que está en juego, sino la de casi seis millones de personas que viven dentro de la Palestina histórica y otros cinco millones y medio que viven fuera de Palestina.

Uno podría pensar que sólo un loco puede pasar por alto a millones y millones de personas, muchas de ellas bajo régimen militar o el apartheid mientras ese loco, activamente y sin piedad, impide el regreso de los demás a su patria. Pero cuando el loco recibe las mejores armas de los EE.UU., Premios Nobel de Paz de Oslo y tratamiento preferencial por parte de la Unión Europea, uno se pregunta cuán seriamente debemos tomar las referencias occidentales a los líderes de Irán y Corea del Norte como locos peligrosos.

La locura se asocia en estos días, al parecer, con la posesión de armas nucleares en manos de dirigentes no occidentales. Bueno, incluso en ese aspecto, el loco local del Medio Oriente pasa la prueba. Quién sabe, tal vez en 2014 no sería la disonancia cognitiva israelí que deberá ser salvada, sino la occidental: ¿cómo conciliar en Occidente una posición universal de los derechos humanos y civiles con una postura favorable a Israel en general y a Shimon Peres, en particular?

El autor de numerosos libros, Ilan Pappe es profesor de historia y director del Centro Europeo de Estudios Palestinos en la Universidad de Exeter.

Traducido del Inglés para Rebelión por J. M.

Fuente: http://electronicintifada.net/content/when-israeli-denial-palestinian-existence-becomes-genocidal/12388

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167369

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